Un chaval, una chavala y otras historias que contar Seguir historia

porponer Alex R.

Oscar es un joven que ha logrado tocar fondo, él quiere pensar que ha sido por amor y recuerda todo lo que ha vivido los últimos dos años para averiguarlo.


Romance Suspenso romántico Todo público.

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TODO FINAL TIENE UN INICIO

Mis atronadores gritos de dolor y angustia han llegado hasta el último vagón de este tren, la gente me mira como si fuese un monstruo, miran mis pintas y seguro piensan que he salido de una película de gánsteres de serie B. Ya tengo su atención, para que ocultar ahora la rabia y la desesperación, al menos ahora todos piensan que estoy loco, ¿por qué no seguir dándoles el espectáculo que todos quieren?; al menos a los que permanecen sentados y atentos a cuál será mi próximo movimiento. ¿Secarme las lágrimas quizá? Decido esconder mi mano escayolada debajo de la americana, sacar un cigarrillo y encendérmelo. ¡Si! Ya da igual, no tengo mucho más que perder.


Todos los pasajeros de mi vagón se han marchado asqueados, aunque siguen atentos a mis actos, la gente da asco, todos quieren ver la decadencia, pero nadie es capaz de ayudar o al menos preguntar por el bienestar ajeno. Vivo rodeado de buitres, aunque no soy menos que ellos, para que me quiero engañar.


—“Aquí no se puede fumar.” —Es una voz que oigo acercándose a mí. —“¿Eres gilipollas?” —La voz insiste.


No es más que un currante, un tickero del metro, me amenaza con llamar a la policía, seguramente sea por mis pintas. Un chaval con americana, camisa abierta completamente cubierta de sangre, una mano escayolada y con la cara hecha un cuadro no creo que transmita mucha confianza.


Al fin llego a mi destino, me gustaría decir que he salido por mi propio pie, pero mi orgullo ya está por los suelos, no me molesta admitir que dos gorilas del tren me han echado a patadas. Creo que me he dejado un diente en el asiento, noto un hueco en el colmillo derecho.


Cada paso pesa más que el anterior, el trayecto que hay de la parada a mi casa no alcanzará los tres minutos andando a un ritmo constante, no muy acelerado, pero parece que esté caminando días. Mis piernas tiemblan y la visión se me nubla, estoy harto de caminar, me dejo hacer a las circunstancias, que sea lo que el destino decida. Los árboles y edificios del paseo empiezan a emborronarse y a dar vueltas a mi alrededor, cada vez noto más pesado mi cuerpo, no voy a resistir. Mis mejillas golpean el asfalto con fuerza, mi cuerpo cae muerto en el suelo, pero no siento el dolor, no noto nada. El sonido a mi alrededor va desvaneciendo. ¿Estoy muriendo o simplemente me estoy desmayando? Sea como sea ya no puedo hacer nada, no siento mis extremidades y no logro acumular la fuerza necesaria para emitir ningún grito de auxilio, ni tan siquiera un suspiro, solo quiero cerrar los ojos y desvanecerme.


Una de las ventajas que tiene la completa oscuridad es qué lo único que puedes hacer es perderte en tus propios pensamientos puesto que ahí está la única luz que puedes ver y proyectar. Siempre he sido un chico soñador, despistado, quizá demasiado sumergido en mi propio mundo y eso ha influido demasiado en mi vida. ¿Cómo he logrado terminar así? No lo sé, me gusta pensar que he llegado a estar desplomado en el suelo, sangrando y con una mano rota por amor, aunque cada vez pienso más que el amor no existe, el amor lo inventamos nosotros como excusa para no estar solos, por miedo a despertar un día y no tener al lado a otra persona con la que compartir tu desgracia. El amor es algo egoísta y quizá haya terminado así por mi propio egoísmo.


.


