Quiero mis alas Seguir historia

azale Sara García

Holly es un ángel al que le arrebataron sus alas tras haber cumplido los siete pecados capitales en el Cielo, como castigo, fue enviada a la Tierra, con el motivo de cumplir una misión para así poder recuperar sus alas. Su misión consiste en proteger a Keith Miller, un joven problemático que se encuentra constantemente en peligro; deberá protegerlo y reconducirlo por el buen camino, para así, poder regresar al Cielo. ¿Si tú fueras un ángel pecarías?


Romance Romance adulto joven No para niños menores de 13.

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El día que caí del Cielo

Abrí los ojos y me incliné con brusquedad, como si me hubiera despertado de una pesadilla. Sentía que me faltaba el aire y traté de regular la respiración, obligándome a tranquilizarme. Todavía confusa y con una ligera sensación de mareo hice lo posible por incorporarme. Sabía que no estaba en un lugar seguro, así me lo advertía mi corazón latiendo con fuerza. Con esfuerzo logré ponerme de rodillas sobre aquel asfalto, y me abracé al sentir una corriente de aire frío que me hizo tiritar. Analicé confusa los grandes edificios que me rodeaban, y entonces recordé aquella voz poderosa que sin duda alguna imponía respeto: «sin alas pisarás el mundo humano, allí deberás de cumplir tu misión si deseas regresar al Cielo». Aquello no formaba parte de un sueño macabro: me habían enviado al mundo humano.


El estruendoso sonido de un claxon interrumpió mis pensamientos, grité al divisar un automóvil acercándose rápidamente hacia mí, temiendo por mi vida. Los faros del coche que iluminaban la carretera me cegaron, y entonces reaccioné levantándome del suelo y corriendo hacia la acera más cercana tan rápido como pude. "¡Gilipollas!", gritó el conductor visiblemente enfurecido al mismo tiempo que sacaba la cabeza por la ventanilla. «No había nada que más me gustara que un buen recibimiento», pensé con ironía.

Después del susto maldije hacia mis adentros en un intento por desahogarme: me sentía cabreada, cansada y perdida. Me preguntaba si Agnes me tenía tan poco aprecio como para querer matarme o realmente estaba interesada en que recuperase mis alas y regresara al Cielo, pero quizás la respuesta era más evidente de lo que creía. Estaba segura de que el simple hecho de haber sido uno de los ángeles más jóvenes en cumplir los siete pecados capitales le había generado un mayor rechazo hacia mí, pero si su intención era encauzarme por el buen camino debía de empezar a cambiar de estrategia: dejarme tirada en medio del asfalto no había sido una de sus mejores ideas.


Con la respiración entrecortada sacudí el vestido blanco en un intento por eliminar toda la suciedad, aún sabiendo que le haría falta un buen lavado. Estaba comprobando que las temperaturas en el mundo humano eran demasiado extremas, tal y como Nathan me lo había adelantado. No estaba acostumbrada a aquella sensación de frío, e incluso contemplar el vaho saliendo de mi boca me desconcertaba, aumentando en parte mi curiosidad hacia la Tierra. Pero sabía que no era el momento adecuado para reflexionar sobre aquellos sucesos o intentar buscarles una explicación: tenía una misión que cumplir.

Seguí las farolas que iluminaban la acera a paso lento y cauto, sintiendo las plantas de los pies entumecidas. Reconocía que no sabía hacia dónde dirigirme o qué hacer, y tan sólo podía maldecir y arremeter en mis pensamientos contra las duras leyes del Cielo. Aún sin saber lo que me esperaba estaba segura de que aquel castigo no sería suficiente para que me sintiera arrepentida por todo lo que había hecho, era demasiado cabezota.

—Agnes, al menos podrías mandarme una señal —gruñí con impaciencia abrazando mi cuerpo en un intento por deshacerme del frío.


Un sonido estruendoso me asustó, y pude ver cómo dos cajas de cartón caían sobre el suelo. Antes de adoptar una actitud defensiva me tranquilicé al comprobar que sólo habían sido dos gatos negros saliendo de un contenedor de basura. Sin embargo, segundos después, como si Agnes hubiera escuchado mi petición desde lo alto del Cielo, sentí un fuerte dolor en la boca que me obligó a retroceder dos pasos.

