Palomas entre las rosas Seguir historia

N
Nestor Ventura


A las historias de aparecidos que ensombrecen una vieja casa de campo se añade ahora la misteriosa muerte del último morador. El comisario León Navarro intentará al esclarecimiento del hecho con el aporte de lo racional y metódico. Por su parte, el sargento Ernesto Menseguez, emprenderá un recorrido que lo llevará a los orígenes de la casa y a revelar acontecimientos que darán un matiz diferente a la investigación.


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La casa abandonada

Si el ojo pudiera ver a los demonios

que pueblan el universo, la existencia sería imposible.

(Talmud, Berakhoth, 6)


Unos naranjales se apartan de golpe y el panorama se abre a la amplitud de un campo arado. A la distancia, en medio de la desolación de surcos y una aparente serenidad, los dos grandes eucaliptos rodeados por un montecito, parecen estar esperándonos. Con la vista fija en el viejo solar, mi primo y yo sabemos íntimamente que dudar tiene como consecuencia la burla del otro a perpetuidad sin atenuantes, así que con ese atropello medio inconsciente que nos da la edad, avanzamos rápidamente y no nos detenemos sino hasta llegar frente a esa suerte de alto paredón, verde y enigmático, que comporta la arboleda donde anida la casa. Improvisamos indiferencia, pero apresuramos el acuerdo de que no hace falta incursionar más allá de lo necesario: “Podemos tirarles a las palomas desde fuera”, propone Gabriel, quien ha asegurado que allí podemos hallar a muchas y, curiosamente, a las más grandes de toda la región.

Tenemos doce años, el acorde atributo de la imprudencia y una fascinación en la mirada que revela el argumento de cazar palomas como un disimulo: es que la ambición cinegética sólo ha servido para justificar la intención de acercarnos a una fama de fantasmas que nos atraganta de curiosidad.

De pronto estimo que tal vez hubiera sido mejor quedarse en casa; hace menos de dos horas todavía estábamos en la chacra donde vive mi primo, tranquilos y a salvo, y pienso que tendría que haber sido más incisivo en la duda que nos planteamos de si venir o quedarnos allá. No lo hice, y sin meditar más el asunto remontamos distancia un poco por el camino, de a ratos cruzando campo, y otro poco por atajos de montes y taperas. Durante el trayecto hallamos excusas para perder el tiempo ahuyentando pájaros o entreteniéndonos en la recolección de coraje bajo la sombra de frutales; y como en un acuerdo tácito, preferimos omitir la mención de alguna de las anécdotas aterradoras del lugar adónde nos dirigíamos.

Ahora miro la enramada por donde se escapan vislumbres del abandono que prefiero ignorar. Nos hemos quedado por un momento callados. El sol pende en un rincón de la tarde como una lámpara mortecina, quizá contamos con poco menos de dos horas antes de que el crepúsculo amortaje el paisaje. Echamos una última observación como de expertos y enseguida comenzamos a caminar en torno a la floresta. Buscamos las aves. Por el entusiasmo de apuntar y disparar con las gomeras, al principio no reparamos en que el silencio y la quietud exageran la paz otoñal y la soledad del sitio, ni en que las palomas parecen meras sugerencias entre la amarilleada decadencia del follaje. Nos sustraemos a lo sibilino y nos concentramos en esos aleteos espasmódicos que curiosmanete se obliteran con inmunidad de sombras ante los proyectiles más certeros. Nos ensimismamos en un empecinamiento desacordado igual que en el engaño de un sueño. Aún así, no nos atraviesa el desánimo; continuamos con yerro y furia en aumento machacando los árboles sin tregua hasta que, de pronto, un disparo de Gabriel restalla como un latigazo sobre el lomo de las hojas, y enseguida el golpe triunfal de dar en el blanco anticipa el desplome de un manojo de plumas. “Cayó ahí nomás”, confirma mi primo.

