EL ASESINO DE VALERIA MAZZA Seguir historia

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La bizarra historia de como la modelo top Valeria Mazza es asesinada por el basquetbolista Carlos Delfino


Fanfiction Celebridades Todo público.

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EL ASESINO DE VALERIA MAZZA



Quiso el destino que aquel martes 22 de septiembre de 2009, el basquetbolista Carlos Delfino, también conocido como el “Lancha” o el “Cabeza” Delfino, se encontrará en Montevideo, capital de la República Oriental del Uruguay. La selección argentina de Basquet iba a jugar un par de partidos con su similar uruguaya en vistas del Mundial de Turquía 2010.

Era un día de descanso en medio de los dos partidos programados, Carlos se encontraba en el Hotel Sheraton, en la zona de Punta Carretas. El basquetbolista estaba descansando, como siempre tenía muy sudados los pies, que olían intensamente a Queso. Su almuerzo, quizás para estar a tono con aquella fragancia, había sido tres suculentos trozos de Queso, uno de Parmesano, otro de Emmenthal y el tercero de Gruyere.

El basquetbolista salió a pasear un rato por el shopping de Punta Carretas. Podría haber estado acompañado de Fabricio Oberto o de Luis Scola, pero preferió ir solo. Le llamó la atención una tienda de antigüedades, donde exhibían una enorme katana, muy larga y filosa. Carlos entró a la tienda.

- Buenas tardes – le dijo el basquetbolista al vendedor.

- Buenas tardes.

- Estoy interesado por esa katana.

- ¿Esta?

- Sí, esa la más grande. ¿Cuánto vale?

- No es barata, son quinientos dólares.

- ¿Dolares? ¿Y en pesos uruguayos cuanto cuesta?

- No tiene precio en moneda uruguaya, señor.

- La voy a llevar – Carlos sacó los quinientos dólares, para el era una auténtica “ganga” como dicen en España a los precios baratos.

- Muy bien, se la envuelvo, ¿Usted es uno de los basquetbolistas argentinos, verdad?

- Sí, soy Carlos Delfino, medalla de oro en Atenas 2004 y bronce en Beijing 2008.

- Agrandadito como todos los porteños – acotó el vendedor uruguayo.

- No soy agrandadito, gane las medallas, tampoco soy porteño, soy santafesino, como mis tocayos Carlos Reutemann y Carlos Monzón. Conmigo se completa la trilogía de los Carlos santafesinos, deportistas y exitosos.

Carlos le tiró los quinientos dólares al mostrador al vendedor uruguayo, tomó la katana y se la llevó de regreso al Hotel. Mientras caminaba por Punta Carretas, un chico uruguayo, hincha de Peñarol, le dijo a su amigo, otro chico oriental, pero hincha de Nacional.

- ¡Qué alto este botija! ¡Mira los pies que tiene!

- Nunca ví pies tan grandes, deben ser los argentinos que están aca en Punta Carretas, los que juegan al básquet y ganaron la medalla de oro.

- ¡Despedía olor a Queso!

- ¡También con esas patas tan grandes!

Carlos no escuchó aquel dialogo entre hinchas del Manya y del Bolso. Apenas unos minutos después estaba en su habitación donde desplegó la katana como si fuera un samurái o un ninja, de hecho esta se puso ropa similar, y se miró al espejo.

En el espejo no solo se vio reflejado, sino que apareció el espíritu de Karosoru, aquel samurái japonés que asesinaba mujeres que le eran infieles a sus maridos, y le dijo:

- Carlos. Valeria Mazza está en Punta del Este, a 131 kilometros, apenas 81 millas. Es la oportunidad para tirarle un Queso. Sos un Quesón, el destino debe cumplirse. Ya asesinaste a Brenda Gandini, a Cecilia Bonelli, a Florencia Gómez Córdoba, y a las demás. Queso. Queso.

Carlos Delfino solo dijo palabra en voz alta y esa palabra fue “Queso”. Rato después estaba viajando de Montevideo a Punta del Este, con la katana, dos cuchillos largos y filosos, y varios Quesos, enormes Quesos.

La noche caía sobre Punta del Este. Era el mes de septiembre, y por eso la ciudad presentaba un clima tranquilo. Sin embargo, la tranquilidad se vería alterada por un importante evento que se iba a celebrar en el Conrad. La invitada principal era Valeria Mazza, quien desde hacía algunos días se encontraba ya instalada en su casa de La Barra. Junto a ella estaban su fiel asistente, la señora Julia, una elegante ex modelo que se estaba acercando a los cincuenta años, y la empleada doméstica, la señorita Carina.

La noche del evento, en la planta alta de la casa, Valeria se estaba preparando para asistir a la gran fiesta, eligiendo que vestido se pondría. Tras mucho elegir, optó por uno de color rojo, que jamás había usado y que había traído de su último viaje a Venecia.

