Sangre Feérica Seguir historia

baltazarruiz154 Baltazar Ruiz

Vaael ha vivido toda sus días en el apacible pantano de Haeral. Sin saber de su pasado y su linaje, pasa el tiempo aprendiendo el arte de la espada en compañía de su amiga Kalaie. Un día reciben la visita de Mamases, un aventurero que trae al joven la verdad de su origen, iniciando así una aventura llena de peligros.


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EL BOSQUE DE MALÁEK

I


El bosque de Maláek se extendía desde el valle de Joov hasta el desierto, cubriendo una friolera de varios miles de hectáreas. Era una tierra abundante, verde hasta donde podía verse y en ella la vida germinaba como en los mares primigenios. Maláek era un trozo de esmeralda que brillaba en medio de los valles grises y las montañas congeladas. Cuatro ríos lo atravesaban de lado a lado por los cuatro puntos cardinales y se decía que antaño, durante la temporada de lluvia, los cuatro ríos se unían en al centro del bosque formando el lago Lótaris.

Ahí, la fauna y la flora eran exuberantes y mayores en cuanto tamaño a cualquier otro lugar sobre la tierra. Vahael era uno de sus habitantes, miembro de los vigilantes del bosque y aprendiz del patriarca. Era alto y su cabello negro como la noche, el color de sus ojos era gris como el valle y podría decirse que era el más fuerte de sus compañeros vigilantes.

Había estado todo este rato oculto tras un frondoso pantárbol, endémico de Maláek y que nunca dejaba de crecer en toda su vida, llegando a parecer por si mismo un bosque en miniatura con su propia biodiversidad. El joven vigilante observaba, agazapado, a un misandros adulto, el cual deambula más allá de lo que consideraba seguro para los demás habitantes del bosque. Vahael portaba una espada en su mano izquierda y un escudo de roble con un topacio amarillo imbuido con magia, lo que le permitía absorber golpes con facilidad. A pesar de tener la destreza de atacarlo en cualquier momento y acabar con su vida, la intención de Vahael no era tal; si bien los misandros eran peligrosos y sus mandíbulas llenas de dientes destrozaban todo a su paso, eran habitantes del bosque como él y debía ser respetados.

Aprovechando que el misandros se detuvo a beber agua, Vahael apareció detrás de él, asustándolo y provocando así que su instinto lo obligara a correr en dirección contraria, el animal hizo lo esperado y corrió en dirección a la zona pantanosa, una parte del bosque menos habitada por humanos y que también le serviría para sus propios intereses de alimentación.

—Eres la única persona que conozco que puede sorprender a un misandros, ¿sabes?

—¡Kalaie! —dijo el joven fingiendo haberse asustado—, entonces eres la única persona que conozco que puede sorprenderme a mí.

—Mentiroso, sé que te percataste cuando llegué.

—Vamos, tampoco te esfuerzas mucho.

Kalaie era igual de alta que Vahael, de piel bronceada y cabellos rojos como el fuego. Tenía una complexión firme y sabía luchar mano a mano.

—Si, si... Oye, debemos ir con el patriarca, mandó a llamarte.

—¿Ahora que hice? —dijo llevándose las manos a la cabeza.

—No sé, supongo que nada... ¿no has notado que el aire se siente raro?

—¿Raro? —Vahael estuvo todo el rato concentrado en el misandros y no había puesto atención a la atmósfera. Efectivamente, un olor extraño venía desde el norte— Ahora que lo dices, es cierto. Quizás Soogan sepa algo al respecto.

—¡Vamos por el río! —dicho esto se arrojó a las aguas del río Huli que eran cristalinas y mansas, Vahael la acompañó de inmediato


Desde la corriente del río apenas si tenían que mantenerse a flote para avanzar, era una forma cómoda de viajar distancias largas en Maláek. La luz del sol debía pasar a través de las hojas de los árboles y eso creaba un efecto iridiscente con la corriente del río. Era un espectáculo de luces y sombras, con el color verde como protagonista. Vahael amaba como nada en el mundo vivir en Maláek, teniendo el sueño de ser el patriarca, casarse con Kalaie y pasar en estas tierras hasta que la luna azul cayera sobre el mundo según las sagradas escrituras y diera inició a una nueva era. Todo eso lo pensaba mientras era llevado por la corriente de Huli como si fuese una hoja seca.

