FUEGO INTERNO Seguir historia

aemana28 Estefania Muzalyova

Cuando Ángela decidió apuntarse a unas clases de artes marciales, no imaginó que además de conocer a Dante, el joven y guapo profesor, conocería detalles de su vida que no podía recordar. Una oscura infancia y la lucha por estar con los que quiere, llevará a la protagonista hasta el límite por conocer la verdad. La obra está registrada en Safe Creative con el código: 1904190699893 QUEDA PROHIBIDO:Su reproducción total o parcial, plagio, adaptación, traducción, continuación, reproducción en pdf o cualquier método electrónico. No doy permiso para nada de lo anterior mencionado ni para cualquier otra argucia que se les ocurra para intentar copiar mi trabajo.


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Capítulo 1

¿Qué puedo decir? Hace un día nublado y con mucho viento y estoy en mi sofá como siempre aburriéndome y deprimida, sin saber muy bien en qué programa de televisión detenerme. ¿Noticias? No. ¿El último superviviente? Ya he visto todos los capítulos. Si al menos pusieran Aquí no hay quién viva o alguna serie de las que enganchan de verdad… Al final, apago el “absorbe sesos” y me hago un buen café. Esto, combinado con un cigarro y Art of Dying, de Gojira, sonando a todo volumen a través de los auriculares, es perfecto para despejar hasta la mente mas obnubilada. Acabo de finalizar mi trabajo, por lo que me permito unas pequeñas vacaciones. Tengo bastante dinero ahorrado y he pensado invertir mi tiempo en algo provechoso y apuntarme a un curso intensivo que han publicado en internet de defensa personal. Según la página web, este curso dura seis meses, un porrón de horas de entrenamiento al día y solo un día para descansar. Parece muy intenso, pero creo que podré con ello. Debo intentarlo al menos. Soy una de esas personas de las que no quiere meterse en problemas pero al final acaban encontrándome y tengo que apañármelas para solventarlos. No hace mucho, estaba trabajando en una granja de cerdos. Descubrí que maltrataban a los pobres animales y las condiciones higiénicas eran pésimas. Más que nada, estuve aguantando allí para poder incriminarlos y mandarlos de un amistoso empujoncito a la cárcel. Pero esto lleva su tiempo. No por mucho madrugar amanece más temprano. Contacté con una chica que trabaja para el periódico y estamos esmerándonos juntas con este asunto. Nos hemos hecho grandes amigas durante el proceso. Tenemos toda una colección de imágenes, vídeos y grabaciones de audio proporcionados por mí, y muchos borradores de Lena, mi amiga periodista, redactando los hechos. Así que, dentro de poco vamos a publicar todo lo que tengamos y esperamos que se lleven su merecido.

» En mis primeros días de trabajo, veía como el encargado golpeaba a los cerdos en el morro porque no se subían al camión que posteriormente, los llevaría al matadero. A la semana siguiente, a un cerdo “problemático”, le dio tantas descargas con una de esas varillas eléctricas que se lo cargó. Le frió los órganos y se le paró el corazón. Me mandó a mí para recoger todo el desastre, pues él tenía prisa por irse a almorzar. Por supuesto, después de que se fuera, saqué mi móvil y lo grabé todo. A partir de aquel momento, grababa todas las conversaciones que teníamos en las que me daba consejos sobre cómo tenía que trabajar.

—Si ves que el cerdo no quiere entrar en el camión, le das con esto y verás cómo se vuelve más manso. —Me decía Ramiro, el encargado, mientras me agitaba el cachivache delante de las narices—. Y, si aun así no hay manera, le das fuerte en el morro y se calmará. Pero más que eso, tu trabajo consiste en mirar que no haya ningún porcino enfermo ni muerto, controlar el pienso, la ventilación y un par de cosas más que iré enseñándote.

Tuve problemas por un audio que intenté grabar del jefe hablando con el encargado. Ellos mantenían una conversación privada en una zona apartada. Como no oía nada, tuve que apañármelas para acercarme a ellos para poder grabarlos, pero me descubrieron. Mariano, el jefe, me apartó a un lado y mantuvimos una conversación muy interesante, que ha quedado grabada, por supuesto.

