The Delirium Seguir historia

baltazarruiz154 Baltazar Ruiz

Antonella Costantini es una forense que trabaja desde hace cinco años para el instituto de medicina legal. Cierto día, acompañada de su asistente, son alertados de una escena del crimen y acuden a realizar su trabajo. Al recobrar la conciencia después de quien sabe cuanto tiempo, se encuentra en una institución mental, recibiendo medicamentos y terapias como cualquier otro paciente... ¿Cómo saldrá de ese lugar?


Drama Todo público.

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INGRESO FORZOSO

I


Antonella era una conductora hábil y precavida. Manejar de forma rutinaria a altas horas de la noche y en condiciones climáticas adversas la habían forjado. Siendo la forense líder del instituto podría delegar una labor tan sencilla a cualquier asistente de turno, pero era algo que le ayudaba a despejar la mente, conducir era un alivio de tensiones.

Esa noche eran las once menos cuarto, el frío era intenso, pese a llevar abrigos, podían sentir como calaba en los huesos esa helada sensación hiriente del viento. Hacía una hora que una llamada policial alertaba sobre un hombre al lado de un camino rural, un aparente homicidio. La policía se encargaba marcar posible evidencia y mantener segura la zona para que la escena no fuera contaminada mientras ellos hacían lo demás. Los análisis forenses eran importantes en todo caso, muchas veces las claves para una condena se encontraban en lo que el médico tomó con un hisopo de las uñas de la víctima. Antonella estaba convencida de que la mente inquisitiva de un forense era indispensable para saber la verdad.


—Constantini, ¿estamos por llegar?

—André, ¿cuantas veces te he dicho que estando a solas me llames Antonella?

—No me acostumbro, usted me dio clases y aún la veo como mi profesora.

—Lo sé, pero ahora somos compañeros, colegas y lo más importante, amigos. Tan solo escucha el trato que tenemos con los demás, los chicos te sentirán distante y no me gustaría verte marginado, ¿entiendes?

—Creo que entiendo, Antonella.

—¡Eso! Ya suenas más cercano a mí...

—¿Qué sucede?

—Mira la carretera, adelante. Está demasiado oscuro, este debe ser un punto ideal para cometer delitos, mantén los ojos abiertos, no sabemos lo que pueda pasar.

—¿No deberíamos ir con un agente?

—En teoría sí, pero nunca tenemos suficiente personal, así que acostumbrate.

—De acuerdo...


La calzada era iluminada sólo por los faros del coche, la luna había sido cubierta por unas espesas nubes grises, lo que le daba a ese tramo del camino un aspecto más tenebroso. Luego de unos dos kilómetros, llegaron al cruce al cual debían dirigirse.

A partir de ese momento la carretera terminaba, dando paso a un camino de tierra irregular y pedregoso. André se asía con fuerza de los agarres laterales de la cabina mientras Antonella intentaba evitar cuanto bache le fuera posible, poco después una patrulla a lo lejos con las torretas encendidas indicaba que habían llegado a su destino.


—Un repaso, ¿qué es lo primero que haremos?

—Una inspección al lugar de los hechos.

—¿Luego?

—Fotografiar el área, posición del cadáver, tomas las posibles evidencias manteniendo el control de pruebas.

—Muy bien, pronto podrás hacer esto solo, bueno, debes hacerlo —dijo sonriendo— no es broma que estamos escasos de personal.

—Haré lo posible por aprender rápido y ayudarte, Antonella.

—Vamos —aparcó el coche a modo de no estorbar el paso por ese tramo— supongo que será una noche larga.


Ambos bajaron al mismo tiempo, André fue a la parte de atrás para tomar el equipo necesario para comenzar con la labor mientras Antonella se acercó a los policías que custodiaban la escena los cuales se encontraban cerca del cordón de seguridad.


—¡Hola! —saludó con entusiasmo— ¿como va todo?


La respuesta fue nula. Sin saber porqué detuvo sus pasos, espero a que André la alcanzara, deseaba decirle algo y este no tardó en colocarse a su lado.


—Ya traje todo, ¿comenzamos?

—Solo espera...


