Tormento enclaustrado Seguir historia

khbaker K.H Baker

~Los mayores errores que cometemos suelen empezar con un "no pasa nada"~. Relato ficticio ubicado en un acontecimiento real. Accidente de Chernóbyl - 26 de abril de 1986


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Tormento enclaustrado

30 de abril de 1986

Prípiat, RSS de Ucrania, Unión Soviética.


“Las circulares habían sido enviadas, todos estaban al tanto de lo que iba a ocurrir. No constataba ningún peligro para los trabajadores de la central, ni para nadie en absoluto. El experimento comenzó el día 25 de abril, todo debía estar perfectamente calculado al milímetro, sin fisuras, al fin y al cabo era una simulación para observar el tiempo que tardarían los reactores en volver a funcionar en caso de suspensión del suministro eléctrico. Era algo que podía ocurrir en cualquier momento, todos debían estar preparados y cumplir su función para garantizar el éxito de la misión.

Comenzaron a disminuir los niveles de la potencia del reactor general, ¿qué mal podría hacer aquello? No era la primera vez que lo ponían en práctica.

Algo salió mal, deberían haber reducido más la potencia del sistema de refrigeración, no deberían haberlo aislado tan pronto, pero lo hicieron por miedo a que eso entorpeciera a la hora de llevar a cabo el plan.

La sirena sonó a las doce en punto, justo cuando el reloj marcaba la medianoche. Me dirigí hacia la salida del nivel donde las duchas de descontaminación me aguardaban como cada día. Era un proceso largo y tedioso, pero los años consiguieron que me adaptara al procedimiento estándar.

Me encontré con Demyan al salir de las duchas, cuando ya me había despojado del traje que solía llevar sobre el uniforme con el logo de la central. Nos abrazamos y le dirigí una sonrisa que gritaba que estaba orgulloso de él, pero mis labios no llegaron a exteriorizar tal sentimiento. Mi mente quiere pensar que él lo sabía.

Demyan comenzó a interesarse por las centrales nucleares cuando tan solo tenía siete años, aseguraba que era un trabajo digno de respetar y él quería ser como su padre. Si tan solo le hubiese alentado para que eligiese otro camino…

Se despidió de mí con su característica y jovial sonrisa, me dijo que quería hablar conmigo cuando su turno acabase, antes de que volviese a comenzar el mío.

A las 00.38h salí de la central. Algunos trabajadores bajaron raudos al tercer nivel sub cero, mi subconsciente siempre supo que algo ocurría, que había algo que no entraba en los planes, que algo había cambiado el curso del experimento, pero no le di importancia y me fui a casa, porque al fin y al cabo, otras veces había fallado el sistema y otras veces, habíamos salido airosos. Estábamos preparados para ello, teníamos al mejor equipo.

Mi mujer me esperaba como cada día a pesar de que yo le repetía una y otra vez que no debía hacerlo, pero aquella noche algo en su mirada turbó mi calma y acrecentó la preocupación que yacía latente en mi interior. Any –mi mujer se llamaba Anastasia, pero siempre la he llamado Any– decía que había algo que le quitaba el sueño, que le impedía estar tranquila. Compartí entonces con ella mis zozobras, nos abrirnos en un canal de sentimientos que, al fin y al cabo, expresaban lo mismo y, tras una larga conversación, ambos llegamos a la conclusión de que debíamos llamar a nuestro hijo.

Era la 1:19, nadie respondía al otro lado de la línea, esperamos expectantes cerca del teléfono durante dos largos minutos, y nuestra angustia aumentó hasta que decidí tomar cartas en el asunto y salir en busca de Demyan.

No pude salir de casa.

Recibimos una llamada cerca de la 1:30 que provenía del jefe del turno nocturno de la planta. Mantenía que no sabía qué era lo que estaba ocurriendo en los niveles inferiores, pero que no debíamos preocuparnos porque todo estaba bajo control.

Mentía.

Un grupo de militares alertados por el personal de la central bloqueaban las calles. Nuestra casa estaba a menos de cinco kilómetros de la central y eso agravó la situación. Nadie nos decía que había pasado, solo que estaban actuando según el procedimiento estándar ante una situación de emergencia de aquel calibre. Quise enfrentarme a ellos, pero la envergadura de sus armas sumado a la impotencia de saber que mi hijo estaba sumergido de lleno en un lugar donde sabe Dios que estaba ocurriendo, me anuló por completo.

