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Sebastián es un niño de 12 años que intentará mantener en secreto la enfermedad de su madre, Elsa, en una sociedad distópica donde el gobierno es autoritario y se encarga de separar a la urbe en dos secciones deshaciéndose de los más débiles. - Escrito en el 2016 -


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ELSA

Pasillos colmados de fotos y escritos recrean un álbum familiar, notas adhesivas de colores pegadas en diferentes objetos de una casa son el marco del hogar de un niño de 12 años que se encuentra sentado frente a una Hermes 3000. Bajo una luz muy tenue, el pequeño, plasma las memorias de la mujer que más ama en el mundo, Elsa.


En la actualidad, un Estado opresivo y transgresor separa a la urbe en dos secciones; productivos e inútiles. El Estado considera que una persona discapacitada, enfermo de gravedad o en otros casos aquellos que van en contra de lo establecido moralmente, son “inútiles” y, debido a esto, aquellas personas son enviadas fuera de la cuidad sin que sus familiares vuelvan a saber nada de ellos. Una realidad muy cruda en la cual el gobierno realiza cacerías de brujas. Tampoco se gasta en asilos para ancianos o en fundaciones que apoyan a las personas con cáncer u otras enfermedades mortales, porque ellos piensan que si estas personas ya van a morir, para qué gastar el presupuesto en ellos.


La ley del exilio es inquebrantable y se aplica para todas las edades y estratos sociales, aunque hay algunas excepciones como por ejemplo; si eres un adulto mayor o tienes alguna discapacidad física, pero puedes trabajar, te permiten, entonces, ganar tu dinero y ser productivo para la sociedad y así obtienes tu tarjeta amarilla. En cambio, si el Estado te lo impide o tienes alguna discapacidad mental que no te permita llevar una vida normal como lo indica la ley, obtienes una tarjeta roja, la cual significa que tienes trece días para despedirte de tu familia y prepararte para el exilio. En los casos de las personas que se esconden yendo en contra de la ley son capturados inmediatamente sin permitirles los trece días mencionados anteriormente.


En este contexto vive Elsa, una mujer noble y afable que trabaja como secretaria en una firma de abogados, madre soltera que labora en el turno de la mañana y por las tardes se encarga de ser la cariñosa y abnegada madre para Sebastián, un niño con un coeficiente intelectual elevado, poseedor de unos valores inquebrantables inculcados por su madre, pero un tanto retraído en la escuela.


Elsa, como todas las tardes, llega a su casa y encuentra a su hijo haciendo sus deberes o intentado escribir en la Hermes 3000 que le regaló su padre. Un hombre idealista y revolucionario que fue atrapado por las fuerzas del orden, justo dos meses antes de que Sebastián naciera, debido a que estuvo en contra de la dictadura del actual gobernante y jefe del Estado en ese entonces. El pequeño suele leer libros considerados subversivos para el Estado, herencia de su padre, que antes de la dictadura actual daba cátedras de Literatura en la universidad, pero después del cambio de régimen esta se consideró una materia prescindible. En el presente, en las escuelas y universidades solo se ofrecen clases de Lenguaje y Redacción haciendo uso de algunos textos y escritos aprobados por la ACLS (Asociación en Contra de Libros Subversivos).


El hijo de Elsa leía a Dante, Cortázar, Rimbaud, Baudelaire, Ribeyro, entre otros, pero este mes estaba peculiarmente atraído por Vallejo, aquel hombre sombrío que proclamaba haber nacido un día que Dios estuvo enfermo. Autor de aquel verso que era muy usado por su padre en sus discursos durante los inicios del Estado autoritario actual; “Hay, hermanos, muchísimo que hacer”.


Si había algo que le gustara a Sebastián más que leer, era escribir, él siempre quiso escribir algo propio; una novela, un cuento, poemas, pero cada vez que lo hacía terminaba insatisfecho con el resultado y desalentado dejaba de escribir por un tiempo. Siempre se criticaba con dureza, los únicos que sobrevivieron a su pequeña hoguera de escritos fueron las cartas que le obsequiaba a su madre.


