Relatos de un Mercenario Seguir historia

shady-aguirre1550101360 Shady Aguirre

Victor Rothfield es un mercenario que no sabe mucho de su pasado. Criado en los barros bajos de la ciudad de Güell a buscado darse a respetar en el bajo mundo. En una ciudad donde la tecnologia steampunk a predominado, se esconden anecdotas dignas de escuchar. Las historias cortas recopiladas aqui cuentan algunos trabajos del mercenario ingles que lo llevaron a encontrarse con su pasado desconocido.


Crimen No para niños menores de 13.
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Caceria Nocturna

1

El viento impulsaba las hermosas bestias de metal y aire caliente sobre la ciudad. Los zeppelines rondaban desde las alturas, vigilando las calles de los 3 distritos de la ciudad de Güell. Estaba la lujosa y vistosa Jiornya. Un distrito donde los aristócratas miraban con desprecio a los hombres y mujeres de la clase media y baja, una ciudad tan bella como puedas imaginarla pero tan podrida en sus entrañas, oh al menos, la mayor parte de esta lo era.


Este distrito abarcaba desde la entrada de Güell que podía verse a kilómetros por sus enormes construcciones, hasta llegar a la estación ferroviaria de la misma. Era aquí donde la enorme metrópolis se convertía en una división triangular. Al norte Jiornya como era de esperarse. Al este se encontraba Barrow Town donde los hombres justos y lamentablemente, también las escorias de la sociedad, luchaban por la supervivencia cada día y noche. Los edificios eran notablemente diferentes a la parte acaudalada de la metrópolis. Estos eran modestos pero vistosos, las calles se encontraban divididas en niveles. Como la entrada a este apartado, desde la estación del ferrocarril, se encontraba construida en una falla arquitectónica, el distrito se encontraba repleto de pequeños puentes que interconectaban edificios, negocios y mercadillos. Al descender por la pronunciada falla nos iríamos encontrando el primer nivel del distrito. Sus calles empedradas tan extensas en tamaño que uno podrían sentirse abrumado al caminar por ellas cuando estuvieran totalmente solitarias.


Finalmente al oeste se encontraba Bidarum, un distrito en verdad modesto y pobre, se expandía rumbo a los campos de cosecha que lo conformaban. Modesto y con unos cuantos habitantes que eran los encargados de proporcionar los abastecimientos básicos de la enorme metrópolis, Bidarum parecía casi como el espectro de un tiempo lejano al mundo actual, donde la era mecanizada apenas iniciaba y donde las clases sociales aun no mostraban los colmillos de depredador para arrancar las esperanzas a los de recursos más bajos.


A lo lejos, si uno se encontraba sobre uno de los Zeppelines vigilantes, se podían ver los grandes sectores hidropónicos por los cuales deambulaban enormes gigantes mecanizados; eran las cosechadoras automáticas a vapor que se encargaban de arrancar las cosechas cuando los granjeros las consideraban listas. Aquello era una vista increíble, preocupante y a la vez triste, la pregunta que podría hacerse un adulto de edad mediana al ver todo aquello podría ser simplemente, ¿Qué ocurrirá cuando esas máquinas sean tan inteligentes como para ya no necesitar más al proletariado?


Pero buen, nuestra historia nos enfoca precisamente en los arrabales del pintoresco Barrow Town. La luz del día perecía en las enormes y cada vez más prominentes fauces del anochecer. El aroma a tormenta se podía sentir con las delicadas brisas que acariciaban el rostro de los caminantes.


Casi llegando al camino que llevaba a la calle Mofetar se podía ver una figura prominente en un pequeño y hasta cierto punto, poético descenso al infierno por aquella segunda falla arquitectónica. Este individuo se encontraba atento a lo que ocurría a su alrededor. Un par de orejas blancas se movían como pequeñas antenas parabólicas al más minúsculo rastro de sonido.


Sin tener que desviar la mirada podía escuchar que Dorothy había comenzado a cantar en el viejo bar de Garrigan´s, o que las putas del callejón Sion comenzaban a venderse como murciélagos que salen apenas el sol se oculta.


Por unas cuantas calles este enigmático individuo se movió con suma calma, causando una pequeña incomodidad por momentos entre los peatones más nerviosos. Aquel hombre era enorme, o al menos más grande que el promedio de los que habitaban el distrito. La especie de lobo a la que pertenecía era algo escasa en Güell; los lobos huargos normalmente vienen de Shadow Valley o Piltmaker que se encuentran en el sur y oeste, lugares de climas húmedos y fríos en su mayoría.


El sujeto portaba una gabardina de un color rojo vino, en la manga derecha se notaba un pequeño abultamiento, posiblemente porque bajo esta llevaba escondido un pequeño mecanismo. Bajo la gabardina el hombre portaba un viejo chaleco de tela en el cual descansaba una pequeña cadena conectada a la solapa; pertenecía a un pequeño y antiguo reloj de bolsillo.


Las patas del enorme lobo se encontraban cubiertas por un par de botas de combate militar que le hacían dar una talla extra en su altura. El hombre media 1.89 pero con aquellas botas daba la apariencia de medir casi dos metros aunque a lo mucho llegaba aumentar su talla a 1.91


Sin previo aviso el lobo huargo se detuvo frente a una pequeña y modesta tienda al final de la calle Mofetar. Esta parecía heredada por una o dos generaciones. Su fachada estaba llena de hollín, posiblemente por culpa de los vehículos impulsados por calderas que dejaban un rastro asqueroso de suciedad por la calle si eran modelos muy viejos. Aquella tienda tenía un letrero al cual se le estaba borrando una letra, pero aún era legible.


