Ryn Galván & Los visitantes oscuros Seguir historia

frank-novalis1555858517 Frank Novalis

Los días en la vida de Ryn Galván habían sido coloreados sin salirse de ninguna línea, hasta que una inesperada llamada lo cambió todo. ¿Alguna vez le has visto las costuras al universo? (Artworks de portada: KaranaK)


Fantasía Todo público. © Todos los derechos reservados

#misterio #aventura #juvenil #fantasía #LosVisitantesOscuros #RynGalván #Ryn
10
1169 VISITAS
En progreso
tiempo de lectura
AA Compartir

Una llamada inesperada


Hasta bien instalada la tarde, todo transcurrió como un día normal en la vida de la pequeña Ryn Galván. Se despertó temprano, remoloneó un poco en la cama bajo la larga sombra en jarras de su madre, y pasó la mañana en el colegio, con la mirada perdida y la barbilla aplastada contra la palma de su mano. Escuchó a medias la lección de Historia, muy poco la de Ciencias Naturales, y nada la de Matemáticas. Como siempre. En lo que sí puso toda su atención fue en la figura de Eric; también como siempre.

Según el consenso entre sus compañeras de clase, Eric Laguna era un joven no demasiado bien parecido. Sus ojos miraban con desdén de manera natural, el flequillo le caía por media cara, y tenía alguna que otra marca o cicatriz repartida por aquí y por allá, vestigios de una rebeldía infantil que todavía brillaba con intensidad en su mirada. Ryn lo espiaba a menudo desde dos pupitres más atrás, y en la intimidad de sus pensamientos lo imaginaba a su lado, poniendo todo ese derroche de obstinación a su servicio.

Cuando llegaba el final de las clases, Ryn ralentizaba sus movimientos con objeto de ser la última en abandonar el aula. Salía siempre después de Eric y, cuando a la suerte le daba por ahí, se formaba un nudo de alumnos en la salida y ella casi podía tocar al chico de sus sueños, si acaso hombro con hombro. Aquella mañana no fue el caso; todos salieron rápida y ordenadamente, y Ryn resopló en secreto. Tuvo que correr un poco, de hecho, para no perderle la pista al muchacho, que ya alcanzaba el final de la avenida que conectaba con la calle del colegio.

«¿Ryn? ¿Qué clase de nombre ridículo es ese?»

Aquellas palabras, las únicas que Eric le había dirigido jamás, revolotearon por encima de la cabeza de la niña como un cuervo comeojos. Se había sonrojado entonces como una completa idiota, se recordó, como también recordó el tartamudeo posterior, cuando trató de explicarle que Ryn provenía de Cateryna, el nombre que le habían impuesto sus padres en honor a su abuela (y que ella odiaba por encima de todas las demás cosas).

—En… en realidad me lla-llamo Cateryna, pero… —¡Dios, cuánto se avergonzaba cada vez que rememoraba aquel día!

Por lo menos él sabía su nombre, lo que ya era algo. Ese era su consuelo.

Ryn siguió a Eric con la mirada hasta que este llegó a su portal, el número trece de la calle de la Palma. Esperó a que desapareciera y, ahora sí, corrió en dirección contraria, desandando todo el camino. Había un largo trecho hasta su casa y todos los días llegaba tarde, sin excepción. Hoy también, por supuesto. Como siempre.



Una vez en casa, mamá, de profesión enfadada (según la pequeña), la esperaba con aquella postura perfeccionada tras años y años de práctica, moldeada como las rocas bajo el mar: los brazos cruzados por encima del pecho, los ojos entrecerrados y la boca mordida y a medio abrir. Ryn sostenía que su madre nunca había tenido paciencia con ella. «Tratar con mamá es como intentar cruzar un campo de minas», pensaba, y nunca comprendía cómo podía enojarse tanto con ella. ¿Es que nunca había sido joven?

Su padre, por contra, caminaba en las antípodas. Ryn lo veía poco o menos que poco, tan solo cuando llegaba de sus largos viajes en barco por el Mediterráneo. Entonces el señor Galván, que de tiempo andaba cortito, hacía malabares para esquivar todo aquello que requiriese un mínimo de implicación. Despachaba cualquier conversación con escuetos «Lo que tú quieras, cariño» o «¡Eso está hecho!», así que Ryn se aprovechaba para sacar de él lo que de su madre era imposible. Está bien tener un padre así, ¿verdad? Y así quería creer ella, pero era inevitable sentir un incómodo pellizco en el estómago cuando se detenía a pensar un poco en ello. Es mejor no recrearse en ciertos asuntos, supongo.

