Las batallas que siempre perdemos Seguir historia

liesl-antjenell Liesl Antjenell

Las peleas más duras no solo pertenecen a aquellos que se dirigen al campo de batalla, para algunos su lucha es otra, una que no siempre termina cuando la guerra acaba. Pequeños relatos por capítulo.


Historias de vida Todo público.

#fantasía #historias #amor #desamor #contemplación #reflexión #reconciliación #parejas
1
412 VISITAS
En progreso
tiempo de lectura
AA Compartir

Al termino de la guerra

—Esta noche no vendrás —una lágrima resbaló por su mejilla de porcelana, coloreada por el frío y adornada por el polvo.

—Esta noche tampoco vendrás —el murmullo de su voz hizo eco en las paredes y la servidumbre guardó la comida del banquete, pues el dueño del lugar no asistiría.

Los días pasaron.

Las quejas del pueblo aumentaban cada vez más, la inquietud se sentía, se tocaba, la asfixiaba, la sofocaba, era una soga al cuello que apretaba su piel y enrojecía su garganta ¿quién los ayudaría si no volvía? ¿Con quién celebraría las victorias de sus batallas? ¿Junto a quién llorarían por los caídos? ¿Con quién se sentaría al fuego a escuchar historias de héroes que se extinguieron y de enemigos que lucharon hasta el último aliento? ¿Quién los protegería de los peligros que acechaban en el día y herían por las noches? ¿Qué harían sin él?

¿Qué haría sin él?

La respuesta era clara, tan clara como el agua que corría por el río, pero...

No. No iba a pensar en eso. La batalla, según escuchó, terminó hace días, nadie le ha traído noticias, no han enviado a ningún mensajero. Él está vivo, ella lo sabe...

—Dime —dijo mirando el camino cubierto por la noche— ¿dónde estás?

—No vendrá mi señora —dijo la dama que la acompañaba.

—¿Qué haces aquí? Ve y prepara la habitación para mañana, al despertar quiero tener listo un grandioso desayuno, que las invitaciones lleguen a oídos de todos.

La dama de compañía agachó la cabeza.

—Mi señora no tiene por qué hacer esto...

La mujer silenció a su sirvienta con una seña.

—Mira el camino —ordenó, como solo ella podía hacerlo, con voz dulce y autoritaria, cálida pero seca— cientos de visitantes lo recorren, cientos de trabajadores, agricultores, artesanos, pescadores, poetas, estudiosos, familias, niños, mujeres, damas de compañía, casadas, solteras, aprendices... veo sus rostros, veo como cada día se apagan un poco más, no puedo permitirlo, este es el camino que se me encomendó.

»Los hombres regresan de poco a sus hogares, los guerreros regresan cansados al palacio y el rey celebra su victoria en la capital, pero nuestra provincia no ve el regreso de su señor, ¿quién más sino yo puede cuidar de nuestra gente en su ausencia? ¿Quién más sino yo puede levantar a esta gente que no tiene nada más que la esperanza de que su héroe regrese? Y cuando él regrese ¿Cómo voy a recibirlo con las hojas caídas sin barrer? ¿Sin un plato en la mesa? ¿Sin una cama cálida? ¿Cómo me atreveré a mirarlo si llevo la cara destruida por la tristeza y su pueblo resignado por la espera? —la mujer levanta la cara de su dama con la mano— ¿no soy yo acaso la esposa del héroe que todos esperan con esmero? ¿Acaso crees que soy la clase de mujer que ante la ausencia de su marido se desmorona perdida entre la yerba?

—¡No mi señora! No es lo que quise decir, es solo que no tiene por qué hacer esta clase de arreglos, él no se molestara si simplemente decide descansar en su alcoba.

—No lo hago para él —respondió la mujer— yo soy la señora de esta provincia, su administradora y su protectora, no de la misma clase que él, pues yo nunca podré ganar guerras con espadas; las palabras, sin embargo, son el campo en el que crecí. Me gusta ver sonreír al pueblo y escuchar sus historias.

La dama de compañía se acercó a su señora y la tomó de las manos.

—Mi señora, se ocupa demasiado, sé que lo hace por nuestro bien, sé que puede persuadir a los reyes más necios y a las mujeres más agresivas, sé que puede evitar los conflictos o envenenar los pensamientos, la he seguido desde el día que él la trajo a éste lugar, pero, mi señora se está esforzando demasiado, bien sabe que él vuela con la más leve brisa de la batalla.

—Suficiente— la dama de compañía de inmediato dejó las manos de su señora y agachó la cabeza— no te permito insultar a mi marido, él nunca, en todo el tiempo que llevamos juntos, me ha faltado al respeto, es libre de ir a donde le plazca igual que yo. No menosprecies sus hazañas que son las que nos han salvado de incontables invasores, así como él no menosprecia las mías, tan importante es que él regrese cómo que yo mantenga la paz en este lugar. Él va a regresar. Ahora ve a preparar lo que te ordené.

—Sí señora.

La mujer de cabello rubio posó su mirada en el camino una vez más, sabía muy bien lo que haría si el peor de los escenarios llegara a suceder pero...

—Él regresará, siempre lo hace —se dijo— vendrá en su caballo por aquél camino, con regalos y trofeos de su victoria, se sentará en la mesa y contará las grandes hazañas que le sucedieron.

»Regresará…

24 de Mayo de 2019 a las 01:37 0 Reporte Insertar 2
Leer el siguiente capítulo El último guerrero

Comenta algo

Publica!
No hay comentarios aún. ¡Conviértete en el primero en decir algo!
~

¿Estás disfrutando la lectura?

¡Hey! Todavía hay 2 otros capítulos en esta historia.
Para seguir leyendo, por favor regístrate o inicia sesión. ¡Gratis!

Ingresa con Facebook Ingresa con Twitter

o usa la forma tradicional de iniciar sesión