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dan-aragonz1552556782 Dan Aragonz

Kimo, un vendedor de drogas cibernéticas, es visitado por un joven que necesita su ayuda.


Ciencia ficción No para niños menores de 13.

#dan-aragonz #RECON
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RECON





Recon

Se despertó aturdido. Desconocía por completo cuánto tiempo llevaba inconsciente en medio de ese charco de sangre. El torrente que manaba de su cabeza había cesado, pero la zona del cráneo, donde lo habían golpeado, le palpitaba.
Estiró su cuello, tratando de levantarse, pero apenas pudo sostenerse con ambos brazos. Fue entonces, que escuchó pasos que se acercaban y trató de ponerse en guardia. Pero el esfuerzo fue en vano. Su implante óptico derecho estaba destrozado. No podía ver quien lo tenía encerrado en esa celda de piedra y menos mantenerse en pie. Su rostro impactó de golpe contra el piso cuando sus brazos no resistieron un segundo más su propio peso. Sin embargo, antes de rendirse y perder el conocimiento, reconoció aquel nefasto olor que le había traicionado.

Un par de horas antes, Kimo se había transportado desde el mercado negro hasta el corazón de la ciudad de Vitáli en una furgoneta de color negro, oxidado, que no llevaba matrícula. Nunca se sabía cuándo podría aparecer la policía por la zona confiscando todo a su paso.
Se bajó y la huella de su bota se impregnó con el charco de agua podrida acumulada durante su ausencia. A su alrededor, en lo alto, la mayoría de los edificios, llenos de pantallas quemadas y neones fundidos, le recordaron su vida pasada. Sin embargo, la urbe llevaba deshabitada bastante tiempo, aunque podía ver asomarse en las ventanas a seres amorfos que, por leves gestos, todavía lucían como humanos.

Entró cuidándose la espalda. El viejo edificio, hecho de materiales baratos de los años noventa, de esos que se vendían como oficinas burocráticas en aquella época, conservaba su horrible apariencia. Lo único que parecía no perder su brillo en las calles malolientes eran los letreros inmortales de los clubes nocturnos que alumbraban los sueños y delirios de los osados turistas.

Subió las escaleras y no vio a nadie deambulando por los gélidos pasillos, excepto a una enorme rata que se escabulló por una tubería rota que goteaba. Avanzó hasta una vieja puerta, carcomida por termitas, sin mirilla, como la de sus vecinos los yonquis.
Introdujo la llave de cobre, que portaba colgada de su cuello, en la cerradura y entró en el piso, seguido de un leve crujido de la puerta. El departamento permanecía tal cual lo había dejado un mes atrás.

Colgó su chaqueta negra en el perchero de metal de siempre y dejó su sombrero encima de una mesa, junto a unas viejas revistas playboy del siglo XX.

Encendió un cigarro que se consumía lentamente entre sus dedos. Mientras el humo se esparcía por la habitación, recordó las cortinas de su vecina que siempre habían sido bastante amables con él.

Se acercó a la ventana y asomó su ojo biónico. Anhelaba que la mujer de las cortinas de lunares rojos apareciera. En reiteradas ocasiones lo había sorprendido, mirándola, pero nunca le había puesto problema o alguna mala cara por su atrevimiento. Al contrario, parecía que le gustaba que la observaran mientras movía sus infernales curvas como las llamaba Kimo, debido a los oscuros tatuajes que renovaba cada mes para los clientes que pagaban y la observaban por la red.
Acabó el cigarro y movió las cortinas con sus toscos y ásperos dedos. La ventana quedó entreabierta por si ella subía el volumen de la música para avisarle que había comenzado su hora de trabajo.
Se alejó unos metros y arrastró un viejo sillón de pluma hasta el centro de la sala. Estaba en condiciones deplorables, pero servía de todas formas para descansar de su largo viaje. Su peso hundió el sillón y sus manos quedaron inmóviles apoyadas sobre los respaldos, mientras su vista estaba clavada hacia el edificio vecino. Pero no pudo mantener los ojos abiertos y se auto convenció que un par de minutos con los ojos cerrados, serían suficiente para un buen descanso.
Cruzó ambos brazos sobre su pecho, sin olvidar el revolver que llevaba encajado en su bota; tenía planeado visitar a su antiguo jefe antes de marcharse y volver a Vitáli el mes siguiente con algo para vender del mercado negro. Pero no podía pasarse mucho tiempo por esos sitios, ya que su pasado costaba bastante dinero; Mientras sus párpados cerrados se movían recordando los viejos tiempos en el bar con el su jefe y las chicas, un fuerte disparo que vino del pasillo, lo alertó.