Tras mucho elegir, optó por uno de color rojo, que jamás había usado y que había traído de su último viaje a Venecia.

- Me gusta el veneciano – le dijo Mazza a Goldstein – el Rosso Venezia, me parece acorde para este lugar.

- ¿Y el celeste? Digo, porque estamos en Uruguay, para quedar bien con la historia de la Celeste y el Maracanazo.

- No se nada de eso – acotó Mazza – igual estamos en Punta del Este, será territorio uruguayo, pero el noventa por ciento de la gente es argentina.

Mientras tanto, Lucía, una empleada de seguridad cincuentona custodiaba la entrada a la residencia de Valeria Mazza, en La Barra. De repente, vio detenerse una camioneta frente al lugar. Un hombre muy alto, patón, con aspecto de basquetbolista bajo del mismo. Era Carlos, Carlos Delfino.

El basquetbolista se dirigió a donde estaba la empleada de seguridad, esta, sorprendida por el basquetbolista, su altura y el tamaño de los pies de Carlos, le preguntó:

- Buenas noches Señor.

- Buenas noches, ¿Es esta la residencia de Valeria Mazza?

- ¿Qué es lo que se le ofrece, Señor?

- Dígame si es o no la residencia de Valeria Mazza, soy del Hotel Conrad.

- Ah bueno… ¡Noooooo! ¡Ajjjjjjjjjjjjjjj!

No terminaba de decir aquellas palabras que Carlos sacó un cuchillo muy largo y filoso, y rápidamente atacó a la empleada de seguridad, cortándole el cuello, raajjjj, con un certero y profundo corte de izquierda a derecha.

- Queso – dijo el basquetbolista mientras tiraba un Queso sobre el cadáver de la empleada de seguridad. Era un Queso Mini Fymbo, el más chico de todos los que había llevado.

El primer escollo había sido superado. Carlos Delfino se dirigió a la mansión. Valeria Mazza ya lucía el Rosso Venezia, a modo de prueba. Era el vestido elegido. Estaba ya lista para vestirse cuando se escuchó el timbre de la puerta.

- Quizás sea el estilista que se va a ocupar de tu peinado – le señaló la señora Julia a Valeria.

- Ay, ojala, según Alejandro es el mejor estilista del Uruguay, y vino desde Montevideo solamente para peinarme. Creo que se llama Charly.

- ¿Charly? – preguntó la señora Julia – Bien, voy a recibirlo.

- Perfecto, mientras tanto voy a entrar al baño. Voy a ducharme – le aclaró Valeria a Julia, y en efecto, ingresó al baño, mientras la asistente comenzó a descender por las escaleras.

En la planta baja, Carina, la mucama, se dirigió hacia la puerta y preguntó:

- ¿Quién es?

- Carlos – fue la respuesta de una voz masculina que se escuchó del otro lado de la puerta.

La señora Julia escuchó el nombre de la persona y pensó, con lógica, que Charly el estilista debería llamarse Carlos, “todos los Charly se llaman Carlos” razonó la mujer y por eso le indicó a Carina:

- Abrí la puerta. Es el estilista. Qué raro que la señora Lucia lo dejo pasar sin avisar, bueno, lo debe haber autorizado ella a pasar.

Carina abrió la puerta, del otro lado había un hombre joven, de unos veintitantos años, de cabello negro y piel clara. Era muy alto, debería medir unos dos metros, y tenía dos enormes pies, debería calzar cincuenta o un número parecido. Tenía toda la apariencia física de un jugador de básquet, pero estaba vestido de negro, con saco, polera, guantes y pantalones, todo del mismo color, incluyendo las enormes zapatillas de básquet que calzaba.

- Buenas noches – dijo Carlos – Soy Carlos, Carlos Delfino.

- Ah, sí. La señora aún no esta lista. Pensamos que iba a tardar más tiempo en llegar. Deberá esperar un largo rato. Enseguida se terminará de bañar y luego la podrá peinar.

- No hay problema. ¿Puedo entrar estos paquetes? Son alguno obsequios para la señora Valeria Mazza – contestó Carlos.

- Por supuesto – contestó la señora Julia, sorprendida por lo que tenían esos paquetes.

- Pase, señor Carlos – contestó Carina.

Carlos entró con tres paquetes muy grandes, pero mientras algunos eran esféricos, el otro era muy largo. Carlos Delfino era un consagrado jugador de basquet, de trayectoria internacional, integrante de un equipo de la NBA y de la selección argentina pero fue obvio que ni Julia ni Carina lo reconocieron.

- ¿Puedo poner los paquetes sobre aquella mesa? – preguntó Carlos.

