TRAVESURAS DE LA INFANCIA Seguir historia

alberto-suarez-villamizar3721 Alberto Suarez Villamizar

HAY VIVENCIAS BUENAS O MALAS DE NUESTROS AÑOS DE INFANCIA, QUE NOS VUELVEN A LA MENTE Y QUE CON NOSTALGIA RECORDAMOS


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TRAVESURAS DE LA INFANCIA


Autor: Alberto Suárez Villamizar



Al finalizar la tarde cuando regresábamos de la escuela rural donde recibíamos clases de la enseñanza elemental pasábamos por su casa que se encontraba a la vera del camino en las afueras del pueblo. Se trataba de una vetusta construcción de madera donde el tiempo había dejado las huellas de su paso.


Desde que a lo lejos divisábamos su presencia nos alistábamos; una vez nos hallamos al frente de la casa y notábamos su presencia a través de la desvencijada puerta lanzábamos nuestro grito de batalla:


- ¡Pate queso! ¡pate queso! ¡pate queso!...


De inmediato emprendiamos una veloz carrera huyendo de la furiosa persecución que iniciaba tras nosotros, buscando darnos alcance para golpearnos con su bastón, la que eludíamos fácilmente debido a su dificultad para correr.


¿Quién era aquel a quien llamábamos con el remoquete de “pate queso”?


Este era un señor de edad que habitaba solitario en aquella casucha de madera a un lado del camino que conducía a la escuela de “Doña Inés”. Vestía unos viejos ropajes que el mismo lavaba en una pileta junto a la quebrada que pasaba cerca de la vivienda. Allí se preparaba sus alimentos pues por su condición de solitario no tenía quien lo hiciera por él. Su nombre hacía alusión a su pierna izquierda que lucía unos vendajes de color blanco que la cubrían en toda su extensión. Nunca tuve conocimiento de la razón para que mantuviera en ese estado su pierna todo el tiempo.


Debido a su dificultad para movilizarse se apoyaba en un bastón de madera, el mismo que blandía sobre nuestras humanidades buscando desatar la furia que le provocábamos con nuestros sonoros llamados de ¡pate queso! ¡pate queso!


Su persecución duraba algunos metros, durante los cuales nos divertíamos al salir airosos y poder evitar la golpiza que nos pudiera ocasionar en el supuesto caso de que nos diera alcance. Para evitarla teníamos en cuenta tomar alguna distancia que nos facilitaría la huida, tras la cual celebrábamos jocosamente la hazaña.


Fueron muchas las carreras que hice tras la broma jugada a esta persona. Incluso aún recuerdo aquella oportunidad en que estuve a punto de ser castigado por su airado bastón. No entiendo por qué razón me expuse de tal manera, quizá no tome una distancia prudente y cuando era perseguido tropecé y caí haciendo que mi perseguidor me diera alcance y me lanzara varios golpes, los cuales para mi fortuna pude eludir.


Estuvo bastante cerca de sufrir su castigo, lo cual me hizo objeto de las burlas de mis compañeros de escuela, quienes se reían de mí tras el susto que había pasado. Además, tuve una fuerte reprimenda por parte de mi madre, quien al llegar a casa pudo ver que con la caída había roto mi pantalón a la altura de las rodillas en las cuales se veían las raspaduras que me ocasioné, las cuales tardaron en sanar varios días con las curaciones que en medio de regaños hiciera mi madre al enterarse de la causa.


Aquella vez sintiéndome bastante azorado por la situación pasada tanto en mi casa como en la escuela por las bromas que me hacían mis compañeros por el incidente pasado mientras huía de ¡pata de queso!, me prometí a mí mismo no volver a molestar de esa manera a este señor; pero con el paso de los días volví con mis andanzas, mi buen propósito de enmienda se esfumó rápidamente.


Al terminar mis años de escuela debí desplazarme a la capital para adelantar mi educación media, lo que me distanció por varios años de mi pueblo, tras lo cual he regresado.


He caminado por los sitios que recorriera en mi infancia, y en especial el camino que conducía que diariamente me llevara a la escuela de Doña Inés, donde aprendiera mis primeras letras. Hoy es una calle pavimentada donde no queda ni el menor rastro de aquel sendero polvoriento., tampoco del lugar que junto a la quebrada ocupaba la vieja casa de madera donde habitaba ” pate queso”, de quien no dan razón en el pueblo.


Jamás olvidaré las tardes cuando al dirigirme a casa luego de recibir las clases del día nos divertíamos haciéndole bromas a aquel señor gritándole !pate queso¡ ! pate queso¡, para luego emprender veloz carrera buscando salvarnos de su castigo.


Me he detenido un momento, y es ahí cuando me asaltan estos viejos recuerdos, para no olvidar hoy comparto con Uds….



FIN

22 de Abril de 2019 a las 22:10 0 Reporte Insertar 0
Fin

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