“Tienda de muñecas Mc Nillan´s. 2 generaciones dando la mejor calidad”


-Bien, es aquí- dijo el lobo con un tono sombrío en su hablar.


Un sonido mecánico se escuchó bajo la manga de su gabardina mientras este se acercaba a la puerta. Lentamente emergía sobre el guante de su mano una placa metálica acompañada de un mecanismo colocado sobre su brazo para impulsar un golpe más potente.


El lobo comenzó a recordar que era lo que lo llevo a ese lugar aquella noche, y aunque fuera por unos pequeños segundos, una serie de recuerdos recorrieron su cabeza. Memorias vividas y aromas fantasmales lo hacían remontar 2 noches atrás, cuando sin más que hacer se encontraba en el viejo bar de Garrigan´s, con un tarro de la mejor cerveza de la ciudad.


La música era embriagante en el interior de aquella tabernilla donde todo era neutral, de las pocas edificaciones de Barrow Town donde la paz era ley absoluta para todo mercenario, asesino, ladrones y demás que pudieran llegar.


Dorothy se encontraba dando su espectáculo de cada miércoles y viernes por la noche. Una hermosa voz que nunca llego más lejos de un triste bar en el distrito bajo de Güell. Todos los que conocían a la chica pensaban que su potencial se había desperdiciado, pero para ella nada de eso importaba realmente, mientras pudiera hacer lo que amaba y tuviera un techo bajo el cual dormir, estaría más que satisfecha.


Pasaron unos minutos y se dio un pequeño receso al entretenimiento musical, para ese entonces el lobo ya se encontraba en el segundo tarro de cerveza y la mesa donde estaba se hallaba repleta de pequeños mapas, los cuales, con los años, había perfeccionado para hacer resaltar los atajos y entradas secretas que Barrow Town y Jiornya poseían a simple vista, pero a la vez ocultos


-Pero miren que trajo el perro. Tenía tiempo sin verte por aquí Víctor- Dijo una voz femenina.


El lobo levanto la mirada de la mesa y se encontró frente a él a Dorothy, que le sonreía como una niña que tiene tiempo sin ver a un familiar querido. Víctor solo devolvió la sonrisa aunque esta tenía más de un aspecto sarcástico que una de alegría, posiblemente por la dureza de su aspecto.


-Eh venido varias veces desde el día del autómata Dorothy. Pero simplemente no eh coincidido con tus días laborales, después de todo este lugar no abre solamente los miércoles y viernes- respondió con cierto encanto de malandrín.


La chica solo dio una pequeña risilla mientras miraba con curiosidad los mapas repletos de marcas y tachones en ciertas secciones, tal vez no fuera alguien que tuviera un alto nivel deductivo, pero conocía a Víctor desde que trabajaba en aquel lugar, y sabía que no se dedicaba a algo meramente seguro.


Por si la curiosidad los ha visitado, Dorothy Ardol era una joven murciélago de color blanco y orejas violetas, se encontraba rondando por los 25 años y aunque le temía un poco al enorme lobo Huargo, en más de una ocasión intento acercarse al lobo; inicialmente tratando de ganarse a un conocido que le pudiese ayudar si algún idiota se pasaba de listo con ella, pero al final termino reconociéndolo más como un amigo.


-Que cruel eres Víctor. Pensé que te alegraba verme y escuchar un poco de mi voz cuando venias a distraerte después del trabajo- Dijo la murciélago mientras se apoyaba sobre la mesa dejando a la vista el escote de su ropa, dando una vista llamativa a su busto.


-No es malicia si él trabajo nos quita el tiempo para venir en días exactos Dorothy. La vida es difícil y hay que trabajar lo más posible. Además, creo que necesitas un nuevo repertorio musical, esas canciones las escuche hace un año y aún están constantemente en la lista por lo que cuenta Polt el tabernero- levanto el tarro y dio un buen trago de cerveza fría- Por cierto, creo que lo que menos deberías hacer en este momento es tratar de seducirme con tus encantos niña. Mientras te enfocas en el lobo, las comadrejas, gatos y demás miran tu retaguardia con lujuria- Reviso con el rabillo del ojo a los demás visitantes de la taberna.


Dorothy se levantó de golpe ante aquellas palabras. Sin darse cuenta había dado un poco de prueba visual de su menú. Un sonrojo notorio llego a las mejillas de la chica y tras unos segundos incomodos, solo se sentó en la silla aledaña para evitar que los pervertidos le siguieran mirando. Llevaba tiempo trabajando en aquel lugar, pero aún era joven y conservaba su pudo, era entendible aquella reacción de su parte.


-Sabía que no debía traer el atuendo corto el día de hoy- refunfuño avergonzada.


-Es culpa tuya por buscar seducir sin tener aun el talento para hacerlo correctamente niña. Aunque aprecio el intento, pero dudo que vuelva ocurrir- respondió mientras daba otro trago al tarro de cerveza.


-Oh Vamos Víctor, ¿Acaso no nos divertimos el día del autómata?- Le acaricio los dedos de la mano derecha mientras sus ojos le exploraban el rostro con un encanto único de las féminas jóvenes.


