Después del diluvio Seguir historia

aristogles1557623262 Aristogles

Las sombras viven en un paralelo invisible esperando su venganza. El arrepentimiento no es suficiente para los culpables. Bajo del pavimento, las sombras esperan su momento.


Crimen Todo público.

#diluvio
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Después del diluvio

Como un vil ladrón pase frente a los ojos del guardia. Observé los registros en el suelo, siluetas de los cuerpos que acabo de derrotar, los vengo a reverenciar por la hazaña que celebramos ayer. Digo “celebramos” porque es un concepto que no es extraño ni en los contratos. Acuerdos en donde una parte dispone las órdenes y tú obedeces y tratas de seguir. Es una inconsecuencia que esté aquí, mirando lo que queda de ti, si solo el día de ayer nos dispusimos a encontrarnos con golpes certeros y henchidos de odio y prejuicio. Tú y yo frotándonos como dos amantes que quieren desvelar aquel secreto humano de vivencias y circunstancias. Ese sudor y contacto repentino como los latidos del corazón. Punzantes a más no poder. Me acabo de agachar a pedirte perdón, pero tú ya no estás ni tu acompañante. Una violencia imparable que no me ha dejado dormir. —Estoy sufriendo, sabes— le hablo al pavimento. A esa silueta que puede ser cualquiera, pero sé que eres tú Con aquel acompañante y yo, ayer, perdidos en la noche. Nos encontramos a golpes. Soy solo yo o me di cuenta que las historias se escriben solas. Ya parece ser que nadie puede crear. ¡Nadie! Me siento culpable, pero mi acto está impune, no hay nadie que me pueda tocar. Soy perfecto, no hay culpa alguna, la gente me ve como un loco más hablándole al pavimento. Siento rabia, quiero que me apunten sin tener la menor idea de lo que sucedió ayer. —¿Sabía que yo era con quien querías estar toda la vida?
—¿Sabía acaso que yo era quien debía acompañarte hasta el sepulcro? Lo que digo es por dignidad, soy yo quien debe estar pegado al suelo. Aun siento aquella discusión en la que nos herimos mutuamente. Puedo sentir tu sangre en mi cuerpo. Puedo sentir la rabia que me empujó a atravesar una y otra vez tu humanidad.
Quiero que sepas que no soy yo quien hará justicia, porque no la hay. Al despertar después de estar vivo, seguiré con esta problemática que me pesa. Te vine a prender velas y a dejar unas flores. Me parece lo correcto.*Un guardia, que se encontraba cerca de la escena del crimen, fumó un cigarro mientras a sus espaldas una silueta prendía unas velas y se inclinaba para besar el suelo. Las ordenes eran claras: No dejar a nadie acercarse a las siluetas. Aquella figura oscura, es decir el hombre, se levantó de aquel sombrío lugar. De pronto se tomó el cuello. Una fuerza impredecible se abalanzó sobre él. Sus pies fueron sostenidos por brazos que como pulpos intentaban subir a tierra firme.
—Abajo es como el mar, tiene que ahogarse— sollozaba una voz. Un espectáculo de fuerzas invisibles arrastraba al hombre, cuyo único objetivo fue arrimarse a una piedra, su iceberg, su isla, su palmera. Extraño dibujo de vida dominado por la pérdida. Solitario ahí, arrimado como si fuese empujado por un huracán. Brazos como culebras se aproximaban al sujeto, por el cuello se divisa una estela, que en el imaginario podría ser un codo, un brazo, una mano.
—¡No!— gemía el sujeto y lloraba. Las fuerzas enemigas le tendieron una trampa. La estrategia de la conciencia, el ser humano vuelve a atormentar las mentes desequilibradas por los impulsos ávidos de sangre. Es ahí donde al sujeto le invadió el frio, propenso, se sintió trastabillado por la sugerencia de muerte. Sonrío y aterrizó en tierra. *—Solo vi a un sujeto junto a una negra estupenda salir de aquel lugar— dijo el guardia al día siguiente. A su lado, el detective se rascaba la cabeza ante tan extraño caso: Uno de los implicados desaparecido y la pareja de fallecidos, al parecer, saliendo de la escena un día después de muertos. En el suelo una sola silueta totalmente empapada, con aquel color ultravioleta que deja la sal de mar en contacto con la luz de los faroles.

