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Feliz divisección

El laboratorio del doctor Melengelenge ha despertado con los habituales gritos de sufrimiento agonizante y desgarrador. El ruidoso, oxidado y sangriento instrumental del mencionado doctor bizarro ha vuelto a ponerse en marcha. Aunque, en realidad, eso no es del todo cierto, ya que el maníaco cabrón no para nunca. Aquí nadie descansa. Los únicos a los que se les permite dormir son los que pierden el conocimiento en la precaria mesa de tortura. Y los que mueren, claro. Los demás sufren los efectos de una perpetua gaupasa toxicómana que los sume en un estado de coma cerebral consciente. Y aunque su cerebro está pero no está, eso no les libra de sufrir los insoportables dolores propios de las divisecciones y mutilaciones.




El espectro de extrañas criaturas que albergan los calabozos de esta Estación de Investigación de Especies Espaciales Inferiores es realmente amplio y diverso. Hay desde yonkis neputnianos en cuarentena por su sida espacial, hasta depravados perturbados de Urano, que no son otra cosa que seres diminutos formados únicamente por sucios anos. También hay seres de gas fecal encontradas en las marismas de Ortokrathon, que son mucho más temibles que las gonorreas con patas y sin cerebro a los que se les llama seres humanos, que no paran de gritar y suplicar, como si alguien pudiera o quisiera entenderlos.




El doctor está demasiado absorto en hacer el mal en nombre de la ciencia como para fijarse en las celdas. Sus miles de orbes oculares están inspeccionando cada milímetro corpóreo de su próxima victima (una criatura gelatinosamente obscena arrancada de su vertedero natal muy lejos de aquí) mientras sus muchos tentáculos palpan, mueven, despellejan o cortan cualquier cosa que encuentran a su paso. Los distintos miembros cortados, o la mierda que sea eso, son meticulosamente almacenados en tarros de protoplasma indestructibles que serán analizados en el futuro. Parte de la sangre también se guarda (siempre que el espécimen la posea en su organismo), pero la inmensa mayoría se queda desparramada encima de la mesa o eyaculada por los suelos, creando ecosistemas extramundanos mutantes llenos de fúngidos y ladilláceos. Es un sitio horrible, o el paraíso, según por donde se mire.




Las horas muertas se llenan de cuerpos muertos y el terror que se inhala es cada vez peor. Hay monstruos intentando escapar desesperadamente golpeando las puertas de sus celdas, sabiendo que es un suicidio, pues los barrotes están equipados con cuchillas, machetes y jeringuillas. Pero lo siguen haciendo con tal de escapar cuanto antes de allí, a pesar de que para ello tengan que dejar morir a su cuerpo y dejar ascender a su alma. La cosa es acabar con la agonía y no darle al sádico matasanos el placer de torturarle. Lo que no saben es que a él se la suda, ya que tiene el almacén lleno de engendros absurdos de todas las galaxias que difícilmente podría analizar en una sola vida. Así que si alguna alma caritativa quiere ahorarrle un poco de trabajo de buena voluntad pues bienvenido sea. El curre de reponedor de calabozo es tan árduo como soltar un zurullo corrosivo que se coma toda la carroña y tirar los componentes óseos a la fosa común. En cinco minutos la celda limpia y con un nuevo condenado dentro. Y vuelta a empezar...




No hay escapatoria, no hay solución, no hay un acontecimiento inexplicable que derive en un final feliz. Todos mueren. No hay más. El único feliz será el tarado de Melengelenge, pero él también caerá. Tendrá una muerte agradable comparada con la de estos malnacidos, pero acabará en un sucio agujero, como todos los sucios despojos que tienen la mala suerte de nacer. ¿Te suena de algo?

16 de Abril de 2019 a las 08:01 0 Reporte Insertar 1
Fin

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Artza Bastard Relatos vomitivos para mentes enfermizas

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