Tal vez vacila un segundo, pero el trofeo ha resultado demasiado esquivo para dejarlo abandonado al anonimato y a la incredulidad de los días por venir; así que sin pronunciar palabra se lanza a la zona ‘prohibida’ como lo haría un soldado hacia las líneas enemigas.

Al cabo de un momento, vislumbro a Gabriel agachándose y volviéndose a levantar con gesto cariacontecido.

—¿Y? ¿la encontraste? —solicito, apenas levantando la voz.

Mi primo niega, luego murmura algo que la complicidad de la enramada no me permite oír claramente, y tras cartón me insta a que lo ayude en la tarea.

—Vení, debe estar por acá —enfatiza.

Amago el primer impulso de obediencia, pero antes de emprender el auxilio, la desconfianza hace que deslice un último atisbo del panorama entre los árboles. Sólo percibo el encantamiento de una tarde otoñal, nada corresponde a la adversidad; en la quietud de la penumbra alguna hoja se deja caer cada tanto de pura melancolía, se impone la broza en el suelo, y un paraíso engarbado habla de la última tormenta; más allá, el misterio oscurece el abuso de las plantas, y todo convence de un largo tiempo sin gente. El espectáculo me da un empujón de candor, y por un momento, el suficiente para cometer un error, llego a suponer que el miedo, después de todo, debe de ser allí inconsecuente.

A pesar de esto, ni bien encaro la floresta y doy dos o tres pasos, siento que el silencio se planta frente a mí a modo de un espectro. No percibo con claridad si mis piernas se lentifican ante la primera dentellada de aquel mutismo, lo cierto es que no me detengo y de a poco voy entrando al desánimo, acompañado por el quebranto de las hojas bajo mis suelas.

—No entiendo, la vi aletear abajo de ese tronco, después busqué entre estos yuyos, pero no está —comenta Gabriel sin quitar la vista del suelo una vez que me planto a su lado.

—Cayó herida y revoloteó hacia alguna otra parte —opino.

Enseguida levanto la vista y advierto, demasiado cerca y parcialmente, uno de los derruidos muros de la casa. Es en cierto grado, perturbador. Se asoma en la floresta como un enorme y antiguo pergamino donde se inscribieran nefastas experiencias.

—Aunque no debe estar lejos —Me apuro a agregar, no quiero acercarme a leer aquellas historias.

—Claro, ¿pero dónde? —repone mi primo.

De pronto, tomo consciencia de que el vacío vital que nos rodea no conviene sólo a la servidumbre del silencio o de la inercia, lo percibo como la arraigada opresión de una ausencia, un hálito de tristeza acercándose como la caricia de una fatalidad o el ramalazo de desaliento que provoca un recuerdo doloroso, como una súplica escondida en el silencio surgida desde algún rincón del lugar para lacerar nuestros pensamientos y golpear nuestras emociones. Pero a la sazón, cuando el desasosiego amenaza quizá con hacernos claudicar de la cacería, un aleteo sobre nuestras cabezas viene a atraparnos nuevamente en los dominios del espanto.

Rápidamente cuelgo la mirada en una de las ramas altas, y Gabriel hace lo propio. Allí, con una chispa de sol en la noche azul de las alas, vemos, claramente por primera vez, a una enorme paloma. El ave ostenta indiferencia imperial; puestos sus ojos en la lejanía septentrional del horizonte, su pecho se ofrece como un almohadón para el descanso de los proyectiles. Sin dudar un instante apuntamos y disparamos, pero la paloma ni siquiera se mueve. Continúa aferrada a una rama retorcida que de vez en cuando, como el brazo de algún sardónico dios arbóreo, se balancea al ritmo de la brisa, a ratos tibia, de momento fresca, que proviene desde el río.

Nuestras manos, con el temblor de la urgencia, buscan más piedras en el fondo de las bolsitas que llevamos en bandolera; enseguida cargamos y volvemos a disparar. Y aunque lo hacemos no menos de tres veces cada uno, de pronto el animal decide levantar vuelo ignorando nuestros esfuerzos. Intercambiamos miradas de asombro.

