Jetzabel Seguir historia

pitabrok Pita Brok

Jetza-bel-, deja un rastro al pronunciar la última sílaba... Jetzabel, se arrastra suave por la boca hasta topar con la punta de la lengua en el diente para sacarla y saborear los labios.


Erótico Todo público.

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Jetzabel

Pita Brok


Puedo verme en el cuarto gris. No recuerdo si era mi hogar o el de otro, y digo otro porque estaba un hombre mayor conmigo, recuerdo su cara, recuerdo la mía, Reconozco el cuerpo desnudo con el que he vivido siempre y el que he deseado durante tanto tiempo. Siento los colores cargados de tristeza, lo único rosa son los miembros y la aparición de la anatomía mientras que la cama, las colchas, el techo, las puertas, todo era una gama de grises. Tal vez ya había estado antes aquí. Estoy calmada, pero dentro de mí sé que en esa anterioridad no lo estuve.

Aquel hombre me mira con su mirada larga y lenta, ahora lo veo, presiento que no quiere hacerlo porque lo noto incómodo ante mi respiración. Hablé con él anteriormente, su voz no es grave, pero me hace temblar por sus comentarios llenos de calor. Su cabello negro y largo de la coronilla me invita a jalarlo. Con las líneas arrugadas a lado de sus ojos me dice que me siente en el piso con las piernas abiertas; ya estando él y yo frente a frente, sus manos suaves y grandes agarran las mías jalando para abrirme toda, siento tirones en mis muslos debido a la fuerza con la que me aprisionan sus pies. Lo ha logrado, ya estoy abierta como él siempre quiso. El dolor aumenta cuando deja mis manos y se dirige a la cama fría. Boca arriba me invita a formar parte de sus movimientos. Muy apenas puedo ponerme en pie ya que los tendones se estiran cada vez que camino como si me encajaran clavos en los muslos. Casi gateando voy hacia él mientras me mira con su cara burlona de siempre y su risa silenciosa que me castra los oídos. Levanta su barbilla en señal de dominación, de que él es mi dueño y yo su esclava. Sé lo que quiere y se lo cumpliré. Descompuesta de las piernas pongo una a cada lado de sus caderas, para esto ya tiene una expresión de gozo y tortura. Alcanzo a observarle unos metales enterrados en las palmas de sus manos antes de taparme la cara con las mías. Empezamos rápido y escucho la risa de la hiena al tener a su presa, puedo notar el frenesí con que mueve la cabeza por el placer que está sintiendo como animal excitado. No quiero verle la cara porque mis ojos estallarán al observar su rojiza cara convirtiéndose poco a poco en esa que me da más miedo: la tuya.

Se burla de ti, y de mí por pensar en ti; tengo tu cruz en mi mente y aprieto mis piernas contra las suyas para obtener mejor el cosquilleo en mi entrepierna. Así como el niño ante algo que teme con su cara tapada por las dos manos, así me veo yo, arriba, casi llorando porque no aguanto la brutalidad de mis pensamientos. Siento sus palmas frías posadas en mi cadera, no por el ambiente y ni siquiera por los colores; siento hierros, metales, clavos fríos y rasposos. El contacto hace una burla en tu nombre y en tu dolor, dolor que padezco cuando el frío entra en mi cuerpo y él también entra.

Tronido, tronido, tronido, aparte de la risa desenfrenada de mi compañero, los escucho cada vez que levanto mi cadera y la estampo casi llegando al piso para sacarle la sangre la cual deseamos tanto, de su parte para herirme, y de la mía porque así sentiré que estoy más cerca de ti. Mis manos se cansaron de ocultar mi expresión y la destapo, hasta ese punto no me había dado cuenta de tu presencia crucificada. Falta poco para llegar y por eso no me detengo y mucho menos dejo de ver tu cuerpo sostenido en lo alto.

El hombre, que hasta ese momento tenía sus manos en mis muslos, las quita para extenderlas horizontalmente con las palmas hacia arriba, me sonríe y dirige unos ojos de furor y ternura al mismo tiempo que cierra sus piernas en una sola línea. Verifico, mis ojos comienzan a nublarse al observar tu dolor en sus palmas. De inmediato, lo gris del cuarto se compone poco a poco en lo rojo, ahora la cama, las colchas, el techo se llenan de un rojo ardiente, pero lo curioso es que yo también, toco mi cuerpo y mis manos se encuentran manchadas de pequeñas gotas del mismo color. Escucho de nuevo la risa del animal orgasmeado al tono del temblor de la cama. Todo me incita a querer seguir moviendo mi cuerpo sobre aquel que ríe eufóricamente y que durante lapsos se detiene para observarme lento.

Cambiamos y ahora el que me domina es él, se ubica detrás de mí teniendo mi espalda ante sus ojos, los cuales fulminan la longitud de ésta. Lo sé porque quema, siento cómo se abren heridas largas que él traza con el pasar de sus globos. Con sus manos me toca y me arden; se mojan con mi sangre y la que cae, y las posa en mi cadera obligando a moverme. Mi cara está perfectamente dirigida a ti, viendo la sangre derramada por las paredes y llega a tu cuerpo cubriendo la simpatía de la desnudez.

Mi espalda, en el tramo, carga lo pesado de los flujos y la culpa que hay ahora en mí. Veo tu cara que me encanta, tu cabello largo de la coronilla y tus dientes blancos que me invitan a quererme meter. Ahora yo soy la que está con los brazos extendidos y mis piernas en línea, boca arriba, y él me mira impaciente por hacerlo. Cierro mis ojos. Tronido, tronido, tronido. Siento mis huesos. Y los suyos. Chocando. Jadeando. No veo, siento. Ya no siento, padezco. Mi pecho se abre. Al igual que el tuyo. Mis manos se tensan. Y mi cabeza explota. Ya no hay nada. Sigo esperando. No hay caricias. No puedo abrirlos. Ya no hay manos que me toquen. Todavía está ahí. Lo sé, padezco su presencia. Sólo que ahora, así como yo te vi morir, él está viéndome morir, sufriendo o no como yo con la tuya, pero está. Y voy perdiendo poco a poco mis sentidos, y, sin embargo, te sigo padeciendo.

30 de Abril de 2019 a las 00:43 0 Reporte Insertar 0
Fin

Conoce al autor

Pita Brok Mi sueño comenzó el 19 de abril de 1997, y todavía no despierto.

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