Como un vil ladrón pase frente a los ojos del guardia. Observé los registros en el suelo, siluetas de los cuerpos que acabo de derrotar, los vengo a reverenciar por la hazaña que celebramos ayer. Digo “celebramos” porque es un concepto que no es extraño ni en los contratos. Acuerdos en donde una parte dispone las órdenes y tú obedeces y tratas de seguir.

Es una inconsecuencia que esté aquí, mirando lo que queda de ti, si solo el día de ayer nos dispusimos a encontrarnos con golpes certeros y henchidos de odio y prejuicio.

Tú y yo frotándonos como dos amantes que quieren desvelar aquel secreto humano de vivencias y circunstancias. Ese sudor y contacto repentino como los latidos del corazón. Punzantes a más no poder. Me acabo de agachar a pedirte perdón, pero tú ya no estás ni tu acompañante. Una violencia imparable que no me ha dejado dormir.

—Estoy sufriendo, sabes— le hablo al pavimento. A esa silueta que puede ser cualquiera, pero sé que eres tú Con aquel acompañante y yo, ayer, perdidos en la noche. Nos encontramos a golpes.

Soy solo yo o me di cuenta que las historias se escriben solas. Ya parece ser que nadie puede crear. ¡Nadie!

Me siento culpable, pero mi acto está impune, no hay nadie que me pueda tocar. Soy perfecto, no hay culpa alguna, la gente me ve como un loco más hablándole al pavimento. Siento rabia, quiero que me apunten sin tener la menor idea de lo que sucedió ayer.

—¿Sabía que yo era con quien querías estar toda la vida?
—¿Sabía acaso que yo era quien debía acompañarte hasta el sepulcro?

Lo que digo es por dignidad, soy yo quien debe estar pegado al suelo. Aun siento aquella discusión en la que nos herimos mutuamente. Puedo sentir tu sangre en mi cuerpo. Puedo sentir la rabia que me empujó a atravesar una y otra vez tu humanidad.

Quiero que sepas que no soy yo quien hará justicia, porque no la hay. Al despertar después de estar vivo, seguiré con esta problemática que me pesa. Te vine a prender velas y a dejar unas flores. Me parece lo correcto.

*

Un guardia, que se encontraba cerca de la escena del crimen, fumó un cigarro mientras a sus espaldas una silueta prendía unas velas y se inclinaba para besar el suelo. Las ordenes eran claras: No dejar a nadie acercarse a las siluetas. Aquella figura oscura, es decir el hombre, se levantó de aquel sombrío lugar. De pronto se tomó el cuello. Una fuerza impredecible se abalanzó sobre él. Sus pies fueron sostenidos por brazos que como pulpos intentaban subir a tierra firme.
—Abajo es como el mar, tiene que ahogarse— sollozaba una voz.

Un espectáculo de fuerzas invisibles arrastraba al hombre, cuyo único objetivo fue arrimarse a una piedra, su iceberg, su isla, su palmera. Extraño dibujo de vida dominado por la pérdida. Solitario ahí, arrimado como si fuese empujado por un huracán. Brazos como culebras se aproximaban al sujeto, por el cuello se divisa una estela, que en el imaginario podría ser un codo, un brazo, una mano.
—¡No!— gemía el sujeto y lloraba.

Las fuerzas enemigas le tendieron una trampa. La estrategia de la conciencia, el ser humano vuelve a atormentar las mentes desequilibradas por los impulsos ávidos de sangre. Es ahí donde al sujeto le invadió el frio, propenso, se sintió trastabillado por la sugerencia de muerte. Sonrío y aterrizó en tierra.

*

—Solo vi a un sujeto junto a una negra estupenda salir de aquel lugar— dijo el guardia al día siguiente. A su lado, el detective se rascaba la cabeza ante tan extraño caso: Uno de los implicados desaparecido y la pareja de fallecidos, al parecer, saliendo de la escena un día después de muertos. En el suelo una sola silueta totalmente empapada, con aquel color ultravioleta que deja la sal de mar en contacto con la luz de los faroles.

12 de Mayo de 2019 a las 01:37 0 Reporte Insertar 28
Fin

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