Víctor recordaba bien aquella noche. El cuerpo tibio de una chica que aunque ya era una adulta aún tenía pequeños matices de una adolescente curiosa. Recordaba bien todo respecto a ese encuentro, por esa misma razón no tenía intenciones de repetirlo. Una joven como Dorothy es de la clase de chicas que tras el sexo sienten una pequeña dependencia de regresar junto al primer hombre con el que se han metido, buscando el cariño del que carecen, causando lentamente un pequeño enamoramiento psicológico, donde al final de todo, tras un largo periodo descubren que solo fue sexo, y que nunca habría más que eso. Y al llegar a esta verdad tras un fugaz enamoramiento, el dolor la consumiría por un tiempo. De igual forma, el sexo era una jugada arriesgada para ambos. Mientras más encuentros tuvieran más posibilidades de que algo terminara dentro de la chica había. Una semilla en el jardín de una buena mujer, como lo pensaba Víctor en su mente. No podía eso. Sería contraproducente para su trabajo como para la seguridad de la chica y la criatura.


-Claro que sí, pero nuevamente vuelvo a decirlo querida. No habrá más noches así. Mi trabajo es peligroso y puede que si estás conmigo en una de esas te arrastre al camino de la perdición y encuentren tu nocturno ser tirado en alguna calle con unos cuantos huecos de bala- La realidad escondida tras aquellas precauciones era también que a Víctor no le importaba una relación seria.


Las orejas de Dorothy se deslizaron hacia atrás en un claro acto de decepción ante lo que se conversaba. La chica solo miro al lobo y tras unos segundos de silencio finalmente hablo.


-Bueno, puede que tengas razón, pero aun así no te alejes tanto. No seremos nada serio, pero somos amigos de taberna. Que nos acostáramos no significa que debemos mantener distancia, vale- Se sentía un poco triste al decir aquello, pero en verdad no quería perder contacto con el huargo.


-Vale niña. Ahora deberías correr que tu receso a terminado y el público quiere más de ti, la hora pico de la noche a llegado- Dijo señalándole como una buena congregación de personas ingresaban al recinto.


Dorothy se levantó tan enérgica como había llegado en primer lugar y se acercó un poco al lobo. Antes de partir la joven murciélago dio un pequeño beso a la mejilla de este. Guiño un ojo de modo pícaro y se dirigió al escenario para una nueva ronda musical.


La siguiente hora fue tranquila y fue cuando el huargo finalmente terminaba de hacer ajustes a sus mapas de los distritos cuando un misterioso individuo se posó frente a su mesa. Portaba un traje elegante y zapatos caros, de esos que la gente vanidosa se costea para presumirlos. Víctor levanto la mirada para ver al misterioso sujeto y se encontró con un lobo gris de ojos azules. Portaba un sombrero de copa con unos pequeños engranes alrededor de este, lo que significaba que posiblemente era un inventor, un ingeniero mecánico de elite o simplemente dueño de alguna compañía pequeña de engranes.


-¿Se le ofrece algo?- gruño el huargo con una mirada fiera que intimidaba al más valiente.


El lobo gris trago saliva al intercambiar miradas con Víctor y como si fuera incapaz de pronunciar una oración asintió con la cabeza 3 veces. Luego con la lengua hecha un nudo batallo para exponer su presencia en aquel lugar.


-Puedo, tomar asiento. Yo…ocupo de sus servicios. El viejo Olermander me recomendó a usted para un trabajo complicado. Si es usted Víctor… RothField ¿Verdad?- Luchaba por no tragarse sus propias palabras.


-Tome asiento- respondió sin más, mientras llamaba a una camarera- Victoria, una botella de Ginebra y dos vasos por favor, este hombre esta que se muere de miedo- dijo casi a modo de burla.


Los minutos pasaron, Víctor limpio la mesa de todos los objetos que tenía sobre ella y tras la llegada de la botella de ginebra tomo un semblante más serio, los negocios siempre deben ser tratados con seriedad. Al menos esto era lo que el huargo pensaba y aplicaba en su código de contratos.


-Bueno tome el trago y dígame que hace un hombre de Jiornya en esta taberna y peor aún, buscando a un mercenario como yo- dijo mientras serbia ginebra en ambos vasos.


El hombre del sombrero de copa no dio queja alguna y de un veloz movimiento bebió el shot de ginebra. Se quitó el llamativo sombrero y tras unos momentos comenzó a exponer su caso.


-Bueno, como sabrá yo soy del distrito aristócrata. Me dedico a la distribución y producción de piezas para las maquinas ferroviarias y las cosechadoras mecanizadas. Hace un mes comenzaron a desaparecer niños de nuestro distrito, pero nadie le dio mucha importancia, decían que solo eran rumores. Y bueno, hace 2 días termine un acuerdo que tenía con un viejo colaborador, este se enfureció y amenazo que las cosas empeorarían si no cerrábamos un acuerdo que no me convenía en absoluto. Esa misma tarde mi esposa mando un telegrama urgente por que las líneas de teléfono no reaccionaban. Nuestra hija desapareció, no tiene más de 8 años y temo que el maldito de Bupstrap Pouller fuera el responsable de esta desaparición. El tiempo avanza y no quisiera que un día el cuerpo de mi niña apareciera en las calles sin vida. Le pagare lo que sea si la encuentra…su nombre es Lizbeth, tiene solo 8 años- Busco entre su saco unos momentos, extrajo de uno de los bolsillos una fotografía pequeña de su hija y se la entregó a Víctor- Encuéntrenla y tráigala a salvo…y si me trae la cabeza del idiota que hizo la osadía de alejarla de su madre y yo, le daré un extra señor Rothfield- El semblante del hombre ya no estaba plagado de miedo si no de furia.

El huargo miro los ojos del lobo gris y pudo ver muchas emociones en aquel momento recorriendo al sujeto. Vio todo menos mentira, sus palabras eran reales en todo aspecto. Víctor sirvió nuevamente ginebra y engullo el trajo velozmente.