Adolorida, conduje la mano derecha hacia el labio inferior, comprobando que se encontraba húmedo, manchado de sangre. «No es real», repetía con desconcierto al no divisar ningún peligro a mi alrededor. Pero entonces sentí un nuevo golpe en la boca del estómago que me obligó a llevar ambas manos hacia la zona, manchando el vestido blanco con la sangre reciente del labio. «¿Qué está pasando?», me pregunté realmente asustada. Contuve las ganas de gritar y me dejé caer de rodillas sobre la acera, cubriendo mis oídos en un intento por frenar un molesto pitido agudo. Cerré los ojos y traté de tranquilizarme, repitiéndome una y otra vez que aquello no era real.


Sin esperarlo, contemplé en mi mente una escena en la oscuridad de la noche: un mundano siendo golpeado por otro. La imagen era tan real que no podría compararse con un mísero sueño, y lo peor de todo era que cada golpe que él recibía a mí también me dolía.


—Te prometo que esta será la tónica general cada vez que te encuentre, ¡gilipollas! —gruñó el agresor, escupiendo al lado de su cuerpo mientras el joven cubría su rostro con ambos brazos en un intento por protegerse.


Asustada, yo también me cubrí con los brazos esperando recibir el siguiente golpe, pero entonces aquella escena se esfumó de mi mente tan rápido como había llegado. El pitido molesto cesó y el dolor desapareció, dejándome todavía más desconcertada de lo que ya estaba.

Abrí los ojos con temor, sin poder ignorar mi nerviosismo. Me encontraba en un lugar diferente, ya no estaba en aquella acera kilométrica sino en un callejón sin salida con una verja al fondo y dos contenedores a un lado, arrimados a la pared. Frente a mí, dándome la espalda, un hombre agarrando a un mundano de la chaqueta en un intento por levantarlo del suelo de una manera agresiva e irracional. No tenía dudas, aquella escena era la que había contemplado segundos antes en mi mente.


—¡Ni se te ocurra replicar! —le gritó al mismo tiempo que alzaba el puño en el aire en un gesto amenazador—, mañana por la mañana quiero el maldito dinero.


Había tardado demasiado en entender la situación, pero comprendí que aquel humano que gemía de dolor era mi misión, lo que explicaría que nuestros sentidos estuvieran conectados. Tenía que actuar lo más rápido posible si no quería volver a sentir un dolor que no me correspondía, pero tampoco sabía qué hacer: aquel joven podría pesar el doble que yo y la calle se encontraba desierta, gritar y pedir ayuda sólo complicaría todavía más la situación.

«Piensa algo, Holly, piensa», me decía a mí misma, forzándome a idear algún plan maravilloso que consiguiera librarnos de aquel mundano tan agresivo.


—¡Eh, tú! —grité entonces, y debía de admitir que no era lo mejor que se me podría haber ocurrido, pero ya estaba hecho y no había vuelta atrás.


Confuso, el agresor soltó a mi misión, dejándolo caer nuevamente sobre el suelo. Me miró por encima del hombro con malicia y comenzó a acercarse hacia mí a paso lento, intentando imponerme respeto. Traté de desafiarlo con la mirada, hacerle saber que aún esforzándose en no pestañear no conseguiría que le temiera. Era consciente de que me había metido en un buen lío, pero no sabía cómo salir de el.


—¿Quién coño eres? —gruñó al plantarse frente a mí—, no deberías de meterte donde no te llaman —me advirtió.


Intenté tragar saliva, pero se me hizo difícil al tener la boca seca. Los nervios me estaban matando, y también las ganas de echarme a correr, pero tenía una única misión que cumplir y la cobardía no me caracterizaba.


—Acabo de llamar a la policía, si no quieres dar explicaciones es mejor que te vayas —traté de que mi tono de voz sonara seguro y firme, no podía temer a un mundano cuando tenía a Agnes dándome órdenes y manejándome como a una marioneta, no podía ser peor que ella.


—Me quedo con tu cara, guarra —me escupió en la cara antes de irse, sorprendiéndome negativamente.


Apreté la mandíbula conteniendo las ganas de correr tras él o de insultarlo, al fin y al cabo me encontraba en clara desventaja y hacerlo supondría una derrota. Sin embargo, el auto control era algo que todavía tenía que mejorar, porque en aquellos momentos no podía dejar de pensar en una justa venganza. «Si el mundo humano estaba repleto de personas como él, entendería que en unos años todo aquello desapareciera, se matarían los unos a los otros y volverían a la época del canibalismo», pensé.