Sin embargo, Kalaie pensaba diferente. En ella había la certeza de que Vahael no pertenecía a un bosque, lo observaba y no veía a un patriarca en medio de pantárboles y misandros, sino que contemplaba a un hombre de porte señorial, a un caballero que debía estar por encima del resto. Estaba segura de que algún día, el más fuerte de los vigilantes del bosque, se marcharía de Maláek y también sabía que ella lo seguiría sin importar que.

—Kalaie.

—Dime.

—Quiero vivir por siempre en Maláek, tener cuatro hijos contigo y ser patriarca.

—No es la primera vez que dices eso, aunque es la primera vez que lo dices en serio.

—¿No te gusta la idea?

—No mentiré —dijo desviando la mirada— que lo de los hijos me parece tentador. Pero sé que no vivirás aquí por siempre.

—¿Por qué no? No tengo padres, Soogan y tu madre cuidaron de mí desde que recuerdo. No tengo otro lugar donde ir, no me interesa ir a otro lugar.

—Lo dices, pero tampoco tú te lo crees, lo repites porque así piensas que se hará realidad.

—Quiero creer que así será —dijo, clavando sus ojos grises como el valle en los ojos rojos de la muchacha.

—Yo también quiero creerlo.

En ese momento, ambos fueron segados por la luz del sol. Habían llegado a un claro y eso significaba que su paso por el ría había terminado, más allá había rápidos y podían salir lastimados por las rocas.

Salieron de el rió y caminaron, su ropa no tardó nada en secarse con el calor y el viento que soplaba con una intensidad inusual para la época del año. El resto del camino lo hicieron tomados de las manos. Se amaban, pero respetaban sobre todo las tradiciones del pueblo y sin una ceremonia adecuada, era lo único que podían hacer sin ser reprendidos por los ancianos. Luego de un rato, a lo lejos pudieron divisar el pantárbol más grande y antiguo de todos, tenía nombre propio y este era Gouro, que en lengua feérica significaba Padre.

A los pies de tan imponente ser, en una de sus raíces, descansaba sentado Soogan, el patriarca. Un hombre robusto y con una mirada profunda y sabia.



La sombra que producía Gouro era tan grande y tan antigua que pequeños árboles que nacieron bajo ella hace varios siglos nunca habían sido iluminados por el sol de forma directa. Era tal su presencia que era una costumbre hacer una leve reverencia al verlo, un ademán que denotaba lo mucho que ese pantárbol era estimado. Vahael así lo hizo, antes de saludar al patriarca o incluso a la persona que estaba a su lado, el joven se inclinó ante Gouro, quizás unos segundos más de lo habitual.

Al levantar la cabeza, notó que Kalaie hizo lo mismo y se sintió complacido. Luego su vista se dirigió al invitado, pero se forma sutil, pese a ser criado de una forma que podría considerarse rupestre, sabía de normas y sabía tratar con forasteros sin que estos sintieran que hablaban con alguien que nunca había abandonado el bosque de Maláek. La mirada furtiva bastó para darse cuenta que se trataba de un aventurero, como otros que ya antes cruzaban por esas tierras, pero a la vez se percató que era fuerte como ningún otro.

El aventurero también se dio cuenta de la fuerza del joven y que tenía buen ojo para juzgar a los demás.

—Bueno, gracias por venir tan rápido. Este hombre es Artrios, un viejo amigo de aventuras.

—Saludos, disculpen por venir de esta forma —dijo el aventurero poniéndose de pie, sus ropas eran pesadas y estaba muy bien equipado— pero estos asuntos que nos atañen deben resolverse con prontitud.

—Si, así como dice Artrios, debemos resolver esto ahora mismo.

—Escucharemos todo lo que quieran decir, adelante.

—Artrios, viene desde la Ciudad Amurallada, y ahora se dirige hacia Lahoa, el desierto del oeste. Ustedes dos irán con él de inmediato.

—¿Espera, qué? —Vahael, por primera vez en mucho tiempo había perdido la compostura, pero la mano de Kalaie en su hombro lo detuvo, obligándolo a escuchar.

—Estamos en peligro, todos. Es necesario huir —añadió Artrios.

—Entiendo que debe pasar algo y que eso nos pone en una situación complicada, pero entiendan que esto un poco drástico —agrego Kalaie.