Cuando terminó de pronunciar esas palabras, un destello vino de dirección donde los policías se encontraban rezagados en la oscuridad. Una bala impactó justo en el pecho del muchacho asistente, luego otro y uno más hasta completar tres. Tres destellos, tres manchas rojas sobre la camisa blanca de André a la altura del corazón. Los ojos de Antonella no se apartaron de los ojos del joven hasta que estos se cerraron al momento de caer al suelo.

No buscó refugio ni intentó subir al auto y de esa manera huir, se lanzó hacia el cuerpo del que había sido su alumno, con una actitud maternalista, antes de poder maldecir siquiera a los perpetradores de tal asesinato, un golpe, seguido de un sonido agudo, aplacó todas sus fuerzas.


II


El hospital asilo Saint Agnes, era viejo, databa de varios siglos atrás, su infraestructura era robusta y señorial debido a que originalmente sería la casa presidencial del un gobierno militar, aunque el cambio de capital ocurrido luego de los repetidos golpes de estado que eran populares en esa época, terminó siendo primero un hospicio, luego un hospital militar y finalmente una institución médica. Los colores vivos de los jardines en los alrededores eran sustituidos por un opaco verde y un decrépito amarillo luego de cruzar el portón principal.

Las paredes se mantenían en pie, como todo lo demás, ya que al ser un diseño pensada para la casa de gobierno, habían requerido en su construcción material de primer nivel, sin embargo, la falta de un mantenimiento a consciencia lo deterioró a niveles que requerirían una inversión tal que en un estado pobre como el de turno, sería posible de conciliar.

Era un palacete de tres pisos y dispuesto en forma de cruz, las oficinas administrativas estaban al frente, en medio el área común donde los pacientes compartían, hombres y mujeres, y luego en cada nave lateral los dormitorios. En la nave principal se encontraba una galera cubierta por un techo de cristal en donde había un jardín interior que era cuidado por los enfermeros del centro y por pacientes como parte de su terapia ocupacional.


Una enfermera vestida de un blanco inmaculado salió del consultorio del médico de turno con una paciente en antigua silla de ruedas. La mujer no prestaba atención a lo que sucedía cerca de ella, en parte por los barbitúricos y en parte por la terapia de electrochoques del que era objeto. Sus ojos veían pero al mismo tiempo no lo hacían, estaba absorta en pensamientos que le eran ajenos y que no podía entender de ninguna forma. Sin embargo, había una imagen que se repetía de forma constante: Tres destellos y tres detonaciones, un recuerdo vago que la mayoría de veces la hacía estremecer.

Fue llevada hasta su habitación, que era compartida con una muchacha bastante joven.

Recostada y con una sujeción a la altura de la cintura, la mujer empezaba a salir del sopor resultante de las terapias electroconvulsivas que acababa de sufrir. Su cabeza era bombardeada de ideas inconclusas y confusas, como un aluvión de pensamientos apenas entendibles, sus dedos se retorcían hasta el punto de doler en formas casi imposibles. Un destello de nuevo y luego, un nombre, «André», dijo al tiempo que despertaba. Fue como salir de un hueco y ser golpeada por la luz en el rostro. Antonella había despertado de una pesadilla demasiado larga.

Su respiración era pesada y no había un solo músculo del cuerpo que no le doliera. El estado de consciencia regresó a su ser luego de quién sabe cuánto tiempo. Se quitó el cinturón que la ataba a la cama y se sentó a la orilla de esta, sus manos cubrían su rostro, de forma específica, sus ojos. La cabeza palpitaba como si tratase de explotar.


—Ellos lo mataron... ellos lo mataron...

—¿Estás bien? Es la primera vez que te escucho hablar, pensé que eras muda —dijo la muchacha que estaba al otro lado de la habitación.

—Yo, no sé dónde estoy... ¿quién eres?

—Greta, un placer... Estamos en el Saint Agnes, llegaste hace unos días.

—¿Saint Agnes? Yo no pertenezco,,,

—...a este lugar, ¿verdad? descuida, todos dicen eso, algunos tan solo el primer día y otros, bueno, lo dicen aún después de años.

—Estoy segura de que no estoy...