-Algún indicio o información que necesite saber del sospechoso que tiene o algo que encontraron donde la niña desapareció- Las garras del lobo golpetearon la madera de la mesa.


-Solo podría decirle que por mucho tiempo Bupstrap empleo a un hombre desagradable y grosero llamado Vince Pavelt. Creo que hace unos 8 años le encontraron con la garganta destrozada. Pero el punto es que, este hombre empleaba gente mala y puede que algunos de los carteristas que comandaba Pavelt estén ahora trabajando para Bupstrap y su corrupto sistema en el distrito aristócrata- Trago saliva, pero se mantuvo sereno frente al mercenario.


Víctor abrió los ojos al escuchar el nombre de Vince Pavelt. Aquella miserable sabandija había formado parte de su pasado y aun después de su muerte, aun le perseguía. Víctor miro la fotografía de la niña y al ver lo joven que lucia temió por el estado actual de esta. Si la gente inmiscuida en los turbios negocios de Pavelt estaban en todo esto, algo horrible se aproximaba.


-Bien, necesito un número telefónico y una parte del pago para comenzar a moverme en busca de información de su ex socio y de su hija. Intentare hacer todo de la manera más rápida. Solo una cosa más, a quien informo. Si voy hacer esto debo conocer el nombre del contratista- El enorme lobo se puso de pie volviéndose más imponente aun de lo que ya era para el aristócrata.


-Jeff Kimbling. Ese es mi nombre- El hombre extrajo de sus bolsillos un fajo de billetes nuevos, de los que casi nunca se ven en el distrito de Barrow Town y los extendió hacia Víctor- La línea de papel que une los billetes lleva mi número y si necesita verme en persona puede encontrarme en la torre Kimbling cercana a las refaccionarias mecánicas. Solo dígale a la joven de la entrada quien es y lo dejara pasar- No vio duda alguna en su mirada mientras respondía a las exigencias del huargo.

2

En ese momento Víctor volvió al presente, se encontraba preparando su artilugio mecánico. No espero más tiempo y de un fuerte impulso lanzo un golpe contra la vieja puerta de la tienda de muñecas, acompañado de un segundo impulso de poder por parte del mecanismo que llevaba en el brazo causando que la vieja puerta de caoba saliera disparada al interior del lugar. Gracias a la ayuda de un viejo colaborador de los barrios bajos, su búsqueda lo llevo a aquella vieja tienda. Alguien vio en varias ocasiones al aristócrata mencionada aquella noche, entrar y salir de la tienda. Ahora solo debía entrar y descubrir si aquella información era real o estaba a punto de caer en un problema mayor.


Nadie reacciono ante el estruendoso ruido que provoco aquella acción. Víctor se adentró a la tienda carente de luz en busca del propietario o de algún indicio que lo llevara a él. El lugar que era tan llamativo para mujeres y niñas pequeñas durante el día se transformaba por las noches en un lúgubre recinto de miles de ojos muertos observando en la oscuridad cada movimiento. Desde muñecas de trapo recargadas en una vieja estantería o la mecedora del fondo, hasta las costosas y macabras figuras de porcelana que te seguían con sus ojos muertos sin importar a donde te movieras en la tienda. El huargo busco un interruptor eléctrico pero no tuvo éxito con ello. Sin más tiempo que perder, extrajo de su bolsillo un viejo encendedor y se abrió paso en el vientre de las tinieblas.

Tras el mostrador se encontraba un pequeño pasillo que se dividía en tres destinos diferentes. Uno de ellos era las escaleras que llevaban a la planta alta donde posiblemente se encontrarían las alcobas y el baño del lugar. La otra guiaba directo a la cocina que estaba totalmente vacía. Y finalmente el último lugar a donde se podía llegar en aquel pasillo era al fondo del edificio, hasta un lugar donde se guardaban productos de limpieza. Víctor estuvo a punto de regresar por donde vino en este último destino, cuando la suela de sus botas causó una sensación extraña. Era como si el piso de madera tuviera una falla y una tabla estuviera más levantada que la otra.


El lobo se arrodillo alumbrando la oscuridad con la llama naciente del encendedor que llevaba en la mano. Lo que había pisado era la agarradera de una trampilla, oculta bajo una manta con manchas de pintura que seguramente se usaba cuando se les daba color a los ojos de las muñecas.


Apago el encendedor y lentamente tiro de la agarradera para abrir la trampilla, no había levantado mucho esta cuando un pequeño fulgor de luz se coló por ella. Alguien estaba abajo, posiblemente la persona que buscaba. Continuo levantando la trampilla con sumo cuidado para no causar ruido alguno que alertara su presencia y fue cuando noto lo que se encontraba en los bordes de la entrada, eran aislantes de sonido compuestos de un material que solo se utilizaba en las refaccionarias de Jiornya.


-Señor Bupstrap, creo que eh sido muy paciente respecto a esto. Usted me contrato para un trabajo y me es demasiado molesto el tener que desistir de culminar dicho trabajo solo porque tiene dudas sobre lo que provocará- dijo una voz delgada y casi afeminada.


-Te contrate para que desaparecieras a la mocosa, más no para que hicieras otro de tus repulsivos experimentos. Aun no es tiempo y esa niña debe estar viva hasta que definitivamente ese pusilánime soñador de Jeff Kimbling de la sentencia de muerte de su hija o de su compañía. Esa mocosa es lo único que me puede dar el acceso a las acciones de esa compañía.- Rugió enfurecido el sujeto.


