EL QUINTO SOL DE LOS HERMANOS ARIAS Seguir historia

eberjrc Eber R Cervantes

Elías es un joven con una vida normal, demasiado normal para su gusto, vive con su madre y es hijo único, todo eso cambia cuando averigua el paradero de su padre, a quien Elías nunca conoció, motivado por el cambio de rutina y dejar atrás su asfixiante presente emprende un viaje en su búsqueda, aunque dentro de él sabe, va tras algo más grande, algo que desconoce hasta tenerlo de frente. Al llegar a la ciudad Elías descubre que su padre a muerto, pero lejos de ser el final es cuando su verdadera búsqueda comienza, una que tendrá que transcurrir entre el oscuro pasado de su progenitor y la inesperada alianza que encuentra en dos personas, Damián y Raúl, hijos del mismo hombre, con nada mas que eso a su favor tendrá que enfrentarse al peligro, el engaño y a una relación que pondrá a prueba su mundo como lo conoce, sin poder escapar y desconociendo al enemigo que lo acecha, los días están contados para él y todos los que quiere.


LGBT+ No para niños menores de 13.

#crimen #thriller #romace #lgbt+
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"TIERRA" (Primera parte) 1


Es curiosa la manera en que llegas a conocer a la gente o la manera en que conoces a la persona con quien pasarás más momentos, más aventuras y peores ratos. Es curioso a veces cómo todo se relaciona y terminas en un camino que nunca pensaste o previste, cómo te involucras y es imposible salir ileso o ajeno a él.

Es curioso también el hecho de estar aquí, rodeado de gente extraña, en un lujar ajeno a mí, en una tarde de vientos fuertes y helados con una posible lluvia en camino. Era evidente que no estaba más en casa ni en su entorno, y aun sintiendo la diferencia del ambiente no extrañaba mi hogar, no extrañaba la cálida tranquilidad de sus tardes, la quietud de las calles, el silencio apenas roto por el zumbido de un auto que pasaba de incógnito. No extrañaba nada; sin embargo tenía una inmensa sensación entrañable hacia este lugar por alguna razón desconocida.

Sus ojos eran oscuros, a la distancia en que me miraban, sigilosos; era difícil precisar su color. El suéter negro ajustaba su delgada y moldeada figura. No tendría más de dieciocho o diecinueve años, o eso creía. Cada vez es más difícil calcular una posible edad y más en jóvenes como él. Su mirada se perdió en el suelo cuando yo se la devolví con la misma intensidad. Había algo en su mirada. A pesar de la enorme tristeza que en ese momento esclavizaban sus ojos lo pude notar, algo más que curiosidad por el rostro y la presencia del extraño que entonces se encontraba observándolo: yo.

Pero mi interés por el joven de ojos negros, cabello castaño medianamente largo a la altura de las cejas, piel blanca y facciones de alguien que aún posee rastros de niñez se vio opacado por otra trémula mirada. No me había percatado de que, a un lado de él, un adolescente más chico me veía con ojos cristalizados en gruesas lágrimas. Era un niño de cabello rubio oscuro, de apenas doce años —o eso creía—, tal vez trece. Su aspecto no escondía la inmensa tristeza, dolor ni desconsuelo que lo golpeaba en esos momentos. Tenía cierto parecido con el otro joven —o eso pensé—, pero las muecas de dolor dibujadas en su rostro me impedían verlo con más claridad.

Atraje la atención y miradas no sólo de ellos, sino de muchos más: señores, señoras y hasta del mismo sacerdote que rezaba salmos y palabras fúnebres frente a los dos ataúdes rodeados de flores blancas en contraste con la ropa negra de la gente. Todas alrededor, con la mirada perdida, y algunos con gestos fríos o despistados, formaban lo que parecía una gran cortina negra de la cual yo era integrante en primera fila.

Me di cuenta entonces de que tal vez no debía estar ahí, de que aquello pudo haber sido un error y de que ese lúgubre entierro nada tenía que ver conmigo, aunque el cuerpo de la persona que yacía muerta en uno de los ataúdes fuera mi padre, noticia de la cual no tenía más de un día en saberla.

Me retiré con sigilo y me abrí paso lentamente hacia un árbol cercano al sombrío evento. Desde ahí podía ver y medio escuchar todo a la perfección, sin la necesidad de sentir las curiosas miradas de aquellos extraños.

Aún no comprendía ni asimilaba la situación. El hecho era que ya estaba ahí y no lograba experimentar ningún sentimiento de pertenencia, mucho menos por el lugar de donde venía. En esos momentos me sentía como un viajero sin rumbo, alguien que busca la vida en las carreteras y en los pueblos a los que llega; pero me encontraba en un cementerio; no en un pueblo, sino en la ciudad, una muy lejana de donde solía vivir. Mi vida empezaba a convertirse en un gran misterio que no dejaba de crecer, el cual no tenía idea de cómo terminaría.

