LA FEMINISTA Seguir historia

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No me vengan a decir ahora que ustedes nunca se han comido una vieja fea. La protagonista de esta historia, de la cual omito su nombre por razones obvias, es una vieja fea, muy fea; no sé si ustedes captan que cuando digo fea, es porque es putamente fea.


Cuento Sólo para mayores de 18.

#erótico #cuento
Cuento corto
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LA FEMINISTA

LA FEMINISTA


No me vengan a decir ahora que ustedes nunca se han comido una vieja fea. La protagonista de esta historia, de la cual omito su nombre por razones obvias, es una vieja fea, muy fea; no sé si ustedes captan que cuando digo fea, es porque es putamente fea. No voy a describirla por respeto a las mujeres y principalmente por respeto a ella, por su feminismo coherente y sin exageraciones; es decir, no se trata de una feminazi que odia a los hombres, sino de una feminista tipo ¿qué les digo? como Ángela Davis, no; como Frida Khalo, tampoco; como Rosa Luxemburgo, menos. Pero como las comparaciones son odiosas, digamos simplemente que es una Feminista, así con mayúsculas y punto.


Bueno, pero estábamos hablando de lo fea que es. ¿Si me habré hecho entender que se trata de una mujer fea? Que no me oiga mi padre, porque estando yo próximo a la adolescencia, en una ocasión me burlé de una mujer fea, pero no tan fea como de la que les estoy hablando, y mi papá me llevó a la sala de la casa; lo vi sacar un disco de 78 revoluciones, lo limpió cuidadosamente con una cosa circular forrada con un dulceabrigo o tal vez terciopelo negro, lo puso a rodar en la radiola y me dijo:


–Escuche…


Se trataba de una canción, no sé si un valse, milonga o folclórica, pero en todo caso no es ni un bolero, ni un tango y mucho menos una balada, un reggaetón o pop. En la introducción de la música y en los primeros versos, el viejo estuvo tarareándola y cuando llegó a esta parte, la cantó inspirado –canta bien el viejo– y con el índice apuntándome, hizo coro con Armando Moreno:


No hay ninguna mujer feaaaa
por la gloria de mi hermanaaaa.
Si alguno me contradice
y a apostarle me permito,
tráigame una mujer feaaaa,
que por muy fea que seaaaa
yo le veré algo bonitoooo.


Y ahí aprendí dos cosas: una, que no hay mujeres feas, asunto que creo va a quedar resuelto al final de esta historia; y dos, que el viejo era un varón que debió comerse, sin ser demasiado selectivo, a severa cantidad de viejas. Mis respetos.


Que mi padre no se vaya a dar cuenta de que yo soy el que escribe este relato, crónica, novela corta como le dicen al cuento como género literario, o Tuit-relato, como he visto varios es esta red social, pues a pesar de que voy a cumplir treinta y tres años, la edad de Cristo, el viejo no tendría ningún problema en pegarme un taponazo ni el hijueputa en plena nariz, por referirme así a la vieja que les cuento.

A propósito de la edad de Cristo, ese man tuvo que haberse coronado a más de una con semejante verbo. A veces me da por pensar que ese desierto en donde transcurren las historias de las religiones monoteístas que fundó el viejo Abraham, debe estar lleno de descendientes de Jesús, con mujeres de Judea, Samaria y Galilea. Me consuela un poco que de pronto haya engendrado en una o varias mujeres palestinas y que en el siglo XXV, uno o una de su progenie saque la cara por ese pueblo que no ha hecho sino llevar del bulto por varios milenios.


Bueno, pero no vine aquí a contarles cómo es mi padre y mucho menos a hablar de la vida sexual de Jesucristo. Mi intención es que ustedes sepan, con pelos y señales qué pasó al fin con la fea. Vamos al grano, como dijo el dermatólogo.


Pues resulta que en alguna oportunidad, una compañera de trabajo me pidió el favor de que le desbaratara unos nudos del cuello y los trapecios. Yo le dije listo, sentáte y pasáme un poco de crema de manos y empecé a realizarle un masaje, inicialmente suave y después fui subiendo de intensidad. Cuando terminé, mi compañera me dio las gracias, porque era como si le hubiera quitado un enorme fardo de encima y ahora se sentía relajada.


Yo no había notado que la fea del cuento había estado pendiente de toda la acción y, cuando terminamos, me dijo que ella también quería. Le respondí con evasivas, argumentándole que recordara el informe que tenía que entregar para mañana. Ella comprendió, dijo que estaba bien, pero que quedaba comprometido para que se lo hiciera otro día. Yo le respondí que sí, que no se preocupara, que a cada marrano le llega su nochebuena y en esas quedamos.


