Lo que se esconde en la oscuridad Seguir historia

M
Matt Deschain


Cuando vamos a dormir, nos quedamos encerrados con la oscuridad.


Horror Literatura de monstruos No para niños menores de 13.
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Lo que se esconde en la oscuridad

Sus ojos se abrieron lentamente. La oscuridad inundaba su habitación. Por entre los pequeños agujeros de las persianas no asomaba ni el más tímido haz de luz: la noche reinaba en un mundo dormido. Su mirada se clavó en el techo. Intuía el contorno de la lámpara colgante que le había regalado su madrina por su cumpleaños. Nunca llegó a entender por qué familiares con los que apenas coincidía un par de veces al año se molestaban en regalarle nada. Una lámpara era una declaración de intenciones: “eh mocoso, aquí tienes tu puñetero regalo, que me ha costado más tiempo que dinero porque no te conozco y espero que siga siendo así; tu vida no me interesa, somos demasiado diferentes: solo quiero volver a mi chalet y disfrutar de mi piscina climatizada mientras tú tiras la lámpara a la basura, que es el lugar donde pertenece”. En realidad su madrina nunca llegó a dirigirle semejantes palabras, pero la magia de la noche convertía a cualquiera en villano. El objeto no era muy grande, apenas medía veinte centímetros de diámetro. Su color era horrible; por suerte el amarillo chillón había salido a dar una vuelta aquella madrugada y en su lugar solo quedaba la nada.


Absorto en sus pensamientos, apenas de percató de que estaba despierto. Cuando Salió del trance en el que su madrina aún le recordaba lo terco, inútil y pobre que era intentó girar su cabeza. Solía dormir boca abajo con el brazo izquierdo formando una L hasta llegar a la altura de la oreja y el brazo derecho siguiendo el contorno de su cuerpo con la palma hacia arriba hasta llegar a su trasero. Muchas veces era consciente de que era la postura típica de un cuerpo asesinado que tenía la costumbre de aparecer en aquellas teleseries que tanto detestaba. Su cabeza siempre miraba hacia el lado de la palma que tenía más elevada, así que por lo general miraba hacia la izquierda. Pero aquella noche el cuello le estaba mandando una señal de auxilio desesperada en forma de insidiosas punzadas en la nuca. Aquello era la versión dolorosa del indicador de gasolina que parpadea sin parar cuando el coche está sediento de gasolina: necesitaba repostar. Sabía que si giraba su cuello su cuerpo debía acomodarse y colocarse en la posición exactamente simétrica a la que estaba. Sintió pereza, pero una nueva oleada de aguijones que se clavaban en la parte posterior, justo donde su cabello acababa, le recordó que era un esfuerzo necesario. Cuando intentó virar notó resistencia. Estaba atado. Una soga ataba sus extremidades, apresándolas e inmovilizándolas. Por suerte nunca tuvo que abrir un cepo que se hubiera cerrado en su pierna, pero se imaginaba que no podía distar mucho de lo que estaba sintiendo. Notó como la sangre empezaba a acumularse en el círculo formado por la cuerda. El flujo sanguíneo aún llegaba a sus pies, pero en cuestión de minutos estos empezarían a ponerse morados; el morado daría paso al negro putrefacción y este a la gangrena. Sus manos estaban condenadas a sufrir su mismo destino. Recordó que en el colegio le solían preguntar aquellos niños que, como su madrina, no le conocían pero intentaban establecer contacto con él: “¿si te dieran a elegir qué te cortarías: la mano o el pie?”. Era una pregunta casi tan estúpida como la lámpara que observaba impasiblemente su sufrimiento. Odiaba que se la formularan porque no podía ponerse en situación y dar una respuesta verosímil. Ahora deseaba que alguien le diera la oportunidad de escoger.
