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khbaker K.H Baker

¿Qué harías tú si la personas a la que creías tu salvador se convirtiese en tu peor pesadilla? Esa pregunta es la que se responde día tras día Anne, tras descubrir que su padre tenía planes para ella, que para nada tenían que ver con su felicidad o bienestar.


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Prólogo

1

Un espasmo eléctrico le recorrió la espina dorsal y, como si una fuerza superior la hubiese obligado a hacerlo, Anne se incorporó en la cama, empapada en sudor a causa del dolor. Su agitada respiración retumbaba en las paredes de su habitación y, al verse encerrada y sola de nuevo, una sensación de ahogo se apoderó de ella. Anne se llevó las manos al cuello en un intento de desprenderse de aquella fuerza invisible que la oprimía, pero era totalmente inútil. Su respiración se volvió pesada, ronca y, como si la misma fuerza que la había obligado a levantarse volviese a actuar, el cuerpo de Anne volvió a reposar sobre la cama, con la espalda encorvada mientras intentaba conseguir algo de oxígeno.

La puerta metálica de su habitación se abrió de golpe, chirriando al hacerlo. Alguien clavó una aguja en su cuello causando que el líquido frío le provocara una quemazón en su cuerpo a medida que iba entrando en su organismo. Poco a poco y con inspiraciones pesadas y sonoras, Anne volvió a la normalidad. Sus ojos se cerraron y, a pesar de la fina capa de sudor que cubría su cuerpo, parecía dormir plácidamente. Su salvador le había concedido –con suerte– unas horas más de sueño pero, al despertar, no recordaría nada de su incidente nocturno.

Anne había sido la última adquisición del centro, ellos decían que eran los salvadores de las personas que habían logrado usar partes de su cerebro que les concedían la posibilidad de desarrollar facetas que nadie podía. Estas personas, en un entorno generalmente conocido como “normal”, eran tratadas con miedo, como bichos raros. Aquel hogar les brindaba la oportunidad de ser ellos mismos. Todos estaban encantados, sin embargo, Anne no formaba parte de ese porcentaje.

Ella nació siendo una niña normal, tal vez fuese intelectualmente superior a la media, pero por los demás aspectos de su vida era totalmente normal. Todo cambió el día de su décimo cumpleaños cuando, como regalo, su padre la llevó a su laboratorio y le hizo pruebas que una niña de su edad no podía comprender, incluso con su elevado coeficiente intelectual. Desde aquel momento, Anne comenzó a sufrir migrañas recurrentes, le resultaba complicado hasta resolver la suma más simple. Pasaba los días en cama y enfermaba con facilidad.

Debido al estrepitoso fracaso de su experimento, el padre de Anne decidió alterar la sustancia que había creado y probar suerte con su hermano gemelo, Kyle. En el momento en el que aquella sustancia entró en el organismo del pequeño, su corazón se paró. Anne pudo escuchar los llantos de su madre al recibir la noticia y, aunque aquello le rompía el corazón, no quería creer que su hermano hubiese muerto.

Al día siguiente de haber sido testigo mudo de la muerte de su hermano, vio como el pequeño correteaba por la casa como si nada hubiese pasado. Allí donde Anne había fracasado, Kyle había triunfado.

Uno a uno, Dennis fue sometiendo a sus seis hijos a aquel tratamiento. Quería revolucionar el mundo, crear máquinas superiores sumisas y extraordinarias. Sus hijos era los sujetos perfectos, niños manipulables y sumisos que harían lo que fuera por satisfacer a su padre.

Las libertades fueron acabándose para los miembros de la familia Gallagher y, con el dinero que el Estado les brindaba por educar a sus hijos con necesidades especiales en casa, Dennis construyó una fortaleza a la que llamaba hogar.

Los años fueron pasando, la fortaleza cada vez era más grande, cada vez había más gente, cada vez era más perfecta, más impenetrable. Nada ni nadie podía entrar. Nada ni nadie podía escapar. Ya no tenían libertad y, aunque todos estaban encantados por poder llevar una vida normal lejos de aquellos que les habían repudiado, Anne fantaseaba con la idea de tener una vida normal, una familia lejos de aquellas paredes que coartaban su libertad.


