Cuento corto
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Un amor ciego


Mi nombre es Martin y nací el 28 de Octubre de 1974, en el mismo día, que los Estados Unidos detonaron la bomba atómica número 831, llamada Hybla Fair. En realidad no importa mucho, pero ese acontecimiento, y otros muchos, marcaron mi vida con una dirección en una lucha tanto individual como colectiva para respetar el planeta Tierra. En mi infancia y mi juventud fui diferente a los demás, no por ser más fuerte o más inteligente, sino porque nací ciego. Ahora, con 31 años, sigo con el mismo problema pero me adapto a las circunstancias fácilmente. Vivo con mi madre mayor de unos 62 años, que me describe los acontecimientos más próximos a mi. En mi infancia tuve varios amigos, pero con el que aún mantengo contacto es con James. Con él somos grandes amigos y aun separándonos de colegio, por culpa de mi discapacidad a veces me viene a ver.

Explicar que siento sin poder ver es bastante complicado, pero puedo imaginar las situaciones y crearme unas imágenes sin saber como son realmente. Todo gracias a mi madre y a James que lo relatan con todo lujo de detalles. Y cuando estoy decaído, siempre pienso en el número 831 y, de esa forma se porque estoy aquí, en el mundo de los vivos.

Hoy es viernes y he invitado a una amiga llamada Laura, que también es ciega, que solo tiene un 12 porciento de visión. Le tengo preparada una sorpresa. Ella la conocí en unos campamentos de hace años donde íbamos cada verano y también cuando se acercaban las fiestas navideñas, ya que fuimos juntos a Lourdes y a Monserrat. Espero que mi sorpresa le guste, solo faltan unos minutos para que llegue. En ese instante sonó el timbre y mi madre fue a abrir. Eran Laura y su madre con su perra guía.


—Hola, qué alegría veros—dijo mi madre.


Entraron dentro de casa y les saludé. En pocos minutos comenzamos a comer y cuando llevábamos media hora le expliqué la sorpresa a mi amiga Laura.


—¿Estás preparada para saber lo que te tengo que decir?

—Por supuesto Martin, dime.

—¿Te gustaría ir conmigo a hacer un viaje en barca este domingo? —le pregunté con todo mi cariño.

—Claro.

—El padre de James nos ara de capitán y haremos una vuelta por el mar.

—Estupendo, ¿A qué hora tengo que venir?

—A las ocho de la mañana.


Como había pensado, Laura le gustó la idea.

Pasaron los días y el domingo temprano nos fuimos los dos acompañados hasta la población de Palamós. James y su padre nos ayudaron a subir a la lancha y, en menos de diez minutos, ya estábamos los dos por primera vez oliendo la sal del mar y escuchando el motor de la lancha golpeando las olas. En ese momento sentados juntos le pregunté a Laura, una cosa que ella me comentó una vez. Hacía mucho tiempo cuando fuimos a Lourdes.


—¿Te acuerdas de ese momento cuando me preguntaste que algún día te querías casar?

—Sí. Y te dije que me gustaría casarme contigo.

—Pues, lo que quiero decirte es…¿Quieres casarte conmigo?

—Claro, esperaba que algún día me lo dijeras.


La cogí de la mano y en ese instante, no podía ver su cara, pero mi imaginación y el lugar tan especial, me hizo abrazarla con todo mi amor. En ese momento no me importaba nada, solo quería estar junto a ella imaginándome una foto estática que recordaría toda mi vida.

12 de Junio de 2019 a las 17:08 0 Reporte Insertar 0
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