—Nos han obligado a estar en clase hasta ahora, mamá. Ya te dije que el nuevo profesor de mates es un tirano.

—¿Un tirano? Con el antiguo también llegabas tarde, Cateryna. ¡No me cuentes cuentos!

—Pero…

—¡Ni peros ni peras!



Por la tarde, justo antes de que se desencadenaran los acontecimientos que sacudieron la vida de la niña, Ryn se encerró en sus dominios, en el piso superior del dúplex donde vivían. Era temporada de pesca, así que papá estaba ausente desde hacía más de dos semanas, y mamá había salido a trabajar, casi masticando el almuerzo y a medio vestir.

«Día cuatro mil quinientos veintitrés de la anodina vida de Ryn Galván —había escrito aquella tarde en su diario—. Hoy he vuelto a discutir con mamá. ¡Otra vez! No me entiende nada de nada. Si se detuviera un instante a escuchar… »

¡Brrrrr!

—¿Qué te ocurre, Diciembre?

El animal la miró con esos ojos que eran dos canicas de alabastro. Su rostro no decía nada, pero Ryn supuso que la gata tendría hambre.

—Ahora estoy contigo —susurró.

«Si supieran que sería capaz de recorrer mil kilómetros por él… Qué digo mil, ¡un millón de kilómetros! Hoy, por ejemplo, en clase, Eric se ha vuelto para no sé qué cosa y su mirada se ha cruzado con la mía. Tiene unos ojos mágicos, del color de la orilla del mar por la mañana. Me ponen muy nerviosa. Me anulan por completo, como si irradiasen kryptonita.»

¡Miau!

«Sara me ha contado que Eric suele reunirse con otros chicos de su pandilla en la playa de Santa María del Mar, cerca del segundo espigón. Mamá me habló alguna vez de ese lugar; dice que es un sitio peligroso. Nunca he estado allí. ¿Debería ir a curiosear? Tal vez lo haga.»

¡Miau! ¡Brrrrr!

—¡Espera un segundo, Dici!

Pero la gata no estaba dispuesta a concederle tal deseo. Maulló y se lamió los bigotes, y luego volvió a maullar, sin apartar los ojos de su ama. Diciembre podía ponerse muy impertinente cuando tenía hambre. Ryn se levantó e indicó al animal que la siguiera. Bajó hasta la cocina dando botes, con la bola de pelo parduzco siguiendo sus saltos a una distancia prudencial. Cuando la niña vio que su cacharro de comida estaba lleno, refunfuñó, con un dedo acusador apuntando a la gata.

—¡Cómete tu comida!

Pero Diciembre no quería hacer caso. Maulló una vez y otra, en un in crescendo que empezaba a desesperar. No había tristeza en sus ojos, ni parecía inquieta; solo maullaba sin descanso, como queriendo acaparar la atención.

—¿Qué quieres?

Y entonces, cuando parecía que los maullidos no se acabarían nunca, la gata saltó hasta la mesita del teléfono, y este empezó a sonar de repente.

Ryn descolgó el teléfono.

—¿Diga?

Durante unos segundos, solo se oyó un débil carraspeo al otro lado de la línea. La gata se alejó de la cocina dando graciosos saltitos en su huída, como si fuese consciente de que no formaba parte del reparto de aquella película.

—¿Quién es?

—¿Hola?

Había alguien respirando al otro lado.

¿Ryn? —contestaron por fin—. ¿Ryn, eres tú?

Ryn palideció. Aunque reconoció la voz al instante, fingió que no la conocía.

—Sí, soy yo. ¿Quién eres?

Las palabras que siguen fueron dichas en voz muy baja, amortiguadas, como pronunciadas desde el interior de un recinto pequeño y cerrado. Ryn captó el temor que cubría la voz. Por la lentitud con la que hablaba, estaba claro que se estaba midiendo el mensaje.

—Hola, cariño, soy yo, tu abuela. Sé que no debo llamarte, y sé también que no es justo que te pida nada, pero me veo en la necesidad de hacerlo —Ryn tragó saliva, con cuidado de no producir ningún sonido—. Es menester que hagas una cosa por mi. ¿Estás sola?

La muchacha barajó la posibilidad de colgar el teléfono.

Mamá se enfadaría mucho si se enteraba de que estaba hablando con la abuela. Había muchas prohibiciones en la vida de Ryn, unas más elásticas que otras, pero la de no mantener ningún tipo de relación con la abuela Cateryna estaba muy arriba entre los mandamientos de aquella familia.