Elsa dejaba que Sebastián leyera aquellos libros, a pesar de saber que estos estaban prohibidos y que podían meterse en serios problemas si alguien descubría aquella copiosa colección. La razón de la actitud permisiva de parte de Elsa era porque ella pensaba que había una conexión que se daba entre el pequeño y su padre a través de los libros. Sebastián siempre idealizó a su padre como un héroe, un gran hombre que murió por un ideal y Elsa nunca lapidó aquellos pensamientos, por el contrario, siempre le hablaba acerca de las mejores cualidades de su padre. Sin embargo, dentro de ella, Elsa guardaba un sentimiento adverso.


En un lugar muy secreto en el interior de su corazón ella sentía resquemor hacia el padre de Sebastián, por elegir la batalla social en contra del Estado sin pensar en las consecuencias de aquella decisión. Sin pensar que ya no lo tendrían más y que debido a su partida ella ahora tendría que ser padre y madre para el pequeño. Elsa, a pesar de todos los obstáculos que se le presentaron en la vida y de secretamente considerarse inculta, terminó su carrera técnica en Secretariado Ejecutivo y obtuvo un trabajo modesto que le permitió solventar los gastos de su hogar.


Aquella noche los visitó el jefe de Elsa, el licenciado Ramírez, viejo amigo del padre de Sebas. El señor, después de la partida del esposo de Elsa, los apoyó y estuvo siempre presente incondicionalmente para ellos y de vez en cuando los visitaba. Él, secretamente, amaba a Elsa desde la primera vez que la vio, pero su timidez nunca le permitió declararle su amor y luego de que su mejor amigo se le adelantara él decidió alejarse.


Años más tarde Elsa y Ramírez se reencontrarían en el despacho donde él trabajaba. Tan pequeño es el mundo que ella terminó siendo su secretaria, pero, a pesar de la cercanía que con el tiempo se produjo entre la mamá de Sebastián y el Licenciado, nunca hubo más que una hermosa y cordial amistad entre ellos. Ramírez conservaba la timidez de antaño y no sabía cómo exteriorizar sus sentimientos hacia ella, así que se conformó solo con estar cerca de Elsa y durante el transcurso de los años siguientes él se había convertido en lo más cercano a un padre para Sebastián.


Aquella noche, Elsa salió del departamento en busca de azúcar y Ramírez aprovechó la ocasión para preguntarle a Sebastián si en estas dos últimas semanas había notado algo extraño en el comportamiento de su madre. – ¿Algo extraño? Uhmmm – Se preguntó el pequeño en voz alta y le comentó que Elsa, últimamente, andaba olvidando cosas sencillas como sus llaves cada vez que salía, apagar la cafetera y algo reciente por lo cual él y su mamá rieron demasiado, debido a lo anecdótico e insólito de la situación, fue cuando Elsa había olvidado donde quedaba su habitación.


Al pequeño no le había hecho ninguna gracia aquella falsa tranquilidad en el rostro del Licenciado y desde ese día empezó a ver con otros ojos aquellas cosas que su madre olvidaba y que para ella comenzaron a volverse algo natural. Ya no era divertido ver como su madre se estresaba buscando las cosas del hogar que se encontraban en el mismo lugar de siempre o que le hiciera la misma pregunta a Sebastián cada dos minutos. El pequeño emprendió una investigación exhaustiva y en uno de los tomos de medicina que tenía leyó la palabra Alzheimer.


Una semana después, los arrendatarios de la pieza llegaron al departamento de Sebastián con su mamá en brazos mientras hablaban del estrés y sus efectos. La pareja de ancianos había encontrado a Elsa a unas cuadras del barrio, desorientada, sin saber que ruta tomar. Luego de una tertulia cotidiana y después de haber disfrutado de un agradable lonche, Don Carlos y su esposa se retiraron y le recomendaron a Elsa descansar.


