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El suicidio de Luciano Fernández

Carlos Gómez miró cómo la lluvia golpeaba el parabrisas de su auto y suspiró. Se frotó las manos y las calentó con el aliento. Echó un vistazo al reloj en su mano izquierda; doce de la noche. Y él despierto y cagado de frío.

No odiaba su trabajo; desde pequeño había soñado con ser periodista y largarse del pueblo donde había nacido. Consiguió lo primero, pero no lo segundo. —Moriré en éste pueblucho. —pensó. No amaba las grandes ciudades, pero un lugar tan pequeño (cinco mil habitantes) era sumamente aburrido. Y aunque amaba su profesión, estaba a punto de volverse loco; pero ya era tarde, debería resistir, ahora se encontraba casado y tenía dos hijos, y una barriga de grandes dimensiones.

Observó el edificio más allá del estacionamiento; la lluvia caía cada vez más intensa, y lo único que se veía con claridad era la titilante luz roja de la cruz sobre la puerta principal. El hospital no era su destino; en alguna que otra ocasión había realizado notas sobre las vacunas que se dispondrían para los ancianos, o había hecho un informe sobre algunos casos de gripe que generaron una avalancha de miedo (injustificada y estúpida a su parecer). Pero no esa noche, esa noche iría al pequeño edificio anexado a un lado; la morgue.

Se inclinó sobre el asiento del acompañante y abrió un maletín color café; sacó una pequeña libreta de notas y contempló la primera hoja. —Luciano Fernández, 17 años. —se leía, escrito en bolígrafo.

—Mala decisión, chaval. Un año más y te habrías ido a alguna ciudad y nunca regresarías. —murmuró, al leer —se suicidó. — Y antes de continuar releyendo la pequeña investigación que había llevado a cabo, se encendió un cigarrillo.

En resumen, el chaval, Luciano, se había suicidado. Y al parecer estaba loco; o eso pensaría cualquiera al saber que se abrió la cabeza con un puto taladro eléctrico. El fatídico incidente ocurrió esa misma mañana, pero el funeral se llevaría a cabo en un par de horas; porque los padres del pobre muchacho se hallaban de viaje.

Carlos tuvo el día completo para entrevistar a varios vecinos y personas allegadas al adolescente. Y hacerse con una idea clara del contexto del suicidio. Cuando llegó a la vivienda del muchacho, ubicada en un barrio de clase media, la policía ya se había llevado el cuerpo. Pero hubo varias personas interesadas (desesperadas, muy desesperadas) en contar lo que sabían.

La primera fue una mujer de unos sesenta años, la señora López.

—Yo fui quien llamó a la policía. —dijo y asintió con la cabeza. —estaba barriendo las hojas de la vereda y solté la escoba del susto cuando escuché los gritos. Gritaba como si lo estuvieran matando. —se tapó la boca al escuchar sus propias palabras. Miró a ambos lados, y se inclinó hacia él. —no me sorprendió para nada. Dicen que andaba metido en cosas raras, ya sabe, drogas. —le susurró.

Junto a la anotación de lo que dijo la señora, en letra más pequeña, se leía. —la vieja chusma del barrio. —Y también. —¿drogas?

Otro vecino, el señor Gonzales; un hombre de más de setenta y soltero. Se encontraba tomando mates afuera de su casa. Cuando Carlos se acercó, le convidó un mate (y también se mostró muy gustoso de cooperar).

—Es una pena, un chaval tan joven. —chasqueó la lengua. —¿drogas? No, no lo creo. Si no salía de la casa. —bebió del mate. —a la madre le preocupaba que no tuviera amigos. Según me decía, se la pasaba todos los días en la computadora. Pobres… —meneó la cabeza. —se van a poner muy mal. El más grande encerrado, y ahora el más chico se mata. —volvió a beber. —no, no preso. En un loquero hace un año creo. Decía que una araña se le había metido en la boca mientras dormía. Cada día se puso más loco y lo internaron. —se llevó un dedo a la boca y después dijo. —¡mire! Me parece que éste chaval también iba al psicólogo. Debe ser algo genético…

Y esa había sido la pista que había seguido Carlos, el psicólogo, que en realidad resultó ser un psiquiatra. Pero antes de visitarlo, decidió manejar hasta la comisaria (el combustible no era un problema, todo el viaje no serían más de quince cuadras).

