Cuento corto
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Notre Dame

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Fue el único lugar que conoció, su madre le abandonó ante la impresionante puerta del edificio majestuoso y tocado por la infinita belleza con la que el hombre pretendía estar más cerca de Dios.

Al verlo después de parir, la mujer pensó que el mismísimo Diablo lo había engendrado y que su deber era devolvérselo al Altísimo.

Los padres fueron buenos con el niño deforme, no lo arrojaron al vertedero de las afueras si no que lo criaron pegado a las faldas de sus hábitos.

Pero el primer día que subió al campanario con uno de sus tutores y vio las gigantescas campanas que emitían repiques alegres, tristes o apremiantes, según la voluntad del campanero. Observó la imagen de las impresionantes gárgolas, poderosas dentro de su malformación. Fue poseído por un sentimiento de grandeza ante la vista de todo París haya abajo, a sus pies, como vasallos ante su rey, el muchacho decidió que no quería volver a bajar.

El campanario de Nuestra Señora se convirtió en su hogar. Veía salir y ponerse el sol desde su privilegiada atalaya, los pájaros le hacían compañía con sus cantos felices todo el día y con su imaginación los acompañaba en sus vuelos acrobáticos. Compartía el pan con los pequeños roedores que habitaban en las vigas de madera más altas, aquellas cerca de la aguja que tocaba las nubes con su dedo inhiesto. Pero sobre todo hablaba con las gárgolas a las que consideraba de su familia. Les contaba sus cuitas y la tristeza de no haber conocido a su madre, el dolor que le producía su abandono.

Vivió muchas aventuras nuestro pequeño Quasimodo en su aéreo lugar. Conoció el amor y el sacrificio y aunque su cuerpo abandonó Nuestra Señora, su espíritu jamás partió. Nunca podría abandonar el único sitio que había sido su hogar y que amaba por encima de todas las cosas.

Permaneció allí durante años y años, pero ahora podía acompañar a los pájaros en sus vuelos feliz y libre como ellos. Podía hablar con las gárgolas y escuchar su respuesta. Podía sentarse en los más alto de la aguja y mirar desde allí el glorioso amanecer.

Y, de repente, aquel resplandor rojo, asfixiante y caliente. Aquel aliento del infierno parecido a las historias que le contaban los padres cuando era pequeño. Las llamas destruían todo lo que él había amado. Su mundo desapareció en un abrir y cerrar de ojos y el espíritu maltratado del muchacho deforme que era feliz por primera vez, quedó huérfano. Cuando el techo de Nuestra Señora se derrumbó, los bomberos que luchaban contra el fuego escucharon un sollozo, un grito de desesperación que se sostuvo en el aire durante mucho rato.

22 de Abril de 2019 a las 11:44 0 Reporte Insertar 0
Fin

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