Y llegó en viernes. Desde por la mañana yo la noté como que me quería decir algo, pero no se atrevía. Almorzamos todos en la oficina y como ya habíamos cumplido las metas de la semana, estábamos todos relajados. Yo tenía en mi escritorio una botella de whisky Buchanan´s de 18 añitos que uno de nuestros clientes me había regalado desde diciembre y me dio por ponerlo a circular. Mientras tanto, la mona flacuchenta a quien le había hecho el masaje en días anteriores, puso baladitas de los 60 y 70 en Spotyfi, que a mí me parecen jartísimas, pero bueno, ahí pasamos la tarde.


A eso de las cinco y treinta, me dirigí a mi oficina a organizar unos documentos para llevar a mi casa para trabajar un poco el fin de semana. Estaba en esas, cuando la fea entró sigilosamente y desde atrás me dijo al oído que me acordara que tenía un compromiso con ella y que debería cumplirlo hoy, sí, así como suena, hoy. Debo confesar que me molestó un poco el leve tufillo de los whiskies que se había bebido y le manifesté amablemente que iba a estar ocupado, pues estaba comprometido en encontrarme con unos parceros que hacía como ocho días no veía.


La vieja me insistió, de manera autoritaria que era un compromiso y que un viernes en la noche, por lo regular uno lo utiliza para pasarlo rico y no necesariamente con el parche de siempre.


–¿Usted es que es marica, o qué? Lo espero en el apartamento, casi que me ordenó.


Con el fin de evitar malentendidos y presuntas “evidencias” con nuestros compañeros de trabajo, opté por decirle en bajo tono que sí, que estaba bien.


Tremendo lío. Por un lado, el compromiso con mis amigos era verdadero y por el otro, no tenía ni mierda de ganas de perder unas horas en un puto masaje, que bien podría hacérselo en un Spa. La vieja ganaba bien.


Yo, por sacármela de encima, le manifesté que entonces me reuniría con mis amigos unas pocas horas y después me iría para su apartamento. En esas quedamos, pero yo tenía la seguridad de que una vez me hubiera tomado otros tragos con mis parceros, la cosa se me olvidaría; y el lunes, cuando me encontrara nuevamente con ella, tenía la disculpa incontrovertible de que me emborraché y todo bien.


Cómo les parece que la cosa no fue tan fácil. Ya con mis amigos, entre trago y trago, tenía a la fea entre ceja y ceja. Créanme que no era por otra cosa distinta que cierto remordimiento por quedarle mal y que mi imagen no se viera deteriorada ante ella como un incumplido, uno más que promete y no cumple y que de pronto, hasta rabia me cogiera. Yo soy enemigo de tener desavenencias con mis compañeros de trabajo y entonces tomé las de villadiego, como se dice en alguna parte de El Quijote y en colombiano, los que se pisan, con el disgusto de los tertulianos.


Llegue a eso de las diez de la noche, un poquito prendido; me anuncié en la portería y para mi disgusto, me hizo esperar como media hora. Después comprendí el porqué.


¡Ah vida granmalparida…! Estaba recién bañada, con una toalla alrededor del cuerpo y otra enrollada en la cabeza. Yo me hice el loco, todo normal, besito en las mejillas frías y me senté en la salita, mientras ella entró al cuarto.


A los pocos minutos salió con un beibidol que me pareció hasta bonito y me invitó a seguir al cuarto.


¿Era una emboscada? Hasta hoy no lo sé y si lo fue, no quiero saberlo.


Lo cierto es que la situación era muy comprometedora, pero afortunadamente tengo una gran capacidad de hacerme el güevón y no mostré ninguna sorpresa. Puse cara de profesional del masaje terapéutico y entonces ella me dijo…


–¿Y dónde lo hacemos?


–En la cama, le repliqué, sin darle importancia.


Como si fuera la situación más normal del mundo, se acostó a la espera de que yo procediera. Ya tenía listos aceites esenciales y cremas para el cuerpo. Entonces le recordé que se trataba de un masaje de cuello y trapecios y por lo tanto debía sentarse, lo que en efecto hizo con la mayor frescura y empecé. Primero le embadurné desde el cuello hasta los hombros y la espalda alta y procedí a sobarla suavemente para calentar primero los músculos y después ir poco a poco intensificando los enrollamientos y golpecitos con el canto de las manos.


En cosa de cinco minutos yo ya estaba mamado por la posición mía de pie y ella sentada al borde de la cama dándome la espalda. Ella lo notó y me propuso que buscáramos una posición más cómoda tanto para ella, como para mí. Se me ocurrió la genial idea, sin ninguna malicia, de que yo me subiera a la cama, con mi espalda apoyada en la cabecera y ella se ubicara sentada de espaldas entre mis piernas abiertas, para yo poder maniobrar más cómodamente.