—No lo estás —interrumpió Greta, luego se acercó a Antonella para sentarse a su lado—, no es necesario que lo digas, verás, nadie lo está. El mundo está lleno de personas que como nosotros que ven las cosas de otra manera, pero nos doctores no lo entienden, mis padres no lo entendían y entonces me encerraron aquí, pero no estaré mucho tiempo, pronto mis padres se darán cuenta que soy normal...


Antonella observó las muñecas de su compañera de habitación, tenían cicatrices, algunas más viejas y otras notoriamente recientes, «no puedo llevarle la contraria a los demás en este lugar, no hasta saber qué es lo que sucede», pensó.


—Creo que tienes razón... Estoy cansada, creo que dormiré un poco.

—Descansa, yo estaré por ahí —sonrió y dio un salto fuera de la cama.


La médico se dejó caer de forma pesada sobre la almohada, deseaba dormir y no despertar nunca. No terminaba de entender lo que sucedía, pero pensaba que la muerte de André le habría causado algún tipo de estrés post traumático, pero no tenía fuerza para moverse y hacer algo, solo cerró los ojos y durmió.


III


La puerta fue abierta de golpe por un enfermero que vestía de verde, sin darles tiempo para terminar de despertar, encendió el foco amarillo que colgaba del techo. Las dos mujeres, a penas salían del letargo del sueño, cuando se les hizo sentar para ingerir la medicina que tocaba a esa ronda. Greta fue la primera, quien se tomó su dosis sin pensarlo. Antonella sabía sobre esos medicamentos y sus efectos sobre el sistema nervioso central, vio aquel grupo de coloridas cápsulas en la pequeña copa que el enfermero le entregó, era un cóctel con medicamentos distintos: ansiolíticos, moduladores, antiepilépticos y sedantes. «Si tomo esto pasaré otros cuantos días desconectada del mundo, pero este caballero no parece ser de los pacientes», pensó, y tomó el contenido de la copa de un solo trago acompañado de un vaso de agua que el profesional de la salud le acercó, luego le hizo un gesto para que abriera la boca y corroboró que hubiera tragado todo.

Sin mediar palabras, apagó las luces y cerró la puerta desde afuera.


—Greta, ¿tomaste el medicamento?

—Sí, no puedo dormir sin él, además, digamos que me pongo un poco violenta, pero descuida, solo violenta conmigo misma...

—Ah, sí, entiendo...

—¿Quieres vomitar? En el baño debe estar el cepillo de dientes que te entregan cuando ingresas, puede ayudarte, pero debes esperar, el enfermero está cerca y puede escuchar tus arcadas.

—Eres buena en estas cosas.

—He pasado la mitad de mi vida en instituciones como esta, tanto privadas como gubernamentales.

—Lamento oír eso.

—Descuida —dijo acercándose a la rendija que tenía la puerta de metal que las encerraba, a lo lejos pudo ver al enfermero terminando la ronda y subir al tercer nivel—, ya se fue, puedes hacer lo que gustes, pero ten en cuenta que si te descubren, bueno, tomarán medidas.

—Entiendo, no te preocupes.


Antonella se dirigió al baño, el cual se encontraba muy limpio, fue entonces cuando se percató que la habitación en general se mantenía en un estado bastante ordenado y con la apariencia de que era aseado con regularidad. Greta no era una persona descuidada, su apariencia era la de una muchacha normal. Segundos después, los medicamentos estaban en el retrete.


A la mañana siguiente, Antonella salió por primera vez de esa habitación por sus propios medios. Las ideas en su mente eran confusas todavía y desconocía a ciencia cierta la razón por la cual estaba en Saint Agnes. La luz que entraba por el techo de cristal era opaca y rancia, le daba al lugar que ya por sí solo ya era bastante rancio, un aspecto tenebroso. Los pacientes iban de un lado a otro, conversando con otros o consigo mismos. Las enfermeras vestían de blanco, los enfermeros de verde, el personal de limpieza de café y los doctores su típicas batas blancas. Era una área en común donde podía andarse sin ningún problema, a los pocos minutos, una voz desde el anunciado, daba la noticia que el desayuno ya estaba listo y que se pasara la zona del comedor. Los médicos se retiraron antes de que Antonella pudiera acercarse a uno y pedirle información sobre su estado, no quería armar escándalo, así que optó por mantener un perfil bajo.