Sacó una subametralladora pequeña de un cajón falso, que manejaba cerca, y aquietó su respiración. Se puso de pie sigiloso junto al sillón, alerta, pero estaba convencido que solo había sido el habitual ajuste de cuentas entre los adictos del edificio.

De su chaqueta, sustrajo una lata de pintura y le quito la base cilíndrica, donde se asomaban una serie de tubos apilados que contenían una cantidad no menor de cápsulas de colores; Todas almacenadas en orden. Depositó una de las píldoras recubiertas sobre su lengua y un segundo después, la pupila de su ojo natural cambió rápidamente de tamaño una y otra vez. La droga más cotizada de Vitáli, no tardó en cumplir su cometido. Como tampoco lo hizo quien le dio rápidos y varios golpes a la puerta de Kimo.

Pensó que podía tratarse de algún cliente que lo había seguido hasta su guarida. Pero era poco probable ya que nunca dejaba rastro. Desconfiado, se acercó un par de metros hasta la entrada, mientras las viejas tablas del piso lo delataban tras cada pisada. Al asomarse por la oxidada mirilla, vio a un joven alto y desnutrido de aspecto inofensivo. Le apuntó directo a la cabeza a través de óvalo de cristal, sin que el joven si quiera sospechara que sus sesos decorarían el desolado y mal agestado pasillo.

Pero Kimo no tardó en contener la sospecha y bajar su arma, mientras su pupila seguía cambiando de tamaño, aleatoriamente, hasta el punto en que se tranquilizó.

—¡Necesito su ayuda! —dijo el joven mientras se alejaba del ángulo de visión, sospechando que era observado.

— ¡Vete de aquí! —dijo Kimo, dando media vuelta para retomar su breve descanso.
Sin embargo, mientras se alejaba, la puerta se abrió y se cerró de un portazo.

Kimo se quedó en blanco. Aquel desconocido chico le recordara mucho a su pequeño Cris.
Suprimió la sensación pasajera de un parpadeo y se concentró en el intruso.

— ¿Cómo diablos abriste?— dijo Kimo, pensando en darle un tiro.

—La calle enseña muchas cosas señor, sobre todo a sobrevivir— explicó el joven.

—Mis vecinos venden esa mierda que buscas— dijo Kimo y le dio la espalda, apuntando su mirada al cajón falso.

—Necesito que me acompañe hasta dónde está mi padre— el rostro del muchacho pareció derretirse tras sus desesperadas palabras.

—Vete antes que me enfade y te dispare— dijo Kimo y no dejó de darse vueltas por la sala, desconfiado.

El joven sacó de su bolsillo una diminuta bola de metal brillante que emitía una paz asombrosa.

—Mi padre respetuosamente le envía esto. Vale una fortuna en el mercado negro—el joven asintió con la cabeza para que la aceptara.

Kimo, sin poder evitar imaginar qué edad tendría su hijo, la aceptó.

— ¿Qué le pasa?—dijo, simulando interés.

—Sufre un cáncer llamado Nécrula. Sus células se mueren rápidamente. No puede generar defensas y tampoco sobrevivir, por supuesto— y el joven dejó caer sus hombros cansados y su mirada se clavó en el piso.