Unos pasos provenientes del sótano se escucharon, alguien se dirigía a la trampilla para subir a la tienda. El lobo cerró con tiento la trampilla y trato de caminar a la cocina con el menor ruido posible para no ser descubierto. Las voces continuaban discutiendo mientras emergían a la superficie. Aunque trato de afinar su oído para no perderse detalle alguno de aquella conversación, no pudo oír nada hasta que la trampilla se abrió nuevamente.


-Mira, si para mañana ese imbécil no me da una respuesta a mis incesantes ofertas, entonces te mandare un telegrama a esa máquina tuya y podrás hacerle a la niña lo que gustes. Su padre va perder algo, no hay una tercera opción- Refunfuño la segunda voz.


Se escucharon pasos en el pasillo y entre las sombras Víctor permaneció inmóvil, observando con detenimiento para ver a los sujetos que discutían en el sótano. Uno de ellos dio aparición, era un león blanco con una melena abundante y llamativa. El otro era un coyote, de esos que desde el primer momento que lo vez, les tienes desconfianza, era algo fornido y de una altura considerable.


-Bien señor Bupstrap, se ara como usted lo solicite. Pero recuerde que la estadía de infantes no es lo mío y se necesita un extra por los inconvenientes- dijo el coyote.


-Jonathan McNillan eres una despreciable rata de suburbio, pero nadie con escrúpulos tomaría un trabajo como este así que está bien. Te daré un extra el día de mañana cuando todo termine, pero cuidado muchacho, así como juegas a las cartas marcadas con los poderosos, los aristócratas tenemos el juego de los dardos con los parias sociales- Aquella amenaza sonó mas como una advertencia cordial que a algo para intimidar.


El viejo león de unos 60 años levanto su bastón para apuntar en advertencia al fabricante de muñecas. Era como ver uno de esos viejos libros de conspiraciones llevados a la vida real, donde el dinero y el poder, son más fuerte que la ética moral.


El león planto la punta del bastón en el suelo y sin más que decir comenzó a caminar apoyándose sobre él. Todo quedo en silencio por unos cuantos y eternos segundos hasta que ambos individuos descubrieron asombrados la puerta destrozada de la tienda.


-¿Qué carajos ha pasado aquí?- grito asombrado Jonathan


-Seguramente han venido a robar este destartalado lugar y cuando no han encontrado nada se largaron como almas que lleva el diablo- respondió sin interés el viejo león.


Por suerte para Víctor la puerta al salir disparada termino golpeando la caja registradora del comercio, causando que esta se abriera y el dinero que se encontraba en el interior – que no eran más de unos cuantos centavos por que ese día no había tenido clientela- se esparcieran por todo el suelo, terminando la mayoría ocultos bajo el mostrador y una estantería de vestidos de muñeca. El robo a la tienda era una cuartada viable.

-Señor, ayúdeme a levantar la puerta, con suerte podría mantenerla colocada el resto de la noche. Digo, si alguien entra y ve lo que tenemos en el sótano seguramente todos los planes se irían por el drenaje- el tono de voz del coyote era realmente irritante al pronunciar aquellas últimas palabras.


El viejo Bupstrap asqueado de aquel lugar y más de la compañía de una sabandija tan lastimosa como lo era aquel coyote quería largarse y dejarlo a su suerte. Pero estaba consiente que si algo ocurría todo su imperio se vendría abajo por las voces de la ciudad que esparcen una noticia como si fuera la peste negra. Jonathan no se callaría en un interrogatorio, él lo sabía bien, así que no tuvo otra opción, le ayudo.


Víctor aprovecho este momento de distracción y se deslizo por el pasillo oscuro, la trampilla estaba abierta. Sin que nadie lo viera bajo por las escaleras al sótano y lo que encontró ahí le recordó los horrores del mundo de Pavelt. El aroma a sustancias químicas era tremendo y hasta cierto punto asqueaba con facilidad si el olfato de uno era bastante bueno.


En pequeños frascos de cristal se encontraban sustancias de todos colores, algunas incluso aun dejaban escapar una pequeña humareda de su interior. El lobo sabía bien que eran bastantes de esas sustancias. Unos frascos contenían líquido para embalsamar, otros un sustituto líquido del cianuro que se implantaba en bebidas o alimentos para asesinar a quien lo probará.


En la misma mesa también estaban un juego de artefactos extraños, desde pequeñas limas y pinceles, hasta otros que parecían salidos de una historia de ficción. Igualmente se encontraban otros artículos que eran más fáciles de reconocer, como una cierra para huesos, bisturíes e incluso cucharas huecas que servían para vaciar el relleno de las calabazas u otros vegetales. Todos aquellos eran instrumentos que no parecían estar acorde a lo que llevaría un fabricante de muñecas.


Un sollozo se escuchó al fondo de la habitación, era débil pero los oídos del huargo podían captarlo claramente. Dirigió la mirada hacia la dirección donde provenía el sonido y vio una pequeña puerta de madera algo apolillada. La mano del lobo deslizo cuidadosamente la perilla pensando en lo que podría encontrar tras ella, pero fuera bueno o malo, algo era seguro, el coyote y el viejo Bupstrap eran culpables.


Abrió la puerta y al mirar su interior encontró una habitación igual de grande que la anterior repleta de pequeñas jaulas vacías, excepto una. Desde el interior de la jaula se encontraban viéndole un pequeño par de ojos azules. En la penúltima jaula se encontraba la pequeña Lizbeth bañada en terror. Su cuerpo temblaba sin control y sus ojos mostraban el anhelo de libertad al igual que el terror a la posibilidad de que el lobo le hiciera daño.


