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Playa

Máximo se sentó en la playa con su camisa polo blanca y su pantalón khaki enrollado por encima de sus pantorrillas. La arena estaba entre sus dedos, no le gustaba usar zapatos nunca pero pensaba que usarlos en la playa debería de ser un crimen. Máximo bebía coñac y fumaba un puro barato mientras veía el océano. Fumó un poco más de su puro y se le quedó viendo fijamente al océano. El océano lo era todo y nada. Las olas iban y venían. Su pasado, su futuro. Su vida, su muerte. Su culpa, su orgullo. Su felicidad, su depresión. Su lucha, su rendición. Su música y su silencio. Su hambre y su comida. Sus logros y vergüenzas. Sus libros y películas. Su mundo entero. Cada ola que impactaba contra la costa, el la sentía en los dedos de sus pies. Lo frío del agua, lo espumoso, lo salado y lo mineral del agua de mar lo renovaba. El amaba el agua, amaba el mar y el océano más que cualquier otra cosa. El había entendido a una corta edad que la única naturaleza que valía la pena era la del agua. Adaptarse, cambiar, evaporarse, fluir, endure‐ cerse, ser como el agua. Tomó otra calada de su puro y un trago enorme de su botella se coñac. Y cerró los ojos, para poder escuchar al mar y olerlo. Escucho en el a sus papas, a sus abuelas, a sus antiguos jefes, a sus antiguos amigos, a sus antiguos amores. En el mar sintió el olor de la vida, de la eternidad, del amor, de las lágrimas, del sudor, de lo que le había costado la vida, de lo que está misma significaba para el. Máximo es‐

taba en paz con el Océano y el Océano con el. Máximo vio a unas tortugas salir de la arena y caminar hacia el Océano, cientos de ellas, caminando hacia el Océano como un pelotón marchaba a la guerra. Todas ellas recién nacidas pero convencidas de que su destino era el Océano, con un instinto primal. Máximo sonrió y vio de nuevo al Océano, donde vio un barco pasando, con gente bailando y festejando. Máximo sonrió al ver que otras personas eran felices. Máximo encontraba cierta felicidad en ver la dicha de los demás. Nunca entendió la envidia, porque pensaba que en la vida todos tenían derecho a ser felices. Máximo inhalo el puro y húmedo aire marítimo que había en la atmósfera. Máximo no sabía muchas cosas pero tenía por seguro que la vida empezaba y terminaba en el agua. Se levantó, abrió su morral y en el metió su botella, apago su puro en la arena mojada y lo metió también dentro de su morral. Sacó una pistola calibre .38 y la puso en su mano, la arrojó tan lejos y tan en el centro del mar como pudo. Le dio una última mirada al mar, le tiro un beso y dijo "Adiós, gracias por todo." el Océano, siguió meciendo olas de adelante a atrás.

19 de Junio de 2019 a las 07:44 0 Reporte Insertar 0
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