—He oído algo. La inventaron políticos de los noventa para acallar a los grupos rebeldes. Personas como tú o yo que solo buscaban sobrevivir—dijo Kimo, que recordó que era la razón por la que había perdido a su hijo.

—Escuché que en Vitáli alguien fabricaba nanotecnología de punta y eso se me metió en la cabeza y por eso me tiene frente a usted señor—dijo con la vista en alto, frunciendo los pómulos, en señal de alegría.

— ¿Esperanza? —dijo Kimo, haciendo un gesto de confianza para que el joven lo siguiera hasta la sala contigua.

—Aparte del presente que le he traído, llevo conmigo suficiente dinero que espero sean suficientes para poder acompañarme — el joven sacó de sus bolsillos un montón de billetes arrugados, dejándolos amontonados sobre la mesa junto al sombrero y las revistas.

— ¿Cuál es tu nombre ?—dijo Kimo, y se relajó al ver que el muchacho solo estaba desesperado.

—Cris, señor— y el joven lo miró directo a los ojos.

Kimo se puso pálido. No podía creer que se llamar igual que su hijo, a quien solo mantenía como una imagen borrosa en su cabeza. Por lo que se sintió en la obligación de tomar su chaqueta y coger el sombrero de la mesa para acompañarlo.

—Llévame dónde está tu padre, veremos qué puedo hacer— dijo Kimo, que sintió la necesidad de enmendar sus errores del pasado.

—Lo espero abajo mientras enciendo el coche —dijo el joven que salió de piso y desapareció al final del pasillo.

Kimo guardó la lata con cápsulas y sacó el arma del cajón por seguridad, que dejó bajo su chaqueta, antes que la duda le invadiera. Bajó por las escaleras y se encontró con la rutina diaria de algunas inquilinas. Prostituirse a todas horas del día, con la esperanza de evadir la miseria y sus vidas sin sentido. Al llegar a la calle, sintió el mismo aroma de espesa corrupción y tretas que habitaba en cada esquina.

Se bajó el sombrero para cubrir su rostro de la policía que patrullaba cerca. Caminó hasta un viejo cadillac negro que lo esperaba con las luces encendidas junto a la acera, pensando que quizá no había sido una buena idea.

Tras treinta minutos de viaje por la ciudad en silencio, se dio cuenta que no ayudaba al chico por dinero. Lo ayudaba porque se sentía culpable y condenado por la inesperada muerte de su hijo, ya que por su culpa, por confiar en su antiguo equipo de trabajo del laboratorio, pasó lo que pasó. Pero era algo que no quería recordar.

En un acto reflejo, como si tuviera un radar incorporado en la cabeza, pidió al joven que se metiera por algunas calles y este no tuvo problemas en virar por donde le indicó. Kimo pensaba pasar a saludar a su antiguo jefe y darle las gracias por todo lo que había hecho por él en el pasado.

—Espérame aquí —dijo Kimo, quien al bajarse pisó un charco de líquidos nauseabundos provenientes del fondo del callejón, donde la entrada del antro se anticipa enseguida, por la música que se escuchaba a lo lejos.

Caminó por la insalubre vía entre antiguos departamentos consumidos por el óxido y la humedad. Un llamativo letrero de neón color azul colgado en lo alto de una vitrina, con algunos fusibles quemados, le indicaron que había llegado a su antigua casa. Los vidrios a su alrededor estaban destrozados por los tiroteos de cada día. Pero eso lo tenía sin cuidado. Si había algún problema, todos eran socios de apuestas en el bar del Búho a esa hora.
Al pasar la puerta de entrada tuvo que esquivar a un tipo que salió disparado desde dentro. El sujeto quedó estampado contra el muro, que lo recibió, y cayó sobre el piso mojado, aturdido. Tenía el rostro lleno de sangre, pero aun así, trató de ponerse de pie como pudo. Aunque un certero golpe en la cara lo detuvo y le voló gran parte de los dientes, tumbando su esquelético cuerpo junto a unas ratas que comían las sobras junto a un basurero. Detrás del pobre diablo ensangrentado, una mujerzuela gorda que lloraba sin consuelo y que no dejaba de gritar el nombre de su moribundo amado, salió a socorrerlo.

