Ananké Seguir historia

khbaker K.H Baker

Ananké, en la antigua mitología griega madre de las tres Moiras, nacida para traer estabilidad al mundo. Hoy día, la palabra es conocida por todos los griegos como 'Destino', palabra que Rhoda conoce muy bien... o conocerá muy pronto cuando en su camino se cruce Dray Thalassinou, un artista que amenaza con poner su vida patas arriba, todavía incluso más de lo que ya lo está.


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#muerte #amor #tragedia #mitologia
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Prólogo

Siempre me he considerado alguien normal, a pesar de la miradas que sé que me dirigen. Por el contrario, ellos nunca han pensado que sea normal, piensan que soy una especie de bicho raro que vino a este mundo por error.

Mis padres nacieron, crecieron y se conocieron en la pequeña Venecia; nunca he estado en Italia, pero dicen que el barrio de Alefkándra se parece mucho a Venecia por las casas con ostentosos balcones situadas a la orilla de canales que conducen al mar.

¿Por dónde iba? Ah, sí, estaba hablando de mi normalidad, o mejor dicho, de la carencia de la misma. A pesar de considerarme una persona normal, tal como puede serlo cualquier ciudadano de Jola, más conocida como Mýkonos, la gente que vive a mi alrededor no me considera como tal porque en su día rehusé seguir la tradición de mi familia de poseer una casa en Alefkándra.

Cuando cumplí dieciséis años, mis padres querían que viajara, que buscara una buena universidad fuera de la isla, pero supongo que estudiar nunca ha sido mi fuerte, o puede ser que por aquel entonces estuviese demasiado embelesado con mi moto porque, sea por la razón que sea, ¿qué clase de adolescente no desea viajar? Mi moto era una tartana, una Kawasaki W800 inspirada en los años 60, la cual gané a un borracho en una partida de billar. No fue complicado, él llevaba unas copas de más y yo siempre he sido bueno a la hora de hacer trampas. Tal vez por eso me negué a viajar, no quería abandonar lo único que realmente consideraba mío.

Poco después dejé el instituto, ya había acabado la educación obligatoria y no creía conveniente seguir, al fin y al cabo, y tal y como ya dije, nunca se me dieron bien los estudios.

Mi padre me obligó a trabajar en su cadena hotelera como botones, creo que no le sentó demasiado bien que le dijera que no quería seguir sus pasos, que mi sueño era ser artista. Era menor de edad, así que no tuve más remedio que aceptar sus condiciones y trabajar para él. Al menos, eso me dio la oportunidad de comenzar a ahorrar y, aunque creo que mi padre pensaba que cambiaría de opinión con respecto al empleo familiar, el poder ahorrar solo me sirvió para comprarme mi propio material de dibujo.

Cuando cumplí la mayoría de edad, mis padres me regalaron la antigua casa de mis abuelos, situada a dos calles de la que ellos poseían –y que todavía poseen–, pero yo les sorprendí vendiéndola tan solo unos meses después de que en las escrituras figurase mi nombre. Todos en Jola se sorprendieron. ¿Quién en su sano juicio vende una casa como la de los Thalassinou para vivir de alquiler en Ano Merá? Aunque a decir verdad, eso es solo en verano, cuando Elia está llena de turistas que buscan la paz y la tranquilidad que ellos mismos le arrebatan con su presencia. Elia es la mejor playa de arena blanca que hay en toda la isla, al menos a mi parecer, pero como dije, tan solo en invierno, cuando los turistas no se acercan y la playa queda totalmente desierta.

¿Soy raro por no buscar reconocimiento? ¿Por no seguir la tradición de mi familia? ¿Soy raro por buscar paz y tranquilidad para plasmar mis obras? Ah, sí, por cierto, soy pintor. Al final conseguí salirme con la mía, aunque también conseguí que mi padre no me dirigiera la palabra.

A mi parecer soy bastante bueno, pero eso es lo que dicen todos los artistas de sus propias obras.

He ido de galería en galería intentando hacerme un hueco en el mercado, pero lo más cerca que he estado de vender en una galería es el puesto que conservo en una de las esquinas del mercado. Desde ahí puede verse la galería Black&White y, desafortunadamente, creo que eso es lo más cerca que estaré nunca de ella.

Soy consciente de que jamás llegaré a labrarme un futuro vendiendo mis cuadros, aún así, no voy a dejar de intentarlo. No voy a seguir el camino fácil cuando puedo seguir mis sueños. Mientras tanto, tuve que aceptar un trabajo a media jornada en el taller del viejo Antzas. Paga poco y no es que sea de los talleres más lujosos de la isla, sino más bien uno barato para cuando estás pensando deshacerte de tu coche pero todavía sigues ahorrando. Yo diría que más que arreglar coches, lo que hacemos es que funcionen durante un par de meses más. Rápido y barato.

Mis padres contribuyeron a que buscara un trabajo de mala muerte, ¿cómo lo hicieron? Sencillo. Se negaron a pagarme la carrera de arte y, debido a la reputación que conlleva mi apellido, la universidad se negó a concederme una beca.

A estas alturas te estarás preguntado por qué te cuento todo esto. Bien, esto es tan solo para que te hagas una idea de lo que solía ser mi vida, y digo solía porque desde hace unas semanas ya no me siento el mismo.

Todo comenzó con un barco que atracó en el puerto, un barco de grandes dimensiones que no llevaba nadie a bordo. Un único testigo decidió investigar, ¿y por qué no iba a hacerlo? Soy muy curioso.

El barco quedó encallado en la arena, una pasarela de metal medio oxidado se desplegó y causó un gran estruendo al impactar contra la orilla. Era tarde, quizá las diez de la noche, yo estaba dando mi paseo nocturno y sí, como podrás haber imaginado, si yo estaba paseando por la playa significa que era invierno –todavía lo es–.

Me acerqué al barco, lo observé, grité, pero nadie respondió, así que me dispuse a investigar. Subí poco a poco haciendo crujir la pasarela, recorrí los camarotes uno por uno y no solo no había rastro de vida, sino que parecía como si llevase años abandonado. Raro, ¿verdad?

Me llevó unas tres horas más o menos recorrerlo entero y, cuando salí, la luna se encontraba en todo su apogeo, enorme y resplandeciente como si ella me estuviese observando a mí.

Puse un pie de nuevo en la pasarela para marcharme de allí, pero un ruido llamó mi atención. Pensé que alguien se había asustado al escucharme y se había escondido, pero al volverme, lo único que encontré fue una mochila antigua, con material suficiente como para pintar una docena de cuadros del tamaño de una pared de dos metros. ¿Quién en su sano juicio desaprovecharía tal oportunidad?

Yo debí hacerlo.

24 de Abril de 2019 a las 13:48 0 Reporte Insertar 3
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