—¿Cómo va Ángela? ¿Todo bien, estás contenta con el trabajo?

—Sí si, por supuesto y además me pagáis bien, ¿por qué iba a quejarme? —Dije yo haciéndome la tonta.

—Ramiro me ha comentado que estás molesta con él, ¿hay algún problema entre los dos? —Me miraba con los ojos entrecerrados y de arriba para abajo como si quisiera escanearme.

—Pues verás, no me gusta la manera en la que trata a los animales y estoy totalmente en contra de que se les maltrate —lo dije controlando el tono de voz, pero ese hombre me estaba poniendo nerviosa por la manera en la que me miraba.

—Pero no es asunto tuyo como trabaje Ramiro, tú dedícate a hacer tu faena y no te metas donde no te llaman, niña bonita.

Ah, bueno, por ahí yo ya no paso. Sus palabras fueron como una bofetada y yo no iba a quedarme calladita.

—¿Ah, sí? ¿No es asunto mío? Bueno, pues se lo comentaré a la protectora de animales, a ver qué opinan ellos sobre esto —solté.

—¡Tú, no dirás nada, maldita sea! —Me dio un empujón tan fuerte que perdí el equilibrio y me caí al suelo—. Y ya puedes ir recogiendo tus cosas porque es el último día que trabajas aquí. A la puta calle, ¡niñata entrometida!

Después de levantarme, me agarró por el brazo y me acercó a él.

—¿Qué te has pensado? ¿Que puedes abrir la bocaza y salir de aquí sin consecuencias? Ten muchísimo cuidado que alguien podría arrancarte la lengua por ir diciendo mentiras por ahí. Aunque sería una pena porque esa lengua tuya podría emplearse para mejores propósitos, no sé si me entiendes… —Me dio tanto asco que casi le vomito en la cara.

¡Será capullo! Tenía los ojos fuera de las órbitas y le caía la saliva como a un perro rabioso. Estaba muy agitado y como ya había llegado a las manos, decidí que era mejor no abrir más la boca. No suelo dar mi brazo a torcer fácilmente pero ese zopenco me doblaba en altura y parecía que se había zampado a tres como yo. Le escupí en la cara y él me dio tal bofetada, que me hizo ver las estrellas.

—¡Será zorra! —Exclamó, limpiándose el rostro y añadió—: Lo dicho, ¡te vas a la puta calle!

Y se marchó. No he vuelto a verlo más pero mi cara ahora es digna de un cuadro. Debajo de mi ojo izquierdo se extiende un moratón muy feo. Por eso quiero empezar con las clases de defensa. Me he hecho unas fotos de la cara desde varios ángulos para incluirlas junto con todo el material que tenemos hasta ahora. Lo mejor de todo es que mi móvil grabó todo el percance. ¿Lo peor? Me acojoné viva.

»Lena quedó estupefacta cuando la llamé ayer y le conté todo lo ocurrido.

—¿Pero tú estás bien, nena? Ve al médico a que te miren la cara. Ese cabronazo se merece que le encierren. Voy a revisar todo lo que tenemos y a publicarlo cuanto antes —me habló exaltada.

—Sí, tranquila, duele un poco, pero me he puesto hielo. Se me pasará pronto —le mentí para tranquilizarla. Aún no le he mandado las fotos.

—Bueno, como veas. De todos modos llámame mañana para contarme lo de las clases de defensa, ¿ok? Te quiero, nena. Xao.

—Adiós, y yo —me despedí.

Ahora, estoy tomando mi café, escuchando mi música y buscando más información sobre el curso en el que quiero apuntarme, pero no hay más que la que he encontrado antes. Ni horarios, ni cuánto hay que pagar al mes, nada. Sorprendida, apunto la dirección en una hoja y decido ir mañana a averiguar más sobre el tema, ya que ni siquiera hay un número de teléfono para llamar. Hecho esto, me pongo una película en el portátil, Wanted (Se busca), una de mis favoritas, y disfruto del resto de mi café.