Cuando entró se topó con solo un policía (los otros tres andaban patrullando). El hombre le sonrió y se acercó a Carlos con los brazos extendidos. Las barrigas, de iguales medidas, chocaron ante el abrazo; el policía era José Maidana. Carlos y Maidana habían sido compañeros de jardín, escuela y secundario. Y compañeros de fútbol (cuando lo único redondo era la pelota y no sus barrigas). En resumen; íntimos amigos.

José lo invitó a sentarse en su despacho. Bajo la luz de un fluorescente que se le reflejaba en la calva cabeza, el policía se encendió un cigarrillo y convidó otro a Carlos; lo que no iba a darle era un informe policial, porque no eran policía y periodista, eran amigos (muy buenos amigos).

La señora López fue quien nos llamó. Decía que el chaval, Fernández, gritaba cosas como “la escucho, la escucho” y “voy a sacarla, voy a sacarla”. Y, por último, gritó de una forma que no podía describir (gritaba como si lo estuvieran matando). Cuando llegamos a la vivienda, llamamos a la puerta un par de veces, y al final tuvimos que forzarla. —dio una larga pitada al cigarrillo. —Mirtha (la oficial Delgado) entró primero, y fue la primera en salir a vomitar. No es que estemos muy acostumbrados a ver escenas parecidas, y Mirtha es joven, apenas tiene veinticuatro. —acomodó su gran trasero en la silla, buscando una posición que le resultara cómoda para contar lo visto (no la había). —lo primero que veías al entrar en la habitación era un charco de sangre, y si seguías mirando, te encontrabas con el cuerpo de un chaval muerto. Un chaval que tenía un taladro eléctrico en la mano y un agujero en la cabeza. —se encendió otro cigarro, y se refregó la frente. —pobre Alberto, no es que hubiera dejado un arma en su casa y su hijo se había suicidado con ella. Era un carpintero y tenía un taladro en su casa, nadie puede culparlo, pero seguro él mismo lo hará.

Carlos suspiró y se rascó la barba de un par de días; también conocía a Alberto Fernández, no eran amigos, pero en un pueblo, y después de tantos años, uno llegaba a ser un poco amigo de todo el mundo.

¿Drogas? No lo creo. —dijo el oficial Maidana. —nunca lo hemos encontrado en nada raro, y no es que saliera mucho de su casa. Además, viste cómo es esto, porque use remeras de bandas de rock y tenga el pelo largo, los viejos ya lo tachan de drogadicto. —volvió a refregarse la frente. —el chaval estaría loco como el hermano, ya está, no hay que darle más vueltas al asunto.

Ambos encendieron un último cigarrillo y lo fumaron sin decir palabra. Al terminar, Carlos continuó hacia lo del psiquiatra.

Marcos hidalgo; se leía en la placa junto a la puerta del consultorio. Dentro, Carlos Gómez fue recibido por un hombre de unos cuarenta años, rubio y peinado hacia atrás, y ojos celestes. —Un metrosexual. —pensó al ver como se vestía. Pero en realidad no lo conocía. No era un pueblerino, se había mudado hace poco más de dos o tres años.

—Me apena saber que Fernández (no Luciano, Fernández) se suicidó. —dijo Marcos Hidalgo, sin un ápice de tristeza en su voz. —era un paciente un tanto peculiar; le diagnostiqué esquizofrenia. —se le escapó una leve sonrisa. —no sé cansaba de repetir que, en una parálisis del sueño, una cucaracha se le metió en el cerebro. Y se imaginaba que el insecto se movía dentro suyo todos los días. Lo mediqué, pero al parecer no fue suficiente; la semana pasada dijo que el bicho pronto pondría huevos, pero que él no lo permitiría. —cruzó las piernas y arqueó una ceja ante la pregunta de Carlos. —¿Qué si puede suceder? La parálisis del sueño es una enfermedad real. —sonrió adrede. —pero la idea de que se te meta una cucaracha por la oreja en ese momento, escarbe hasta el cerebro, y que se quede ahí por semanas, es absurda, de locos nunca mejor dicho…

Junto al nombre Marcos Hidalgo, Carlos había garabateado las palabras; completo idiota.

