Guerreros de hojaldre Seguir historia

sergiopr Sergio Pina

Las calles están hechas para ellos. Son los perfectos guerreros para conseguir los propósitos de los que están arriba. Excepto para uno...


Ficción adolescente No para niños menores de 13.

#pandillas #calles #juvenil #hojaldre #guerreros
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Capitulo 1

Nunca imaginé que sería un comodín en la vida. Mis motivos, sencillo. Seguir la corriente a mis amigos, aquellos con los que he perdido el tiempo desde hace años.

Ahora que todo está apunto de explotar, veré de lo que soy capaz. De lo que verdaderamente, he aprendido de la vida. Sobrevivir. Ese es el único objetivo.

Las calles se formaban, por pequeños edificios. Cruces cada pocos metros, dispuestos a involucrar en grandes complicaciones a quien cruzara por su asfalto. Son calles de preámbulos, calles que te invitan a participar en todo momento.

Quizá, ese fuera uno de los motivos por lo que dejé los estudios. Ciegamente, me envolvió la masa que llevaba por compañía y estandarte.

Cada uno de nosotros, tenía un propósito en la jerarquía interior. El mío, al ser el último, fue el más rastrero, el más sucio se todos. Pero inclusive con esto, las calles me proporcionaban, lo que no me entregaban en casa. Una familia.

Mis pasos, se dirigían a un sitio en concreto, el bazar del Señor Chow. Lleva más de diez años en el barrio y somos como de la familia. Abrí la pesada puerta, entré y el típico timbre sonó. El rostro del Señor Chow, salió de detrás de una estantería. Me miró con sus ojos rasgados, pues sabía como me las gastaba cada vez que entraba en su tienda. En esta ocasión, iba en son de paz.

Me dirigí al pasillo de los alimentos, pues el establecimiento, tendría más de cien metros cuadrados, todo ello, vigilado por cámaras de seguridad. Cogí un bote de legumbres, puesto que mi madre, es de poco cocinar y prefiere la comida en lata.

Me acerqué al mostrador y pagué el bote. Él me miró con cara de pocos amigos, pero cogió el dinero y me dejó marchar sin más.

Una vez fuera y salir del campo de visión del gran ventanal, saqué de mi bolsillo, lo que realmente me interesaba de toda la tienda. Un pequeño juego de destornilladores. Ya sólo faltaba que el resto, hubiera cumplido con su parte.

Es posible, que en algún día no muy lejano, mis pasos se dirigirán, a donde realmente deben estar. Pero mientras tanto, este individuo, hará lo que tenga que hacer, para sobrevivir en las calles.

El plan que se tenía sobre la mesa, era de lo más sencillo. Boicotear a un grupo enemigo. Hacer algo grande y que fueran ellos los culpables.

Teníamos lo necesario. Mi juego de destornilladores, una casa donde entrar y la documentación de uno de ellos, conseguida en una de nuestras típicas peleas. El resto, vendría solo.

Lo peor de todo, era que yo tendría que abrir la maldita puerta.

Comencé con ello, nada más llegar. Lucas era el encargado de vigilar, por si llegaba la Policía o los dueños estaban en casa. Todo parecía tranquilo.

—¡Vamos tío, abre de una maldita vez!— me susurraba mientras miraba por la ventana.

—Esto lleva su tiempo. Ya sabes que no se me da bien...

Una luz, nos iluminó desde la distancia. Dejé lo que estaba haciendo y salí corriendo. El pobre Lucas, me seguía a duras penas. Le miré de reojo y vi nuestro fallo.

—¡Mierda Lucas, suelta la ropa!— en sus manos, tenía la camiseta que deberíamos haber dejado atrás. Se miró las manos y con un lamento, la soltó. —¡Por lo que más quieras, corre, corre!

Quien nos seguía, no era la Policía, sino un pequeño grupo de vecinos, hartos de que su barrio, fuera objeto de tantos robos. Uno de ellos, estaba apunto de coger a Lucas. Me volví y lo empuje, lo cual produjo, que yo perdiera el equilibrio y caí al suelo a su lado. Se echó encima mía, impidiendo que me moviera. Lucas, congelado por la situación, no reaccionaba. Le miré y le dije que se fuera. Eso fue lo que hizo, dejándome sólo en medio del tumulto que se aproximaba.

Esto era mi fin. Lo sé.

Me levantaron del suelo y me condujeron al interior de un vehículo. Sabía de sobra donde nos dirigimos. A la Policía. Esa noche dormiría en una celda, eso no me cabía duda.

Tras el largo interrogatorio, decidieron llamar a mis Padres, puesto que al ser menor de edad, no les quedaba otra. Lo que vino después, eso sí que me dejó de piedra. Me dejaron marchar, con la condición de volver al día siguiente, para ciertos papeleos. Les oí algo de no sé qué sitio.

Mi Padre y yo, casi no nos dirigimos la palabra en el trayecto a casa. En cuanto llegamos, me metí en mi cuarto donde intenté dormir algo. Sólo tenía una cosa metida en la cabeza. Lucas y el resto de la pandilla.

A la mañana siguiente, volvimos a la Comisaría de Policía. Nos encerramos, otra vez, en aquél apestoso cuarto. No sacaron nada en claro, puesto que yo no abrí la boca para nada.

—¡Muy bien muchacho! Ya que te cuesta colaborar, no nos dejas otro remedio.— decía uno de los agentes. —Gracias al consentimiento paterno, te enviaremos al reformatorio.

—¿Qué?—logré decir, quedándome sin más palabras que decir.

—Mañana, te enviaremos a primera hora. Esta noche, la pasarás en un calabozo, así que, ya no volverás a casa por una buena temporada.

Aquel calabozo y yo, éramos viejos conocidos, pero esta nueva situación, me hizo verlo de diferente forma. Ya no era un pequeño castigo, sino más bien mi precio a pagar por mis actos. Ya se cansaron de mis "pequeños juegos".

A la mañana siguiente, después de haber dormido apenas un par de horas, un policía, me acompañó hasta un furgón, donde más presos, esperaban un nuevo destino, como no, diferente al mío.

Mi viaje, pasó por varios destinos. Dos cárceles del estado y una pequeña gasolinera de carretera secundaria. No reconocí el paisaje, puesto que de mi pequeño pueblo, no había salido nunca. Tras dos horas más de viaje, llegamos a mi destino. El Reformatorio de Menores, "High-Luasenn". El peor de todo el País.

Los grandes muros, se podían divisar, desde un par de kilómetros de distancia. Sus puertas de hierro forjado, se limitaban a seguir la línea de sus paredes, lo que impedía, que se pudieran escalar con facilidad, ya que en sus pequeños agujeros, no entraba un pie humano.

—«Bienvenido a tu nuevo hogar, Charlie».— me dije interiormente.

31 de Mayo de 2019 a las 08:19 0 Reporte Insertar 0
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