- ¡Por supuesto! – dijo Carina y agregó – ¿Les podría preguntar que son estos regalos?

- Claro – contestó Carlos – Son tres Quesos. Un Queso holandés, un Maasdam, importado de Holanda, traído directamente desde Ámsterdam. Este otro Queso, un Parmesano, y el otro Queso, el de los grandes agujeros, es un Gruyere. El otro paquete es una espada samurai, un obsequio de los residentes japoneses en Maldonado.

Carina quedó extrañada ante los regalos, si bien era común que Valeria Mazza recibiera obsequios de todo tipo. Las dos hormas de Queso, tanto el Gruyere como el Parmesano, eran enormes, gigantescas. La señora Julia también estaba sorprendida ante los Quesos que le habían traído a Valeria y le indicó a Carlos:

- Voy a subir, enseguida le aviso cuando estará lista la señora Valeria – y subió entonces las escaleras.

- Muy bien, ¿Y el baño? – preguntó Carlos dirigiendose a la mucama.

- Ahí está – dijo la mucama señalando hacia la derecha - ¿Quiere tomar algo mientras espera? Tiene para un rato largo.

- Trato de evitar tomar en horas de trabajo – contestó Carlos – pero le agradecería una taza de café.

- Muy bien, ya se lo traigo – dijo la señora Julia y se dirigió a la cocina a preparar el café.

Carlos ingresó al baño y tras orinar, sacó de su campera un enorme, largo y filoso cuchillo, que comenzó a sostener con sus manos, cubiertas de un par de guantes negros de cuero bien gruesos. El cuchillo era muy grande pero ante la espada samurai parecía pequeño.

Armado con el cuchillo, Carlos se puso detrás de la puerta, cosa de que la mucama le diera la espalda cuando volviera al salón. Unos pocos segundos después, Carina ingresó nuevamente al salón, pero Carlos casi no le dio tiempo. La tomó por detrás, puso el cuchillo en su cuello y la degolló salvajemente. Para un asesino de mujeres con la experiencia de Carlos, un solo golpe de cuchillo bastó para asesinar a la mucama. Con una sola cuchillada, Carlos provocó una herida profunda y amplia en la mujer, que cayó muerta de inmediato.

Con el mismo cuchillo con el que había cometido el asesinato, Carlos tomó el Queso holandés, el Maasdam traído de Amsterdam, y arrojó la horma sobre el cuerpo de Carina, la mucama.

- Queso – dijo entonces Carlos.

El crimen, aunque sangriento como pocos, había sido silencioso y la señora Julia, que se encontraba arriba, nada había escuchado. En eso, la asistente de Valeria Mazza comenzó a bajar por las escaleras. Carlos, entonces, todavía con el cuchillo en la mano, se colocó sobre la pared, para esperar a la señora Julia.

Tal como había hecho con la mucama, cuando la asistenta llegó abajo, el asesino la tomó por detrás y le clavo el cuchillo en el cuello, atravesándose totalmente. Carlos le clavó el cuchillo de tal forma que el mango estaba de un lado, y la punta salía del otro. La asistente cayó muerta de inmediato, y Carlos pusó el cadáver en una silla. Como con su víctima anterior, Carlos Delfino tomó un trozo de Queso, el Queso Parmesano, y lo tiró sobre el cadáver de la señora Julia.

- Queso – dijo entonces Carlos.

Asesinadas la señora Lucia, señorita Carina y la señora Julia, Carlos tenía entonces el camino despejado para atacar a su víctima principal, pues las dos mujeres no eran más que víctimas colaterales. Dos personas que estaban en el tiempo y espacio equivocado. Sí había usado el Queso Mini Fymbo para la empleada de seguridad, el Queso Maasdam para la mucama, y el Parmesano para la asistente, a Valeria Mazza le iba a tirar el Queso Gruyere.

Carlos Delfino ya no tenía obstáculos en su objetivo de asesinar a Valeria Mazza y tomó entonces la espada samurai y el Queso Gruyere, y se dirigió en forma sigilosa hacia la habitación de la top model, que todavía estaba debajo de la ducha.

A Carlos lo tentó la idea de atacarla al mejor estilo de la película “Psicosis” pero finalmente puso sobre el Queso sobre la cama y espero que Valeria saliera del baño. Al igual que con la señora Julia, Carlos espero a su víctima detrás de la puerta, esperándola atacar cuando esta le diera la espalda. La diferencia es que Carlos estaba vez estaba esperando a su víctima con una espada samurai.

El ruido de la ducha terminó y Valeria Mazza salió del baño. La modelo, vestida con el traje de baño, y con una toalla cubriéndole la cabeza, ingresó a la habitación. Nunca lo vio a Carlos, que estaba detrás de ella. El basquetbolista pudo haberla atacado en ese momento, le hubiera dado un certero golpe con la katana y el asunto terminaba allí.