-Tranquila, no te voy a lastimar- susurro el lobo- Tu padre me contrato para buscarte. Solo espera un poco, tengo que encargarme del coyote y después te llevare a casa; pero debes quedarte aquí un poco más- con las garras destrozo la cerradura oxidada de la jaula.


La niña empujo un poco la puerta para asegurarse que realmente estaba en disposición de escapar de la jaula. Miro al enorme lobo blanco y tras unos segundos finalmente pronuncio palabras.


-No quiero estar aquí- aun sollozaba la chiquilla.


-Lo comprendo, pero es necesario que permanezcas en este lugar hasta que me encargue del hombre malo- respondió en susurros. Tratando de hablar con la delicadeza suficiente para no asustarla.


La niña miro un momento hacia el otro extremo de la habitación y con sumo temor levanto su mano para apuntar el escaparate que estaba tras Víctor.


-¿Prometes que no terminare como ellos?- Dijo de un modo extraño y sombrío.

El huargo giro la cabeza para ver lo que señalaba la niña y lo que encontró fue un carnaval de demencia, repulsión y maldad compactadas en aquel escaparate. Eran niños. Pequeñas criaturas convertidas en horribles sombras de lo que alguna vez fueron. Sus cuerpos pendían de cuerdas como terroríficas marionetas y sus rostros cubiertos de fina porcelana. Los ojos te miraban al alma con suma agonía, pidiendo a gritos que los liberasen de su prisión. Eran muñecas y marionetas hechas de carne animal, desde conejos, gatos y zorros hasta perros y lobos. Era una colección de muñecas horridas nacidas de la carne animal, adornadas con la porcelana, sinónimo de elegancia. Aquel escenario le podría quitar el aliento a cualquiera.


Víctor no podía creer lo que observaba, era un desagradable muestrario de lo enfermo que estaba Jonathan McNillan. Su puño comenzó a cerrarse con fuerza, sus colmillos resaltaban al mismo momento en que su rostro se llenaba de súbita furia por lo que encontró. Giro hacia la niña y le pidió que guardara silencio. Sus orejas habían detectado un sonido pequeño pero que se aproximaba a ellos. Alguien caminaba por el pasillo en dirección al sótano.


La pequeña Lizbeth asintió y tiro de la rejilla para que nuevamente pareciera cerrada la jaula. El huargo retrocedió hasta quedar en un ángulo donde no pudiera ser visto cuando se abriera la puerta apolillada.


Un minuto después de que todo quedara en silencio, se escuchó un silbido que descendía al sótano. Aquella melodía que trataba de emular con los silbidos era una vieja canción infantil que todos reconocían con facilidad, pero al ser interpretada por este hombre tomaba un tono diferente. Era lúgubre de cierta forma, como si con cada silbido se pudiera escuchar el último suspiro de cada muñeca infante que se encontraba en la habitación.


-Hey mocosa, hora de cenar. No queremos que te nos mueras de inanición hasta que las cosas se resuelvan- dijo Jonathan mientras abría la puerta llevando consigo un plato con una masa amorfa de un olor desagradable y un trozo de pan. La niña miro a su captor con los ojos de un animal asustado y este disfruto de ello. Le encantaba ver las expresiones de sus víctimas mientras las conservaba vivas. Pero esa satisfacción no le duraría mucho tiempo más.


-¿Qué ocurre? ¿Ya no me rogaras que te deje salir y lloraras en silencio?- se mofo el infeliz.


Al acercarse a la jaula pudo notar que la cerradura estaba rota y la niña era solo un señuelo. Giro velozmente con la desesperación subiendo por su espalda. Víctor se había acercado preparando el mecanismo de su brazo y antes de que pudiera arrojarle el plato para cegarlo, lanzo un puñetazo hacia la rodilla del coyote que con el impulso del mecanismo termino rompiéndole la pierna.


El endemoniado fabricante de muñecas chillaba como poseso al caer al suelo. El hueso de su pierna salía de su piel por lo que era la parte trasera de su rodilla. La niña salto del interior de la jaula y fue tras Víctor para esconderse de aquel hombre.


-Maldito desgraciado. ¡HIJO DE PUTA!- Bramaba colérico el coyote.

-Lizbeth, sube y ve a la cocina, espérame ahí y cierra la trampilla cuando subas, no quiero que escuches lo que pasara. Tengo que sacarle información a este sujeto y hacerle pagar por lo que le hizo a esos niños- La chica miro la tosca expresión del lobo huargo. Podía sentir la furia en sus ojos.


La niña respondió con un simple y claro está bien y sin titubear subió a la planta superior, sus pequeños piececillos descalzos causaban un nulo sonido al subir por los escalones. Cerró la trampilla. Ahora solo eran el coyote y el huargo.


-Yo…Yo te conozco- dijo titubeando el infeliz animal- Eres Víctor RothField. El desgarrador de Barrow Town. Escucha viejo, estamos del mismo bando, ambos somos asesinos, maleantes que se ganan la vida haciendo trabajos que los demás no quieren hacer- la sangre escurría por el piso formando un charco desagradable bajo Jonathan mientras su voz se ahogaba en momentos por sus lloriqueos.


Víctor se acercó a él y lo tomo del cabello, lo arrastro por aquella habitación y lo coloco sobre una silla que estaba junto a las muñecas. Los ojos verdes del huargo brillaron con la intensidad de un fuego artificial en el cielo nocturno. La furia escapaba de ellos.