Cerró la libreta y la depositó en el maletín. Terminó de fumar el cigarrillo y se masajeó la frente. ­—Terminemos con esto. —se dijo. Solo le quedaba echar un vistazo al cuerpo antes de que fuera preparado para el velatorio. Se puso la capucha del impermeable negro que llevaba puesto, aferró el maletín, y salió disparado del auto. La morgue se hallaba a unos diez metros, pero la cortina de lluvia, combinada con la lentitud de sus cien kilogramos, hizo que apareciera como si se hubiera dado una ducha con la ropa puesta.

—Tenga, no tome frío. —le dijo Mauro García, el encargado de la morgue, y le alcanzó una toalla. Carlos se quitó el impermeable y se secó lo mejor que pudo.

A continuación, siguió al señor García; un hombre alto y delgado, con nariz aguileña y ojos poco expresivos. La morgue no solo parecía una casa desde afuera, sino que también lo parecía desde dentro, y cuando García abrió la puerta de una habitación, en realidad era la sala donde se hallaban los cadáveres. Dentro los esperaba el hijo de García, Franco. El chico tenía veintiséis años y se había recibido hace poco tiempo; era el tipo de persona que puedes pensar que es muy inteligente o muy tonto, dependiendo de la ocasión. Detrás de él, había cuatro plateadas puertas que Carlos supuso que eran donde guardaban los cuerpos; y así era. García, junto con la ayuda de su hijo, deslizaron el cadáver sobre una mesa móvil de brillante acero inoxidable.

Luciano Fernández parecía un fantasma con largos cabellos negros, pero la vista del periodista fue atraída como con un imán hacia el hueco de rojiza carne a un costado de la cabeza. Carlos no sintió nauseas, pero tuvo que tragar la pastosidad que se le había formado en la garganta.

—Pobre chico, era muy joven ¿Qué lo llevó a esto? —preguntó Mauro García, y miró a su propio hijo con cierto aire de tristeza.

—Problemas psicológicos. —respondió Carlos, y abrió su libreta. —¿Causa de la muerte? —preguntó después de aclararse la garganta.

Padre e hijo arquearon las cejas de la misma forma y al mismo tiempo. —¿Es necesario? Creo que ese agujero en la cabeza del chaval lo dice todo. —dijo el padre.

—¿No encontraron nada extraño? —insistió Carlos, con una sola cosa en mente.

—No lo hemos ni revisado, solo el procedimiento de rutina. Y no, no estaba drogado. —contestó García, y se preparó para devolver el cadáver a su caja personal.

La frente de Carlos se le perló de sudor antes de volver a hablar. —El chaval decía que una cucaracha se le había metido en la cabeza. —terminó por decir. Sabía que era una estupidez, pero algo le decía que debía indagar en el tema; un presentimiento.

—Ni de broma pensaras que de verdad tiene un bicho en la cabeza. —dijo García con una sonrisa bromista.

Franco abrió los ojos como platos y agregó. —Las cucarachas pueden sobrevivir a una explosión nuclear.

Ambos hombres lo miraron, preguntándose como había podido terminar una carrera universitaria en tiempo récord. Su padre aferró la mesa en la que se tendía el cadáver del chaval, y se dispuso a guardar el cuerpo, pero a último momento se detuvo. —Debo estar loco. —murmuró y meneó la cabeza. Miró a su hijo. —Trae las pinzas y la linterna. —le ordenó. La cara de Franco se llenó de asombro, tanto como la de Carlos, y salió disparado a buscar las cosas. Mauro García tenía un extraño presentimiento.