Alcé la mirada cuando aquel mundano se encontraba ya en la lejanía, desapareciendo entre la oscuridad de la noche. Suspiré con alivio, dejando atrás toda la tensión acumulada, y traté de secar la saliva de mi mejilla con el dorso de la mano, asqueada. No me olvidaba de que mi misión todavía seguía allí, al final del callejón: probablemente sentía tanto dolor que no podía levantarse.

Me acerqué a él con cautela, no sabía cómo iba a reaccionar ante mi presencia, y el impredecible comportamiento de los humanos comenzaba a atemorizarme. Clavó sus ojos oscuros en los míos segundos antes de que me dejara caer de rodillas frente a él, y obviando las muecas de dolor parecía mostrarse impasible ante mi presencia.


Lo ayudé a incorporarse, consiguiendo que se sentara y apoyara la espalda sobre la verja oxidada que se encontraba detrás de él. Sabía que todo su cuerpo podría estar lleno de golpes, pero las heridas más visibles se encontraban en su cara: ojo izquierdo hinchado, rasguños en el pómulo derecho y una yaga en el labio inferior que había manchado su mentón de sangre. Todavía conservaba mis poderes curativos y podría acelerar el proceso de recuperación, por lo que su malestar no me preocupaba, pero entendía que había sido una situación desagradable e incluso traumática.

Después de analizar detenidamente las heridas alcé la mirada hacia sus ojos marrones que todavía se mantenían fijos en los míos, parecía una persona desconfiada. Seguramente se estaba preguntando quién era, qué hacía allí y por qué lo había ayudado.


—Sé arreglármelas yo solo —dijo entonces, rompiendo el silencio.


—Siento dañar tu ego —contesté con ironía antes de soltar un ruidoso suspiro—, pero después de esta escenita está claro que no sabes arreglártelas tú solo.


Rió sin ganas y bajó la mirada hacia mi vestido blanco, manchado de suciedad y sangre, pero sus expresiones faciales no me transmitieron nada. Haciendo un esfuerzo consiguió levantar su mano derecha y agarró la cruz de oro que colgaba de mi cuello con curiosidad.


—Tengo lo que me merezco —confesó en un susurro.


Extrañada, llevé mi mano hacia su muñeca para que soltara mi collar. Aproveché el contacto para centrarme en mis poderes curativos, y mientras nuestros vahos se mezclaban contemplé como las heridas de su rostro se cerraban poco a poco, empezando también a desaparecer la hinchazón de su ojo. Cuando su respiración comenzó a regularse sonreí satisfecha: el dolor había desaparecido.

Retiré mi mano de su muñeca y él frunció el ceño, aparentemente extrañado. Agradecía que no hiciera preguntas por muy confuso que pudiera parecer todo: los humanos no podían saber de la existencia de los ángeles.


Rebuscó en el bolsillo de su chaqueta negra y sacó un cigarrillo para posteriormente colocarlo entre sus labios, su mirada desconfiada todavía penetraba mis ojos. Entonces se incorporó, consiguiendo mantenerse en pie sin dificultades.


—Es mejor que te vayas —advirtió antes de encender el cigarro con un mechero.


Mentiría si dijera que aquel humano no me parecía sumamente atractivo, pero su actitud distante después de haberlo ayudado me resultaba desagradable: parecía que los mundanos eran irracionales, agresivos y también desagradecidos. Comenzó a caminar con tranquilidad hacia la salida del callejón, y durante un breve instante me arrepentí de haberme metido en aquella pelea. Quién sabe, quizás aquella paliza había sido merecida.


—De nada —gruñí al mismo tiempo que me incorporaba para observar su figura alejarse, y él simplemente hizo un gesto de mano a modo de despedida.


Dejé caer mi cabeza sobre la verja, contemplando la luna en el cielo oscuro. Ayudarlo había sido más fácil de lo que me podría haber imaginado, y por un momento creía que todo acabaría, que regresaría al Cielo.


—Holly —me sorprendió escuchar aquella voz tan familiar, e inmediatamente se presentó frente a mí Nathan.