¶¶¶¶¶



No es lo que esperaba. Nop. Para nada. Estoy parada con el coche delante de lo que parece una mansión, que se puede ver al fondo del camino. Nunca he venido por esta zona antes, y eso que me gusta explorar lugares nuevos y perderme por el monte con mi perro y dar una buena caminata. Prefiero evitar las zonas urbanas. Esperaba encontrarme ante un local típico donde se impartan clases de artes marciales. Hasta he dado un par de vueltas por si encontraba algo parecido, pero nada. Puede que la información de la página web fuese errónea. Ya que he venido hasta aquí, voy a preguntar por si acaso. Salgo de coche y me dirijo hacia la valla. La verdad es que es un lugar bonito, la casa está rodeada por un bosque tupido y extenso. El pueblo más cercano queda a 4 kilómetros desde aquí. He tenido que mirar bien en Google maps para encontrar este sitio tan escondido. Llamo al timbre, y no hay repuesta. Espero un rato y vuelvo a llamar. Nada, de nuevo, no hay respuesta. Sólo cuando, ya decepcionada, me giro hacia el coche, oigo que alguien habla detrás de mí.

—¿Sí? —Dice una voz masculina y un tanto perezosa.

Hay una pequeña cámara, la cual tiene ahora una lucecita roja encendida.

—Disculpe —digo—, ¿sabe usted por dónde queda Dante´s Style? Es una escuela de artes marciales y defensa personal. Ando un poco perdida, la verdad. La página web indicaba esta dirección.

La cámara gira en dirección a donde estoy yo y, no sé si es mi imaginación, pero esta la oigo hacer zoom.

—Es aquí, estás en el sitio correcto —contesta arrastrando las palabras—. Entra y hablamos.

Sin saber muy bien qué pensar, veo como se abre la verja y dudosa, me dirijo al coche. Hum, ¿y si es un asesino en serie y atrae a sus víctimas de esta manera; dando poca información e invitándoles a entrar, para nunca salir? Examino bien la verja. No parece que sea muy sólida. Si algo sale mal, creo que podría tirarla abajo con el coche, y a poca velocidad, diría yo. De repente oigo:

—Nadie te va retener aquí. La verja permanecerá abierta hasta que te vayas —la voz parece un tanto amenazante, pero tranquila a su vez.

Supongo que me habrá visto a través de la cámara mirar la verja de manera sospechosa. No que me haya leído el pensamiento, poque eso sería absurdo. Hago acopio de mi valor y decido entrar. ¿Qué soy, una gallina? ¿Tan blanda me he vuelto? ¡A por ello, chica! Si, animarme a mí misma se me da de maravilla. Paso con mi Renault Megane a través de un pequeño camino sin asfaltar y me paro enfrente de la mansión, y lo que veo hace que casi cale el coche. Un chico joven, está apoyado en el marco de la puerta, con la cabeza gacha pero mirándome fijamente. Me ruborizo sin siquiera haberle visto bien la cara. ¡Ais! Esto me pasa a menudo. Veo a un chico guapo y cambio de dirección, sólo para no tener que mirarle a los ojos. Soy muy vergonzosa en ese aspecto. Bueno, me calmo un poco, porque no voy a tener que hablar con él por mucho tiempo. No sé quién es, pero supongo que será el hijo del profesor. O tal vez el jardinero; el típico muchacho que está estudiando y quiere sacarse un dinerillo extra para comprarse un auto, aunque ahora que me fijo, el jardín está muy descuidado. Me decanto por la primera opción. Acercándome tímidamente a él, procuro no mirarlo mucho.

—Hola, he venido a ver al profesor, para preguntarle sobre las clases —escupo las palabras en una ráfaga y dudo si me ha entendido bien, porque pone una cara rancia.

