Suspiro del 68 Seguir historia

luthierzebeth Tania A. S. Ferro

Relato inspirado en una historia real, sobre el movimiento estudiantil que se llevó a cabo en México en el año 1968.


Histórico Todo público.

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Para Armando

Conocí a Armando en primer semestre de la carrera de filosofía, y nos hicimos grandes amigos desde entonces.


Era el año de 1968. En el mes de julio, la situación de México se puso caótica, sobre todo entre los estudiantes y el gobierno. Una disputa en un encuentro deportivo pronto evolucionó a tremendos enfrentamientos con policías y granaderos. El gobierno había atacado a estudiantes de una vocacional y, en respuesta, habían surgido distintas manifestaciones contra la violencia, de parte los estudiantes de la UNAM y del IPN. Ambas instituciones, junto con otras que se fueron uniendo conforme pasó el tiempo, generaron mucho revuelo en cuestión de pocos días.


Nunca había ido a una marcha antes, pero pronto pude reconocer lo mucho que me entusiasmaba poder contribuir, ser parte del movimiento, y poder sentir la solidaridad de la gente que marchaba con nosotros, incluido nuestro el rector de nuestra universidad, que encabezó una de ellas en apoyo a los estudiantes. Todos los que estaban en esas marchas, incluidos Armando y yo, creíamos que el gobierno por fin entendería que la represión nunca es el camino para la paz. Juntos lo gritábamos a los cuatro vientos. O no gritábamos nada, en caso de que la marcha fuera silenciosa.


Al tenernos tanta confianza, hicimos equipo para poder ayudar a los demás compañeros, conseguir materiales para pancartas, repartir folletos en camiones para informar a la gente de lo que estaba pasando y generar conciencia en el camino. Varios días, cuando nos sentíamos muy cansados, Armando siempre fue una mano amiga dispuesta a compartir un refresco o una torta en la lonchería que su papá manejaba en el centro, en la calle de Donceles. Ese lugar se convirtió en el centro de operaciones de un pequeño círculo de compañeros. Al menos, hasta aquél insano día.


Sabíamos por rumores que había policías observando las actividades estudiantiles. Un día, a finales de septiembre, tres hombres robustos entraron a la lonchería con armas en las manos y, después de sacar a la mayoría de las personas del lugar a gritos, apuntaron con las pistolas a cuatro compañeros, entre ellos a una mujer. Los amenazaron por andar "de revoltosos" repartiendo propaganda, y les mutilaron diversas partes del cuerpo para que dejaran de hacerlo, antes de irse corriendo como los cobardes que eran.


Esa noche, Armando fue a mi casa para contarme lo que había pasado, y mis padres escucharon su relato con lágrimas de horror, rabia y rencor. Jamás voy a olvidar esa expresión de impotencia que compartimos, y lo mucho que hablamos sobre el mitin que habría el próximo 2 de octubre.


Mis padres tenían miedo con justa razón, y no me querían involucrada en tales actividades, pero al mismo tiempo sentían que como sociedad, debíamos hacer algo contra toda aquella injusticia, aunque cada paso significara un enorme riesgo.


Aquel 02 de octubre, quedé de verme con Armando en la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco, como a las 6pm para ayudar en lo que hiciera falta. No pudimos movernos juntos como ya era tradición, debido a que a que a las 4 iba a acompañar a mi madre a una cita médica, y saliendo de ahí me trasladaría con rapidez. Armando y los demás compañeros se iban a adelantar, y a estar en el mitin desde su comienzo.


Tardamos más de lo que tenía planeado. Cuando me desocupé, eran casi las seis. Me despedí de mi mamá, pero ella insistió en acompañarme a tomar el siguiente transporte, así que las dos subimos al primer camión que encontramos y nos bajamos en Paseo de la Reforma. De ahí, sólo debía tomar uno más para llegar a Tlaltelolco.


Caminamos un poco en lo que esperaba el siguiente camión, pero no pasaba ninguno. Mientras más tarde se hacía, mayor era nuestra angustia.


No había camiones hacia Tlatelolco. Ni uno solo.


Mi madre caminaba detrás de mí con la voz temblorosa. No paraba de insistir en que algo andaba raro, y que mejor nos fuéramos a la casa para esperar la llamada de Armando (o llamarlo yo), y así saber qué había sucedido. Después de mucho insistirme, cedí a sus peticiones y cambiamos de dirección. No estaba contenta con lo que estaba haciendo, pero podía ponerme al corriente, o hacer una nueva actividad para compensar mi ausencia.


Al día siguiente, la noticia se extendía en los diarios:


"Sangriento encuentro en Tlatelolco"

"El Ejército tuvo que repeler a los Franco-tiradores: García Barragán"

"Sangriento Tiroteo en la Plaza de las 3 Culturas".


Nunca más volví a escuchar la voz de Armando. Ni la suya, ni la de muchos otros compañeros y amigos. A veces agradezco no haber estado ahí, aunque la mayor parte del tiempo me culpo por seguir viva.

Hoy, después de tantos años, avanzo, suspiro, y no dejo de pedir justicia.

¡2 de octubre, no se olvida!

Hay lugares en los que el gobierno

no escucha, aunque grites.

11 de Mayo de 2019 a las 07:11 2 Reporte Insertar 9
Fin

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Tania A. S. Ferro Instagram: @letrasdetaniablog Blog personal: letrasdetania.blogspot.com La escritura me da vida. Respiro a través de ella.

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F. Ciamar F. Ciamar
No sabia de estos hechos, la historia me dio escalofrios
20 de Mayo de 2019 a las 11:31
Ara Ferro Ara Ferro
Recuerdos muy tristes. Lo más lamentable, nunca se hizo justicia... Me gustó mucho tu relato..
11 de Mayo de 2019 a las 12:47
~