Mordor, el anillo de la luz Seguir historia

u15519752281551975228 Ibán José García Castillo

En la comarca, un Hobbit ancestral, aprendió magia y se encuentra siendo un guardián de un gran secreto. Cansado de las luchas, los odios y el miedo del cual Sauron intentó aprovecharse, Morlyhondo Bolsón intentó cambiar las tornas para que la oscuridad jamás cayese de nuevo en el reino de toda la tierra media.


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Morlyhondo Bolsón

La primera edad de las estrellas, cuando Melkor cometió su mayor blasfemia en los pozos de Utumno, en la comarca, un gran mago se escondía de sus hermanos. Ni siquiera Gandalf, ni Saruman, sabían de su existencia. Era tal el poder de este mediano, que podía usar la habilida, que más tarde otorgaría el anillo a uno de sus hermanos, de forma natural. Era un ser invisible y eterno por decisión propia.

Él vio a surgir y caer imperios. Vio como los Uruk-hai eran creados en Mordor, así como todos los acontecimientos que ocurrieron en la guerra del anillo.

Se alegró el que más cuando Frodo, Sam, Pippin y Merry salieron victoriosos de todas las pruebas que les deparó el destino. Otra cosa fue Bilbo, su predilecto. Tuvo que ver como el anillo lo corrompía en cuerpo y alma, hasta convertirse casi un en caparazón vacío. Sus días terminaron tristes, en un retiro hacia la nada.

Morlyhondo era también un Bolsón, de Bolsón Cerrado, perteneciente a Hobbiton, uno de los pueblos más antiguos de la Comarca, situado en la cuaderna del Oeste, al Sur de Sobremonte y al noreste de Desagua.

Morlyhondo Bolsón tenía incluso más años que Gandalf y puede ser que fuera uno de los primeros medianos que pisó la tierra media.

En la tercera edad, cansado de guerras, observó a todas las razas. La propia codicia de cada una de ellas estuvo a punto de ahorrarle el trabajo a Sauron. Morlyhondo pensó que ya estaba bien de ser un simple espectador, un guardián oculto del mundo. Debía hacer algo por aquel, su hogar, se lo debía a Bilbo.

Él dejó desprotegido a Bilbo, la oscuridad casi lo poseyó. No intervino, todo por una antigua promesa sin sentido, hecha a los dioses antiguos, ya, por supuesto desaparecidos.

Morly era un dotado. Era capaz de manejar todas las fuerzas elementales de la realidad y darle forma a un mundo entero si conseguía la energía necesaria para ello. Así, Morly, consciente de todos los planos de existencia que acechaban entre las dimensiones, se desvinculó de ellos, para centrarse en su mundo. Reunió toda su concentración en lo alto de una colina, donde dejó que su figura, por primera vez en siglos apareciese ante cualquier ojo mortal que estuviese cerca, y después inspiró profundamente y elevó las manos hacia la luna , mientras el metal cobraba vida bajo sus manos. Serpenteaba formando hilos que se retorcían y giraban sobre un círculo cada vez menor. Su poder, más la magia de ese mundo le permitió crear el más grande anillo que ha conocido jamás toda la tierra media, “el anillo de la luz”.

Tan pronto como toda su estructura se condensó alrededor de su dedo índice izquierdo, lo empujó con la mente y lo lanzó a una velocidad tan grande, que atravesó toda la comarca y parte de la Tierra media en segundos, acabando en las inmediaciones de Mordor, donde cayó a la tierra y se precipitó por un acantilado, cayendo de roca en roca hasta quedar indemne y expectante a que su futuro dueño lo encontrase.

Ningún hobbit había visto antes una luz tan poderosa, rivalizando incluso con la del sol. Una pared vertical de fotones se levantó sobre toda la Comarca. Era un muro circular que envolvía una pequeña colina, cercana a la casa de Sam. Se elevaba hacia los cielos. Desde todo Hobbiton podía observarse tal espectáculo. Dentro apenas se distinguía la silueta solitaria de Morlyhondo, que se encontraba sentado en cuclillas, sobre sus grandes pies peludos de hobbit, con los ojos cerrados y la mente alejada de aquel lugar, sobrevolando las montañas y valles de toda la tierra media al completo.

