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azale Sara García

Una metáfora del racismo, la misoginia y la homofobia. Creernos superiores por ser hombres, blancos y heterosexuales, ¿suena ridículo? Entonces, ¿qué pasaría si dividieran a las personas por la tonalidad de su sangre?


Suspenso/Misterio Todo público.

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Pensando en una sociedad utópica

En los últimos años habíamos retrocedido como sociedad, y me sentía impotente. No estaba orgullosa de quién era, o más bien, de lo que me hacían creer que era. Pertenecía a un grupo privilegiado, caracterizado por una creencia de superioridad frente al resto, en el que la mayoría estaban llenos de prejuicios, ira y desprecio. Nunca creí que el color de nuestra sangre fuese a determinar quiénes éramos, a dónde pertenecíamos y cómo nos debían de tratar.

Nuestro grupo poseía el poder, las riquezas y las mejores condiciones de vida, no necesitábamos nada más, porque lo habíamos acaparado todo. El otro grupo, sin embargo, tenían carencias y muchas responsabilidades, se partían la espalda trabajando para hacernos el día a día más fácil y poder llevarse a la boca un trozo de pan al final de la jornada. Era consciente de que algunos nos odiaban, y otros, sin embargo, nos idolatraban, queriendo ser algún día lo que éramos, aún sabiendo que nunca podrían conseguirlo.


Nos habían dividido por una estupidez, la tonalidad de nuestra sangre era más oscura que la del resto, y se utilizaba como argumento una y otra vez para corroborar que éramos una raza superior. Todavía no podía creerme cómo habíamos llegado hasta aquel punto, pero con el paso de los años me había acomodado a aquella realidad sumamente surrealista. Ocurrió demasiado deprisa, un estudio racista de poca validez había sido el detonante. Extracciones de sangre masivas y una redistribución de la sociedad basada en prejuicios. Los humanos éramos seres despreciables, teníamos la necesidad constante de convencernos de que éramos superiores en comparación a otros, buscábamos cualquier escusa para creerlo.


Detestaba a las personas que conformaban mi grupo, inculcaban a las nuevas generaciones estos prejuicios hacia los considerados como "inferiores", pero lo sabían hacer bien, de forma sutil en el colegio y en los medios de comunicación. Eran quienes protagonizaban los robos, las violaciones y asesinatos en los periódicos, y trataban de dejarlo claro especificando el color de su sangre. Mientras, nosotros aparecíamos con una sonrisa en todos los anuncios de la televisión, en las series y películas con más espectadores, en los puestos de trabajo mejor remunerados. Era injusto, nosotros también cometíamos atrocidades, y no por ello se generalizaba. No sólo tenían encima la gran etiqueta de "ser inferior", sino que se les había atribuido otras: ladrones, sucios, asesinos, perezosos, maleducados. La lista de prejuicios iba en aumento, y nosotros lo creíamos para sentirnos mejores, más inteligentes, más trabajadores, más responsables.


Había conocido a Sean en la tienda de un barrio pobre cuando llegó a mis oídos que estaban a punto de cerrarla por falta de clientela debido a la mala reputación que había adquirido aquella calle en la que se encontraba situada. Sentí empatía y quise ir allí a comprar algo de comida y refrescos. Era una tontería porque no solucionaba el problema, pero quería sentirme mejor. Él era el hijo de los dueños, y se encontraba reponiendo algunos de los productos. En aquel entonces mi mirada se desvió hacia sus ojos, eran preciosos, e inmadiatamente después me percaté de la pulsera en su muñeca que indicaba el color de su sangre. Los habían marcado como animales.


El color de su sangre era la última de mis preocupaciones, la atracción que sentimos el uno por el otro era evidente, y no me importaba nada más que eso. Terminé convirtiéndome en una clienta habitual de aquella tienda, hasta que un día cerró y empezamos a quedar juntos en la calle. Dábamos paseos kilométricos, tomábamos algún refresco y comíamos helado. Era difícil ignorar los susurros de las personas que presenciaban nuestros encuentros: "¿y qué hace con ella?, será por el dinero". Había vivido en primera persona lo que tenían que soportar en el día a día: insultos, empujones y faltas de respeto constantes. Sean me contaba muchas historias que me hacían temblar de la rabia y la impotencia, y quería ayudarlo de alguna manera, pero no podía hacer nada más que defenderlo ante aquellas situaciones desagradables.

Cada vez me costaba más entender cómo podría cambiar nuestra actitud ante una persona por el simple hecho de saber cuál era el color de su sangre, me parecía bizarro y mezquino.


Lloraba todas las mañanas consciente de que formaba parte de aquella atrocidad, y cada día quería un poco más a Sean. Mi familia no lo aceptaba: "¿qué pensarán de nosotros?", se preguntaban con egoísmo, "perderemos nuestra reputación, no queremos que vuelvas a quedar con él, sobrarán jóvenes en la ciudad". Cuando tratando de usar argumentos para hacerles entender que el color de su sangre no lo hacía peor persona entendí que no entrarían en razón, por lo que empecé a desobedecerlos, y mi rebeldía los enfurecía. Me había ganado varios castigos en pocas semanas, pero escapaba cuando podía o les mentía.

Mi mayor escusa era: "voy a ir a la biblioteca con Ann", pero en realidad disfrutaba de una agradable tarde al lado de Sean en la que comentábamos todas las injusticias mientras devorábamos un helado de consuelo. El primer beso fue increíble, pero los siguientes también. Por momentos éramos felices, cuando nos encontrábamos tan absortos el uno en el otro era fácil ignorar la realidad que nos rodeaba.


Me preguntaba si alguna vez acabaría aquella locura, si alguien pondría cordura a la situación, pero los meses pasaban y todo seguía como al principio. Las manifestaciones a favor de los derechos de las personas de sangre con una tonalidad más clara parecían no dar sus frutos. Algunas personas se concienciaban y empatizaban, las más radicales aprovechaban aquellos encuentros para provocar una batalla. Empujones, puñetazos, sangre. Era horrible pensar que los prejuicios podían generar tanto odio, tanta rabia, tanto asco. No daba crédito de la realidad, pero estaba segura de que haría lo posible por cambiar aquella situación, y quizás, sólo quizás, todos tendríamos los mismos derechos en un futuro. Sería idílico pensar que algún día, Sean y el resto de su grupo, podrían caminar con tranquilidad por la calle, sin miedo, sin miradas acusadoras, sin faltas de respeto. Una sociedad utópica.

1 de Junio de 2019 a las 07:38 5 Reporte Insertar 8
Fin

Conoce al autor

Sara García Educadora social y escritora en mi tiempo libre. ¡Sígueme en Instagram: @azale___ !

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jose antonio mayta guerrero jose antonio mayta guerrero
Estuvo interesante. Me recordó a una historia de una Light Novel Me agradas por ello, pero te mentiría si quisiera salir contigo sin conocerte
5 de Septiembre de 2019 a las 23:06
Jesus Osio Jesus Osio
Me gusto....
5 de Junio de 2019 a las 18:46
Jesus Osio Jesus Osio
Me gusto....
5 de Junio de 2019 a las 18:46
Jesus Osio Jesus Osio
Me gusto....
5 de Junio de 2019 a las 18:45
Reprán H. Reprán H.
La frase te quedó perfecta, el relato muy bien estructurado.
4 de Junio de 2019 a las 11:38
~