Solo pudimos esperar, atentos a los informativos donde ni una sola noticia se centraba en lo que estaba ocurriendo.

Mi mujer lloraba desconsolada, ¿cómo no iba a hacerlo? Yo quería transmitirle calma, que sintiera que todo iba a salir bien, pero no estaba seguro de cómo conseguir aquello si ni yo mismo me lo creía.

Desde la ventana superior de la vivienda podía apreciarse como un humo negro ascendía y se filtraba por los canales de ventilación. Aquella humareda no tenía nada que ver con su color habitual.

Pasamos horas enclaustrados sin noticias y, muy a mi pesar, sin esperanza. Treinta y seis horas después, un equipo de militares perfectamente coordenados nos ordenó que abandonáramos la casa. Any se negó, ella todavía albergaba una minúscula mota de esperanza y se aferraba al deseo de que Demyan iba a volver. El militar al frente de la evacuación sacó a mi mujer a base de fuerza, lo que nos llevó a un estado mucho más alterado que en el que ya nos encontrábamos.

Al final lo consiguieron, nos encerraron en una furgoneta con doce vecinos más, todos encerrados allí dentro, sin una minúscula reja de ventilación. Enlatados como si fuésemos sardinas.

Nos llevaron a un centro de contención de enfermedades, decían que habíamos estado expuestos a la radiación. Ellos tenían los conocimientos completos de la situación, ¿por qué no nos alertaron antes si consideraban que el peligro era de tal magnitud? ¿Por qué esperaron tanto?

Las noticias sobre las muertes no nos llegaron hasta el día 28 de abril, dos días después de la tragedia, cuando los medios de comunicación ya estaban hablando sobre aquello y alertando de la fuga de material radioactivo. Any ya se encontraba en un estado deplorable, no comía, no bebía y su cuerpo comenzaba a experimentar una rojez atípica. Mi estado tampoco era digno de alabar, pero en esos momentos mi propia condición física no me importaba. Any falleció tan solo tres horas después de que en las noticias alertaran de la catástrofe, a las 18:06h del 28 de abril. No retiraron su vaina de contención de la sala común y muy a mi pesar, observé cómo se iba marchitando poco a poco hasta extinguirse por completo.

Siempre supe que Yuri, el responsable de seguridad aquella noche, sabía más de lo que hablaba. Tal vez no debimos aceptar su cuadrante de turnos, aquel que rezaba que nosotros, los más experimentados, acabásemos nuestros turnos a la media noche, para dejar que los más jóvenes se ocuparan de ese turno, cuyos cuerpos sin duda estaban mejor preparados para aguantar toda una noche en vela.

Nada bueno pasa tras la media noche, mi padre me lo enseñó y, aunque nunca lo tuve en cuenta debido a que lo achacaba a delirios de un viejo senil, en el fondo tenía razón”.


Declaración de Avgust Petriv, trabajador de la central nuclear Vladimir Ilich Lenin.

Debido a sus inclinaciones religiosas, Avgust Petriv demandó la presencia de un cura, al cual se le brindaron las medidas necesarias para evitar la exposición de la radiación que desprendían los cuerpos que reposaban en las vainas. A pesar de que era algo improbable, los responsables no quisieron correr riesgos. Avgust Petriv falleció minutos después de realizar tal declaración.

5 de Mayo de 2019 a las 07:48 4 Reporte Insertar 16
Fin

Conoce al autor

K.H Baker Escritora, melómana, amante del terror y de los retos en general. Hago lo que esté en mi mano para cumplir mis objetivos y si es con una buena historia y un buen café, mucho mejor ^^ Instagram: @khbaker_writer

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Abel Zela Abel Zela
Saludos. Solo mi imaginación hizo que estuviera en el momento del relato. Sentí miedo, mucho miedo. Recomendaré a mis estudiantes esta página.
23 de Junio de 2019 a las 07:50
Shee Lag Shee Lag
Excelente. Perfecta narración.
19 de Junio de 2019 a las 23:42
Sandra M.S. Sandra M.S.
Un primer capítulo espeluznante, pero qué ganas de leer lo siguiente. ¡Enhorabuena!
18 de Junio de 2019 a las 14:57
Baltazar Ruiz Baltazar Ruiz
Con tan solo leer Prípiat tuve un leve sentimiento de angustia al imaginar lo que venia... Buenísimo!
6 de Mayo de 2019 a las 08:28
~