Sólo una cosa tenía clara en aquellos momentos (dadas las circunstancias, eran pocas las cosas que tenía claras), y eso era que no regresaría a casa. Había pasado gran parte de mi vida encontrando el pretexto ideal para irme, y ahora que lo tenía, aunque no de la manera en que hubiera querido, no lo echaría a perder con mi regreso.

—¿Quién eres? —la voz infantil hizo que me sobresaltara. Traté de incorporarme del árbol en que me encontraba recargado y buscar a la persona que había hecho la pregunta. Ahí estaba el jovencito, con ese rostro tan característico de quien aún no entra por completo en la adolescencia y no ha dejado de ser un niño.

—Hola —dije torpemente.

—¿Por qué estás aquí? ¿Quién eres? —me volvió a cuestionar. Más que hostilidad, su voz tenía un dejo de curiosidad.

—Vengo a presenciar el entierro, como todos los demás. Y tú, niño, ¿quién eres?

—Soy Raúl. ¿Tú conocías a mis papás?

—Sí, sí los conocía. Bueno… sólo al señor. ¿Es tu papá quien está… ahí? —pregunté casi olvidando por completo el tacto con que lo cuestionaba.

—Sí, mi papá está muerto.

No supe qué decirle. No supe cómo continuar aquella extraña conversación, pero él se encargó de romper el silencio.

—Nunca te conocí. ¿Mi papá era tu amigo? Conocí a todos los amigos de mi papá, y me llevaba con ellos a ver los partidos.

—Sí, yo fui su amigo de la infancia. No lo veía desde hace varios años —mentí.

Entonces salí del trance personal en el que aún me encontraba. Él no era mi amigo de la infancia. La persona que se encontraba en uno de los ataúdes, ese hombre, fue mi padre, y el niño que se encontraba frente a mí resultaba ser mi hermano, mi medio hermano en realidad. Aquello me sonaba algo irreal, como toda la situación en conjunto que estaba atravesando en esos momentos. No era que me asombrara el hecho. Lo que en realidad me impactó fue la conmoción que logré sentir ante ese hecho. Siempre supe y sospeché que el hombre que alguna vez me había procreado junto a mi madre vivía en algún lugar del mundo, compartía su vida con otra mujer y tenía una familia, una en la que yo nunca figuré.

—Pero, si era tu amigo, ¿por qué no lo visitabas o llamabas por teléfono? —me siguió cuestionando el pequeño adolescente.

Entonces pude comprender otra cosa: el niño necesitaba hablar, quería hablar con alguien. ¿De qué otra manera se podría explicar el hecho de que alguien preguntara tanto e insistiera en iniciar una conversación cuando el dolor lo estaba torturando?, y más si el tema de la conversación era su recién fallecido padre. Es clásico, pero siempre cierto, que una mentira te lleva a otras, pues había ya armado toda una historia para futuras preguntas. Tenía en mente los pocos datos que mi madre me había dicho hace tantos años ya, anécdotas sobre mi padre con las que me mantuvo tranquilo los primeros años de mi vida cuando le preguntaba por él.

Gracias a esas anécdotas pude crear otras. Hice que la mentira tomara más forma y sonara casi real, al menos para mí, lo cual hacía de la mentira una realidad para quien la contaba. De nuevo volví a sentir contemplaciones. El joven con el que hace rato había intercambiado una mirada tenía la vista clavada en nosotros. Podía percibir desde esa distancia la vacilación en su rostro. ¿Qué estaría pensando de mí en ese momento? De pronto deduje que no quería saberlo, pero luego llegaron, una tras otra, teorías, las cuales ignoré y a las que no presté atención. Después de todo era un completo desconocido para mí, pero… no para el pequeño Raúl. En vista de las circunstancias, todo parecía indicar eso, o tal vez no.

—¿Puedo hacerte yo ahora una pregunta, Raúl? —el niño frunció el ceño y asintió de manera desencajada.

—¿Conoces a aquel joven de suéter negro y camisa gris, el que está viéndonos?

—¿Damián? Ah, sí, es mi hermano —terminó diciendo mientras lo llamaba con una seña y lo invitaba a venir hasta donde nos encontrábamos.

Otro golpe me dio de lleno en el pecho: eran dos, no sólo Raúl. También estaba ese joven inquietante, Damián. Cuando pude recuperar el aplomo volví la mirada. Ya estaba casi frente a nosotros.

—¿Qué haces aquí? Vete con tu tía —una voz fría, tajante y sin expresión salió de él. Dirigía la orden a su pequeño hermano.

—Hablaba con él. Dice que conocía a mi papá.

—¿Ah, sí? Yo también vengo a hablar con él. Tu tía quiere que estés con ella. Ve.

—Ahorita vamos, es que…

—Raúl… ve con ella —lo interrumpió su hermano con una mirada firme.

Raúl exhaló aire en un intento por no mostrar su desacuerdo y se fue. Después de alejarse unos cinco pasos de distancia y sin mirar atrás profirió un “idiota” muy por lo bajo, como si lo dijera para sus adentros. Damián torció los labios. Ésa era una mueca parecida a una sonrisa cargada de sarcasmo.