-No somos iguales. Yo soy un mercenario, tú eres un maldito enfermo que disfruta de masacrar niños y que le paguen por ello. Escoria como tu es lo que ha dado mala reputación a Barrow Town- dijo asestando un potente golpe a la cara haciendo que Jonathan perdiera la orientación por unos segundos.


El mercenario tomo una cuerda que colgaba de un gancho de la pared y ato con fuerza al fabricante de muñecas que aún no recobraba la orientación del todo. Tras una tanda de golpes brutales, se hizo hacia atrás para mirar al sujeto en su miseria.


-Oye…pará…viejo, podemos arreglarlo sin necesidad de más violencia- dijo tosiendo un poco al sentir como uno de sus dientes se deslizaba por su garganta- tu trabajabas hace tiempo para Pavelt…somos socios- El nerviosismo acompañado de la incapacidad para pronunciar correctamente algunas palabras le daban un aire patético al coyote.


Víctor se enfureció cuando mencionaron de nuevo al hombre que le había arrancado la infancia. Pavelt fue conocido en su tiempo por criar niños sin hogar, para moldearlos en carteristas, traficantes de armas y sustancias e igualmente, asesinos.


-¡Tú y yo no somos nada bastardo!- Rugió enfurecido.


-Yo estuve ahí sabes…cuando te llevaron con el sujeto y te dieron la toxina que destrozo tus recuerdos antes de estar con Pavelt. Te vendieron como una vil pieza defectuosa de una válvula turick o una herramienta oxidada- Se le comenzaba a dificultar el habla mientras uno de sus colmillos se desprendía de su ansia.


Una patada bastante sonora se efectuó sobre el pedazo de hueso que resaltaba sobre la carne del juguetero. Un grito frio y desgarrador se escuchó, retumbando en la habitación. La sangre salpicaba el suelo como una pequeña fuente defectuosa que cerraba y abría su flujo sin control propio.

-Eso es una mentira. Yo no fui vendido a ese hijo de puta. Y cuando tuve la oportunidad termine con sus acciones. Yo fui quien corto su garganta- gruño mostrando los dientes.


-Tú no sabes ni quien eres. Los huargos son raros en esta ciudad. Si te dieras la tarea de buscar más de los tuyos solo encontrarías a 2 o 4 en el distrito de Jiornya. Ahora suéltame…por favor…devuélveme a la niña y te diré lo que se de ti…señor RothField o debería decir…Señor Weizz- La forma de pronunciar aquel apellido fue parecido al de una serpiente estafadora de la capital.


Víctor lo miro por unos momentos y lentamente extendió las garras hasta llegar a las cuerdas que lo ataban. El coyote estaba agitado y asustado pero sus ojos se iluminaban con un brillo de esperanza ante la reacción del mercenario. Las garras se deslizaron por la cuerda y cuando todo parecía salvado para el asesino de infantes sintió como las garras del lobo comenzaban a desgarrar su brazo. La carne se abría en canal, la sangre comenzaba a fluir y el dolor se volvía insoportable.


-Sabes es una buen oferta McNaill. Pero por desgracia, me darán un bono si llevo tu cabeza- Formo una sonrisa aterradora.


El lobo comenzó a sonreír de una manera escabrosa mientras el brillo de sus ojos verdes se tornaba en un frio sentimiento. Eran como los ojos de un demonio que está apunto de condenar un alma. Eran como los ojos de un verdugo a punto de cumplir una sentencia dictaminada a muerte. El aroma a miedo del coyote comenzó a esparcirse por todo el lugar y eso a Víctor le fascinaba. Se le conocía por no fallar, pero igual se le conocía por disfrutar de torturas a sus objetivos, al menos a aquellos que disfrutaran de cosas que al huargo le desagradaran. Justo como la que practicaba el juguetero.


-Tú serás el fabricante de muñecas más popular del distrito amigo mío. He venido a este quirófano de muertes inocentes por ti, pues ahora yo soy el cirujano y tú estás en mi mesa de operaciones- Lo miro directo a los ojos.


El lobo le dio la espalda mientras comenzaba a hurgar entre los bolsillos internos de su gabardina, fue un pequeño lapso en el que su prisionero pudo sentir un helado sudor combinado con tibia sangre recorriéndole. Un sonido extraño se escuchó, era parecido al de un taladro. Víctor levanto su puño dejando ver un guante negro con acabados mecánicos que poseían un par de picos en los nudillos. Estos picos comenzaban a girar a gran velocidad como si fueran pequeños taladros.


El coyote se agitaba de un lado a otro, auto lastimándose la pierna mientras intentaba escapar de una muerte inminente. El lobo le tomo del cuello y tras un momento de tensión los pequeños taladros empezaron a perforar sus ojos, dejando escapar gritos horribles que solo podrían existir en un relato de horror.

La sangre salía disparada a las paredes donde un juego de sombras mostraba una muerte cruda y desagradable al fulgor de las lámparas de aceite que estaban por toda la habitación.

Unos minutos después, todo concluyo y Víctor emergió a la superficie en busca de la pequeña Lizbeth. En su mano izquierda portaba un saco que goteaba con pequeñas gotas carmesí. La niña se asomó cautelosa y al ver al enorme huargo corrió a abrazarle.


-Descuida pequeña, te llevare a casa ahora. Todo termino- le susurro con cariño, aunque no era algo que el normalmente aria.


Antes de irse prendió fuego a las cortinas de la tienda, el cual se extendió por todo el lugar. Tomo a la niña de la mano y ambos se perdieron en la oscuridad de la noche mientras la vieja tienda ardía con todos los horrores que escondía en su interior. Era un fuego que expiaba del pecado a Barrow Town, era el fuego infernal que reclamaba lo que era suyo.