Podría decirse de Ryn Galván que era una chica valiente, y también algo rebelde, que no conocía el miedo a romper ciertas normas si estas no encajaban en su comprensión del mundo. Así lo había demostrado en muchas ocasiones; unas por mor de su propio carácter y otras por el arrojo intrínseco de su edad. Pero en este asunto sobrevolaba algo que le impedía desobedecer a su madre; una fuerza invisible que estaba por encima de cualquier opinión que ella pudiese tener al respecto. No debía hablar con su abuela y punto. Sin discusión.

Y sin embargo no colgó. Porque solo existe una cosa cuyas armas son tan poderosas como las del miedo, y esa es la curiosidad.

Se mordió el labio, nerviosa. El corazón le latía un poco más rápido de lo normal. Miró hacia el exterior por la ventana. La tarde estaba apagándose, tiñendo la cocina de una pesadumbre anaranjada, lo que envolvía el momento con un halo de irrealidad.

Las palabras cayeron de su boca como gotas de agua de un grifo cerrado:

—Sí. Estoy sola.

—Ajá, bien. Necesito que vengas a casa. Sabes dónde vivo, ¿cierto?

«¿A su casa? Mamá me matará.»

—El número veintidós de la avenida del Puerto, en el Muelle de Levante. Detrás de la antigua fábrica de hielo —exclamó la niña, y acto seguido se arrepintió de haber sido tan impulsiva. Estaba jugando con fuego. Se estaba quemando a lo bonzo, de hecho.

—Eso es. Hay mucho en juego, cielo. Es importante.

Y la abuela colgó. Así, sin una explicación. Sin un adiós siquiera.

Ryn permaneció unos segundos más con el teléfono en el oído, intentando dar sentido a lo que acaba de ocurrir.

«¿La abuela Cateryna necesita mi ayuda? —se preguntó, confundida—. Parecía muy preocupada.»


7 de Mayo de 2019 a las 06:27 12 Reporte Insertar 7
Leer el siguiente capítulo En tierra hostil

Comenta algo

Publica!
Astarthea Higgs Astarthea Higgs
Amo, AMO, la forma en que narras. Me encanta cómo escribes, es como que me recuerda a los libros que leía de más pequeña. Primer capítulo y ya quiero saber más.

Ximena Reyes Ximena Reyes
Intrigante es la palabra que define este primera parte, seguiré leyendo. Felicidades tienes una forma particular de escribir los detalles.!"!

F. Ciamar F. Ciamar
Que rara la prohibicion de hablar con la abuela, especialmente considerando que le pusieron el nombre en honor a la abuela...
21 de Mayo de 2019 a las 12:32
Paola Stessens Paola Stessens
Qué bella forma redactar, pude imaginar cada detalle, los gestos, las personalidades, eres genial 😍
20 de Mayo de 2019 a las 10:32

Dylan Laferte Dylan Laferte
¡Maldición!¡Qué bien redactas! No soy para nada fan de leer historias juveniles, debido a traumas que tuve con ROMINA RUSSEL, jajajajajajaja pero, me gustó mucho el cuidado que le pones a tu estilo. ¡Veamos que es lo que desea la abuela! Un saludo desde Ecuador.
19 de Mayo de 2019 a las 06:49

  • Frank Novalis Frank Novalis
    ¡Gracias, Dylan! Tus palabras animan a cualquiera ;) 19 de Mayo de 2019 a las 08:58
Ayatan Mestre Ayatan Mestre
ufff termina interesante! debo admitir que la historia se cuenta un poco en plan de anime no se por que me retrae a eso, quizás lo que le dijo el chico a Rin me suene a eso a anime... esta muy buena lo admito... seguiré leyéndote.
18 de Mayo de 2019 a las 17:36

  • Frank Novalis Frank Novalis
    ¡Gracias por leer y por comentar! Curiosa la observación sobre el "rollo anime"; ahora que lo dices, puedo imaginarme a la niña con el típico rostro de agobio "made in anime" cuando Eric le dice lo que le dice. Ja, ja, ja. 18 de Mayo de 2019 a las 18:08
~

¿Estás disfrutando la lectura?

¡Hey! Todavía hay 7 otros capítulos en esta historia.
Para seguir leyendo, por favor regístrate o inicia sesión. ¡Gratis!

Ingresa con Facebook Ingresa con Twitter

o usa la forma tradicional de iniciar sesión

Historias relacionadas