Una vez en el comedor, hizo fila y según la dieta indicada por el médico así se le otorgaron los alimentos, una dieta baja en sales y en grasa. Tomó su charola con desgano y buscó una mesa, aunque Greta ya había apartado un lugar para ella.


—Siéntate conmigo, ven... —dijo haciéndole lugar en la banca.

—Gracias, no quería recordar los días de escuela donde me sentaba sola.

—Es raro, te hicieron la terapia —refiriéndose a los electrochoques—, pero no pareces afectada, no mucho.

—Eso dices ya que siempre he sabido manejarme, pero si vieras dentro de mi cabeza, es un tornado de cosas que no entiendo —respondió Antonella.

—Espero que no sigan con eso, entonces sí se notará la diferencia.

—No pienso quedarme aquí mucho tiempo.

—¿Como te llamas?

—¿Qué?

—No sé tu nombre —agregó Greta.

—Antonella Costantini...

—Antonella... —los ojos de Greta brillaron de asombro, aunque supo ocultarlo muy bien— dime, ¿recuerdas algo?

—No mucho, siendo sincera, no recuerdo gran cosa. Pero sé quien soy, soy médico forense y trabajo para el instituto de medicina legal y soy médico forense. Sé que salí con André a un llamado y luego hubo disparos, y él cayó al suelo...


Las lágrimas empezaron a rodar por las mejillas de Antonella mientras, sin decirlo, se culpaba por no poder ayudar a su joven pupilo.


—¿Ese, André, era tu amante?

—¡No! Fue mi alumno unos años y luego trabajamos juntos, pese a lo tímido que era, poseía una mente brillante.

—Nunca hubo un beso, sexo de amigos...

—Ja ja ja, dudo que un muchacho como él se hubiera fijado en mí, los niños de la vecindad ya me dicen señora.

—No digas eso, apuesto que le gustabas, mínimo.

—Es algo que ya no sabré...


Antonella terminó el resto de su desayuno en silencio.


IV


La oportunidad de conversar con un médico llegó hasta tarde, Antonella pasó el día entero aprendiendo las rutinas del personal médico. Había vomitado ya dos veces la medicación rutinaria, lamentablemente con el almuerzo. Solo esperaba un espacio para poder hablar con el galeno sin que las enfermeras intervinieran, fue una espera larga.

Al cabo de una hora de pie justo a la puerta, un médico de cabello oscuro y largo cruzó hacia una especie de despacho. Sorteando de forma sigilosa a cualquiera que pudiera advertir sus intenciones, logró colarse hasta la oficina.


—Antonella Costantini, pensé que tardarías más en venir —dijo el hombre que aparentaba varios años más que la forense.

—Doctor, no creo haber tenido el gusto de presentarme.

—Lo hiciste, cuando fuiste ingresada aquí por tu... episodio...

—No sé a que se refiere, lo único que sé es que no debo estar aquí.

—Si me pagaran por cada vez que escucho eso... bueno, sobre tu caso, es lamentable que las cosas se den de esta manera, pero está lejos de mi poder que salgas de este lugar.

—Sigue existiendo el alta exigida, ¿no?

—Pues es ahí donde te equivocas, no tienes posibilidad de salir ni con una alta exigida. Verás, tu caso es algo peculiar y fue una conmoción a nivel internacional.

—No sé de que habla...

—Hablo del asesinato de André Guttuso, el hombre que mataste a sangre fría hace una semana.


La sangre se le subió al rostro, las palabras del doctor la habían lastimado de sobremanera, pero mantuvo la calma, sabía que no soportaría un régimen de medicamentos controlados, se sumiría de forma lenta e irreversible a un lugar del cual nunca saldría.


—¿Creen que maté a André?

—No lo solo lo creen, tienen pruebas que te culpan, tienen los motivos, ya sabes, que eran amantes, y hasta el arma homicida.

—¡Es una tontería!

—No estoy aquí para hacer juicios de valor, el juicio está en proceso y la condena será dictada pronto. Saint Agnes no solo es una institución médica especializada en tratar condiciones de origen mental, sino que además es una cárcel. Pasarás aquí lo que el juicio tarde y también purgarás la condena en este lugar.

—Nada de lo que dices tiene sentido.