Todos los hobbits, temoerosos, estaban congregados en la puerta de la casa de Sam, cerca de la pared de luz que se extendía hacia el cielo. Sam era el gran experto en aventuras que todo hobbit que se preciase respetaba. Siempre contaba como su valor y el de sus amigos habían salvado a la Comarca de las garras del señor del mal. Frodo se hallaba recluido. Desde su vuelta, estaba taciturno y era poco amigo de las compañías, perdió las buenas maneras que caracterizaban a un Bolsón, de Bolsón Cerrado.

Así que Sam, su mejor amigo, era ahora el centro de todo el poblado.

Pipín, desde que se casó y tuvo hijos se había tranquilizado. Había olvidado el sabor de la libertad, pero allí con tanta gente no pudo reprimir un grito expectante.

—¡Tal vez sea Gandalf, que ha venido a obsequiarnos con unos fuegos artificiales sorpresa!

Sam lo miró entre divertido y apenado. Salió de la puerta de su hogar, donde todos se hallaban apretujados y caminó hasta el otro mediano, poniendo una de sus manos sobre su hombro.

—Gandalf no va a volver Pipin. Aunque… sería el primero en alegrarme por ello —Carraspeó un poco con su nueva voz forzada de mediano sencillo pero experimentado, antes de continuar —Esto es algo diferentes a todo lo que hallamos visto allí fuera…

Una jovencita con trenzas, llamada Rinma, algo revoltosa como su padre, Merrin, abrió mucho los ojos mirando la columna de luz y exclamó

—¡El círculo se mueve!

Y era verdad, todos lo vieron. Poco a poco la cortina de luz iba expandiéndose, tragándose un poco más de poblado. Dentro, en el centro, una gigantesca columna de hielo iba cobrando forma desde la base de la colina. La silueta del Morlyhondo, aun pasaba desapercibida, mientras se iba elevando, siendo cada vez más visible para todos.

—¡Hay alguien allí arriba! —volvió a destacar Rinma, al tiempo que se iba creando una montaña de la nada.

Lo hobbits presentes, entornaron los ojos, la luz seguía siendo demasiado intensa para distinguir bien quien había allí dentro, en lo alto. Algunos asintieron , mirándose unos a otros y murmurando, otros se llevaron sus manos a la boca y gritaron asombrados, mientras pegaban un codazo a sus compañeros, los menos permanecían atentos, sin estar seguros de que se podía o no distinguir en lo algo de aquel montículo que se iba elevando antes sus ojos.

Aquello era lo más inusual que jamás mediano alguno de la comarca hubiera visto. En aquella tierra, alejada de las aventuras, donde todo era aburrido y cotidiano, tenía que pasar el suceso que iba a trastocar toda la historia de la Tierra media.

—¿Qué hacemos Sam? —la voz de Pipin, cautelosa, como nunca antes había sido, se dirigió alta y clara contra su compañero de aventuras.

—Creo… que deberiamos acercarnos y ver … quien hay ahí arriba.

Paró un momento de hablar, agitando levemente la cabeza para si mismo. Después miró a todos los presentes, a sus vecinos y amigos, recordando de pronto al señor Frodo.

—¡Merrin, hazme un favor , avisa al señor Frodo. coge a tu familia y alejaros de momento de … la cortina de luz —Resopló, poniendo sus manos en su abultada barriga. —¡Pipin, reune a todos los presentes e id a advertir a todos los que podais encontrar. Alejaros también. Id al límite del pueblo, al Sur, donde está el puente y esperad allí.

—¡De acuerdo!, gritaron los dos medianos aludidos al unísono.

Sam nunca había sido un líder, eso siempre había sido cosa del señor Frodo, pero ahora, no le quedaba más remedio que asumir ese papel. Era posible que si nadie hiciera nada estuviera todos condenados, incluyendo a su familia.

—¿Qué vas a hacer tú, mi mediano barrigón?—La voz de su esposa le llegó desde atrás, cogiéndolo totalmente desprevenido. Tanta expectación había hecho que momentáneamente no recordara lo cerca que estaba toda su familia de aquel posible peligro.

Sam se giró lentamente y la miró a los ojos, con ternura, sin desperdiciar un solo momento. Detrás de ella, jugando estaban sus dos pequeños retoños, los amores de su vida.

—Tengo que hacer algo, por vosotros, por mi, por la Comarca —Se aclaró la garganta y los miró con el sentimiento surgiendo de muy dentro. —Aunque sea he de daros tiempo.