—Lo sabemos —el patriarca se levantó de la raíz donde estaba sentado y colocó una mano sobre la cabeza de Vahael y la otra sobre la de Kalaie. Era el peso de un padre— conozco los deseos de ambos, los conozco muy bien, pero esto es más grande que todos nosotros, más grande que Maláek, y eso que apenas es el comienzo. Viajaran con Artrios de ahora en adelante y sobrevivirán, ¿entendido?

—Patriarca.

«¿Qué debo decir?» Se preguntaba para sí Vahael, pero antes de poder hablar, a lo lejos, cerca de los valles grises, una columna de fuego negro se levantó, su altura superaba a la de las montañas congeladas, llegando incluso ocultar al sol en un eclipse de llamas oscuras. Vahael y Kalaie se abrazaron por primera vez desde que se enamoraron. Soogan, mediante un hechizo, entabló comunicación con todas las criaturas conscientes del gran bosque Maláek.


—Un poder inaudito viene hacia nosotros y trae muerte, el dragón de dos cabezas Zárxos tiene la misión de exterminar la vida de estas tierras. Abandonen todo, sobrevivan como les sea posible. Suerte, mis hermanos...


El silencio fue profundo y caló en los corazones de cuantos lo escucharon. Soogan volvió a sentarse en la raíz a la espera de lo que Vahael deseaba decir. Sin embargo, antes de que el joven profiriera alguna palabra, el silencio fue roto por un barullo generalizado, los habitantes del bosque atendieron al llamado de Soogan y comenzaron a evacuar el bosque. El patriarca sonrió complacido, pese a los años aún tenía la confianza de los suyos.


—Te escucharon de inmediato, yo no podría hacer eso. Sabes, siempre pensé quedarme aquí y ser el patriarca luego de que volvieras al cielo, ¿qué debería hacer? —Vahael se preguntó a sí mismo— Por primera vez en mi vida no sé que hacer.

—Lo sabes —respondió Soogan a la pregunta anterior—, tu destino no es este bosque, nadie mejor que yo conoce tu deseo de ser algo más que un simple habitante del bosque.

—Soogan...

—Kalaie, ven, parate a un lado de Vahael.


La muchacha fue de enseguida, Soogan colocó en manos de ambos una manzana de Gouro, las cuales eran azules. Era una ceremonia de boda, así que llamó también a Artrios para que sirviera de testigo. Con una soga roja ató a ambos muchachos desde la cintura, enredándolos de manera tal que pareciera que sería imposible separarlos.


—Yo aún no se lo pedía de manera formal...

—Lo sé.

—Yo aún no declaraba mis sentimientos...

—Eso también lo sé, ¿quieren hacerlo?


Ambos se miraron a los ojos. Respondieron con un tímido sí. Soogan los hizo comer de la manzana del pantárbol hasta terminarla, a medida que lo hacían, la soga roja iba desapareciendo, como si fuese absorbida por sus cuerpos. Artrios estaba asombrado, era la primera vez que veía algo así.


—Ahora están unidos en cuerpo y alma para siempre.

—Kalaie, ¿me acompañarás en esto?

—Hasta el fin del mundo...


Antes de continuar, una llama, aún más grande y más cerca que la anterior se elevó hacia los cielos, Zárxos avanzaba quemándolo todo a su paso. El calor del fuego ya se sentía en donde estaban y eso que era una gran distancia.


—Soogan, gracias por todo, me llevaré a los muchachos.

—Espera, ¿no vendrás con nosotros?

—Zárxos no se detendrá, si no lo detenemos poco o nada quedará. Haré que se detenga o al menos lo desviaré hacia las montañas grises.

—¡Es una locura! —replicó Kalaie mientras tomaba su brazo.

—Podré parecer un viejo, pero soy un mago de primer nivel, ¿o no es así, Artrios?

—Ni yo me atrevería a enfrentarte.

—¿Lo ven? Estaré bien, huyan.


Soogan, quien hasta entonces aparentaba ser de menor estatura que Vahael, erguido de la espalda, tomando una postura más firme y gallarda. Infló en pecho y al hacerlo, parecía ser incluso más joven. Vahael no podía salir de su asombro, pero de alguna manera lo sabía, sabía del poder que la amabilidad del patriarca escondía y se sintió tranquilo.


—Kalaie, vamos.

—¿Seguro?

—Padre —dijo Vahael acercándose a Soogan, luego, de rodillas postró la frente en el suelo— gracias por criarme.

—Muchacho...