Todo final tiene un inicio, y mi inicio se remonta a un par de años. Trabajaba como reponedor en la cadena de supermercados Market y lo hacía tardes y noches con cuatro desperdicios humanos más, como yo. El Golosina, era “nuestro jefe” o al menos era quien mandaba cuando no estaba El Super, así es como llamábamos al gerente. De los cinco, era el que más tiempo llevaba trabajando en el supermercado. El cabrón conocía a todas las clientas habituales, se había ganado su confianza y aprovechaba esa baza para ganarse un dinero extra. Al vivir en un barrio pequeño el Golosina se conocía todos los dramas de las amas de casa; quien se había divorciado de quien, quien se peleaba con quien e incluso quien ponía los cuernos y con quien. Más de una vez hemos sido cómplices de alguna aventura suya con una ama de casa despechada o desesperada en la parte trasera del super y más de una vez, después de hacerlo les ha amenazado con contárselo a los susodichos maridos si no le daban una cantidad considerable de dinero. El Golosina se las sabía todas, jugaba con los sentimientos de las mujeres en sus momentos de mayor debilidad para su propio beneficio y ninguno de nosotros llegamos a entender nunca como su ética se lo permitía. Le llamábamos el Golosina porque comía como un cerdo y parecía una gran bola de chuche, pesaba 100 kilos, y apenas mediría metro y medio, por no saber no sabíamos cómo podía mantenerse en pie, pero ahí estaba.


Luego estaba Lucas, un chaval de unos 20 años, sus padres le echaron de casa al enterarse que había dejado preñada a la hija de la vecina, la niña no tendría ni 17 años y los padres de ella, religiosos y devotos, no la dejaron abortar, por lo cual, el pobre tuvo que buscar trabajo donde fuera para poder mantener a la criatura. Pese a vivir en un cuchitril y moverse de punta a punta del barrio en una bicicleta que, a duras penas conseguía rodar, era el más feliz de los cinco con diferencia. Veía la vida como una oportunidad de aprender, para así, en el más allá, poder aplicar lo aprendido y estar en armonía con el universo y con uno mismo, no sé, algo así decía siempre. De los cuatro era el que mejor me caía, hace poco me enteré de su fallecimiento, al parecer un viejo se calló encima suya en uno de sus fallidos intentos de suicidio, el viejo sobrevivió, pero Lucas no tuvo su misma suerte, o su mala suerte, depende cómo lo mires.


George o como lo llamábamos nosotros, JD, era el mayor de todos, tenía unos 40 años y no hablaba, nunca en lo que llevaba trabajando en ese supermercado le oí pronunciar palabra. Tenía cicatrices, muchas cicatrices y muy antiestéticas en la cara, nadie sabía que le pasaba, pero especulábamos a sus espaldas. Hasta donde teníamos entendido y por lo que nos dijo el Golosina, JD mató a su mujer accidentalmente en una discusión, no sabíamos nada más, tampoco nos quiso contar más. La policía nunca pudo demostrar que fue un homicidio, pero lo que sí pudieron demostrar los médicos es que JD quedó mudo a causa del trauma que aquello, pasase lo que pasase, sucedió. También tenía una cierta predilección por el alcohol, era una esponja. Escondía botellas de Jack Daniel en el almacén y antes de salir a reponer pegaba uno o dos tragos. Olía a whisky desde la otra punta del super, era como una botella alcohólica andante, por eso lo llamábamos JD.


El ultimo de mis compañeros reponedores era Sebastián o Sebas. Era, además, mi compañero de piso. Era buen chaval, pero tenía días muy malos, sobre todo cuando las cosas salían como esperaba, supongo que como todos. Tendría unos 25 años y aparte de trabajar en el supermercado estaba metido en el mundo de las drogas, era camello y usaba el supermercado para pasar su mierda. Si alguien quería algo, lo que fuese, marihuana, cocaína, speed, cristal, heroína… daba igual, Sebas te podía conseguir cualquier cosa y la colocaba en las bolsas de patatas fritas de marca blanca. Ahí su mercancía estaba a salvo, nadie compraba esas patatas, sabían a rancio. Sebas metía la droga dentro de las bolsas y las cerraba de nuevo con una prensadora que escondía en el almacén, luego las marcaba con permanente en la parte trasera y de este modo el cliente, solamente, tenía que pagarle a Sebas antes de entrar y una vez tenía su dinero nos mandaba a mi o a Lucas colocar la bolsa en su sitio. Por ayudarle en sus ilegales negocios nos daba un pequeño porcentaje, no era gran cosa, pero todo lucro es bien recibido.