La mediana no parecía querer moverse un milímetro mientras Sam veía como las lágrimas se agolpaban contenidas en sus párpados.

—Traeme la daga del señor Frodo, él no quería volver a utilzarla jamás. Puede que me sea de ayuda. —Todo esto lo dijo cerrando los ojos y acercando la mano a la cara de su mujer, a la cual besó con ternura hasta que creyó que no podría soportarlo más. Luego agarró a cada uno de sus pequeños y los elevó en el aire, abrazándolos a cada uno con fuerza antes de murmurar muy bajo. —Vete…

Al cabo de diez minutos todos se habían dispersado, incluso su la familia de Sam, que desde la distancia los observó alejarse. El mediano, con sus piernas temblorosas y un dolor fuerte en su pecho, agarró con fuerza la daga y se acercó cauteloso a la luz, que poco a poco iba comiendo tamaño del pueblo. La cortina de luz ahora estaba ya llegando al camino de entrada a su casa. En una hora como mucho, a ese ritmo estimaba, todo el pueblo habría sido engullido, en un día, posiblemente, todo Hobbiton y en una semana, la Comarca entera. Debía hacer algo ya.

Se movió con cautela, dando un paso tras otro. No quería pensar, ni siquiera sabía que podría pasar al atravesar ese muro cilíndrico de luz, cada vez más amplio.

Estaba ya decidido a dar el paso cuando escuchó ruidos a su espalda.

—¿Qué es esto, mediano?

Sam lo miró de arriba abajo. Iba cubierto con una gran armadura, reluciente y una espada, tan grande como la de Aragor, con la cual estaba apuntándole de forma amenazadora. A su lado había una patrulla de más de diez hombres armados, jinetes con experiencia, que hacían relinchar y moverse inquietos a sus monturas.

—Contesta, no tenemos mucha paciencia, nos envía el rey.

Sam sabía que eso era mentira. Aragor, jamás habría enviado a la comarca a nadie con esa actitud. Eso le hizo dudar de las intenciones de esos hombres.

Uno de ellos escupió cerca de donde estaba Sam, enseñando después sus dientes mientras giraba su arma, haciendo sutiles movimientos de muñeca. Detrás de ellos, lo vio. Eran las mochilas que llevaban algunos medianos en esa época. Estaban colgadas sobre el lomo de uno de los caballos. En una de ellas había sangre.

Bajó los ojos a su arma, vibraba y estaba caliente, se había vuelto de un color azulado. Algo estaba despertándola. Dardo fue el nombre que le puso Bilbo, antes de pasársela al señor Frodo, era una daga élfica fabricada en la ciudad de Gondolin, durante la primera edad del sol. El frío acero de la misma tenía la cualidad de tornarse de un color azul espectral y brillar cuando se acercaban los orcos, enemigos eternos de los elfos. Su filo excepcional era capaz de atravesar la piel del más grueso ogro sin mostrar resistencia alguna. Sam no entendía como podía brillar ante simples humanos, pero algo había más allá, que él no podía entender seguramente. Lo que si sabía es que ese arma, solo brillaba ante enemigos y seres malignos, así que esos hombres, no podía considerarlos ya amigos.

Cambió su postura, con el arma por delante, mirándolos a todos asustado, sin saber que poder hacer ante tantos hombres armados.

El hombre que habló primero se rio, en voz muy alta, haciendo que se unieran a coro el resto de sus hombres.

—Tiene gracia mediano, íbamos a matarte por la espalda y robaros absolutamente todo lo que tuvierais. Tenemos ganas de follarnos a vuestras mujeres y escupirles a la cara mientras lo hacemos. Pero esto va a ser más divertido. Que pena no se vea por aquí ningún otro de tus amigos, podríamos divertirnos mucho más.

Sus ojos parecieron de golpe oscuros, como si no tuvieran fondo. Todas las risas desaparecieron y uno a uno todos los hombres desmontaron de sus caballos y se dirigieron en grupo hacia Sam.

Detrás de él, estaba la columna de luz, que poco a poco lo iba arrinconando y delante estaba una muerte segura. Pensó en sus hijos y en todas las aventuras que habían corrido, antes de llegar a ese preciso momento. Parecía una broma cruel del destino, que hubieran salvado a la tierra media de Sauron, para terminar ahora allí, a manos de… ¿unos bandidos?

2 de Junio de 2019 a las 03:28 0 Reporte Insertar 3
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