Kimo presenciaba el penoso espectáculo con la mano dentro de su bolsillo, empuñando parte del arma que llevaba en su bota, por si alguna sorpresa se presentaba.

— ¡Mi amor! ¡Mi amor! —gritaba la puta, quien llevaba su cara maquillada para cubrir las quemaduras de cigarrillo que otros clientes le habían dejado en parte de pago por su amor nocturno.

La mujerzuela, a la cual el vestido le estaba a punto de reventar, se arrodilló junto al cuerpo sin dientes y metió sus manos desesperadas dentro de la chaqueta de su enamorado. Esperaba conseguir sacarle algo de dinero de la billetera de cuero. Sin embargo, al encontrarla, hurgó como una comadreja hambrienta, sin hallar ni un solo billete, arrojándola con fuerza a la cara al pobre infeliz.

Kimo, aburrido de presenciar el show amoroso, entró al Bar. Se acercó al cantinero que limpiaba la barra y éste no le reconoció, quizás, por la prótesis óptica que llevaba, pero con una simple seña le hizo entender enseguida lo que buscaba; el cantinero miró al guardia que estaba al fondo del bar y este entendió con un movimiento de cabeza por respuesta, cerca de unos tipos, que se golpeaban brutalmente sobre un pequeño cuadrilátero, lo que buscaba Kimo.

Caminó por entre las mesas recordando las apuestas, donde todo el mundo quería multiplicar su dinero en la mayor atracción nocturna de Vitáli. Nadie se perdía el espectáculo de peleas nocturnas, debido a que se corría la voz que el antro del Búho, que se conservaba el viejo espíritu humano de comportarse como verdaderos animales descontrolados.
El guardia, que lo esperaba a solo metros del ring, le apuntó con el brazo extendido una conocida puerta oxidada donde los negocios se cerraban siempre de frente. Al cruzarla, vio una extraña luz bailar a un costado del pasillo por donde debía llegar hasta la oficina de su antiguo jefe. Que estaba rodeada por una larga reja de acero a ambos costados, que parecían una enorme trampa para ratones.
Escuchó murmullos de dolor mientras cruzaba el pasillo. Quejidos como si un alma en pena le advirtiera que no cruzara la puerta. Tras unos enormes tarros de combustible, al otro lado de la reja que le rozaba el hombro mientras avanzaba, observó cómo un par de guardias quemaban lo que parecía ser un cuerpo humano amordazado a una silla. Por lo que prefirió no prestar atención, y concentrarse en su visita, aunque recordó que era el estilo del Búho, donde cerrar un negocio importante que no le había sido productivo, se pagaba muy caro.

Nada más entrar en la estancia, le sobrevino el recuerdo de aquellas transacciones que le habían dado grandes beneficios. Sin contar las veces que le perdonaron algunas faltas por su parte.
Sacó un cigarro de su chaqueta y lo encendió despacio. Antes que la llama del mechero desapareciera, por una puerta que apenas se distinguía, llegó el Búho. Apenas parecía caber por el ancho marco. Era corpulento, con casi todo el cuerpo tatuado y seguía teniendo la cara de no tener muchos amigos.

Se paró junto al escritorio que había en el centro de la sala y apoyó sus nudillos sobre la cubierta del mueble, con una mirada fija en el arma que Kimo llevaba oculta en la bota.

— ¿Pensé que habías muerto? —dijo mientras se rascaba el bigote.

—Hace mucho que no vengo por aquí, es verdad. —dijo Kimo que se alegró de verlo.

—Te dije que ésta era tu casa, pero parece que lo olvidaste—replicó el Búho.

