Obsesión Seguir historia

khbaker K.H Baker

Amor y obsesión son dos cosas totalmente distintas, aún así, a veces se confunde la una con la otra.


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#locura #vigilancia #obsesion
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Obsesión

La taza humeaba delante de sus ojos, no había pasado una buena noche aunque bueno, eso era algo normal en sus días, o en ese caso, en sus noches. Alana dejó escapar el aire de sus pulmones provocando que el humo que desprendía el café se disipara un segundo antes de volver a alzarse como si de una fogata extinta se tratase.

Rodeó la taza con ambas manos, el calor era reconfortante. A pesar de estar en pleno mes de abril, necesitaba aquella calidez que tan bien le hacía sentir.

En ruido de las patas de la silla al deslizarse hacia atrás en el suelo, inundó el salón antes de sumergir nuevamente a Alana en un profundo silencio, roto tan solo por las noticias que se reproducían en la televisión, donde parecía que el presentador tenía más sueño incluso que ella.

El libro, cuyas últimas páginas había acabado de leer mientras esperaba a que el café se enfriara un poco, reposaba a un lado de la mesa alineado perfectamente con el borde de la misma.

Alana cruzó el salón y se puso de rodillas sobre el sofá, apoyando el mentón sobre las manos mientras miraba a través de la ventana.

<<Su coche no está, se habrá ido ya a trabajar>>, pensó.

Esbozó una pequeña sonrisa y dirigió su mirada hacia la mesa. El café desprendía menos cantidad de humo, pero todavía demasiado como para poder tomárselo. No quería arriesgarse a abrasarse la lengua, se ganaba la vida entonando canciones que después servirían como hilo musical.

Volvió a cruzar el salón, esta vez en dirección hacia la puerta que daba al pasillo y las habitaciones, y entró en la suya propia. Su ropa estaba bien estirada sobre una cama con las sábanas todavía mejor estiradas.

No tardó ni diez minutos en vestirse y acomodarse el cabello para que fuera apto para salir a la calle, tenía el día libre pero eso no la eximía de tener que salir de su área de confort.

Alana no solía salir mucho de casa, allí tenía todo lo que necesitaba y ella era feliz simplemente mirando por la ventana u observando por su telescopio, pero no podía negar que, a veces, la brisa fresca le venía bien.

Volvió a sentarse en su silla preferida, la única de la mesa que, desde aquel ángulo tenía una vista perfecta de la televisión. Cogió la taza de café en sus manos, la cual ya había perdido casi todo su calor, y se la bebió de apenas tres tragos rápidos.

El sabor amargo se podía apreciar perfectamente a pesar de las dos cucharadas colmadas de azúcar, eso le concedió a Alana la energía que necesitaba, aunque ella sabía perfectamente que la mayoría de esa energía se debía al efecto placebo de pensar que el café en sí la proporcionaba, y que no se necesitaba descansar para ello.

Una vez finalizó su escueto desayuno, llevó la taza hasta la cocina y la dejó dentro del fregadero, antes de volver al salón para coger el libro y guardarlo en el hueco que le correspondía en la estantería.

Miró la hora en su reloj, las nueve y media, la hora ideal para ir a comprar aquellas cosas que necesitaba antes de volver a enclaustrarse en su vivienda.

Una carrera rápida la llevó nuevo hasta el salón, donde miró con su telescopio hacia todo el largo de la calle. Una sonrisa todavía más amplia se dibujó en su rostro mientras caminaba con paso lento y distraído hacia la entrada de la casa, donde cogió el bolso y una chaqueta fina para resguardarse de los posibles grados menos que hicieran a esas horas en la calle.

La puerta se cerró con un golpe que resonó en el descansillo, Alana tomó aire y sopesó la idea de llamar al ascensor.

—Otro día tal vez —susurró antes de comenzar a bajar por las escaleras. Eran cinco pisos, pero no le importaba, al menos haría un poco de ejercicio.

Una de las puertas del segundo piso se abrió cuando ella pasaba por allí, un hombre moreno de ojos castaños apareció, con una bandolera colgada de un hombro y una chaqueta de cuero sobre una camisa blanca, la cual le daba un toque informal.

—Buenos días —dijo ella por lo bajo antes de seguir su camino.

—¡Buenos días! —Una mujer que aparentemente se dirigía al trabajo –o al menos eso daba a entender su uniforme de unos grandes almacenes–, respondió al saludo.

Los tacones de Alana no eran los únicos que sonaban sobre los escalones relucientes, también lo hacían los tacones bajos de los lustrosos zapatos del hombre, y las botas pesadas de trabajo de la otra mujer.

