Relatos de Rol (Antología benéfica) Seguir historia

fusi81 Xavier Albert Fusalba

Esta publicación es un fragmento de la historia con la que participé en la antología benéfica promovida por la página de faceboock "Memes de Rol". La antología se llama "Relatos de Rol" y sus beneficios íntegros son destinados al Hospital Sant Joan de Déu (Barcelona) y su incesante lucha contra el cáncer infantil #ParaLosValientes. Esta antología consta en su totalidad de veinticinco relatos de veintidós escritores tanto amateur como independientes y está magníficamente ilustrada. Si quieres conseguir tu ejemplar y con ello contribuir a una buena causa, puedes hacerlo a través de los siguientes enlaces: Edición física: https://amzn.to/2CSv9Q7 Edición digital: https://amzn.to/2CMxMTt


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Sangre y cromo

La lluvia golpeaba furiosa el cristal de la ventana. La ciudad estaba sumida en una de las peores tormentas de la última década y la mayoría de servicios estaban saturados, ni siquiera las ambulancias Av-4 del equipo de trauma se atrevían a surcar el cielo con ese temporal.

Keira seguía escudriñando las azoteas de los edificios colindantes desde la ventana, intentando penetrar la oscuridad de la tormenta, pero aún con el dispositivo de visión nocturna instalado en sus ciberópticos Koshiry T-1000 no conseguía ver nada. La cortina de agua que caía fuera era impenetrable, tanto que apenas se podían distinguir las luces de neón de los edificios de esa misma calle. Incluso las grandes torres corporativas del centro de la ciudad, normalmente visibles desde su posición, eran poco más que una mancha de luz tenue a lo lejos.

Frustrada masculló una maldición para sí misma, tendría que haber instalado en sus ciberópticos la opción de visión termal, pero el puñado de eurodólares que le habían dado en su último trabajo no le había dejado un gran margen de beneficio y después de pagar sus facturas se había tenido que conformar con el dispositivo de visión nocturna. Siguió mirando fuera mientras hacía chasquear los servos instalados en su ciberbrazo cromado, no sabía por qué, pero encontraba ese sonido relajante y el trabajo en el que estaba metida la ponía de los nervios. De repente un bajón en el sistema eléctrico hizo que las luces del apartamento parpadearan y todo el barrio se oscureció durante unos segundos.

Acto seguido escuchó una voz grave que gritaba algo en ruso, estaba segura que no era una alabanza a la compañía eléctrica de la ciudad. El grito provenía de Dimka, el Netrunner del equipo, su experto en seguridad electrónica y ese temporal tampoco le estaba poniendo las cosas fáciles. Ya habían sufrido cuatro caídas de tensión como esa en lo que llevaban de día y cada vez que su equipo se desconectaba de la red le obligaba a reconectar y a desplegar toda una serie de programas de rastreo y de defensa. Una tarea que a Keira le parecía de lo más tediosa, pero aun así necesaria.

Niko, la pareja de Dimka, le puso la mano sobre el hombro afectuosamente para que este se calmara. Nikolai "Niko" también era ruso, aunque había emigrado a Estados Unidos cuando era pequeño y no tenía apenas acento, al contrario que Dimka.

Él era quién les había puesto en contacto a todos. Era un arreglador que había trabajado un par de veces con Keira y desde entonces habían hecho buenas migas, su actitud amistosa le gustaba a la mercenaria, así como su talante humilde que siempre la había hecho sentir cómoda a la hora de negociar.

En el pasado había conocido a otros muchos arregladores que se creían auténticos señores del crimen y se creían con derecho a ningunear a cualquiera para sacar tajada. Esos estafadores muchas veces incluso pedían un porcentaje de los beneficios por no mover ni un dedo. En cambio Niko no sólo se encargaba de arreglar tratos sino que también se implicaba en estos, poniéndose en primera línea de fuego más de una vez y no racaneaba con la paga que siempre era a partes iguales.

— Se acerca la hora— dijo Mei apostada al lado de la puerta.

Mei Hernandez era la nómada del grupo, de padre mejicano y madre china era la viva imagen del mestizaje entre los grupos de nómadas sin tierra. Estos parias, expulsados de sus tierras por las corporaciones viajaban por todo el país de ciudad en ciudad para encontrar un lugar donde volver a empezar con sus familias. Lucía con honor una chaqueta de cuero con los colores de su familia nómada, "los santos", así como multitud de tatuajes por todo el cuerpo que la identificaban como miembro de ese grupo.

