Los Fuegos de Niohöggr -Relato- Seguir historia

jess_yk82 Jessica

Thorir tiene dieciséis años y ha crecido a la sombra de su abuelo, su padre y su hermano mayor, grandes guerreros vikingos; de ellos hablan los escaldos, admirados por los suyos y temidos por los enemigos. Ante su primera incursión, el muchacho solo aspira a ser como ellos. Sin embargo, el destino le tiene deparado algo muy especial. «No busques leyenda en el campo de batalla; busca solo sobrevivir y si lo haces muchas veces empezarán a hablar de ti». ¿Y si lo consiguiera una única vez?


Fantasía Épico Todo público.

#vikingos #mitos #fantasía
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Leyendas

Contaban que dormía con su espada y que esta le susurraba por las noches el itinerario de un camino trazado por los dioses. Nunca se separaba de ella. El acero vaticinaba el número de gargantas que sesgaría a su paso, la cantidad de sangre que derramaría y con la que, poco a poco, acabaría escribiendo su propia leyenda; una leyenda que perduraría para siempre a través de los tiempos, como las de los grandes guerreros que le habían antecedido. Su padre. Su abuelo...

Thorlak cruzó el asentamiento en el que se había establecido su clan y observó, satisfecho, los preparativos para la incursión. Aún habrían de esperar unas pocas semanas hasta que la primavera trajera consigo los primeros deshielos y el clima les facilitase la larga travesía, pero aun así podía percibirse ya la exaltación que precedía a toda marcha.

Encontró a su hermano pequeño junto a los caballos una vez había terminado de descargar los suministros. Su llegada originó la abrupta espantada de Dalla, que lo saludó con un murmullo ininteligible y salió corriendo de allí, como si temiera su presencia.

Thorir se encontró con la pícara sonrisa de Thorlak, que apoyaba su mano sobre la empuñadura de su espada.

—¿Qué? —preguntó el mayor de los hermanos—. ¿De nuevo te ofrecía su llave?

—Por Odín, déjalo ya.

—Podría ser un buen plan a tu regreso de la incursión, ¿no te parece, Thorir? Una buena chica como ella, un hogar, hijos...

—¡Tengo dieciséis años! —exclamó él, escandalizado.

—¿Y qué?

—Y ningunas ganas de tener hijos... menos aún con Dalla.

—¿No te gusta? Es un tanto asustadiza, pero... —Thorlak alzó las manos, atendiendo a la exigencia en la mirada de su hermano—. Me callo.

Pocos se atreverían a exigirle algo a Thorlak.

Alzó la cabeza, observando los bultos que Thorir había descargado.

—Has hecho un buen trabajo —observó—. El sol pronto se ocultará, déjalo ya. Mañana cargaremos los primeros suministros en los drakkars.

Le echó el brazo por encima del hombro y empezaron a caminar con despreocupación, alejándose de allí. El ocaso abrazaba el campamento del clan y la bulliciosa actividad de las horas previas decrecía, convirtiéndose en una lenta procesión de hormigas que punteaba la oscuridad con fogatas y antorchas

—¿Cómo estás?

—Ansioso —admitió Thorir—. No veo el momento de embarcar y llegar hasta esa tierra de la que hablabas.

—Refrena tu entusiasmo, hermano. Las incursiones no son ningún paseo, digan lo que digan los escaldos.

—Lo imagino, pero... —Thorir se detuvo y Thorlak lo hizo también, algo más adelantado—, es mi primera incursión y quiero... quiero ser digno de ti.

Un largo silencio le concedió una visión diminuta de su hermano y discernió un brillo febril en sus ojos azules. Se reconoció a sí mismo años atrás, diciéndole algo parecido a su padre. Thorlak recorrió de nuevo los escasos pasos que lo separaban de Thorir y colocó la mano sobre su hombro.

—Te he visto mil veces con una espada en las manos y conozco de la nobleza de tu corazón...

—Eso no es suficiente —lo interrumpió el muchacho—. Todo el mundo habla de tu arrojo en combate, tan fiero como el de nuestro padre y nuestro abuelo. Todo nuestro linaje; escogidos por los dioses. Yo aún tengo todo por demostrar y sé lo que se espera de mí. Que sea digno de ti, que sea digno de todos. Quiero serlo.

Thorlak suspiró hondamente y, por un momento, sintió un peso enorme sobre sus hombros. Aquel con el que lo habían cargado a él y aquel del que quería liberar a su hermano pequeño.

—Thorir, voy a decirte dos cosas que no debes olvidar jamás —empezó a hablar con voz queda—. La primera es que mi espada no me habla durante la noche. —Los dos sonrieron ante aquella aseveración—. La segunda es... En el campo de batalla de un territorio enemigo, como en el propio, lo único que hay son hombres con espadas y escudos y lanzas y arcos y flechas... y ansias de matar. Y lo único que te separará de un hueco en las odas de los héroes o de una muerte rápida e indiferente serán tu propio valor y tus manos. No hay elegidos en la guerra; solo hay vencedores y vencidos. Procura estar siempre entre los primeros y la leyenda se alzará sola.

—¿Tratas de decir...?