—Casi le doy, ¿eh?, ¡el último tiro pasó cerca! —Se contenta Gabriel, tratando de morigerar la frustración, y de inmediato, con sigilo y tozudez, comienza a caminar sin quitar los ojos de las alturas. Busca los resquicios que le ofrecen las hojas. Lleva estirada la gomera con el empecinamiento de disparar ante el primer asomo de ave que pueda absolverlo del fracaso. Se encamina, directo e inocente, hacia los restos del caserón. El silencio rodea el crujir de sus pisadas. Por un momento, en mi duda entre seguirlo o advertirle el rumbo de sus pasos, mis ojos se pasean por el entorno. Con menos incidencia del temor ahora, me doy cuenta de que, con exclusión de las palomas vislumbradas, no logro detectar la presencia de gorriones ni de calandrias, y ni siquiera el clamor descendente y arrastrado de las pirinchas sobrecoge la tarde; tampoco se oye el tono exultante de los teros rebotando en medio del campo, y la ausencia de flechazos entre los árboles de pronto me da a entender que allí no moran jilgueros, y tampoco tacuaritas.

—Pará, a… ¿adónde vas? —titubeo.

—Qué raro —responde Gabriel mientras gira hacia mí y baja los brazos para desentenderse de la postura de tiro—, no veo ni una paloma ahora.

Prefiero callar mi observación sobre las ausencias, y vuelvo a preguntarle:

—Por eso, ¿adónde vas, qué hacemos?

Y al decir esto, no puedo evitar una mirada recelosa hacia la ruina de la casa que parece acechar a espaldas de mi primo.

Gabriel sonríe, pero lo hace con un dejo de nerviosismo.

—Vinimos a cazar palomas, ¿no? —dice al punto— además no pasa nada, no me vas a decir que tenés miedo—y puntualiza—…, es de día.

La remarcación “es de día” me sanciona un desaliento; se hace interpretable que la inopinada valentía de mi primo no estriba en la incredulidad de apariciones o fantasmas, simplemente él debe suponer, basándose quién sabe en qué teoría de la conjura, que los extraños sucesos deben de tener lugar sólo de noche. Encima, tal vez envalentonado ante sus propias palabras, o a lo mejor para ratificarlas, propone que nos acerquemos a conocer la casa.

—¿Total, ya que estamos acá? —desliza.

—Te parece —balbuceo, aún firme como una estaca.

Para entonces Gabriel ha dado por sentado que lo voy a seguir, y tras darse vuelta en redondo, comienza a abrirse paso entre un delirio de ramas.

No tengo otra opción que salir disparado en procura de darle alcance. Mientras camino soy presa de un fastidio insobornable; me recrimino calladamente la incapacidad de optar ante un dilema, al tiempo en que rumio insultos por la decisión de Gabriel.

A punto estoy de exponer la queja pertinente, cuando chocamos con un muro lateral de la casa. Todo el caudal argumental en contra de la situación queda postergado ante la paralización que supone lo inminente: algo nos espera allá dentro, y nadie puede convencerme de lo contrario. Quiero advertirlo, pero Gabriel no me da tiempo, decide que rodeemos el perímetro de la edificación hasta encontrar la puerta principal, y me invita a que sigamos caminando.

Avanzamos entonces lentamente, viéndonos obligados a inventar un sendero entre el muro de la vieja casona y un alto yuyal acechante de ortigas. Pero antes de llegar al extremo del edificio nos detiene el hueco oficiante de una ventana. Es una oportunidad de anticiparnos al interior de la casa, y lo tomo con cierto alivio. Nos apoyamos en el resto de un marco descolorido y comprobamos que el tiempo o el pillaje han expoliado el techo hasta dejar un pequeño sector de travesaños, que penden como flecos hacia un abismo de desolación. Después de todo, me digo, andar por dentro a cielo abierto es como andar por fuera.