En esas íbamos, cuando noté en ella como unos espasmos, que no eran de dolor, sino de placer, pero sin embargo seguía haciéndome el loco, sobe y sobe, suavemente; cuando de repente ella hizo un movimiento como si fuera a rascarse la espalda baja y subrepticiamente su mano derecha se deslizó hacia mi herramienta. Ay, diosmío, eso no me lo esperaba. Para qué voy a negar que yo ya había pasado de blandito a semiduro con tanta sobadera y tal vez por los whiskies, pero además, debo reconocerlo, la fea tenía una espalda bonita.


Con la mano de ella en mi aparato, este cogió forma, se encabritó, se puso como guadua de retén como dicen acá en mi tierra y por consiguiente se fueron para la mierda las inhibiciones.


Entonces le mandé las manos a las tetas –Recuerden que ella estaba de espaldas– y me encontré con unos melones grandotes y duros, con unos pezones que parecían chupos de bebe que me hicieron agua la boca.


Ella, ni boba que fuera, dio vuelta a su cuerpo con una agilidad de gimnasta; quedamos frente a frente, todavía a horcajadas y la muy canalla empezó a quitarse rítmicamente la blusita del beibidol. Ya les había contado el tamaño y la turgencia de esas tetas, pero me quedé corto. Eran una belleza; piel de terciopelo y una areola rosadita que llegaba hasta la mitad, es decir, medias tetas eran areola rosada aterciopelada y en medio un botón divino, rojo sangre, grande, grueso y duro.


Se las mamé como ternero hambriento, las besé como un sátiro, me las sobé por toda la cara y les di mordisquitos y ella enloquecía. Pero eso era apenas el comienzo. De pronto pegó un brinco hacia la parte de abajo de la cama y haciendo gala de una fuerza descomunal, me tomo de los tobillos y me jaló hasta que quedé horizontal; y la fea malvada, después de quitarme arrebatadamente la ropa, empezó a lamerme desde los pies, subiendo lentamente hasta que llegó hasta el cíclope y se lo tragó todo, garganta profunda. ¿Por qué será que a los hombres nos gusta tanto que nos mamen la verga? Jugó con él, lo lamió, lo miró, lo pajió por un buen rato, mientras yo miraba complacido los movimientos de su boca y su lengua.

Entonces caí en cuenta de que la fea tenía una boca sensual y provocativa. Los hombres tenemos estrategias para no venirnos a destiempo, cosa que no se aprende sino cuando se pasa de los veinticinco. En este caso, hice un repaso mental de las bocas que me gustan de las actrices de cine y concluí que era la misma boca de la ex mujer de Brad Pitt ¿cómo es que se llama? eso, Angelina Jolie. Por una milésima de segundo me imaginé que era la señora Angelina la que estaba prendida del tuerto, pero la deseché, por no sentirme como desagradecido con el empeño que la fea le estaba poniendo a la acción.


¿En qué iba? Ah, sí.


Entonces, estaba yo en esas comparaciones odiosas, cuando ella pegó un brinco –¿Ya les conté que hasta los dieciocho años fue bailarina de salsa de un afamado elenco?– y se clavó hasta el fondo, ay juemadre, y empezó con unos movimientos rápidos y acompasados, hasta que se despachó en un clímax de epiléptica que en un principio me asustó –se va a morir esta vieja, alcance a pensar– pero la mente se me nublo y me vine como se debería venir Zeus con esa manada de viejas con quienes convivía, o el mismísimo dios judeo-cristiano-musulmán en su corte de princesas angelicales; o simplemente como cualquier cura católico o pastor evangélico con algún miembro indiscriminado de su cándida feligresía.


Terminamos inmersos en un charco de sudor y emanaciones amatorias y ella con la cara roja, como el indio de la cajetilla de Cigarrillos Pielroja, que todavía acostumbro fumar. Pero allí no paró la cosa.


Uno, cuando ya está cerca de la edad de Cristo, para un segundo polvito tiene que tomarse su tiempo, que puede transcurrir entre unos pocas horas, hasta varios días, o en caso excepcionales, cuando se trata de una vieja a la que uno le ha cargado ganas por mucho tiempo, la cosa vuelve a funcionar en, digamos, media hora. No se extrañen las mujeres que me leen, que así somos los hombres; bueno, casi todos, para no caer en generalizaciones.


Este verraco vicio de caer en digresiones, tomar atajos, meterme en vericuetos y perderme en laberintos expositivos que me alejan de las ideas… ¿En qué íbamos? Ah, ya…


Íbamos en que la cosa no paró ahí.