Al día siguiente, el licenciado Ramírez llevó a Elsa con un Neurólogo de confianza, amigo suyo de la universidad. Ese mismo día Sebastián no le dio la importancia merecida a sus exámenes finales, en lo único que podía pensar era en Elsa. La campana sonó y Sebastián corrió a toda prisa tratando de esquivar a sus compañeros, que al igual que él salieron cual estampida de animales salvajes sin poder esperar ni un minuto más para disfrutar de sus merecidas vacaciones de verano. Lalita, una compañera de Sebastián, lo detuvo en seco para preguntarle si en el transcurso del verano ellos podrían encontrarse para ir al cine. Él, con las mejillas cual rojo carmesí, asintió con la cabeza y emprendió la carrera. Mientras corría terminó de asimilar la propuesta de Lalita y una sensación de goce recorrió todo su cuerpo. Él había deseado conversar con su compañera durante todo el año escolar y ahora saldría con ella.


Sebastián llegó a su hogar y volvió escuchar aquella palabra que ya conocía, pero esta vez ya era un hecho, su madre perdería progresivamente la memoria e iría olvidándolo todo de adelante hacia atrás y un día Sebastián no significaría nada para Elsa. Aquellos pensamientos lo atormentaron toda la noche, pero estaba decidido en comprometerse a cuidar de su madre sin importar nada. Lalita tendría que esperar.


Las siguientes semanas la enfermedad de Elsa siguió su curso, a pesar de que Sebastián le daba religiosamente sus pastillas. Su madre empezó a olvidar los nombres de las cosas así que Ramírez y el pequeño empapelaron toda la casa con notas adhesivas y fotos familiares escribiendo en ellas los nombres de cada persona. Sebas se enfocó en las fotos donde él y su madre aparecían juntos y escribió en todas ellas “Él es Sebastián, tu hijo”. Le aterraba la idea de que algún día ella le olvidara. El licenciado Ramírez los visitaba cada vez que podía porque su tiempo libre era mínimo, puesto que tenía mucho trabajo y adicional a eso debía llevar a cabo el trabajo de Elsa. En la oficina ella también había dado indicios de su enfermedad, pero afortunadamente el licenciado Ramírez fue la única persona que lo notó y, luego de enterarse del diagnóstico, firmó los papeles necesarios para que ella pueda salir de vacaciones. Sebastián también ayudaba gustoso al licenciado Ramírez en lo que podía. El pequeño estaba muy agradecido con él.


Una tarde, don Carlos llamó a la puerta y le dijo a Sebas que el día de pago se venció hace cinco días y que le apenaba cobrarles, pero necesitaba comprarle las pastillas a Doña Celia, su esposa. Sebastián prometió bajar luego para cancelarle. El pequeño se molestó consigo mismo por haberse olvidado de pagar la pieza ya que su mamá siempre fue puntual y él no quería levantar sospechas. Esa tarde Elsa no se sentía bien así que Sebas la dejó dormir y se dirigió a la casa del arrendador.


Luego de una extensa charla con Don Carlos, y después de haber comido la insípida tartaleta de carne de Doña Celia, Sebastián se retiró cortésmente. Al entrar a su hogar recorrió con la mirada una serie de objetos tirados en la alfombra, estos se detuvieron en el sofá donde se encontraba su madre sentada de espaldas. Sebas rodeó a Elsa y se paró delante de ella, quien tenía una expresión de incertidumbre, y le preguntó si se encontraba bien, a lo que Elsa respondió. – ¿Quién eres tú? – El pequeño, perplejo, supo que había llegado el momento que más temía. – Soy Sebastián, tu hijo – respondió con una voz entrecortada– pero yo no tengo hijos – afirmó la mujer con inseguridad – Y yo, yo… ¿Yo quién soy?–. El pequeño quedó anonadado ante aquella interrogante y permaneció parado durante algunos segundos sin poder moverse, gesticular o verbalizar palabra alguna. Cuando al fin pudo incorporarse, lo hizo torpemente y escudriñó entre los vinilos de su madre, cogió uno de ellos y lo puso en el tocadiscos.