Estábamos frente a frente. “Yo también vengo a hablar con él”, le había dicho al pequeño Raúl. No puedo precisar con exactitud el tiempo que pasó entre nosotros. Sólo el silencio que los árboles respetaban llenaba nuestra distancia, como si entendieran el lugar y el motivo de éste. El viento soplaba fuerte sin producir ese silbido desesperante. Las ramas de los árboles se agitaban quedamente. Apenas había pasado un segundo o parte de él.

Damián tenía las manos dentro de los bolsillos de sus pantalones negros. Después de estar un rato cabizbajo irguió la mirada. Entonces clavó sus ojos en mí; eran negros, demasiado oscuros, tan negros que sólo podía ver el reflejo brilloso de lo que veía en esos momentos: a mí.

Su nariz era recta y delgada. Resaltaban esos ojos negros y la forma un tanto ovalada de su rostro. Entonces despegó sus labios perfectamente igualados. Ninguno de los dos era más grueso que el otro, estaban bien proporcionados, un rasgo poco común en los hombres.

—¿Te molestó? —dijo finalmente, sin apartar la mirada.

—¿Qué?… ¿Quién?... —titubeé.

—Raúl, mi hermano.

—¡Ah! No, para nada, platicaba conmigo de… su papá.

Asintió mientras arqueaba las cejas y desviaba su mirada a los árboles.

—Mi tía tiene desconfianza de ti. Me mando a averiguar por qué hablabas con Raúl. Es algo paranoica. Discúlpala.

—Oh, sí, la señora de “alegre” mirada —bromeé torpemente mientras le dirigía una estúpida sonrisa. ¿Por qué lo hacía?

—¿Tiene razones para estar alegre? —dijo seriamente, sin ocultar su disgusto.

—Disculpa, no sé qué pensaba. Olvídalo.

—No hagas caso. Es sólo que no estoy del mejor humor.

—Es totalmente comprensible —asentí sin mirarlo. ¿Era posible que dentro de él hubiera un joven de dieciocho o diecinueve años? Lo que proyectaba era alguien mayor, a veces inexpresivo. Entonces comprendí que no era el mejor momento para hablar, que no estaba en una situación precisamente casual.

—Y… ¿entonces eres conocido de Jorge?

—¿De Jorge?...

—Sí, Raúl dijo que lo conociste. Le dijiste que lo conocías.

—Ah sí, sí, era un amigo, un viejo amigo. Lo dejé de ver cuando me fui de la ciudad —seguí mintiendo mientras trataba de entender el hecho de que Damián hubiera llamado a su ahora difunto padre por su nombre propio: Jorge… el nombre que mi madre me había dicho, el nombre que yo también tenía, pero que raramente había usado para presentarme. Al menos en eso no me habían mentido, si era así como se llamaba.

—Él era algo así como un hermano mayor para mí. Cuando recibí la noticia, mi mamá me lo dijo apenas ayer, decidí venir inmediatamente.

—¿Y por qué no vino contigo? —me seguía estudiando, sin quitar la vista de mí. Tenía los brazos cruzados. De vez en cuando mostraba más interés en lo que le decía y volvía a meter las manos en sus bolsillos.

—Supongo que no tuvo la misma importancia para ella. No hablamos mucho.

—Entiendo. ¡Bueno! Mi tía puede estar tranquila ahora. No creo que seas ningún psicópata.

—No, para nada —sonreí inconscientemente. Él me devolvió el gesto, un poco más franco a comparación de la mueca que había hecho cuando su hermano lo llamó “idiota”.

—¿Te molesta si caminamos? Quiero estar lejos de toda esta gente —me dijo mientras veía el grupo de personas alrededor de los ataúdes.

—Caminemos entonces —correspondí a su petición.

Mi interés por el chico misterioso se volvía más fuerte. Entre más conversaba con él más entendía sus gestos, pero no sus ojos de escudo, difíciles de descifrar, de entender; sólo eran dos puntos negros reflejantes, pero, al igual que la luna, su brillo era especial. Me hacían querer seguir mirándolo. Era crucial en esos momentos, una necesidad que aparecía de la nada y que realizaba automáticamente ante el inexplicable impulso. Era demasiado inquietante pensar en ello, pero dejé reposar todo ante la explicación que eclipsó mis divagaciones. Debía ser el lazo que nos unía, el mismo que me unía al pequeño Raúl. Damián también era mi medio hermano.


7 de Mayo de 2019 a las 01:02 1 Reporte Insertar 2
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José Carlos Gurrola Torres José Carlos Gurrola Torres
Excelente inicio para una historia, enigmático y al mismo tiempo cautivador, por parte de lo que se ve serán los personajes principales, espero con ansia subas la segunda parte y de ahí muchas más, ya que has logrado captar mi atención con tu primer capitulo
7 de Mayo de 2019 a las 18:38
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