Cuento corto
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Las manos vacías

Escribo con las manos vacías, tengo éstas dos manos vacías, las miro y ellas me miran, pienso que sólo sirven para aplaudir. Aplauden dos manos vacías, se miran, se tocan, se ríen y dibujan sonrisas en la palma de la otra, son dos manos, son mis manos, las manos del hombre que me mira durmiendo en el piso, contra la pared. Ese hombre no me inspira, quisiera inspirarme con su sombra, con las manchas de sangre en la pared, se deslizó por la pared dejando una mancha, como una frenada de un auto, pero de sangre roja, casi negra. Luego debí cortarle las manos, las dos manos, las dos manos vacías que me miran en silencio, me imploran piedad. La tarea ha concluido, le corté las manos con un compás, mejor dicho con la punta de un compás, trozo por trozo. Primero inserté la punta del compas alrededor de su muñeca, cada un centímetro, luego, cada dos orificios generaba uno nuevo, equidistante de los otros. Si me cansaba los unía con tinta china, como para marcar un camino, de alguna forma deseaba no olvidar que ése era el recorrido que debía seguir. Al rato de seguir este juego me encontré con el hueso de la muñeca, imaginaba que sería como separar la pata de un muslo de pollo, simplemente girar y listo, luego quedaría cortar la carne, no fue tan simple pero lo logré. Los gritos de dolor eran música para mis oídos. Resulta paradójico, su dolor y mi dolor se asemejan, se relacionan, se tocan en un punto, en dos personas. Sólo cuando tuve éstas dos manos vacías sobre el escritorio pude mirarlo a la cara. Estaba muerto, ya estaba muerto. Eso me enojó de sobre manera. Me invadió una sensación de impotencia, ya no podría ser yo quien definiera su futuro, ya no podría ser yo en dueño se su vida, de su muerte.

Las manos quedaron allí, inmóviles, sobre la mesa, el olor a sangre era absoluto en aquella habitación, aquella habitación donde solían jugar mi hijo, donde mi esposa me confesó que sería padre, donde el dueño de ese cuerpo, que yace sin manos en el piso contra la pared, me despojó de un tirón de toda mi felicidad, mis amores, el sentido de mi vida. Sin embargo, me quedan las manos, dos manos vacías, que aplauden, dos manos vacías que se miran, se tocan, se ríen y dibujan sonrisas en la palma de la otra mano.

2 de Junio de 2019 a las 19:06 0 Reporte Insertar 0
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