Pues la vieja no me dio reposo. Es que ustedes, mujeres que me leen, no lo necesitan y uno no podrá entender jamás que, cuando una mujer quiere sexo de verdad-verdad, le importa un culo que su macho, –sí, su macho, porque en esos momentos es su macho, por más feminista que sea–, necesita un tiempo para estar en forma y ustedes están convencidas de que el deber del macho, es tener siempre una mondá hinchada de sangre a punto de reventarse, tiesa y apuntando hacia el cielo. (Qué tal San Pedro asomándose por entre una nube y que a uno le dé por mear, jajajaja. No, mentiras, uno parolo no puede mear)


¿Saben lo que hizo?


Se puso en la posición de perrito, recogió hacia el estómago las piernas y las separó; bajó la cabeza hasta el colchón y curvó la espalda. Es que no sé cómo describirlo para que me entiendan. En ocasiones, la literatura no sirve para describir una situación y lo hace mejor el cine, mucho más con los jóvenes de hoy en día que somos tan visuales, somos multimedia. Recuerdo que en una ocasión tomé por curiosidad un libro de la biblioteca de mi padre de un tal Balzac y válgame dios; ese tipo describía unos ambientes del siglo de él, que uno era como si los estuviera viendo en un video o en una película de época, pero eso ya está pasado de moda, nadie escribe así.


Para ilustrarlos sobre cómo fue la posición que adoptó, busqué en imágenes de Google y todas me remitieron a sitios porno en los cuales no me regodeé por mucho rato, pues mi computador no tiene un buen antivirus y no quería que un bicho me borrara esta historia o me la enviara automáticamente a una web de esas y después yo fuera catalogado como un escritor porno. Qué vergüenza con mi padre, aunque es posible que él no se enterara, porque no creo que él visite esos sitios, aunque uno no sabe, pero además, el anonimato me encubre, por fortuna.


Otra vez estoy dando vueltas como perro tratando de morderse la cola. Voy a tratar de concentrarme para que mis seguidores tuiteros no se aburran.


Se acomodó de tal manera que yo, de pie no veía sino culo, pero no cualquier culo; ¡oh ambrosía! –Esa expresión se la leí a un poeta malo– era el culo más hermoso que se puedan imaginar; grande, redondo y blanco, pero no de cualquier blancura de esas que uno comúnmente ve por ahí en monas desabridas, sino de un blanco, cómo les digo… de un blanco… ya encontré la palabra… de un blanco porcelana, pero no de una porcelana barata… No, por más que me esfuerce en encontrar la palabra, parece que no existe en lengua castellana.


Bueno, para abreviar, así, muy prosaicamente, solo se me ocurre decir que era un culo absolutamente hermoso, divino, como debió ser el culo de Afrodita; pero como el culo de Afrodita no lo conoció sino Zeus y de pronto Praxíteles, pues ni modo… tampoco funciona la analogía.


Y en medio de ese culo divino, oh, oh, oh… una cuenquita rosadita, con unas arruguitas preciosas; hagan de cuenta como se pone una boquita para dar un piquito. Y me enternecí; sí, los hombres también somos tiernos y no crean ustedes que quise profanarlo. No. Como todo un caballero dirigí el cañón hacia la entrada asignada por las religiones de todo el mundo y de todas las épocas, pero la fea, –perdón, ya no estoy seguro de su fealdad– lo agarró con firmeza y lo dirigió hacia ese agujerito de mi perdición. ¡La gloria!


***


¿Hace un año y ocho meses dije “de mi perdición”? Es un lapsus linguae. ¡Cuál perdición…! Ahora soy un feminista militante, para quien los 8 de marzo son todos los días; asisto fervoroso a las marchas de mujeres, incluyendo las de las mujeres trans y de toda la población LGBTIQ. Además, ahora soy un lavador de loza el hijueputa, sé operar la lavadora y nuestro apartamento es una tasita de plata –expresión de mi mamá– quien reconoce cuando nos visita, que en esos menesteres lo hago mejor que ella.


Como tiene esa puta adicción a trabajar como una energúmena y en muchas ocasiones llego primero al apartamento, la espero con unas pastas a la boloñesa que le encantan, un cabernet sauvignon tinto, no importa que sea de esos baraticos chilenos o argentinos que uno compra en Makro o La 14 –ella no distingue entre uno fino y uno corriente– y le encimo de ñapa un buen masaje amoroso y delicado en los pies.


¿Fea? las güevas…


Cali, abril de 2019

25 de Mayo de 2019 a las 02:16 0 Reporte Insertar 0
Fin

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