—No importa, es la menor de tus preocupaciones —el doctor hizo un ademán y la oficina se llenó de enfermeros—, muchachos, la señorita regresará a su habitación, apliquen dos miligramos de fentanilo lento, para que duerma tranquila...

—¡Eres un maldito!


Antonella forcejeaba, pero la fuerza y el número de enfermeros la superaba por mucho, fue colocada en su cama, frente a la mirada atónita de Greta, quien se limitó a hacerse a un lado y apartar la mirada. Fue sujetada y mediante una inyección intravenosa, el fentanilo fue aplicado a su sistema circulatorio de forma pausada. Pasados unos segundos, la respiración de Antonella bajó y quedó bajo los efectos de la sedición.


La mente de Antonella vagaba por un lugar oscuro, luego, el sonido de un auto. Al abrir los ojos estaba en el coche, conducía y André estaba a su lado, conversaban sobre el trato que este le daba a los demás, pero Antonella no veía desde lejos, no podía participar. Luego el coche se desvió de la carretera y pasó a un camino pedregoso, Antonella sabía lo que sucedería a continuación pero no podía detenerlo.

Ambos bajaban del coche y Antonella, la real, se acercaba a los policías sin que estos le dieran respuesta. El momento que la forense no deseaba ver llegó a continuación, André se acercaba y uno de los policías le disparó tres veces en el pecho. La Antonella real acudía al cuerpo inerte de su amigo y uno de los policías la golpeaba por la espalda.

Era un recuerdo de lo sucedido, pero no terminó ahí.

En la oscuridad, inconsciente, el oído de Antonella aún seguía trabajado, así que escuchaba lo que pasaba alrededor de ellos.


—Fue una lástima que el asistente viniera —dijo una voz ronca.

—Al final es mejor, ¿no? Digo, mientras más cercanos sean es mas creíble que discutieron hasta que uno terminó muerto.

—Bueno, como sea, súbanla al auto, hay que llevarla a la escena —la misma voz ronca.

—A la orden, ministro...


Los sonidos cesaron de golpe, el recuerdo había terminado, aún bajo los efectos del fentanilo, Antonella había recuperado un recuerdo. La médico forense despertó a eso de la media noche, sudada y cansada, estaba mareada. La mente se aclaró poco a poco y luego, los recuerdos recuperados que parecían un sueño al principio empezaban a tomar forma. Era información valiosa, el ministro al que mencionaron era el de defensa, lo reconocía por su voz.


—Despertaste, ¿estás bien?

—Sí, estoy bien.

—¿Pasó algo?

—Información, obtuve lo que buscaba... ¿conoces al ministro de defensa?

—¿Qué? Sí, todos lo conocen, es un tipo duro.

—Fue un militar, condecorado durante la guerra...

—¿Qué con eso?

—Hace veinte años, una familia fue desaparecida, un embajador, con su esposa e hijas —dijo soltando lo que la sujetaba a la cama— el caso no fue investigado porque el hijo del comandante general del ejército estaba involucrado.

—Que es el ministro actual...

—Hace dos semanas encontraron un aparente cementerio clandestino, y pensamos que es el lugar donde se encontraba enterrada la familia del embajador. Yo comenzaría a trabajar en ello en estos días, podría haber esclarecido lo que sucedió. Él me encerró aquí para que no hablara...

—No entiendo a qué te refieres, pero si había escuchado de ti, lo siento por no decirte.

—Descuida —dijo—, pero te diré que todo eso es falso, no maté a André...


Antonella se acercó a la ventana y observó la luna llena de afuera. Salir de ahí era la prioridad, vengar a André era el siguiente paso.

19 de Junio de 2019 a las 03:44 4 Reporte Insertar 6
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Flor Aquileia Flor Aquileia
Intrigante al maximo!!
28 de Agosto de 2019 a las 22:36
Michelle  Camacho Michelle Camacho
Wooow no he podido despegar la vista de la lectura!!!
20 de Junio de 2019 a las 18:21
K.H Baker K.H Baker
¡Qué ganas de saber que pasa a continuación! ¿Se darán cuenta de que ella no pertenece a ese lugar o ella descubrirá que todos menos ella tienen razón? Que nervios jajaja
19 de Junio de 2019 a las 08:58
~

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