—He estado ocupado, pero no me guarde rencor, jefe—Kimo se mostró humilde y guardó silencio.

El búho se acercó a la ventana y observó cómo el cuerpo envuelto en llamas de quien había tratado de engañarlo, el día anterior, se convertía en cenizas. El combustible que utilizaba para cerrar los malos negocios, se encargaba de borrar todo tipo de huella.

Cerró la cortina y regresó al escritorio.

— Hace unas semanas unos tipos entraron al bar preguntando por ti, Kimo. Parecían muy interesados en encontrarte. Me dijeron que necesitaban hacer negocios y que si tenía noticias tuyas, los llamara. Pero, a simple vista, no eran de fiar. Sabes a lo que me refiero— y el Búho se cruzó de brazos esperando una respuesta.

—Deben ser adictos. Siempre encuentran la forma de encontrarme. Pareciera que huelen la Recon.

—A muchos la droga que preparas les ayuda a recuperar sus miserables vidas, pero yo jamás consumiría tus cápsulas nanotecnológicas. Prefiero morir dignamente que infectado por tus pequeñas criaturas—dijo el Búho un tanto enfadado.

—Me gustaría quedarme, jefe. Pero debo atender un asunto—dijo Kimo— Solo pasaba a saludar a un viejo amigo.
—Regresa cuando quieras, muchacho—dijo el Búho antes de desaparecer por la misma puerta, por donde había entrado.

Kimo no pudo evitar pensar en las palabras de su antiguo jefe al salir del bar. Sin embargo, no quería darle demasiadas vueltas al asunto, ya que el pasado es pasado.
Cuando salió del bar y abandonó el callejón, el chico, que lo esperaba dentro del cadillac, encendió el motor del coche.

Después de recorrer varios kilómetros, sin decir una sola palabra, llegaron a los límites de Vitáli. El chico estacionó cerca de un montón de fábricas abandonadas y dejaron el vehículo escondido para continuar a pie, a través de la extensa zona hostil que había dejado el terremoto del 2019. Mientras avanzaban, vieron a un par de enormes ratas que se daban un banquete con el cuerpo de un vagabundo, a quien le brillaba el pequeño cráneo, por el sutil y eficaz trabajo de las lenguas de los roedores. Ni en un millón de años los gusanos podrían haber logrado una labor tan impecable.

Kimo guardó silencio y caminó detrás del chico.

— ¿Tu padre se encuentra cerca? —dijo, segundos antes de escuchar el gatillo que le avisó en qué se había metido.
Un disparó atravesó su clavícula y por suerte alcanzó a esconderse, herido, cerca de unas enormes tuberías que lo protegieron de un segundo ataque. Cris logró escabullirse entre los tubos de sarro, llenos de restos secos de comida transgénica tras el abandono de las fábricas en los noventa, y desapareció del campo visual de Kimo, quien buscaba con su mirada, en todas direcciones, de dónde provino el ataque. Sin embargo, antes de conseguirlo, apareció un niño pequeño, de no más de cinco años de edad, a su lado.

No podía creer lo que estaban viendo sus ojos. Recordó su trabajó para la empresa de tecnología llamada Morbox, donde un científico amigo le había hecho una proyección visual de un posible hijo y de cómo luciría cuando tuviera distintas edades.

Kimo sonrió al verlo y esperó una respuesta similar. Sin embargo, el pequeño se mantuvo quieto, sin emitir una sola palabra y menos un gesto. La sangre de Kimo resbalaba sobre su chaqueta.

—No puede ser, yo te vi morir—dijo y se acercó para abrazarlo.

Pero un haz de luz verde, lanzado a sus pies desde otro punto del perímetro donde se encontraban, lo atrapó, inmovilizándolo.

Al caer, el impacto le destrozó su prótesis óptica y no pudo darse cuenta, quien se acercó por su espalda y le inyectó un suero que lo durmió, instantáneamente; lo último que alcanzó a ver, antes de azotarse contra el piso, fue la hermosa cara de su hijo, desvaneciéndose en la oscuridad por efecto del potente somnífero.