Dios, ahora que me fijo, no sólo es guapo, sino guapísimo. Presiento que esta noche voy a soñar con mansiones y chicos de pelo castaño oscuro y unos ojos extraordinarios. Sus ojos me han atrapado definitivamente. Me observa por unos instantes y yo miro a todas partes menos a él, haciendo como que me interesa la arquitectura de la casa. Sip, muy interesante. Dado que no me contesta y hay un silencio incómodo, tengo que volver a mirarlo para preguntarle de nuevo.

—¿Y bien? ¿Está en casa o vuelvo en otro momento?

Vaya, no tenía que haberlo mirado. Creo que me he ruborizado aun más si cabe.

—Pareces más interesada en la casa que en el profesor —dice en tono sarcástico. Tiene una voz grave y sexy. Concéntrate, Ángela. Cuanto antes encuentres al profesor, antes dejarás de hablar con él—. ¿Qué querías saber exactamente?

—Eh, pues, que me explicara un poco más sobre las clases: cómo es el horario, la cuota mensual, etcétera.

No parece que vaya a ayudarme mucho. Me siento como un maniquí de escaparate. Me mira fijamente y carraspea;

—Suelen venir hombres a entrenar. Hasta ahora no había venido ninguna niña.

Parece sorprendido y también, valga decir, que parece que se acabe de despertar. No es que yo haya venido muy pronto. ¡Son las diez de la mañana! Está despeinado y lleva una camisa blanca, escandalosamente translúcida. Además tiene un cuerpo de cine. Me digo a mí misma que hoy voy a dormir muy bien. Mi mente está viajando a otro mundo ya, y me resulta muy difícil concentrarme. Un momento, ¡¿acaba de llamarme niña?! Mi absurda ensoñación termina de golpe como si me hubieran dado un portazo en las narices. Bueno, señor grosero, hasta aquí la historia.

—Verás, tengo un poco de prisa y, dado que no pareces dispuesto a ayudar, me podrías dar al menos su número de teléfono. De esta manera, no te molestaré más y podrás seguir durmiendo.

¡Ja! Parece que por fin he captado su atención.

Mueve su cabeza y puedo ver de reojo una sonrisa perfectamente perfecta, aunque solo haya levantado un lado de la comisura de sus labios.

—Si querías mi teléfono, habérmelo pedido sin más. No hacía falta que usaras las clases como pretexto —ya me está poniendo de los nervios, el capullo engreído este.

—Bien. Siento haber interrumpido tu décimo sueño REM. Está claro que las clases no son aquí, y me estás tomando el pelo. Adiós.

Enfadada, me doy la vuelta para marcharme, pero noto que me toca el brazo con suavidad. El chico está a puntito de ser testigo de mi extensa lista de improperios; tan elocuentes como malsonantes. Me giro para cantarle las cuarenta pero, no; espera. Debo de habérmelo imaginado, porque sigue teniendo los brazos cruzados sobre el pecho, y sigue mirándome como si fuera un maniquí. Juraría que he notado algo.

—Que genio tienes, gatita. Espera un momento y no te vayas todavía. Resolveré todas tus dudas. Adelante, pregunta, y antes de que preguntes lo obvio, te respondo de antemano: es 19 —me dice todo satisfecho.

—¿Es 19, el qué? —Lo miro extrañada.

—Pues lo que me mide l…

—¡Vale! Pedazo de pervertido. Me importa un pepino lo que te mida —le corto enseguida, antes de que me dé un ataque.

—Sólo era una broma, gatita. En realidad me mide más. Era para no escandalizarte —dice riéndose el desgraciado.

—¡Aghhh! ¡Cerdo!

Me doy la vuelta de nuevo, pero esta vez, sí que me coge del brazo y dice:

—No te enfades. Fuera de bromas, yo soy el profesor.

Ahora sí que me ha dejado a cuadros.

20 de Abril de 2019 a las 07:49 2 Reporte Insertar 3
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Estefania Muzalyova Estefania Muzalyova
Muchísimas gracias por seguirme! Espero que disfruten leyendo la historia tanto como yo disfruto escibiéndola. Besos!!
21 de Abril de 2019 a las 12:36
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