La puerta principal del edificio marcaba un punto y final para el encuentro matutino entre vecinos. La mujer tomó el camino de la derecha, sin embargo, Alana y el hombre tomaron el camino del lado opuesto.

—Disculpa… —dijo el hombre antes de adelantar a Alana.

Ella se le quedó mirando sin apenas parpadear, contempló su figura de arriba abajo antes de que él desapareciera por completo al girar la esquina. Entonces esbozó una tímida sonrisa.

Al llegar a la esquina miró hacia donde el hombre se había adentrado, su coche no estaba aparcado en la parte delantera del edificio, tal y como ella ya había visto desde la ventana de su casa, sin embargo, no había pensado que podía estar aparcado en otro lugar. Ella continuó su camino hasta el supermercado mientras, con una sonrisa de oreja a oreja, silbaba una animada canción.

En una realidad donde las pesadillas no la dejaban descansar y sus días eran peor que simples malos sueños, una sonrisa por parte de Alana era como una estrella fugaz; difícil de ver pero hermoso.

Tras darle las gracias a la cajera que la había atendido, y después de guardar el cambio en su monedero, Alana cogió las bolsas de la compra y volvió directamente hacia su casa. Había comprado más de lo que necesitaba, se le había despertado el buen humor y estaba decidida incluso a cocinar galletas de chocolate. Al fin y al cabo, tenía tiempo hasta que él volviera de trabajar, momento en el que ella ocuparía su lugar tras el telescopio, para observarle hasta que se perdiera bajo el edificio al que él entraría antes de subir al segundo piso donde estaba su vivienda.

No sabía exactamente por qué le vigilaba, pero le gustaba hacerlo.

Miró a ambos lados de la calle y cruzó el último paso de cebra que había antes de que pudiese llegar a la puerta de su edificio. Metió la llave en la ranura, la giró y, como pudo, empujó la puerta para poder entrar.

Miró hacia las escaleras y negó con la cabeza, después se giró hacia el ascensor y pulsó el botón que se iluminó ante el contacto, antes de abrir sus puertas.

Las potentes luces del ascensor la cegaron durante un instante, hasta que sus ojos se acostumbraron a la claridad.

Las puertas se cerraron de nuevo y ella dejó las bolsas en el suelo antes de mirarse en el espejo de cuerpo completo. No tenía tan mal aspecto y eso la hizo sonreír de nuevo.

El ascensor se detuvo en su planta, Alana volvió a coger las bolsas y salió del cubículo. Había pasado de silbar una canción a tararear la misma mientras entraba en su casa.

Se dirigió hacia la cocina donde dejó las bolsas sobre la encimera, en ese momento sintió aquel aroma cuyo recuerdo le había costado demasiadas noches en vela. Giró sobre sí misma y retrocedió hasta que su cuerpo se encontró con la encimera del fondo.

—¿Qué haces aquí? No puedes… No…

—¿Por qué no puedo, Alana? —preguntó el hombre de la chaqueta de cuero y la bandolera sobre el hombro—. ¿Quizá por esta orden de alejamiento? —continuó mientras sacaba un papel de la encimera?

—¿Cómo has…?

—¿Recuerdas nuestro último encuentro? Cuando me acusaste de robarte la copia de la llave… La policía debió hacerte más caso, tenías toda la razón.

El hombre de la chaqueta de cuero arrugó el papel en su mano, antes de acercarlo a la llama de su mechero y lanzarlo a los pies de Alana.

—Sin un papel que nos lo impida, ahora podremos retomar nuestra relación donde la dejamos —sentenció él, sacando después una afilada navaja de su bandolera.

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18 de Abril de 2019 a las 14:34 0 Reporte Insertar 1
Fin

Conoce al autor

K.H Baker Imaginemos a una niña que quiere comerse el mundo, una niña que no le tiene miedo a nada... Bien, ahora juzguemos a esa niña y metámosle miedo en su pequeño cuerpo, digámosle que no puede hacer todo lo que se propone, digámosle que sus sueños son solo eso, sueños, y que nunca hará nada grande en su vida. Esa niña puede tomar dos direcciones: Sucumbir a los deseos de las malas lenguas y conformarse en la vida, o alzar la voz para acallar las voces que intentaban enterrarla para que no cumpliera su sueño. ¿Queréis saber qué pasó cuando esa niña creció? Creció. Escribir no es un camino fácil, pero si amas la lectura y todo lo que conlleva, no tendrás que esperar a llegar al final del camino para disfrutar su recompensa. El recorrido es la mayor aventura, disfrútala. Oh... Sí... Se me olvidaba. Esa niña soy yo.

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