COMPLACER AL DIABLO Seguir historia

lucylanda Lucia Gdz

Maddox Gaskell es llamado en el bajo mundo como el diablo por la despiadada forma de operar su casino y por su frialdad al tratar con los deudores. Para él no existe la bondad; nunca la ha recibido de nadie y mucho menos la otorga. Brooke Kannavage es una chica simple con la carga de una familia entera con una mamá enferma, una hermana melliza ciega y un padre irresponsable que se verá obligada a suplicar y a exponerse en un mundo no apto para ella para poder salvar el único patrimonio que tiene y será en ese mundo donde conozca al diablo el único hombre que puede devolverle la paz y ella sin saberlo será la única que pueda complacer al diablo. Hermosa portada hecha por Portada B @RENACERDEPAGINAS gracias por regalarme un poquito de su talento. Obra registrada en safe creative. Código de registro: 1904290773677


Romance Erótico Sólo para mayores de 18.

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Prólogo


Un año atrás.

Londres, Inglaterra.

—Es el último juego —dijo uno de ellos viendo a sus tres compañeros a través de los cristales.

—Páralo ya —respondió el otro con semblante aburrido—. No puede más y al paso que va terminará por perder hasta los calcetines

—Sácalo de aquí —argumentó el tercero—. No tiene más que perder, ya ni siquiera le queda la dignidad.

Los cuatro comenzaron a reír al escuchar al hombre en cuestión y levantaron sus copas en una muestra de compañerismo.

Ellos eran una familia. Los eternos desterrados como solían llamarlos eran una familia que se apoyaba y se quería pese a todas las dificultades.

Maddox, Maximilian, Hurs y Parker no eran mas que cuatro personas con un pasado tormentoso que se esforzaban por olvidar.

No eran el tipo de gente que ocultaba su pasado, eran cínicos y desalmados. Mostraban con el resto lo mismo que habían recibido ellos aunque en el fondo todos deseaban nunca haber vivido la vida que les había tocado.

Eran felices a su manera, no pedían ni daban más de lo que podían y con el resto solo eran cuatro personas más; solo eran una familia cuando en la oscuridad de su privacidad se acercaban entre ellos.

Mucho sabían uno del otro, a decir verdad todo; se comprendían y se valoraban pero también sabían cuándo hacerse a un lado y no meterse en asuntos que no eran suyos.

Su relación a pesar de todo era armoniosa y respetuosa.

—Yo iré a mi despacho —dijo Parker—. No debo estar aquí cuando decida venir a montar su escándalo. Ya saben que odio los melodramas.

Sus amigos escucharon atentos y negaron entre risas mientras veían como Parker atravesaba la puerta para irse.

Unos minutos después el sonido brusco de la misma los hacía suspirar sabiendo que detrás de ella estaba un vicioso más.

Albert Kannavage cruzaba la puerta mirando a tres de los dueños del Helville que parecían conscientes de su visita, incluso parecían aburridos de verlo.

—Buenas noches —dijo recomponiendo su mullida chaqueta—. Necesito hablar con ustedes.

—¿Desde cuándo tus necesidades deben importarnos? —dijo uno de ellos.

El hombre lo observó de forma detenida. Se dijo que ese debía ser Maddox, el hombre que se encargaba de la seguridad del lugar, el diablo como todos lo llamaban.

Mucho se decía de él, entre las cosas que más resonaban era que tenía carácter infalible y que no había nada que no controlara, al menos nada dentro del Helville, se decía que nada sucedía dentro si él no estaba al tanto.

Los miró a todos preguntándose cómo haría para mantenerlos tranquilos y que siguieran dándole crédito.

—No puedes jugar más —dijo otro a su espalda—. Debes hasta lo que llevas puesto y la deuda ya es bastante impagable.

—Por supuesto que puedo pagarla —respondió ofendido por la forma en que estaban tratándolo.

—Entonces liquídala —dijo el tercero sin preámbulos—. Cuando lo hagas podrás volver a jugar, mientras tanto no. Paga ahora y podrás volver a la sala.

—Ni en una vida tendrás el dinero —agregó Maddox con una sonrisa maliciosa—. ¿Conoces el plazo de pago?

El hombre negó.

—Treinta días —dijo el de los tatuajes que él identificó como Hurs—. Treinta días a partir de esta noche.

—Puedo saldarla con un último juego en esta misma noche —dijo y los tres propietarios rieron a carcajada suelta.

—¿Nos crees estúpidos? —cuestionó Maddox—. No tienes ni en qué caerte muerto y pretendes que te demos crédito.

—Tengo algo muy valioso para apostar —dijo y el hombre enarcó una ceja.

Maddox miró al hombre buscando el truco. Él bien sabía el comportamiento de los viciosos y Kannavage los cumplía todos en demasía. Estaba sudorosos, nervioso, ansioso, irritable, retorcía sus manos buscando un poco de sosiego que no conseguía, todos los síntomas de un ludópata.

—¿Qué puede tener un muerto de hambre como tú que pueda interesarme? —dijo Maddox clavando la mirada sobre él.

—Tengo algunos ahorros en el banco —dijo escuchando la burla descarada del hombre.

—¿De verdad crees que eso cubre tu deuda? —inquirió—. Tus ahorro de puberto no sirven para nada. Así que lárgate y tienes treinta días para liquidar los pagarés que has firmado.

—Necesito un juego más —repitió el hombre—. Solo uno más, te aseguro que estoy de suerte y voy a ganar.

—Échenlo —dijo y su amigo salió justo cuando dos hombres entraban por el borracho apostador.

Maddox se puso de pie para salir de ahí pero la voz del sujeto de nuevo lo detuvo.

—¡Tengo una hija! —gritó desesperado paralizando a Maddox que volvió a sentarse.

—¿Y debo sentir lástima por eso? —inquirió pero el hombre negó.

—Puedo apostarla —dijo con determinación.

Si los hombres se sorprendieron ninguno mostró emoción alguna. Al menos ya nada los asustaba, los viciosos eran capaces de apostar su vida si eso les daba un juego más.

—¿Y para qué querría yo a una cría tuya? —preguntó sin mostrar el asco que le provocaba el hombre.

—Es hermosa —insistió—. Estoy seguro de que le encantará. También puedo asegurar que es virgen.

Maddox sintió ganas de vomitar al escuchar la estupidez del hombre.

—Tengo una casa —dijo agregando lo mas que podía—. Es grande.

Maddox abrió su cajón y le sacó un pagaré en blanco.

—Firma y a partir de hoy tienes exactamente trescientos sesenta y cinco días para pagar el total de la deuda, de lo contrario tu casa y todo lo que haya dentro me pertenecerá —dijo mientras sus compañeros aunque en desacuerdo jamás se restaban autoridad entre ellos.

El hombre firmó el documento en blanco e incluso ofreció dejar la escritura en consigna pero fue desestimado.

—Juega esta noche y después de hoy no vuelvas hasta dentro de un año o antes para pagar —dijo poniéndose de pie.

Albert Kannavage sonrió orgulloso de su transacción antes de salir por la puerta y volver a la sala de juegos.

—¡Estás loco! —dijo su compañero—. Has aceptado el tráfico de personas.

—Ha firmado por jugar toda la noche, gane o pierda —respondió—. Deben darle todos los juegos que pida, su deuda de esta noche es por una propiedad y lo que haya dentro sin la mocosa claro está, aunado a lo que ya debe, su deuda es impagable. Él solo se ha vendido al diablo…

30 de Abril de 2019 a las 03:57 0 Reporte Insertar 1
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