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vladstrange01 Vlad Strange

A las afueras de Metepec se encuentra San Gaspar, un pequeño pueblo rural en dónde una serie de suicidios ha sacudido a su sociedad desde meses atrás. La policía ha decidido no intervenir en el asunto y ha cerrado los casos como simples suicidios sin importancia. Sin embargo, Graz Abdul y David García, médiums y agentes de la SOCPAM, no piensan lo mismo, ellos atribuyen las muertes a un feminicida serial con nexos con lo oculto. O quizá es como dice la Señora Eugenia, que la muerte está cosechando lo que sembró la temporada pasada.


Horror Historias de fantasmas No para niños menores de 13.

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Descubrimiento



Ningún lugar cercano a Metepec es tan colorido como el centro del pueblo y los complejos residenciales de clases alta y media alta. Por sus caminos circulan autos poco aptos para sus suelos adoquinados, pero tan comunes de ver que se han convertido en parte de la idiosincrasia del lugar. Sin embargo, esto no es el caso de aquellos pueblos que lo rodean.

Metepec, el pueblo mágico famoso por sus artesanías de barro y el Árbol de la Vida, esconde en sus fronteras lugares menos afortunados, pequeños pueblos donde la pobreza es símbolo de la sociedad, quien la porta como bandera. Vendedores ambulantes abarrotan las banquetas, haciéndolas imposibles de transitar, avenidas especializadas en comercios de poca higiene, con empleados de rostros tristes, morenos y desesperanzados. Todo un ambiente de estancamiento, lentitud, poca fe, poca esperanza… pocas ganas de sobresalir.

Uno de los lugares más emblemáticos es el barrio que se encuentra detrás de la barrera electrificada en donde está construido, orgulloso, el Colegio Altius, uno de los más exclusivos del Valle de Toluca. A un lado de este se encuentran dos Residenciales cerrados con lujo desbordando de sus lagos artificiales. Un sueño, como lo menciona el nombre de uno de ellos. Un sueño que se convierte en pesadilla al otro lado de la cerca.

Al otro lado está el pueblo de San Gaspar, conocido por sus bandas de jóvenes sin futuro, ladrones que lanzan piedras al parabrisas para asaltar al tráfico, líderes criminales de descendencia alemana viviendo en la pobreza y el deshonor, sicarios refugiados y uno que otro narco escondido entre sus calles.

Sus construcciones son precarias, la mayoría de ellas dejadas en obra negra, con techos de lámina y a medio terminar. Las mujeres se ven caminando apuradas, vestidas humildemente y coronadas con delantales, siempre llevando un bolso de lona con ingredientes para la comida. Los hombres se encuentran bebiendo en las cervecerías provisionales a plena luz del día, y los que saben que se debe trabajar para vivir, laboran sencillos en los puestos y obras en curso de los alrededores.

Los jóvenes… la minoría se encuentran en clases, y la mayoría vaga por las calles en busca de drogas, problemas y muerte.

Es curioso, pues un lugar tan devoto como lo es San Gaspar, cuyos colonos gastan lo poco que ganan en enormes fiestas patronales y en peregrinaciones, parece haber sido abandonado por Dios.

Y es ahí, cuando el humano se siente débil e indefenso, inútil en naturaleza, que se le hace fácil caer en otro tipo de devociones peligrosas que solo los logra alzar un poco para volverlos a hundir hasta el fondo.

Ese mes de Junio se cumplían siete meses desde el primer suicidio, y de ese siguieron media docena más. La policía local no creyó pertinente investigar a fondo: eran simples suicidios. No había testigos, no había sangre ni armas perdidas, tampoco parecían estar envueltos los criminales de siempre, pues el grupo mismo se había visto afectado por las muertes.

El caso llamó la atención de Graz Abdul desde el quinto evento, cuando descubrió los registros del forense por casualidad al investigar otro caso de Satanismo en la zona. Sin embargo, al no haber pruebas mayores que indicasen que se trataba de un caso de su división, tardó un poco en convencer a sus superiores de investigarlo.

El quinceavo día de Junio llegó junto a David García a una pequeña casa en uno de los residenciales con laguna artificial que se encontraba a la frontera y en menos de una semana habían logrado contratar a una persona de limpieza proveniente de San Gaspar.

Graz era conocida como «La Medium» en la SOCPAM, una división secreta (y prácticamente particular) de la Policía Metropolitana. Sus habilidades deductivas y puramente lógicas opacaban fuertemente sus dones para ver más allá de lo evidente, lo que la había convertido en la vidente más incrédula de la plantilla, si no es que del mundo entero.