El sueño se disipaba paulatinamente, comenzaba a despejarse. Aún estando atado, necesitaba mover su cabeza. A aquellos focos de calor que tenía en la parte posterior de su cuello no les importaba lo más mínimo que estuviera sufriendo, solo querían el cambio de postura que por derecho les correspondía. Aunque él no fuera consciente, cada día a las tres y media de la madrugada giraba el cuello para descargarlo. A las cinco, justo dos horas antes de levantarse, volvía a colocarlo en su posición inicial para volver a sentir alivio. El resultado era que se levantaba de la misma forma que se acostaba, con lo que le daba la impresión de que no se movía en toda la noche. Ahora estaba despierto a la hora del cambio y aunque no se pudiera mover, el cuello reclamaba lo que tenía diariamente sin excepción. De dispuso a girarlo otra vez. La primera tentativa quedó abortada por el descubrimiento insólito de las sogas. Esta segunda se realizó, pero sin éxito a causa del mismo elemento que frustró la primera. Su cuello estaba siendo estrujado como si fuera embutido. Un nudo se le empezó a formar en la garganta. La asfixia asomaba su tímida patita por la puerta para ver si la ovejita que era el pecho le dejaba entrar. De momento la inocente borrega era desconfiada y no abría la puerta a extraños, pero quien sabe si en unos minutos el lobo llegaría a tirar la puerta abajo sin el consentimiento de la indefensa ovina. Sin pensar siquiera en quien le había puesto en semejante aprieto, intentó gritar en busca de la ayuda de su mamá. A sus quince años era como aceptar la derrota. Quería ser mayor, se hacía el duro y creía que se bastaba y se sobraba por sí mismo, pero a la hora de la verdad su madre era quien le solucionaba los problemas. El lobezno aulló en busca de su madre, pero su reclamo se ahogó en el nudo de su garganta. No podía pronunciar ningún sonido. Empezó a sudar copiosamente. Notaba como su camisa empezaba a empaparse de sudor, incrustándose en su espalda como si de una masa viscosa se tratara. El pijama de cotón pasó a ser de licra. ¿Por qué no podía gritar? Descartó la afonía de inmediato y empezó a cavilar. Había eludido durante demasiado tiempo qué le había llevado hasta esa situación. No le hizo falta pensar demasiado: alguien había entrado en su casa y lo había amordazado mientras dormía después de haberle inyectado un tranquilizante. Había visto prácticas semejantes en las películas en las que Liam Neeson acaba por aniquilar a todos los secuestradores y termina recuperando a su hija. En su brazo derecho sintió un resentimiento similar al que tuvo cuando le clavaron la última inyección. Ahí era donde le habían pinchado. Eso continuaba sin explicar por qué no podía ni siquiera hablar. Fue entonces cuando imaginó al extraño abrirle la garganta como si de un melón se tratara, en horizontal, de un solo corte limpio, casi quirúrgico, para posteriormente sacarle de cuajo las cuerdas vocales. Estas salían entre sangre y músculos, que se entremezclaban entre ellos formando un tejido cartilaginoso realmente repugnante. Eso era imposible. Sus cuerdas vocales estaban ahí, nadie se las había extirpado; simplemente se estaban tomando un descanso a causa de aquel nudo creciente en su laringe.