La canción Elsa, de Los Destellos, empezó a resonar en todo el departamento. El pequeño, a pesar de tener una expresión de desolación en el rostro, comenzó a bailar con mucho swing y esmero. Sebastián, sin dejar de bailar, extendió su brazo hacia Elsa y, después de pensarlo un poco, ella aceptó la invitación y con lentitud trató de incorporarse al baile. Una sonrisa comenzó a vislumbrarse en el rostro de Sebastián, mientras sus hoyuelos terminaron por adornar sus mejillas.


Luego soltó las manos de su madre para así poder realizar muy enérgicamente su solo de baile, él sabía cuanto le gusta a su madre verlo bailar y de pronto, cual milagro inesperado, Elsa dijo – Mi amor que lindo bailas – Sebastián, sin dejar de bailar y mirándola fijamente a los ojos le preguntó quién era él y cuál era su nombre. – ¿Qué clase de preguntas son esas? – Respondió Elsa con un mohín tatuado en el rostro, pero ante la expresión de exigencia en Sebas ella se arrodilló y continuó. – Tú eres Sebastián, mi bebé. – Dijo mientras cogía su rostro. El pequeño la abrazó con prontitud y con los ojos llorosos le dijo – Nunca me olvides – Elsa y su bebé, como ella siempre lo llamaría, se abrazaron vigorosamente y ella prometió siempre estar a su lado y nunca olvidarlo. Esa noche fue una de las más felices para Sebastián, siempre recordaría aquella promesa aunque dentro de él supiera, que la misma, era efímera.


Los días que le siguieron a este, fueron relativamente tranquilos y llenos de memorias entrañables que según Sebastián debían ser inmortalizadas en papel para la posteridad. De esta manera, en un futuro donde su país fuera libre e independiente, alguna persona como él, apasionada por los libros, conocería la historia de su madre, de Elsa. Extasiado por la idea comenzó escribir en su adorada Hermes 3000 y como poseído no paró por dos semanas seguidas, a ese ritmo, Sebastián, habría terminado antes si no fuera por los deberes que tenía que cumplir.

Aquella tarde el pequeño llamó al licenciado Ramírez y le pidió que encuaderne su libro, a lo que el hombre respondió con una interrogante – ¿Qué libro? –

– El mío, escribí las memorias mi madre – dijo Sebas, orgulloso al soltar la palabra “mío”. – ¿Y qué nombre quieres que le ponga en la portada? – Preguntó el señor Ramírez, conociendo la respuesta de antemano – Elsa – respondió el pequeño.


El Licenciado, después del trabajo, los visitó y confidencialmente recibió el encargo. Aquella noche esperaron que suenen las doce y hubo torta de tres leches, la favorita de Elsa, era su cumpleaños número 42. Los tres bailaron y rieron. El pequeño y el Licenciado contaron anécdotas revisando los álbumes familiares. Elsa recordó muchos de ellos y otros no, pero el simple hecho de ver aquellas fotos la hacían sonreír. Luego de un inolvidable momento de júbilo el Licenciado se retiró en la madrugada y secretamente le prometió al pequeño estar en su casa en la tarde con el libro.


Al día siguiente, Sebastián y Elsa durmieron juntos hasta muy tarde, el pequeño se levantó primero y le llevó el desayuno a la cama a su madre e intentó despertarla. Elsa se levantó abruptamente y el desayuno terminó tirado en el suelo. Ella tuvo una pesadilla, temblaba y rompió en llanto, estaba desorientada. Sebastián la ayudó. Después de asistirla por un par de horas ella se tranquilizó y el pequeño la sentó en el sofá, limpió y ordenó el lugar. Le dio a Elsa una tajada de torta, se sentó junto a ella y recibió aquella sonrisa por la que moría. Aquella sonrisa de reconocimiento.