2

La luz estroboscópica de su habitación comenzó a parpadear al mismo tiempo que la sirena que todas las mañanas sonaba, le taladraba los tímpanos una vez más. Anne se destapó y se levantó de la cama como si nada hubiese pasado pero, al mismo tiempo, con el cansancio de haber corrido una maratón. Se frotó la cara y se quitó el pijama, lo único en su vida que era libre de elegir, para ponerse la ropa de diario que consistía en un mono de trabajo de color marrón claro, con el nombre bordado a la altura del pecho izquierdo. Unos golpes en la puerta volvieron a taladrarle los tímpanos cuando la sirena dejó de sonar.

—¡Ya voy! —gritó mientras se subía la cremallera del mono de trabajo y hacía crujir su cuello, moviéndolo de un lado a otro.

La puerta se abrió poco después de forma automática, todas estaban conectadas para abrirse a una hora determinada, y volver a cerrarse un minuto después para no volver a abrirse de nuevo hasta llegada la noche.

Todos los miembros de aquella fortaleza salían poco a poco al pasillo donde debían permanecer ante sus puertas, hasta que el escáner dictaminaba que no eran un peligro para pasar un día más en aquella zona. Aquellos cuyos niveles de adrenalina habían cambiado o alterado la parte de su cerebro que se encargaba de mantenerles sumisos, eran enviados al ala de máxima seguridad antes siquiera de que pudiera experimentar los primeros síntomas de rebeldía.

Como cada mañana, Anne esperó a que la luz ultravioleta que poseía el escáner, la cruzara de arriba abajo, pero algo había cambiado esa vez. Sus niveles de adrenalina rozaban peligrosamente el límite. No podían enviarla a la zona de máxima seguridad, pero tampoco podían dejarla con aquellos que todavía eran sumisos.

Rixon, el jefe de seguridad de aquella zona, se quedó mirándola con desconfianza, cruzado de brazos y manteniendo la mirada fija en sus ojos. Anne supo que algo no iba bien cuando el escáner avanzó hacia la siguiente persona y Rixon se quedó frente a ella. No era el procedimiento habitual, él siempre acompañaba al escáner.

—¿Va todo bien? —se cuestionó ella. Rixon esbozó una amplia sonrisa y asintió. Unos instantes después, detrás de Rixon aparecieron dos hombres a los que ella no había visto nunca—. Rixon, ¿qué pasa?

—Anne Gallagher, en este momento se va a realizar su traslado al ala de contención. Por favor, extienda sus manos y no oponga resistencia —comenzó a enunciar como si fuese algún tipo de máquina programada para tal fin.

—Esto tiene que ser una broma, ¿verdad? ¡Rixon!

—Por favor, señorita Gallagher, no ponga las cosas más difíciles.

Anne llevó la mirada hacia su derecha. En la habitación de al lado dormía su hermana pequeña, Addison, pero ella mantenía la mirada al frente como si la cosa no fuera con ella.

—Addy… ¡Addy por favor! ¡Mírame! —gritó con todas sus fuerzas, pero su hermana fingía no estar escuchándola, poniendo todo su empeño en mantenerse recta y con la mirada clavada en algún punto frente a ella—. ¡Iros a la mierda! —exclamó extendiendo las manos, tal y como le habían pedido.

Los grilletes se cerraron entorno a sus muñecas y, acto seguido, uno de los hombres de mono gris oscuro, tiró de ella para guiarla hacia un lugar desconocido, mientras que el otro caminaba detrás para preservar la seguridad y actuar en caso de que fuera necesario. Anne caminó lentamente sin resistirse pero, al mismo tiempo, reticente.

Dejaron atrás los pasillos monocromáticos de la fortaleza y pasaron a una zona totalmente acristalada e insonorizada. A un lado de los cristales podía verse el patio principal, donde estaba el jardín y los niños corrían libremente como si vivir allí fuese lo más normal del mundo. Al otro lado, estaba el huerto, donde cultivaban todo lo que comían que no provenía de origen animal.

Las paredes acristaladas les llevaron hasta unas puertas metálicas las cuales no se podían cruzar sin una contraseña de nueve dígitos. El hombre de mono gris oscuro que iba tras Anne, la obligó a girarse hacia él mientras el otro introducía la contraseña.