La tarde avanza, y nosotros hacemos lo propio. Enseguida noto que a escasos quince metros del edificio principal se levanta una construcción que bien hubiera podido pasar por una casita aledaña.

—Ese es el galpón donde dormía el alemán —refiere Gabriel. El comentario me eriza la piel, así que lo dejo correr rogando que el mismo muera en mi silencio consecuente. Por suerte nada agrega mi primo, y seguimos caminando pegados al perímetro de la casa hasta que nos detenemos ante la entrada principal.

Como el resto de las aberturas, de la puerta sólo queda un gozne oxidado y a medio desenclavar. No hay techo, y eso nos permite observar con claridad lo que en algún tiempo ha debido conformar una modesta recepción, ahora abierta al escrutinio sesgado de un rayo de sol que cae sobre una alfombra de yuyos, desperdicios antiguos y escasez de mosaicos. El tiempo parece haber pasado por el lugar sin ningún sobresalto, pergeñando lentamente una tapera como cualquier otra que hay en los campos aledaños.

De a poco vamos entrando a la casa; algo asustados por ruidos propios, pero una vez franqueado el umbral del asombro y en la medida en que nos sabemos envalentonados, remontamos los ambientes atisbando con desparpajo en ciernes, levantando tímidamente el lábaro del desafío, deslizando sorna, reponiendo el aliento. Por un momento, a la casa le estamos arrebatando la fama; soñamos, valga la inocencia, con la bravuconada posterior de un cuento solventado por una trama sin sucesos y una indiferencia señera, casi promiscua, ante los antecedentes.

De lo que alguna vez constituyó una morada, apenas quedan rastros de habitaciones, intuidas por muros y aberturas vacías. Así que no encontramos mucho por ver ni hacer más que patear deformes cacharros de una lejana cotidianidad, dispersos por el suelo como tributos de un ritmo de vida que ni siquiera valen para formalizar recuerdo. El único ambiente que se distingue del resto, notablemente más exiguo, exhibe lengüetazos carboneros sobre una pared, sugiriendo que en alguna época ha sido la cocina. El panorama se rinde a la normalidad del abandono.

Por fin vamos saliendo de las ruinas y siento que acabo de vencer a un gigante; nada extraño ha ocurrido, después de todo. Atrás, el maltrecho edificio queda sangrando por los golpes de nuestra osadía, y casi me da pena porque al marcharnos le sumamos ausencia.

Gabriel insiste en que nos acerquemos al galpón; y para mi pesar, mientras avanzamos, a mi primo se le da por reincidir en la mención del alemán. Como es de esperar, la conversación va esquiciando finalmente el tema de los aparecidos, y junto a la evocación de uno de los antiguos moradores de la casa, de pronto reparo en la presencia de rosas blancas a nuestros pies.

No las he visto hasta ahora, o quizá hasta este momento no se han dejado percibir; lo cierto es que de golpe el suelo a nuestro alrededor rezuma alba, danza aroma, y salpica caricias. Simplemente las veo y creo que Gabriel debe saberlas delante de sus pasos, pero no se nos ocurre valorar esa salvaje floración en medio del bronce otoñal; sencillamente pasamos entre las rosas hablando, ahora con más descaro y sin remiendos, sobre los mentados casos de la finca.

No entramos al galpón, asusta por tullido y parece probable un derrumbe. Además, deberíamos forzar un portalón de dos hojas luego de romper un candado y desbaratar un nudo de cadenas. Nos conformamos con espiar a través de las hendijas, desde donde podemos entrever alguna vieja herramienta babeante de penumbra, telarañas en la pared del fondo, o antiguallas de diversa índole y prestación desparramadas por el suelo. En tanto miramos, Gabriel insiste en memorar las especies más indeseables: “… el abuelo Valentín siempre decía que el alemán vivió un tiempo acá porque en la casa no podía estar, y que al final se había vuelto loco, ja”.

