Un amigo (no tan) invisible Seguir historia

miriamwritesstuff Miriam Meza

La navidad ha llegado a la oficina de Melina y Samuel. Y mientras todos se preparan para las festividades, la reina del desastre atraviesa una pequeña crisis: encontrar el regalo perfecto para su amigo invisible. Aunque esa no sería una descripción correcta para él, porque es imposible perderle de vista.


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Un monstruo verde vino a verme

Melina



El olor a Pine-Sol[1] en que envolvía la revista casi me hizo vomitar. Con las ventanas cerradas y el aire acondicionado corriendo era casi imposible escapar de él. No se trataba de que al personal de mantenimiento se le hubiese corrido la teja y nos quisieran asfixiar con productos químicos, sino que a alguien se le ocurrió la genial idea de meter un pino en medio de la sala de redacción, de los de verdad, y ahora ese monstruo me miraba amenazante.

Desde la aparición del árbol de navidad, todos mis compañeros parecían haberse metido algún tipo de droga que los hacía desear la llegada de la noche buena como si se tratara de un premio de la lotería que fuera a cambiarles la vida. Todos estaban alegres, con demasiada energía, como si tuviesen electricidad fluyendo en sus cuerpos durante las veinticuatro horas.

Ahora, no solo teníamos entre manos la producción de una edición especial para nuestra publicación, sino que además debíamos organizar una fiesta con todos los jefes, los compañeros y algunos clientes.

—¿Tienes algo en contra de la navidad? —Me preguntó Samuel, dado que yo me había quedado parada como una idiota observando el árbol con el ceño fruncido.

Me dí la vuelta para mirarlo y él sonreía. Algo que era cada vez más común, y que personalmente agradecía. Samuel era atractivo de cualquier manera, pero esa sonrisa hacía algo con mi cerebro y con todas las terminaciones nerviosas de mi cuerpo.

Él se dejó caer en la silla que estaba junto a su escritorio y me lanzó una mirada interrogante, flexionó sus brazos y los colocó detrás de su cabeza mientras dejaba caer su cuerpo en el respaldo de la silla. Mis ojos fijos en cada movimiento suyo, como en trance.

—Tierra llamando a Melina —se burló mi novio, luchando por contener la carcajada.

Yo parpadeé saliendo de mi estupor y lo imité, sentándome en mi propia silla.

—No tengo nada en contra de la navidad —le respondí—. Es solo que no entiendo por qué el editor puso tanto empeño en todo esto. Amigo invisible[2], cena, árbol… como si no tuviésemos suficiente con sacar una edición especial en tiempo récord.

Samuel arqueó una ceja, no creyéndose ni por un momento mi respuesta.

—Está bien… —resoplé—. No me agrada demasiado la navidad ¿ok?

—¿En serio? Si no lo dices, no lo noto —siguió burlándose de mí.

—Es la época del año en que mis padres se dedicaban a ser sociales y me dejaban en casa de mi tío para sentirse menos culpables por abandonarme —me quejé—. Además, nunca conseguía los regalos que quería —confesé haciendo un puchero.

Samuel se incorporó, apoyando sus antebrazos sobre sus piernas mientras se inclinaba para acercarse a mí.

—Y desde entonces te convertiste en el grinch[3]… —susurró como si se tratara de un secreto.

—Claro que no, idiota —me defendí—. Que mi gorro verde no te engañe —dije conteniendo las ganas de devolverle la sonrisa—. Me estresa mucho pensar en todo lo que tengo que hacer: la columna de viajes, la otra columna… —negué con la cabeza exasperada, porque en las últimas semanas la cantidad de mensajes para mi sección de consejos románticos se había multiplicado y no lograba llevar el ritmo con las respuestas—. Suma a eso las compras navideñas, buscar un vestido para la fiesta… —gemí desesperada—. Es mucho y no me alcanza el tiempo.

—Ven acá… —me tendió una mano mientras se ponía de pie.

Yo miré a todos lados nerviosa, insegura de cuáles fueran sus intenciones porque últimamente estaba la mar de creativo con los sitios para tener sexo. El baño de damas, o el de caballeros, la salita de descanso, el cuarto de la fotocopiadora, el archivo de la planta baja, el ascensor. No es que me queje, ni nada por el estilo, pero sí me asusta la idea de ser atrapada en el acto.

Samuel pareció adivinar mis pensamientos porque empezó a carcajearse como si le hubiesen contado el chiste más gracioso del mundo. Es que el muy imbécil parecía el espíritu viviente de la navidad, todo sonrisas y buen rollo. Hasta había empezado a usar corbatas con estampado alusivo a la temporada. La de hoy era verde con pequeñas caritas de Santa Claus.

—No seas cobarde, Melina —insistió—. ¿Es que acaso no confías en mí?

—En ti sí confío —le dije—. En quien no confío es en mí misma cuando estoy contigo.

—Solo vamos por un café —me prometió—. Organizaremos lo que tienes que hacer y te ayudaré en lo que pueda para reducirte la carga —dijo—. Ya he adelantado el plan de trabajo para la edición especial, así que estoy libre para echarte la mano.

¿Él estaba libre y quería ayudar? Pues ése era un problema, pues iba a terminar dándose cuenta de que mi estrés nada tenía que ver con la navidad o con la fiesta, sino con tenerlo como amigo invisible y no tener ni la más remota idea de qué darle como regalo.

«Pero ni loca le pido ayuda a las muchachas, no señor».




[1] Producto de limpieza producido por Clorox ®


[2] Amigo Invisible: Juego que consiste en el intercambio de regalos sin que el destinatario sepa quién envía el presente. También conocido como “amigo secreto”.


[3] El Grinch es una película estadounidense del año 2000 producida por Universal Pictures e Imagine Entertainment, basada en el cuento navideño del mismo nombre escrito por el Dr. Seuss en 1957

21 de Junio de 2019 a las 21:58 0 Reporte Insertar 1
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