Y David, su compañero y superior, era un hombre más visceral, así como sensible para lo oculto. A pesar de que su apariencia dictaba precaución, su personalidad era más suave y agradable que la de la joven.

—Pensé que contratamos a Eugenia para extraer información. —Graz suspiró frustrada, se encontraba tomando un americano en la cafetería de la plaza interior—. No lograremos nada si no nos ganamos su confianza, y no ganaremos su confianza si no nos conoce.

—No me gusta estar en casa cuando están haciendo aseo. —David excusó—. Aparte, no podemos hablar del caso con ella presente.

Dicho esto, tomó su portafolio del piso y rebuscó en el interior hasta sacar un grueso folder negro. Sin importarle que los meseros pasaban a su lado con charolas de comida, extendió una serie de fotografías con mujeres de distintas formas y características colgadas del techo con una soga atada al cuello.

—Apaga el cerebro un minuto y dime qué sientes… ¿qué ves? —pidió.

—No puedo apagarlo ahora, Davo, ¡es obvio! —Casi gritó—. Feminicidio… una serie de ellos.

—Si lo dices así nos quitarán en caso en cuanto entreguemos el primer reporte, Graz, concéntrate.

Graz rodó los ojos y soltó un bufido.

—Siete mujeres… Cuando eran seis pensé en un ritual satánico, pero ahora con el séptimo, mi teoría no es tan fiable —le dijo—. Esto definitivamente es raro. Siete mujeres se quitan la vida de la misma forma, a casi la misma hora, el mismo día de la semana… O hay alguien incitándolas o alguien está asesinándolas.

—Estas dos, Georgina y Daniela, son primas segundas y solían juntarse —David dijo, señalando las fotografías y colocándolas juntas—. Según los familiares, ambas se casaron el mismo año con muchachos de la misma bandita de malvivientes. Georgina dejó dos hijos y Daniela uno.

—Qué jóvenes estaban… ¿a qué edad se casaron? ¿A los catorce? —Graz frunció el ceño.

—No importa mucho en el caso, ¿o sí? —respondió él, pero para cambiar de tema cuanto antes—. Ambas fueron abandonadas por los responsables padres de sus criaturas en la misma época, meses antes de sus presuntos suicidios. Dicen que después de que dejaran a Daniela, su prima comenzó a ir más seguido a su casa, preparaban juntas la comida y se apoyaban mutuamente en la crianza de los niños.

—Sin embargo, Daniela fue la tercera víctima y Georgina la sexta. A menos que la depresión la venciera a los tres meses, no veo razón para seguir a su prima ni para repetir el acto con tanto perfeccionismo, sabiendo que dejaba desamparados a tres niños, contando el de la otra joven. —Graz se quedó pensando un momento. En realidad le costaba trabajo ponerse en los zapatos de los suicidas, ya que ella pensaba que la naturaleza del hombre es «sobrevivir» y el suicidio era una contradicción pura y dura a lo innato—. ¿Alguien más se conocía?

—No tan íntimamente. —Bebió un sorbo de malteada de fresa sin azúcar—. Vivían en el mismo barrio, es difícil que no se conozcan, pero esas dos son las únicas con una relación cercana.

Cuando los meseros comenzaron a actuar raro, incómodos por lo que llegaban a ver de reojo sobre su mesa, decidieron guardar el trabajo para más tarde. Y al poco rato, ya estaban de vuelta en casa. Eugenia seguí ahí.

Era una mujer rechoncha, morena y siempre iba con el copete bien peinado. Se veía abierta, sociable y amable, del tipo de mujer que contaría la vida de los demás sin tapujos.

David le pagó e intercambió un par de palabras con ella antes de llevarla a la puerta.

Mientras tanto, Graz extendió las fotografías sobre la mesa del comedor y las observó atentamente.

Silencio.

Uno de esos que calan los oídos y en la espalda.

«¿Qué tanto hace David?» Se preguntó, ya se había tardado en entrar a la casa.

Fijo la vista con más fuerza en las fotografías, observó los rostros inertes de las jóvenes, sus habitaciones desordenadas, y una sombra que pasó lentamente por las escaleras con dirección a la segunda planta.

Se le erizó hasta el vello más pequeño y delgado del cuerpo. Frunció el ceño, ella no se dejaría intimidar por algo que no tenía cuerpo físico. Sacudió la cabeza y volvió la vista a las fotografías.

Entonces lo vio.

Justo en la cama más desordenada de todas, escondido entre los pliegues de múltiples cobertores, la cabeza de una estatuilla sobresalía.

7 de Junio de 2019 a las 02:10 0 Reporte Insertar 2
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