Los tres rodearon el cuerpo sin vida de Luciano Fernández que era cubierto por una sabana celeste. García se inclinó y acercó el rostro al orificio en la cabeza del cadáver, y continuación iluminó el orificio con una pequeña linterna. Aparte del zumbido del foco que iluminaba la sala, solo se escuchaban los latidos de los corazones de los hombres; todos compartían cierto nerviosismo. A franco García le temblaba en las manos el plato de acero inoxidable que había traído por si hallaran algo. Su padre extendió la mano y rebuscó en el agujero con un bisturí durante unos segundos; que a Carlos se le hicieron eterno. Mauro se retiró un poco hacia atrás, se puso derecho y negó con la cabeza. —Nada… —dijo, y hubo algo de alivio en su voz.

—Prueba en la oreja. —exclamó Carlos, mirando su libreta. —el chaval decía que la cucaracha se le metió por la oreja.

Mauro García dudó por un momento, pero su propio hijo le insistía con una mirada suplicante, casi infantil; suspiró y volvió a usar la linterna, pero en la oreja. Carlos se pasaba la mano por el rostro para quitarse el sudor, y Franco no paraba de morderse el labio; ambos se inclinaron junto a Mauro como unos niños en un mostrador. El viejo García se irguió de golpe, y los otros dos saltaron hacia atrás; Carlos casi deja escapar un grito, pero Franco no pudo evitarlo.

—Suficiente… —dijo Mauro en un suspiro. —ya hemos jugado demasiado. No hay nada como todos sabíamos. —miró a Carlos. —éste afirmó con la cabeza. García dejó la linterna y el bisturí a un lado y procedió a guardar el cuerpo.

—¡Espera! —gritó Franco, y de inmediato se tapó la boca con ambas manos. Los hombres le miraron con cierta intriga, aunque la mirada de su padre era más de reproche. —Te faltó una oreja. —señaló con un tímido hilo de voz.

Los hombres cruzaron miradas; seguros de que Franco era un genio. En completo silencio, cada uno hizo lo que tenía que hacer; Carlos alcanzó la linterna y unas pinzas a Mauro, y Franco se paró a su lado con el plato de acero inoxidable que no dejaba de resplandecer bajo la luz. La cavidad auditiva se iluminó como una cueva con el fuego de una antorcha, y Mauro García pudo ver una sombra un tanto extraña. Llevó la pequeña pinza hasta dentro del oído; lo más lejos que pudo. Y sujetó algo, no sabía qué, pero era algo, de eso estaba muy seguro. Antes de tirar, se quitó el sudor de la frente; estaba más nervioso que cuando en el pasado operaba personas vivas y todo podía salir mal. Sus dos compañeros abrieron los ojos y le brillaron en éxtasis. Las pinzas se retiraron lentamente, pero Carlos pudo ver que arrastraban algo; él y Franco se inclinaron hasta quedar apoyados a Mauro; quien ni les prestó atención; ahí había algo…

Cuando algo de color marrón claro asomó atrapado en la boca de la pinza, un escalofrío recorrió la espalda de Carlos. Y los tres hombres compartieron una misma expresión de asombro con la boca abierta de par en par. La diminuta y alargada cosa marrón; una pata, tiró de otra cosa, la cual asomó con cierta resistencia, pero que al final cedió con un leve tirón. Franco alcanzó el plato a su padre de forma automática, y éste dejó caer la cosa completa sobre el acero; el cuerpo extraño extraído de la oreja del cadáver de Luciano Fernández;

Una cucaracha muerta de unos quince milímetros de diámetro…

Noticias de esa semana en un pequeño pueblo;

JOVEN DE LA COMUNIDAD SE SUICIDA

PSIQUIATRA DENUNCIADO POR MALA PRAXIS

CUCARACHA EN LA OREJA DE UN MUERTO: SANIDAD INVESTIGA LA MORGUE

PARÁLISIS DEL SUEÑO ¿PELIGROSA?

28 de Mayo de 2019 a las 02:41 2 Reporte Insertar 3
Fin

Conoce al autor

Luca Domina Tengo 27 años. No miro televisión y en el tiempo libre prefiero leer novelas (las devoro). A pesar de que comencé a escribir hace poco más de un año, siempre estoy intentando mejorar y alcanzar el sueño de publicar. Reto para 2019: Leer 100 libros.

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Baltazar Ruiz Baltazar Ruiz
Muy buen relato, intenso en todo momento

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