Después de unas horas de lectura con Vallejo y su libro Poemas Humanos Elsa se fue al baño. Luego de unos minutos alguien tocó la puerta – ¡Es para mí! – Exclamó Sebastián con una sonrisa de oreja a oreja esperando ver al licenciado Ramírez con su libro entre las manos. El pequeño abrió la puerta y eran dos hombres uniformados; grandes y corpulentos, que llevaban en el pecho la insignia del Estado. Sebastián tomó una postura erecta y saludó a los hombres demostrando respeto. Los hombres dijeron haber recibido una llamada de unos vecinos quejándose de unos ruidos estrepitosos alegando no ser esa la primera vez. Los uniformados cruzaron el umbral y observaron con curiosidad las innumerables notas adhesivas de colores que cubrían las paredes del departamento de pies a cabeza, le preguntaron por sus padres a lo que Sebastián respondió con una mentira diciendo que no estaban en casa. Fue en ese momento cuando uno de ellos vio el poemario, lo cogió y le preguntó al pequeño de dónde había sacado aquel libro. – Yo, yo lo encontré tirado en la calle y lo traje sin que mi madre supiera… Lo siento. – Dijo Sebas con voz temblorosa.


El retrete sonó. – ¿No que estabas solo?– Replicó el hombre. Elsa apareció y preguntó quiénes eran los caballeros. – ¡Qué usted no tiene respeto por la autoridad!– Dijo el hombre con exasperación. Ante tal repuesta Elsa frunció el ceño y les invitó a retirarse. –Mi madre hoy no se siente bien, por favor disculpen su actitud. – Añadió Sebastián, pero era muy tarde, ya que uno de ellos se dirigió hacia Elsa y gritándole al oído le recordó los procedimientos que un civil debe realizar cuando está en presencia de las fuerzas del orden. Ella puso las manos en sus oídos, se encogió mientras temblaba y gritaba - ¡Sebastián! -. El pequeño fue hacia ella con prontitud e intentó calmarla al tiempo que los hombres sacaban las esposas.

– ¿Qué le pasa, acaso está loca? – Dijo uno de ellos – ¡No! Solo está estresada, tiene descanso médico–, respondió Sebastián mientras abrazaba a su madre –Llamen a su jefe y verán que no miento–. Los hombres les pusieron las esposas a la mujer y al pequeño y los jalonearon hasta la puerta. En la entrada apareció Don Carlos – ¿Qué sucede aquí? ¡Dios santo déjenlos! – Replicó el arrendador.

– Usted no se meta anciano que podría ser el siguiente. – Dijo uno de ellos mientras se llevaban a Elsa y a Sebastián – ¡Mamá! ¡Nooo!, ¡por favor! Ella se puede curar, solo necesita sus pastillas– Gritaba desgarradoramente el pequeño durante aquella aparatosa salida, mientras sus gritos se convertían en susurros.


Don Carlos miró sorprendido el interior del departamento, entró, con sus dedos recorrió algunos post it y cogió una de las fotos pegadas en la pared donde aparecían; Elsa y su pequeño, y una flecha que señalaba a Sebastián y terminaba en una frase que citaba “Él es Sebastián, tu hijo”.

15 de Abril de 2019 a las 18:47 3 Reporte Insertar 3
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Tania A. S. Ferro Tania A. S. Ferro
¡Vaya final! Me encantó el desarrollo de la historia, está muy bien escrita.

  • ¡Odumodneurtse  ! ¡Odumodneurtse !
    ¡Qué emoción, mi primer comentario!, que bueno que te haya gustado la historia, gracias 😊 2 weeks ago
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