—Ya ayudé a mi protegido —le aseguré—, ¿puedo recuperar mis alas?, creo que si sigo en el mundo humano un minuto más terminaré enloqueciendo.


Nathan era un ángel, su oficio consistía en guiar a los pecadores que eran enviados a la Tierra: los asesoraba y los informaba de las condiciones de la misión que debían cumplir. Cualquier duda que surgiera él la resolvía, pero no tenía permitido ayudar a los ángeles a finalizar su misión. Que estuviera frente a mí en aquel momento no podría implicar nada bueno.

Sus ojos color miel me observaron apenados, su mirada me confirmaba que todavía no podía dar fin a mi estancia en la Tierra. Sabía que él no quería que estuviera allí porque se sentía culpable, al fin y al cabo me había ayudado a cumplir el último pecado capital de la lista.


—Sé que esto no es fácil, deberás de ser constante y no volver a cumplir los siete pecados, es tu turno para demostrar que te mereces estar en el Cielo. En el caso de que incumplas algunas de las normas se debatirá si es pertinente enviarte al Infierno. Agnes tendrá la decisión final, y entenderás que precisamente contigo no le surgirán dudas —suspiré con cierta frustración—. Él era Keith Miller, tu protegido, reconozco que no se trata de un caso fácil.


—Genial —mascullé con un notable enfado.


—Holly, te tengo aprecio y por ello te voy a dar un consejo muy importante: no te encapriches de él —fruncí el ceño, empezaba a atar cabos y comprendí que no había sido casualidad que mi misión fuera un joven atractivo—. Agnes le concede más importancia al pecado por lujuria, quiere ponerte a prueba —confesó desviando la vista al Cielo—. Ten mucho cuidado.


—Entonces tampoco es casualidad que precisamente tú seas mi guía —reí con incredulidad.


Agnes también quería ponerlo a prueba, y en el fondo me alegraba saber que no era tan permisiva con Nathan como creía.


—Tus cinco sentidos están unidos a los suyos: la vista, el oído, el olfato, el tacto y el gusto. Cuando se encuentre en peligro podrás sentir lo que él siente, lo que facilitará tu misión —explicó retomando el tema inicial, aparentemente incómodo—. Tardarás en aprender a controlar este poder que te concedió Agnes, pero cuando lo hagas, podrás incluso aparecer por voluntad propia cerca de donde él se encuentre.


—Menuda mierda —susurré, todo aquello parecía demasiado complicado para alguien como yo.


—Recuerda que tú misma llegaste a esta situación —aseguró al percibir mi molestia.

«No me tires de la lengua, desgraciado», pensé con ira, tratando de hacer un esfuerzo por contenerme.


—Te guiaré en esta misión y te informaré de todo lo que necesites, pero por hoy ha sido suficiente, creo que deberías de descansar —«gracias, Nathan, eres un encanto», dije hacia mis adentros con ironía—. Te llevaré a tu nueva casa, es hora de que tengas una vida medianamente humana.


15 de Mayo de 2019 a las 19:28 8 Reporte Insertar 23
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MM MIGUEL MARTINEZ
Otra fantasía que me gusta. Al parecer eres muy buena soñadora. Igual la seguiré. De nuevo, buena suerte!!

Steven Terrors Steven Terrors
Hola Sara. Original historia. Continuaré leyendo en la medida que pueda. Revisa la puntuación y deberías usar comillas latinas en pensamientos ajenos o propios. Comprueba las redundancias. Buen trabajo. Un saludo.

  • Sara García Sara García
    ¡Muchas gracias! En cuanto pueda revisaré todos esos errores que destacas en el comentario, muchas gracias por la crítica constructiva. Un saludo. 2 weeks ago
R Lawrey R Lawrey
Parece interesante...
Jacky Vargas Jacky Vargas
¡Hola! Tu historia ha sido revisada por el equipo editorial de Inkspired y ha sido verificada. Sin embargo, te aconsejamos que revises y corrijas el orden en los signos de puntuación, especialmente en las preguntas con signos de interrogación y exclamación, ya que esto te ayudará a tener mayor alcance. Feliz escritura. :)
20 de Mayo de 2019 a las 03:38

  • Sara García Sara García
    Muchas gracias, corregiré los signos de puntuación en cuanto pueda. Un saludo. 20 de Mayo de 2019 a las 05:28
~

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