El viaje del dios de la muerte Seguir historia

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Asvard es un individuo que vive en las áridas tierras de Jatavia, el no es humano, pero tampoco se siente como un dios. En su viaje se encontrara todo tipo de personas y seres sobrenaturales, los cuales demuestran lo que consideran su propio concepto de divinidad.


Aventura No para niños menores de 13.

#antiguedad #desierto #batallas #reliquias #deidades
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Asvard

El viento seco arrastra el polvo, como es usual en las áridas tierras de Jatavia. Asvard, un joven de veinte años, alto, de ojos azules y cabello largo y negro, se acomoda su ancho sombrero de paja para protegerse de los rayos del sol.


Él se encuentra caminando en una parcela, en la cual hay un pequeño cultivo de moras. Él observa los frutos y luego empieza a recolectarlos torpemente, por lo que se termina puyando con las espinas de las zarzas.


En ese momento, un grupo de nueve jinetes aparecen en el camino. Eran una tropa de soldados, y las insignias azules que llevaban en el peto de cuero y su piel blanca, indicaban que pertenecían al reino de Dorel.


Uno de ellos llama la atención del joven.


—Oye, vamos camino hacia Neder y necesitamos hombres. Vamos a recuperar la reliquia de los aremitas.


Pero este responde de forma brusca:


—No me interesan sus absurdas cruzadas, déjenme tranquilo.


El soldado agarra con fuerza a Asvard de la camisa y le dice con tono fuerte:


— ¿Acaso piensas desobedecer al rey? Dicha traición al reino no será perdonada.


Pero el joven coloca los dedos debajo del mentón del soldado, y estos empiezan a enfriarse y a congelar la piel de aquel hombre. En el ambiente, se siente un viento fuerte y frío.


Los soldados quedan impresionados ante el repentino cambio climático. Asvard dice:


—Ya te dije que no me interesa participar en sus estúpidos saqueos. Así que te advierto de una vez, si quieres recurrir a la fuerza. Yo también puedo defenderme.


Tras ver las habilidades de aquel joven, el soldado le dice mirándolo con desprecio:


—Por lo visto también eres un dios En ese caso, era de esperarse que no quieras ayudarnos. Pero recuerda esto: en cuanto tengamos suficientes reliquias, el imperio de Dorel también podrá derrocar a los mismísimos dioses.


Luego lo suelta, y en el lugar vuelve a sentirse el ambiente seco habitual. El pelotón de soldados se aleja del sitio.


El joven continúa en la parcela y recoge varias moras.


Luego son las once y media la mañana, y él se dirige hacia la parte posterior de la choza. Ahí se encontraban varios pollos y gallinas pastando cerca de dos tumultos de tierras recién cubiertos.


Observa a una de las aves y dice mientras trata de concentrarse:


—Esto será rápido.


En su mano derecha materializa un poco de escarcha helada, la cual empieza a tomar la forma de una figura afilada similar a un rudimentario cuchillo y luego, rápidamente, le corta el cuello al animal.


El joven coge el cuerpo del pollo y va a la cocina a prepararse su almuerzo, una precaria sopa preparada con las únicas dos papas que había en el lugar y, por supuesto, la carne del animal que acababa de sacrificar, acompañado con las moras que había recogido esta mañana. En ese momento, mientras come, piensa:


"Parece que se han llevado todo".


Tras comer vuelve otra vez a la parte posterior y observa los dos tumultos de tierra, luego dice:


—Es momento de dejar este lugar. Aunque siento que esta situación no está del todo clara.


Tras esto coge una pesada piedra con ambos brazos y la coloca en una de las esquinas del cúmulo.


Realiza la misma acción con otra piedra que estaba cerca y, luego de observar la escena, dice en voz alta mostrándose preocupado.


—Espero que quien encuentre estas tumbas al menos respete el lugar en el que fallecieron. Ahora sus almas están en manos de Dios. Yo me iré de este lugar.


Asvard empieza a caminar solo llevándose la pala y se aleja de la choza tomando el camino que lleva hacia el sur. Dicho camino se ve desolado y, a los lados, provisto de vegetación arbustiva y un abrupto terreno escarpado. El joven observa cómo una bandada de buitres empieza a revolotear en dirección hacia donde él se dirige.


Luego ve unos cuantos caballos galopando a alta velocidad. Estos aún tenían la silla de montar sobre sus lomos. El joven se mueve hacia el lado derecho del camino para esquivar a los animales y continúa andando por el camino hasta que encuentra una lamentable escena. Siete de los hombres que había visto antes se encontraban agonizando y los otros dos, muertos.


Al parecer se habían encontrado con un grupo de soldados aremitas, caracterizados por sus ropas de tela y su piel canela, que contrastaba con la tez blanca de los soldados dorelitas. Ambos bandos se habían enfrentado y, tras la lucha, ellos habían tenido el mismo destino. Ahora esos humanos, al filo del acero, habían llegado a un estado que denotaba su fragilidad: graves heridas, perforación en el abdomen y algunas extremidades amputadas.


Asvard observa de uno de los caballos, el cual estaba tirado en el piso, respirando agitado mientras sus vísceras salían de la herida de su vientre. Luego recoge una espada que estaba cerca y la toma con ambas manos. Después, realiza un corte con bastante fuerza, decapitando al pobre animal.


El hombre con quien había hablado unas horas antes le dice al joven:


—Te imploro que me salves. Si lo haces, yo y mi familia empezaremos a adorarte.


Asvard los observa con frialdad y luego comenta:


—Humanos.


— ¡Sálvame! Quiero vivir—siguió rogando aquel desdichado.


—¿No se supone que esto es la consecuencia de desear y luchar por esa reliquia? ¿No se supone que el honor de ustedes es morir por su rey? Todos los pueblos cercanos han sido saqueados. Por ahora, todos ustedes son comida para los buitres, y las hormigas empezarán a mordisquear sus moribundos cuerpos. Pero no se preocupen, tendré piedad de ustedes.


El hombre dice:


—¿Vas a salvarme?


Asvard respira hondamente, y un fuerte viento frío empieza a soplar. Todos los soldados agonizantes perecen debido a las gélidas temperaturas. Luego, coge su pala y procede a enterrar sus cuerpos. Dicha acción le tomo toda la tarde. Tras terminar su labor, observa el sol colocarse sobre las áridas montañas de aquel lugar desolado. Finalmente, toma uno de los caballos que se encontraba en el lugar y cabalga hacia el este.

5 de Junio de 2019 a las 03:09 0 Reporte Insertar 0
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