Por aquel entonces yo tenía 17 años, mis padres murieron hace tiempo y no tenía ningún familiar que pudiera o quisiese hacerse cargo de mí, así que tuve que emanciparme y buscarme la vida. Ser menor nunca me supuso un problema para realizar cualquier actividad que requiriera tener la mayoría de edad, la barba me creció muy pronto y siempre he aparentado más edad de la que realmente tengo, además, mis compañeros siempre decían que tenía cara de ruso peligroso por lo que nadie se metía conmigo. En el grupito me conocían como Vladimir, pero mi nombre real es Oscar.


La verdad es que me lo pasaba bien trabajando con esos desechos humanos, me sentía parte de un grupo, nunca he sido muy popular y por primera vez sentía que tenía amigos de verdad. Cada día cuando acabábamos la jornada después de hacer la ronda y hacer inventario salíamos al bar de enfrente. Un bar de viejo como dios manda, un bar que llevaba toda la vida en el barrio. El bar Antonio, tenía hasta nombre clásico y pese a todo lo anterior mencionado, el propietario era chino. Nunca logré pronunciar bien su nombre, así que simplemente le llamábamos el chino Antonio. Siempre íbamos los mismos a tomar siempre lo mismo. Nos conocíamos todos, éramos como una gran familia, siempre era agradable tomarse una cerveza fresquita al acabar la jornada, relajarnos después de unas duras horas de explotación, era como nuestro premio, nuestra golosina por haber hecho un buen trabajo, como buenos perros.


De aquel bar conservo grandes y muy buenos recuerdos: haciendo memoria recuerdo una noche en la que entró un hombre de unos 40 o 50 años, el típico hombre de pueblo, regordete, de pelo pobre, con pantalones de pana y camisa por dentro, un hombre simple, sencillo. Afirmaba que le acababa de tocar la lotería ese mismo día y que, para celebrarlo, iba a invitar a todo el bar a una ronda de cervezas. Días más tarde el Golosina nos confirmó que ese hombre nunca ganó la lotería, sus compañeros de trabajo le quisieron gastar una simpática broma, o una tremenda putada. Cambiaron su boleto por uno ganador completamente falso. Al parecer, el hombre aparte de invitar a una ronda a todo el bar también se compró un coche nuevo y un chalé, como no, inmensamente grande y con piscina. Así que más que una bromita, aquello fue un buen dolor de cabeza para el pobre hombre que ya tenía un futuro enfilado, nos dijo que hasta dejó su trabajo humillando al jefe delante del todo el personal. Nunca más supimos de aquel tipo, desapareció del barrio. Y como ésta, podría pasarme días contando anécdotas e historias que he vivido en ese bar, nuestro bar.


La vida en mi barrio era entre tranquila y desquiciante, no había punto intermedio, la gente se dividía entre normal y enferma de la cabeza. Me gustaba pensar que entraba dentro de la gente normal, tranquila y serena, a diferencia de mis compañeros. Aunque, pensándolo concienzudamente, dime con quien andas y te diré quién eres.


Vivía, como bien antes he mencionado, con Sebas, en un piso modesto a las afueras del barrio, rodeado de solares. La decoración de nuestro piso parecía la de un piso de estudiantes, pocos muebles, los justos y necesarios; la gran mayoría construidos por Sebas a base de maderas, palés y restos de muebles que se encontraba en los contenedores. La verdad es que Sebas tenía cierto encanto para decorar y más todavía para crear muebles, era todo un manitas. Yo dibujaba cuadros que decoraban las paredes. Nunca me he considerado un artista, ni tampoco considero que dibuje bien, pero daban cierto encanto al piso. Pintaba sobre todo a la gente que pasaba, ponía mi lienzo al lado de la ventana y cuando veía personas paseando, haciendo ejercicio o simplemente existiendo por ahí me quedaba con la escena, con sus caras, con su esencia y los dibujaba. El piso estaba repleto de retratos de desconocidos y de paisajes, muchos paisajes, adoraba pintarlos, me relajaba bastante, sobre todo atardeceres en la playa. Cuando los pintaba me imaginaba que estaba ahí y, de algún modo, eso me proporcionaba la paz suficiente como para olvidarme de todo el estrés y centrarme solo en lo bella que es la naturaleza, todos tenemos nuestra propia faceta romántica.


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Y ahora, tumbado en el suelo, lo único que puedo hacer es recordar, revivir como era todo en aquel tiempo. Antes de que la cagara, antes de que mi vida se fuera a la mierda.

9 de Mayo de 2019 a las 08:31 0 Reporte Insertar 0
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