Decidió relajarse. Estaba atado y no podía gritar, así que era inútil hiperventilar para acelerar el crecimiento de la bola de plomo que tenía justo en la nuez de su garganta. Respiró hondo mientras miraba a la puerta. Esta le quedaba justo enfrente. Solía dormir mirando hacia ella porque de pequeño pensaba que ello le permitiría darse cuenta rápidamente de la entrada de un intruso. Ahora ya era mayor y no tenía semejantes pensamientos, pero dormía de igual manera ya por hábito. La puerta estaba cerrada. Cuando las luces de fuera estaban encendidas, el contorno se iluminaba y dejaba pasar pequeños rayitos de claror que iluminaban tenuemente la sala. Aquella noche la puerta se fundía con el negro de la pared. Mirarla era como mirar al vacío. La única referencia que tenía era el pomo blanco, que podía vislumbrar a duras penas. Tan solo llevaba unos segundos mirándola cuando oyó un chirrío. No veía de donde venía, pero sí lo oía. Alguien estaba entrando en su habitación. El pomo empezó a desplazarse hacia la izquierda como por arte de magia. Era como ver volar al hada Campanilla en medio de la nada. Campanilla volaba lentamente, con parsimonia, casi disfrutando de su trayecto. Al llegar al final quedó cruelmente aplastada por la oscuridad de la puerta y desapareció al compás del último gruñido de la bisagra. Todo volvía a estar oscuro. No veía nada, pero podía escuchar como unos pasos se acercaban lentamente hacia él. Como más cerca estaban esos pasos más crecía la bola de su cuello. El hombre- esa voz grave y profunda solo podía pertenecer a un hombre o al mismísimo Satanás- empezó a cantar con parsimonia, como si estuviera recitando: “Johnny, Johnny… eating sugar? Había un abismo entre las palabras que era rellenado con el sonido de la madera del parqué golpeada con las suelas de los zapatos. Era como si estuviera esperando una respuesta. Pensó que si era así, aquel hombre era un iluso: no podía hablar, así que lo mejor era que desechara esa idea de su cabeza. Sintió como los pasos se acercaban más y más. Se detuvieron justo a su lado. Notaba la respiración lenta y honda que debía provenir de unas fosas nasales gigantescas. El hombre se sentó en su cama. Notó como el colchón se hundía, cediendo ante el peso de ese… ¿hombre? No, ya no era un hombre; solo un monstruo le ataría en su cama y se sentaría a su lado para dios sabe qué. Notó como le miraba fijamente, locamente obsesionado con él. Apenas podía respirar: hola cariño, ya estoy en casa. Soy yo, la asfixia. ¡Espero que hayas hecho la cena porque hoy el trabajo me ha dejado sin aliento! ¿Por qué demonios se imaginaba eso cuando estaba a punto de morir ahogado y muy probablemente descuartizado, con suerte sin antes ser violado? Por supuesto que iba a morir así. Sabía lo que significaba que un extraño entrara en su casa, lo amordazara, entrara en su habitación y le cantara una canción infantil. O era una niñera con muy mal genio o era un jodido psicópata con sed de sangre. Notó como mientras pensaba todo eso- es increíble como mil pensamientos se pueden dar en una milésima de segundo- la figura se inclinaba hacia su mesita de noche. Allí estaba su lamparita, mucho menos grandilocuente y luminosa que la lámpara que la había regalado su tía por su cumpleaños. La lamparita se encendió, y ante él apareció una masa antropomórfica pero no humana, con luces rojas en lugar de ojos. Era completamente oscuro, como si fuera un ser formado de vacío. Estaba sentado a su lado y él estaba completamente indefenso: el terror no le dejaba moverse. El sudor empapaba ya todo su cuerpo, en señal de que su cuerpo le estaba administrando grandes dosis de adrenalina para que se salvara de aquello, pero él no respondía al estímulo porque el cuerpo que quería salvarle era el mismo que se había bloqueado y le impedía no ya desplazarse, sino gritar hasta quedarse afónico. El cuerpo era peor que una adolescente bipolar. Ambos clavaron sus miradas en los ojos del otro. El rojo fundía sus retinas, no podía más. Justo cuando iba a mirar hacia abajo y encomendarse a lo que Dios quisiera, el ser abrió su gran boca y empezó a cantar: open your mouth. Hahaha! Open your mouth. hahaha! Entró en bucle, pero cada vez que repetía los versos lo hacía más fuerte: OPEN YOUR MOUTH! HAHAHA! Llegó un punto en el que ya no se podía diferenciar ninguna palabra, sino que un ruido monótono infernal llenó la habitación. Pensaba que sus tímpanos iban a reventar, no podía más. Lo peor de todo era que no podía moverse. Estaba a merced del monstruo, podía hacerle lo que quisiera con aquella enorme caverna que tenía como boca. Desesperado, gritó por última vez. De este intento salió un profundo chorro de voz desesperado. Sacó hasta sus entrañas. Cuando este sonido escapó de la habitación, una luz se encendió en el pasillo.


El monstruo pareció percatarse de ello, porque paró en seco su serenata y se giró para comprobar que alguien estaba viniendo a la habitación. Volvió a mirarle con sus ojos carmesíes y le dijo: volveremos a vernos, chico, esta ha sido mi primera visita. Pásalo bien, hasta la próxima… y no comas azúcar. Mientras decía esto, se dio cuenta de que el monstruo empezaba a desaparecer lentamente. No fue hasta que su madre llegó apresuradamente a la habitación y encendió la luz que se esfumó definitivamente. La oscuridad se desvaneció. Cada esquina estaba ahora inundada por el destello de la célebre lámpara, que al final resultó ser un regalo útil de una madrina que hacía lo que podía por intentar complacer a su ahijado. Su madre le dijo dulcemente mientras le obligaba a injerir unas pastillas: tranquilo, ya ha pasado. Es solo uno de tus ataques. Tómate esto y se te habrá pasado. No, lo que había vivido aquella noche no era solo uno de sus ataques de parálisis del sueño. Sabía que había algo más. Aquello que le había visitado era real. Tan real como el extraño mundo que visitó mientras dormía hace apenas quince días.

16 de Abril de 2019 a las 10:43 0 Reporte Insertar 0
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