Si bien a esta altura el miedo inicial ha cedido en nombre de la precaución, estimo que hallándonos en aquel sitio, la pormenorización de Gabriel, si no conlleva una intención insidiosa, por lo menos parece imprudente.

—Bueno —digo en tanto me volteo para desandar nuestros pasos— ahora ¿qué hacemos?

Y de inmediato me enfrento al aparentemente renovado espectáculo de rosas blancas. Casi estoy a punto de exclamar que las flores han extendido los dominios, pero mi primo, indiferente, emprende la marcha delante de mí sin renunciar a su perorata; insisto, a mi juicio prescindible, en modo alguno aquí recomendable.

No nos hemos desplazado más de dos o tres pasos, cuando oigo el primer aullido. Admito que puede ser la percepción de una lejanía, pero de indudable presencia y suficiente para que me detenga al punto.

—Oíste eso —pronuncio con alarma contenida.

Gabriel, fastidiado quizá por el susto impreso en mi reacción, se da vuelta para recriminarme la cobardía y sugerir que sólo ha de haber sido algún perro desde una chacra vecina. Pero más allá de lo tajante en el juicio, algo en la voz de mi primo acaba de desnudar la presencia de un temor recóndito, y en la medida que continuamos caminando, se me antoja notarlo desbordado por una tensión de pretendida indiferencia; siento que los argumentos que hemos acunado antes de ingresar a la finca están despertando, y ya no se trata de meras ilusiones, cuentos de fogón o imaginerías. De repente, tomo consciencia de que estamos en el corazón mismo de un lugar abandonado por los hombres debido al declarado horror de ciertos sucesos; no existe en la zona un sitio del que todos menten la existencia de una maldad tan recalcitrante y hostil; “el alemán se volvió loco en ‘Los diablitos’”, solía recordar mi abuelor refiriéndose al popularizado nombre de la finca; y la sentencia se me hace intolerable en la memoria, atiborrada de bisbiseados anuncios.

Apenas dos pasos hemos dado en este trance de expectación, cuando un nuevo grito se manifesta a no más de treinta metros a nuestro alrededor. Lo identifico como la expresión desesperada que sucede a una calamidad, lacerante en su puro desgarro.

Gabriel estira la mirada hacia un sector y yo hacia otro, y enseguida ambos nos detenemos alerta, las espaldas erguidas, los ojos reboleados y las cabezas casi quietas; sucede un instante pétreo, transpirado y eterno, durante el cual el miedo nos tiene aferrados los miembros y los sentidos.

Tal vez estoy a un ápice de pronunciar una palabra, o tan solo podría manifestar una interjección demudada, pero al punto, aquello que viene acechando arremete un nuevo alarido, esta vez a medio metro detrás de mí.

En los segundos que sobrevienen irrumpimos en una alocada carrera. Delante, la figura de mi primo devorando el espacio a grandes zancadas. El aliento del espanto arañándome la espalda. Salimos como escupidos del arbolado, y no nos detenemos hasta entrados unos treinta metros en el campo arado que rodeaba el lugar.

Aún en silencio y casi despojados de respiración, nos aplicamos a una atolondrada búsqueda de cascotes para arrojarlos, con la fuerza del odio y la impotencia, hacia la arboleda en torno a la casa. Conforme nuestro ánimo de venganza se esfuerza en el inútil cascotazo limpio, de repente y ante nuestro asombro, cientos o tal vez miles de palomas se desprenden de los árboles en un vuelo de oscuro surgimiento. Nos quedamos quietos y en silencio, fascinados bajo aquella trituración en el aire apenas destellada por reflejos de sol atardecido, observando aquella expandida imagen azul cuya expresión de un vuelo de palomas, de pronto, y con el eco del grito aún en nuestros oídos, viene a semejar de cuervos.

13 de Junio de 2019 a las 03:58 0 Reporte Insertar 0
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