Se despertó aturdido. Desconocía por completo cuánto tiempo llevaba inconsciente en medio de ese charco de sangre. El torrente que manaba de su cabeza había cesado, pero la zona del cráneo, donde lo habían golpeado, le palpitaba.
Estiró su cuello, tratando de levantarse, pero apenas pudo sostenerse con ambos brazos. Fue entonces, que escuchó pasos que se acercaban y trató de ponerse en guardia. Pero el esfuerzo fue en vano. Su implante óptico derecho estaba destrozado. No podía ver quien lo tenía encerrado en esa celda de piedra y menos mantenerse en pie. Su rostro impactó de golpe contra el piso cuando sus brazos no resistieron un segundo más su propio peso. Sin embargo, antes de rendirse y perder el conocimiento, reconoció aquel nefasto olor que le había traicionado.

Por el pasillo, que conducía hasta la celda, una enorme sombra que se proyectaba entre los rocosos muros que formaban el túnel de acceso a su prisión, lo obligaron a hacer un último esfuerzo para defenderse de quien lo mantenía cautivo.
Unas enormes manos se agarraron de los barrotes, que lo mantenían encerrado, y entre estos la cara gorda y dura del Búho apareció de forma burlesca.

—Sabes que siempre me ha gustado mucho el dinero, sobre todo la cantidad que me ofrecieron por ti—dijo el búho, mientras el sonido de un grupo de personas acercándose cobraba fuerza.
Kimo logró ponerse de pie, tras apoyarse en los barrotes, y apenas pudo abrir el ojo bueno que le quedaba.

—Llegaron preguntando por un Doctor Nanotec y no sabía de qué demonios hablaban. Pero tu fotografía me ayudo. Pensé que también me habías ocultado cosas sobre tu pasado, pero eso ya me da igual. Fue un placer hacer negocios contigo Kimo o como te llames— dijo el Búho, que se cruzó entre el grupo de científicos que se acercaba hacia la celda y desapareció.

—Ha pasado mucho tiempo Doctor Nano. Eres muy difícil de rastrear—dijo uno de los científicos.
Kimo buscó su arma. Pero no estaba en su bota.
—Necesitamos que regreses con nosotros. Eres el único que sabe realmente cómo funciona la nanotecnología—dijo un científico— Fue un fallo enorme haberte dejado ir de la comunidad de ciencias. Un verdadero error

—Los propósitos eran otros, no los que ustedes querían—murmuró Kimo— Al principio era ayudar a los enfermos, como mi hijo, pero ustedes solo quieren dinero y satisfacer su ego— y trató de reponerse agarrado de los barrotes pero los esfuerzos lo debilitaron más.

—Entonces, a eso venias cuando te atrapamos. A ayudar a un enfermo que nunca existió. Ayudabas a un fantasma, Kimo —dijo un científico, mientras todos se reían burlescamente— A un fantasma como tu hijo.

—No los ayudaré. —dijo Kimo, mientras sus manos se deslizaban por los oxidados barrotes.

— ¿Viste a tu pequeño hijo, verdad?— Podemos darte cientos, si nos ayudas a perfeccionar los nanobots hasta que vuelvan inmortales a las células. Tal como lo ha perseguido la ciencia de muchas civilizaciones. Eres el único que maneja el arte de la reconstrucción.

—Ese no era mi hijo. Él murió de pequeño—dijo Kimo, y se azotó contra el piso de la celda—El arte de la Recon morirá conmigo. Ya que sin mí, no pueden hacer nada, fracasados—y rió en un último esfuerzo.

—Eso pronto lo veremos doctor. Llévenselo a recuperación total. Borraremos su memoria. Volverá a ser el doctor Nanotec...

17 de Abril de 2019 a las 06:51 0 Reporte Insertar 0
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