Keira la había conocido en un bar de la ciudad dos años atrás, Mei se estaba peleando con unos cabezas rapadas que la habían insultado llamándola "burrito chop suey". Ella como respuesta le había roto el brazo a uno de los pandilleros y le estaba dando una buena tunda al segundo. La nómada se las estaba arreglando bien sola, hasta que otro de esos tipejos apareció en escena y sacó un arma. Medio segundo después Keira le voló la cabeza de un disparo al pandillero. Después de eso se hicieron inseparables, los nómadas no olvidaban a la gente que les hace un favor y Keira estaba contenta de poder contar con alguien que le cubriera las espaldas en algunos trabajos.

— Si, faltan diez minutos para las veintiuna cien— confirmó Tom desde el sofá.

Keira asintió con una mueca de desagrado, la mueca no era porque su cita de las nueve estuviera a punto de llegar, era por Tom.

Desde el primer día el mercenario no le había caído demasiado bien, pero después de la insistencia de Niko para que este se uniera al grupo ella había acabado cediendo.

Tom era un veterano de la guerra de Centroamérica, una "reliquia" del ejército que ahora se dedicaba a hacer trabajos por cuenta propia. Su jerga militar y su actitud autoritaria molestaban a Keira y le recordaban a su padre, un veterano instructor del ejército con el que no se llevaba nada bien.

Seguramente el mercenario creía estar al mando porque en el ejército había tenido algún tipo de rango y ser el más viejo del grupo reforzaba esa convicción. Tom tendría unos cuarenta años mientras que el resto del grupo rondaba la veintena. Pero quizá lo que más molestaba a Keira era su ciberequipo, el mercenario levaba un implante de blindaje subcutáneo en la cabeza lo que le hacía carecer de cualquier tipo de expresión facial haciéndole inescrutable. Además, sus rasgos se habían deformado tanto que parecía más una máquina que un hombre y eso sumado al resto de chatarra que llevaba instalado en su cuerpo la hacía sospechar que el veterano mercenario estaba cerca de cruzar el límite y convertirse en un ciberpsicópata, un ser sin emociones más máquina que hombre con peligrosos instintos asesinos.

A pesar de todo tenían que trabajar juntos y con un poco de suerte sería la última vez. Keira ya estaba harta de ese trabajo, llevaban cuatro días encerrados en ese minúsculo y cochambroso apartamento.

Era un piso franco que Niko tenía en un viejo edifico en la peor zona de la ciudad. El apartamento tenía un pequeño comedor, con una mesa destartalada, un par de raídos y gastados sofás con marcas de cigarrillos por doquier, una vieja nevera y un microondas en el que preparaban toda la comida. También había un diminuto baño que había visto tiempos mejores y una habitación con la única cama de todo el apartamento. Esa cama, los sofás del comedor y un par de futones eran los únicos lugares donde podían dormir y cada noche tenían que hacer turnos para disfrutar de la "lujosa" cama.

Para la mercenaria ese lugar se había convertido en el mismo infierno, no solo por la falta de mobiliario, sino por la falta de espacio.

Estaba acostumbrada a vivir en un pequeño apartamento, pero sola. Allí tenía que compartir su espacio vital con seis personas más, tenía que comer con ellos, dormir con ellos y casi usar el baño juntos, porque las paredes del apartamento parecían de papel y no dejaban apenas intimidad para nada. Ni siquiera con sus vecinos, podían escuchar con facilidad lo que sucedía en cualquiera de las viviendas de la misma planta, incluso las de la planta superior e inferior.

Estaba harta de la vieja adicta a los culebrones que vivía a su derecha, estaba sorda y ponía su viejo televisor a todo volumen para escuchar telenovelas a todas horas. La sacaba de sus casillas la pareja joven de la vivienda de enfrente que no paraba de discutir a gritos por cualquier gilipollez, si tan mal se llevaban ya lo podían dejar de una vez. El bebé de la mujer del apartamento de la izquierda no la dejaba dormir por las noches y tampoco los ruidos y los gemidos de la prostituta del piso superior. El único que se comportaba era el yonki del piso de abajo, salvo un día que puso la música a todo volumen durante un par de horas el resto de la semana a penas lo había escuchado, quizá estaría en las calles buscando algo para meterse, o peor, muerto de sobredosis en el suelo de su casa.

Por suerte la cita de las nueve estaba a punto de llegar y con un poco de suerte su infierno personal terminaría. Cogió la escopeta que tenía apoyada al lado de la ventana, comprobó el cargador y se sentó en el otro sofá junto a Beth.

Beth era la razón por la que estaban allí. La joven parecía nerviosa así que Keira le dedicó una sonrisa y apoyó su cibermano sobre la pierna la de muchacha.

12 de Junio de 2019 a las 15:14 0 Reporte Insertar 0
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