thunderminded liana stark

Locura. Un crimen ha sido cometido y deberá esperarse a la sentencia para saber lo que realmente pasó en aquella habitación oscura.


Cuento Todo público.

#crimen #misterio #ansiedad #sentimientos #distorsión
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Enemistad

Las manos sacudiéndose. Temblaban sintonizadas con la velocidad que sus signos vitales promediaban. Lo había realizado. El punto final yacía colocado. Parecía haber cumplido con su cometido de manera exitosa, o al menos dicho logro se encontraba plasmado en la forma recta de su rostro, cuyos labios estaban ligera y casi indistinguiblemente curvados hacia arriba. Su mirada era llameante, refulgía una inexplicable sensación trastabillante entre el horror y el placer.

Después de severas tardes en reclusión, a pesar de hallarse en aquella habitación vieja y añorada, sintió por primera vez el sonido de una mano golpeando la madera ahuecada de la puerta de entrada. En un pueblo tan monótono, sobre calles pavimentadas y en ausencia del color, el ingreso era peculiarmente igual a los demás aunque destacaba por ubicarse de forma precisa a mitad de cuadra. Jamás recibía visitas y, sin embargo, eso no captó la atención de quien habitaba allí, pues no las deseaba. Estaba sumido en sí mismo, nadie más hacía falta. De hecho, durante los años que conllevaron su existencia en ninguno de ellos surgió la repentina dependencia de otra persona. En concreto, casi nunca había sido de esa manera. Tiempo atrás existió una excepción que para su mente era invisible y en los ratos de soledad conseguía inmiscuirse para dejarlo en la desolación.

La cama produjo un irritante chirrido cuando él se levantó de ésta. Caminó lentamente hacia la entrada pensando en cada uno de los pasos que estaba dando, mientras que su vista se fijaba directamente en la puerta, al menos desde que le fue posible visualizarla, ya que se encontraba un piso más arriba de la misma. Tamborileó los dedos por un instante sobre la superficie de madera antes de decidir abrir. Actuaba silenciosamente pese a aparentar lo contrario.

“¿Señor Nevin?”

Una voz ronca aclamaba por su ser. El pulso se fue acelerando hasta ensordecerlo y la tensión se adueñaba de sus músculos. Otra vez se convertía en un ingresante en el bucle de la desesperación.

Lo siguiente que captó no pudo ser procesado en pensamientos concretos. Era un borrón en la cronología de aquella tarde. La lluvia mojó su frente aunque no parecía molestar a los dedos apuntando en su dirección, ni a los indiscretos susurros semejantes a la voz de su némesis. Tenía claro que las acciones del pasado estaban sujetas a las circunstancias del presente, alegando las consecuencias de un posible futuro. Luego, el ambiente abrumador se tornó completamente gris.

Despertó con la espalda endurecida debido a la cama irregular fabricada, tal vez, por un sádico amante de las torturas. Uno de los oficiales que lo vigilaba le indicó lo que acontecía en ese entonces. En un abrir y cerrar de ojos se vio encerrado de nuevo, aunque esta vez en otra clase de cubículo, un poco más abierto, visualmente desagradable, sin barreras dispuestas frente a su visión e igual de siniestro que el anterior. Las palabras más ansiadas por todos los presentes salieron como si nada de los mutilados y resecos labios del joven. Respiró, sin entender. Para él fue como contarle una historia a su niño interior maravillado con la vida. Ante su total exposición no existió respuesta alguna. Confió a los demás ojos curiosos su atentado contra la vida de alguien que lo aborrecía. Agregó un particular razonamiento que siempre se adueñó de él: dio a entender que ambos desprendían odio, que se trataba de una experiencia visceral e imprescindible. Los dos se fulminaban lentamente con la presencia del otro.

“¿Cuál fue el móvil?” preguntó un intrépido periodista a la mujer cuyo rostro Nevin se negaba a ver.

“El odio”.