—¿Dónde me lleváis? No he pasado el corte, no tengo problemas, no soy un peligro —clamó ella, casi en un susurro. Pero el hombre se limitaba a cogerla de los brazos, mirándola fijamente a los ojos como si no la escuchara.

Aquella era la solución de todo el mundo, lo había visto a lo largo de todos aquellos años, los empleados no les hablaban, se limitaban a mirarles y, cuando alguno se salía de los parámetros que ellos consideraban normales, los demás adoptaban la misma postura que los empleados para evitar ser metidos en el mismo saco que los alborotadores.

Una chispa brilló en los ojos de Anne, el hombre del mono gris pudo percibirla y llevó la mano a su arma, en un intento de sacarla. Anne se dio cuenta de lo que pretendía y no le dejó tiempo para reaccionar. Aún con las esposas puestas, Anne era muy ágil, quizá incluso más, ya que las cadenas de los grilletes le ofrecieron la oportunidad que, en una milésima de segundo se le había pasado por la cabeza. Rodeó la muñeca de aquel hombre con la cadera y rodeó su cuerpo hasta quedar detrás de él, estrangulándolo con su propio brazo. Cuando Anne alzó la mirada hacia el hombre que se había apartado para introducir la contraseña de las puertas blindadas, este le apuntaba con el cañón de su arma.

—Baje el arma, señorita Gallagher.

—¡¿Dónde me lleváis?!

—Al ala de contención —respondió el hombre, haciendo un gesto con el arma para que soltara a su compañero—. Suéltele despacio y levante las manos.

—¿Por qué me lleváis allí? ¡No soy un peligro! —repitió ella. El hombre quitó el seguro de su arma.

—Último aviso, señorita Gallagher.

Una alarma mucho más estridente resonó en aquel pasillo, alrededor del cual comenzaban a congregarse personas, algunas de las cuales habían sido amigos de Anne. Parte de sus hermanos también estaban allí, observándola con aquella mirada vacía, como quien mira una lata de refresco que acaba de tirar a la basura. Addy se abrió paso entre la multitud y la miró a los ojos, suplicándole con la mirada que no se resistiese. Fue entonces cuando Anne soltó al operario al que todavía mantenía preso.

El hombre cayó de rodillas al suelo, buscando el aire que le faltaba para restaurar la normalidad de sus funciones. Anne, por su parte, alzó las manos y bajó la mirada en señal de rendición. Los métodos que emplearon con ellas los segundos posteriores no fueron los más indicados pero, tras una exaltación como aquella, no podían hacer otra cosa. Las reglas eran bastante claras al respecto. Dispararon contra ella y, del cañón del arma emergieron dos estelas fugaces que impactaron contra el cuerpo de Anne, haciéndola caer de inmediato.

Anne comenzó a convulsionar a causa de las corrientes eléctricas que recorrían su cuerpo. Cada impulso eléctrico parecía más fuerte que el anterior. Aquellas armas estaban alteradas para que cada descarga que emitía, no fuese simplemente un intercambio de palabras con el cerebro, sino que atacase a la zona que enviaba la información al resto del cuerpo para apagarla durante un determinado espacio de tiempo.

Aprovecharon aquel momento de ausencia para coger a Anne de ambos brazos y arrastrarla a través de las puertas metálicas, hacia un lugar muy distinto del que tenían previsto trasladarla.

Las luces estaban conectadas a sensores de movimiento, si alguna de ellas se encendía, las cámaras de seguridad comenzaban a grabar, documentando todo lo que ocurriese hasta que las luces volvieran a apagarse.

Los pasillos allí eran muy distintos de lo que habían sido hasta el momento, aquella zona estaba reservada para las personas que rayaban el límite que ellos consideraban natural, pero sin llegar a rebasarlo. Había paneles que reforzaban las puertas que iban pasando y allí, nadie campaba a sus anchas. Todas y cada una de las personas que vivían allí dentro, estaban confinadas dentro de salas reforzadas, sin posibilidad de salir a los pasillos por donde, en esos momentos, no había ni un alma.

15 de Junio de 2019 a las 18:58 0 Reporte Insertar 5
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