—Que no soy mejor que ninguno de ellos —respondió, mientras recorría con la mirada a los hombres y mujeres que seguían enzarzados en los quehaceres del clan—. Puede que el hecho de que ellos lo crean hace que se sientan más seguros y confiados. «¡Demonios, nos guía un elegido de Odin!». Ellos pueden creerlo, pero tú no. Tú debes ser consciente de la verdad y de tus vulnerabilidades. No somos inmortales, aunque dejaremos hasta el último aliento de vida para que nuestros nombres sí lo sean. No busques leyenda en el campo de batalla. Busca solo sobrevivir. Y si lo haces muchas veces, empezarán a hablar de ti.

Thorir esbozó una sonrisa amarga mientras su mirada se descolgaba hacia el suelo.

—Sobrevivir. Suena muy simple.

—Es muy simple. Y a la vez, muy difícil.

***

La noche se había tornado desapacible y de la cantidad de hogueras que habían salpicado el níveo valle al crepúsculo, apenas quedaban dos o tres, sacudiéndose en un baile frenético de llamas y viento. A lo lejos, este silababa entre los huecos del angosto desfiladero por el que habían llegado, hacía ya casi dos ciclos lunares. Más allá de eso, el silencio era un fantasma que se había alzado y retozaba en el campamento, amenazando a cualquier otro sonido que osase desafiarlo.

Thorir levantó la cabeza en el interior de la tienda de campaña que compartía con su hermano. Thorlak aseguraba que no era un elegido de los dioses, aunque todo su clan y buena parte de las huestes enemigas lo creyeran así, presos de la leyenda que se ceñía sobre su estirpe, pero verlo dormir con aquella placidez a pocos días de abordar una incursión del calado de la que habían preparado durante los últimos meses del severo invierno, lo hacía dudar de ello. Se arrodilló y se acercó hasta el catre de su hermano. Más allá de la calma que desprendía, ver a Thorlak dormir no tenía nada de particular, pero su fascinación había caído presa de Uovervinnelig, su espada, la invencible, tendida a su lado como una fiel amante. La lona de la tienda se agitaba, espoleada por el viento y los argénteos rayos de la luna creciente lograban abrirse paso para derramarse sutilmente sobre el acero, reflejando en su hoja un brillo puro e inmaculado. Observó su empuñadura, deleitándose con los intrincados grabados que la componían. Una espada de oro y plata. Una espada digna de dioses. Suspiró en silencio y mientras la sujetaba, el corazón se le encogió en el pecho, orándole precisamente a estos para que su hermano no se despertase.

Abandonó la tienda y escuchó unas risotadas a lo lejos. Había apenas unos pocos hombres montando guardia, aunque, aparentemente, ninguno de ellos lo vio alejarse. Se arrebujó en la gruesa capa de pieles que llevaba puesta y se adentró en la espesura, buscando una necesaria intimidad. La encontró, cerca de los riscos y allí, el colérico océano se alzaba como un digno rival del cielo.

Thorir sonrió mientras blandía la espada y efectuaba con ella elegantes movimientos sesgando el aire. El zumbido de la hoja lo sumía en un placentero deleite que prolongó mientras pudo.

Los mechones de cabello rubio ya se le adherían a la frente cuando tomó conciencia del tiempo que llevaba allí, practicando. Y sin embargo, no fue eso lo que lo detuvo, sino un seco impacto en la oscuridad. Se volvió hacia los riscos y comprobó que aún debían de faltar varias horas para el alba. Inmóvil, escrutó la negrura esperando algún movimiento, pero lo único que se hizo presente fue su sensación de ridículo. Con la espada sobre el hombro, caminó, ascendiendo a través del rocoso promontorio, en cuya base rompían las olas, pero lo que encontró al asomarse distaba mucho de aquella visión. La enorme cabeza de un dragón lo saludó y por un momento sintió que le faltaba el aire. Respiró de nuevo al comprobar que era una talla de madera. Un drakkar que, con toda probabilidad, debía de haber varado allí, arrastrado por las fuertes corrientes. Se asomó, tratando de localizar el rastro de alguno de sus tripulantes, pero las crestas de espuma lo ocultaban todo bajo su negro telón. Dio media vuelta con la férrea voluntad de regresar al campamento y avisar a los suyos, pero la hoja de una espada lo disuadió al instante y, con ella, tres figuras desconocidas le cortaron el paso. El instinto llevó a Thorir a mover la espada, pero apenas había pensado en ello, un puño le golpeó en la cara y un segundo impacto lo dobló de rodillas. No tenía ni la más mínima idea de quiénes eran aquellos desconocidos, pero si le hubieran dicho que estaban hechos de roca se lo habría creído. ¡Por Odín, cómo dolía!

La espada había caído debajo de él y atisbó su reflejo distorsionado en la hoja. Pensó en su hermano, en su padre y en su abuelo. ¿Los golpes de unos maleantes podrían, acaso, con él? ¿Qué contarían los escaldos sobre Thorir, el hermano pequeño de Thorlak, el hijo de Atli, el nieto de Grimm? Un arrebato de furia acudió en su ayuda y sus rodillas lo alzaron como un resorte, acompañando a su puño, que no encontró objetivo alguno antes de que un nuevo golpe lo oscureciera todo a su alrededor.

24 de Mayo de 2019 a las 14:05 0 Reporte Insertar 0
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