Cuando cientos de ojos lo juzgaban dentro de un inmenso y lujoso cuarto que opacaba a los anteriores, él permaneció igual de recto que en el instante en el que lo apresaron, mientras que todo a su alrededor se apagó. Escuchaba el eco de los murmullos en el fondo de la sala iluminada, sin dejar de mirar con ningún propósito cómo sus manos demostraban el agobio de su cuerpo. No estaba dentro de sus planes continuar con la idea de sus abogados e invalidaba su eficacia. La incógnita más persistente consistía en descifrar por qué él había utilizado el rencor como coartada, humillándose ante los demás seres presentes. La situación era increíble. Todos lo escuchaban atónitos debido a las palabras que soltaba con tanta seriedad. Se trataba de la buscada confesión.

Tenía el conocimiento intacto en su mente de que las emociones lo habían abordado irreversiblemente. Continuó, con la mirada perdida, narrando los acontecimientos de aquel atardecer. El recuerdo de una ruptura de un espejo se repetía dentro suyo. Rememoró un sabor metálico que entraba en contacto con su lengua; cuando la sangre emanaba de sus manos y las cubría sin piedad.

Dentro de su memoria yacía la posibilidad de haberse sentido satisfecho luego de su cometido. Lo extraño era que no podía acceder a la información y ésta podría estar distorsionada por el único testigo. Nevin se sentía plenamente seguro de que, gracias a un impulso proveniente de lo más profundo de su ser, había colocado un ultimátum a la actitud de su enemigo. El final llegó para un ser capaz de arrebatar el aliento de tantas personas con una insensatez digna de su carácter crítico y frívolo. Su víctima cargaba con otras por detrás. Ambas eran culpables sin procesar.

La sentencia fue dicha. El martillo sonó prominente sobre el silencio de la mañana. Se dibujaron sonrisas mezcladas con lágrimas acaloradas. Y, sin embargo, la indiferencia rondaba los esquemas de Nevin. Ni una pizca de enojo, tristeza o indignación brotando sobre su rostro. Estaba impecable. Así fue cómo lo privaron del ambiente y finalizó condenado a contemplar el cemento hasta saturarse, a ver tanta rigidez.

Lo único que no le fue arrebatado en pos de la justicia fue su espontaneidad al hablar, sobre todo al decidir cuándo hacerlo.

“Yo no sé” expresó una vez al guardia parado frente a su celda, en silencio. Su voz podría haber sido entonada por cualquier joven inocente “A uno le dicen que debe acabar con sus demonios, destruirlos, y cuando lo hace, es condenado”.

El hombre, que ya se había percatado del estado del sujeto, ignoraba olímpicamente las veces en las que Nevin despotricaba con él en contra del mundo exterior. Ésto no lo incomodaba en absoluto del otro, focalizando esas ideas en él mismo.

Existía un caso en investigación que llevaba su apellido. Masas iracundas se movilizaron en las calles gritando su nombre con desprecio. Comenzó a autopercibirse como la nada. Era otro errante en vela. Por haber flaqueado finalizó tras los barrotes metálicos e inviolables que le quitaron su voluntad para imaginar un futuro incierto.

La única visita que concurrió a su nuevo hábitat le hizo darse cuenta de que debía darle la razón. Mientras caía el crepúsculo, el hombre dentro de la celda reducía su grandilocuencia, sintiéndose minúsculo e insignificante de nuevo. Le otorgó lo pedido y lo convirtió en el dueño de su persona. Se arrodilló ante él, reconoció el poder absoluto que ya no poseía, porque, después de todo, ¿quién movía las manos de un hombre y retornaba como si nada hubiese sucedido?. Claramente alguien así de dañino y poderoso, como el demonio cuya cara era exactamente igual a la suya y a quien había asesinado a sangre fría.

Atendió, sin siquiera realmente hacerlo. Los ojos le volvieron a responder como en la tarde que apuñaló su vida. Entendía sin hacerlo de verdad.

25 de Junio de 2020 a las 02:03 0 Reporte Insertar Seguir historia
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Fin

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liana stark dancing queen. Tipeo lo que siento.

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