Otra llamarada, pero más cerca. Soogan limpió las lágrimas en sus ojos y sacó de sus ropas un báculo con una piedra roja en la punta. Volteó hacia donde estaba Vahael y sonrió para después lanzarse hacia el bosque. Artrios tomó a ambos jóvenes y casi arrastrándolos los llevó hasta donde había atados unos quiaros, aves de gran tamaño que sirven para montar y llevar carga. Mientras huían, a lo lejos, se escuchaban estruendos y el rugido de Zárxos, parecía ser una batalla monumental.

Y en efecto lo era, pero Vahael ya estaba resuelto, su vida ya no le pertenecía solo a él y debía llevar a Kalaie a un lugar seguro, además que debía confiar en el hombre que protegió el gran bosque de Maláek durante más de cuarenta años.

Artrios iba adelante, cuando de repente algo lo detuvo.


—¿Quién eres? Nos rodeaste para salir al frente, sin duda eres rápido, sal con las manos en alto.

—No era mi intención, solo quería saber hacia donde se dirigían, el patriarca dijo que huyéramos y los encontré mientras lo hacían.

—¿Katou?

—¿Vahael? No sabía que tuvieras quiaros, no imaginé que fueras tú.

—Artrios, él es un arquero habilidoso y un huérfano como yo, ¿podríamos llevarlo?

—Necesitamos ayuda y de todas formas pensaba agregar a un arquero al grupo, sube.

—Genial, el trío desastroso se reúne... —dijo Kalaie con un suspiro.

—Kalaie, ¿que haces aquí tu también?

—No finjas que no me habías visto.

—Artrios, ¿adonde iremos?

—Al desierto, debemos encontrar a un amigo y obtener información. Andando.


La compañía de Artrios apresuró a los quiaros para salir lo más pronto del bosque. Aún se escuchaba de fondo la batalla entre Soogan y Zárxos. Kalaie observaba de vez en cuando a sus espaldas, y aunque Vahael deseaba hacerlo, pensaba que si lo hacía, no podría abandonar el bosque, así que se limitó a ver hacia el frente.

Al llegar a un claro, observaron a varios habitantes del bosque, los cuales saludaron a grupo y les desearon suerte, todos aprovechaban el valor del Patriarca en su lucha contra el milenario dragón del Rey.


Luego de un rato sobre las aves, al fin salieron del bosque. Todos menos Vahael se detuvieron a observar las llamas que lo envolvían caso todo. Llamas negras y que emitían más calor que el fuego normal. Zárxos era la razón por la cual el rey negro Zarael había conquistado los cuatro reinos de la península él solo en una sola noche. Vahael solo escuchaba el crepitar y con eso le bastaba, deseaba gravar ese sonido en su corazón y algún día cobrar venganza.


—Hijo, al fin has despertado...

—¿Quien dijo eso?


Vahael perdió fuerzas al escuchar esa misteriosa voz femenina hasta casi desmayar. De no haber sido por Katou hubiera caído del quiaros.


—¡Vahael!

—Maldición, Katou, lleva las riendas y amarra a Vahael a tu espalda, no podemos parar ahora.

—¿Qué le sucede?

—Cuando lleguemos al desierto lo sabremos, iré adelante, tú cuidanos la espalda.

—Entendido, Katou, si dejas que Vahael se caiga yo misma te daré de comer a Zárxos.

—Hablas como si fueras la esposa de mi amigo.

—De hecho lo es, fui testigo...

—¿Por qué nadie me dice estas cosas? —dijo Katou molesto.

—Porque siempre llegas tarde a todo, ahora cállate y sigue a Artrios.

—Deben darme una explicación luego, golpearé a Vahael cuando despierte.


Los quiaros comenzaron de nuevo su marcha hacia el desierto. Zárxos, mientras tanto, caía de forma pesada al suelo, Soogan le había encestado un golpe mágico muy potente, pero el mago y patriarca sangraba también.

Un hombre de semblante frío contemplaba la batalla a lo lejos.



22 de Mayo de 2019 a las 17:09 2 Reporte Insertar 7
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Paola Stessens Paola Stessens
me gusta como comienza esta historia en especial la descripción del bosque y la interacción del los personajes. Muy buena narración
12 de Junio de 2019 a las 18:22
Flor Aquileia Flor Aquileia
QUE NIVEL POR DIOS!!!!!
22 de Mayo de 2019 a las 14:07
~

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