No basta mencionar que la niña llego sana y salva con sus padres y el hombre cumplió su palabra al mercenario, pero no sin antes darle una última encomienda. Si esta historia finalizaría, no había que dejar cabos sueltos. Y gracias a esto, una nueva cacería comenzaría, una que esta vez buscaría la sangre de un aristócrata.

3

Pasaron 3 noches desde el incidente en la tienda de McNillan y las cosas seguían intensas entre los chismes que se hacían respecto a lo que encontraron entre los escombros. El asesino de infantes era lo que estaba en boca de todos y claro, el viejo león temía que lo encontrasen pues la niña y Víctor describieron a Bupstrap como la mente maestra del delito. Un hombre que alguna vez fue poderoso y envidiado ahora solamente deambulaba por las calles escondiéndose de las garras del desgarrador de Barrow Town.


Aquella madrugada la luna llena se asomaba entre las nubes y Zeppelines que deambulaban por el cielo nocturno. Bupstrap Pouller tiritaba de frio al mismo tiempo que resentía las dolencias de su pierna mala. Un sonido lo despertó, era como si un par de garras rasgaran las paredes con suma lentitud. El viejo trato de levantarse pero solo logro arruinar el bastón con el cual solía apoyarse al caminar. Un silbido se escuchó entre la oscuridad de la calle, era la marcha fúnebre de los funerales. Era el sonido más desalentador que jamás había escuchado en su longeva vida, pensó Bupstrap.


Sin poder pensar lógicamente y con el miedo subiendo por su espina dorsal en un desagradable escalofrió, comenzó a correr como pudo, en más de una ocasión estuvo a punto de caer en el camino empedrado pero por más que corría no podía escapar de aquel sonido mortuorio.


El silbido culmino y cuando todo quedo en silencio una ráfaga de disparos se efectuaron. Cuatro balas dieron en espalda y pierna del deplorable león. Solo se escuchó como cayó el cuerpo golpeándose la cabeza contra el empedrado. La respiración de Bupstrap era acelerada, podía sentir como su sangre llenaba su pulmón derecho, la rodilla le dolía más que nunca y una sensación extraña, un ardor incandescente le recorría.

-Puedes escuchar ese sonido amigo. Son el susurro de los demonios de la noche que reclaman tu alma. Escuchas esa risa que lleva el viento, es la luna que mira la muerte de un hombre miserable. Y por último, puedes sentir ese ardor en tu sangre. Puedes sentir como lentamente se quema algo dentro de ti. Es el veneno de las balas que te está recorriendo, que se apropia de ti, que te mata lentamente de una forma dolorosa.- Se acercó el huargo a pasos lentos, disfrutando del panorama que sus actos forjaron.


-¿Quién carajos eres tú?- dijo mientras escupía sangre.


-Yo. No soy nadie, solo un hombre que se gana la vida arrebatando la vida a otros. Míralo de esta forma. Los pecados de tu vida de aristócrata se cobran en tu vida de mendigo. Mira mi rostro bien Bupstrap Pouller, pues yo soy lo último que veras- Dijo mientras se agachaba para mirarlo cara a cara.


El león podía sentir como todo su ser era recorrido por aquella toxina. El veneno se esparcía mas rápido de lo que podía imaginar mientras sus heridas no le permitían dejar de sangrar. Eran sus horas finales y eso le provocaba el temor más grande que jamás pudiera sentir en su prolongada existencia. El huargo observo con detalle las heridas de su víctima. Para cuando todo terminara se llevaría los casquillos para borrar todo rastro que lo vinculara con su persona. Después de todo, el viejo Bupstrap era buscado por varios, odiados por otros. Cualquiera podría ser el responsable de su asesinato ante los ojos de los agentes de paz.


Victor se sentó ahí, en la acerca de la solitaria calle, mirando como aquel hombre cruel era reclamado por la muerte. El veneno comenzaba a hacer estragos terribles sobre el avejentado león, mientras la pérdida de sangre comenzaba a hacerle perder la conciencia. Una muerte lenta y despreciable o un acto de justicia por la vida desalmada que llevo durante todo aquel tiempo, era difícil de decirlo. Simplemente era un espectáculo macabro el mirar como la luz escapaba de los ojos arrogantes del sujeto. El mundo conseguía un instante de paz y a la vez perdía a un monstruo disfrazado de caballero inglés.


-Y Dios castigara a los malvados- Susurro Víctor mientras los últimos rayos de luz se colaban por la pupila sin vida del león.


El lobo solo observo por un rato el cadáver, al cerciorarse que no quedaba ninguna señal de vida se escabullo entre las callejuelas del distrito. Nadie sabe con seguridad a donde se dirigió Víctor después de esa noche, pero los socios que tenía esparcidos por toda la ciudad especularon que fue en busca de respuestas. Con un apellido surgido de la nada y una posible verdad proveniente de alguien carente de honor, el mercenario comenzó a buscar a una familia que llevara el apellido Weizz. Posiblemente tras descubrir si lo que se le dijo fue verdad o mentira, ajustaría cuentas con la familia que le desecho al mundo despiadado, a las manos del hombre que lo volvió aquel hombre de muerte.


Las calles de Güell cobijaron al huargo con su manto de misterio y como si se tratase de un fantasma desapareció entre la niebla de la madrugada. Barrow Town se despedía de aquella forma de uno de sus habitantes más pintorescos y peligrosos.

11 de Mayo de 2019 a las 08:11 0 Reporte Insertar 0
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