Pero Carlos estaba dispuesto a algo más, no sería un simple asesinato como con las otras tres mujeres, el basquetbolista tenía que tener algo con la top model e iba por más. Entonces dándole la espalda a Valeria, mientras estaba salía del baño, la tomó por detrás, le puso un pañuelo sobre la nariz y la boca, y la durmió a la top model.

Valeria solo estuvo dormida unos pocos minutos, pero fue el tiempo suficiente para que el basquetbolista la atará y quedará inmovilizada.

- ¿Dónde estoy? – dijo Valeria Mazza mientras despertaba.

- En tu habitación, aca en Punta del Este, aca estas, Valeria Mazza.

- ¿Yo te conozco? ¡Sí te conozco! ¡Vos jugas al básquet! ¡Vos sos Carlos Delfino! ¡El Cabeza Delfino!

- Para vos, simplemente Carlos. Sí, nos hemos visto varias veces en Italia, lo recordas muy bien, seguramente, noches en Bologna, Padova, Verona, Venezia, Bergamo, la pasamos muy bien.

- Sí, muy bien, Carlos, pero ¿Porqué me tenes atada?

- Porque soy Carlos Delfino, el Quesón, el Basquetbolista Asesino.

- ¿El Quesón? – preguntó Valeria Mazza, mientras echó un vistazo a la habitación donde vio el enorme Queso Gruyere que Carlos puso sobre un mueble, contra la pared.

- El Queso o la Vida – declaró Carlos Delfino – Ja, ja, ja.

- El Queso quédatelo Carlos, si fuera Parmesano no te lo daría, pero el Gruyere quédatelo vos.

- No te estoy jodiendo Valeria – mientras le mostraba el cuchillo – Te voy a asesinar y a tirar un Queso.

- ¿Me vas a asesinar con ese cuchillo Carlos?



- No, el cuchillo no – dijo Carlos mientras dejaba el cuchillo sobre el mueble y tomaba la katana – te cortaré la cabeza con esta espada samurái.

- ¡Si yo nunca tuve cabeza, Carlos! ¡Siempre pensé que un basquetbolista podría asesinarme, Luis Scola, Fabricio Oberto o Emanuel Ginóbili!

- Me tocó a mí Valeria.

- Mejor Carlos, si un hombre va a asesinarme, mejor que se llame Carlos.

- Las generaciones futuras me conocerán como “Carlos Delfino, el Basquetbolista Asesino” o “Carlos Delfino, el asesino de Valeria Mazza”. ¿Algún último deseo, Valeria?

- Si Carlos, quiero decirte que sos un Quesón. Y quiero oler tus pies.

- Con mucho gusto, Valeria, después cogeremos.

- Como en aquellas noches de Verona, la tierra de Romeo y Julieta.

- Come quella sera a Verona, e anche quella a Padova, e come dimenticare la notte di Venezia, di fronte a Rialto.

El basquetbolista descalzo quedo y puso su enorme pie derecho talle cincuenta sbre el rostro de Valeria Mazza. Esta comenzó a olerlo, chuparlo, besarlo y lamerlo. Tenían un olor a Queso inconmensurable, imposible de describir con palabras, solo podemos señalar que era apestoso e intenso. Después el pie izquierdo.

Pero no todo quedo allí, y aunque no estaban en el Veneto, sino en el Uruguay, la tierra de Artigas, tuvieron sexo, en forma intensa y desenfrenada, porque era algo que Carlos no se iba a privar de tener.

Pero cuando el sexo terminó, Valeria Mazza, que permaneció atada sin poder moverse, se dio cuenta que sus días habían llegado a su fin, que debía ganar algo de tiempo.

- ¡Carlos, por favor, por más noches de Verona en nuestros cuerpos!

- No, Valeria, ya no habrá noches de Verano, si noches de Queso, entre el Quesón, o sea yo, y la Quesoneada, o sea vos.

El asesino, dueño de una enorme, magistral y macabra habilidad, tomó la espada samurai y descargó su furia criminal sobre el cuello de la modelo.





La herida fue muy profunda y un chorro de sangre se esparció sobre el piso. El golpe fue tan certero que la modelo cayó muerta de inmediato. Carlos, dueño de un instinto criminal que solo los grandes asesinos poseen, realizó otros golpes con la espada samurai sobre el cuello de su víctima, provocando de esta manera la decapitación.

Carlos estaba muy contento. Si bien su lista de crímenes era muy extensa, era la primera vez que utilizaba una espada samurai y que decapitaba a una de sus víctimas, a las mujeres a las que había asesinado anteriormente las había degollado o apuñalado con cuchillos.