LA GRIETA Seguir historia

dan-aragonz1552556782 Dan Aragonz

Un hombre es visitado por un extraño hombre que le propone un acuerdo.


Horror No para niños menores de 13.

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LA GRIETA


La estruendosa lluvia que desbordaba el riachuelo junto a la granja y que también trataba de colarse por las fisuras del techo de la casa, no era impedimento para que Milton Bosch, quien mantenía la cabeza apretujada bajo la almohada, cubierto de tres mantas tejidas por su difunta esposa, estuviera dormido. Siempre dejaba un vaso con agua y sus gafas sobre la mesilla junto a la cama, por si despertaba sediento en mitad de la noche, o se acordaba de retomar la novela de terror preferida de su mujer, que le costaba terminar, por la dificultad que le suponía recordar se de algunos capítulos y personajes. Con el tiempo. Se sorprendía la mayor parte de las veces dormido, en su intento por avanzar páginas. Solo atinaba a estirar su brazo y apagar la bombilla, para volverse a dormir; a sus sesenta años, la vida era lenta y cada vez, se hacía más borrosa.

Inclinó su cuerpo huesudo sobre la cama y se quedó sentado, en silencio. Atento a un silbido que escuchó venir del patio de su granja. No podían ser pájaros bajo la lluvia a las cuatro de la mañana, y menos el viento soplando bajó aquella lluvia vertical. Sospechaba que se trataba de alguno de sus vecinos. Quienes no se mostraron nada de contentos, el día que plantó el letrero que avisaba de la venta de la propiedad. Pero no había nada que pudieran hacer; su abogado, que también era su mejor amigo. Estaba a punto de cerrar el negocio con el comprador de la ciudad, y no iba a permitir que nada se interpusiera en sus planes. La venta estaba casi lista.
Bajó de la cama, sin encender luces que delataran su posición. Y cogió lo primero que encontró a mano para vestirse y se acercó descalzo, sigiloso, hasta la única ventana de su cuarto. Con la esperanza, que no se tratara de un ladrón.

Removió la cortina y asomó su rostro por el vidrio empapado. Descubriendo que el silbido había cesado y que quizá solo se trataba de su imaginación. A su edad, le costaba tanto recordar como generar nuevos recuerdos. A veces se sentía como pausado en el presente sin poder avanzar. Pero sabía que apenas vendiera el terreno eso cambiaría con las vacaciones que se daría.
Se dio media vuelta para regresar a la cama, pero esta vez, escuchó pisadas que no le hicieron dudar, que alguien estaba fuera de la casa. Se quedaban pegadas en el barro a medida que las sentía avanzar, provocándole la misma sensación que las historias que leía su esposa en voz alta, mientras trataba de quedarse dormido. Había escuchado sonidos extraños en su vida, pero este en especial, le causó inseguridad. Seguro, se trataba de un animal que quería comerse las últimas hortalizas que mantenía reservadas para un cliente sobre un carro de madera a un costado de la casa.
Salió corriendo bajo la lluvia, con una linterna y un trozo de madera que mantenía colgado detrás la puerta para defenderse. Y se encontró de frente, con el lugar que había previsto en la oscuridad.
Apuntó con la luz unas pisadas que se notaban frescas, y supo de inmediato, por la forma que tenían las huellas, que no podía tratarse de un ser humano; eran profundas y formaban un círculo de tamaño considerable en el barro. Como si un caballo hubiese caminado en dos patas y luego hubiese desaparecido sin dejar rastro. Lo que le parecía sospechoso; estaba seguro que trataban de asustarlo para que no vendiera la propiedad.
Entró a la casa, tras deambular un rato por los alrededores, sin encontrar nada. Y se quitó la ropa mojada para meterse a la cama. Al rato, en un intento fallido por leer para olvidarse del asunto, se quedó dormido.

Por la mañana. A eso de las diez. Minutos antes que el reloj sonara. Un ruido similar al de la noche anterior, lo despertó y lo lanzó fuera de las sabanas. Al remover las cortinas también tejidas por su mujer. Encontró un hermoso sol que bañaba el cielo, y las nubes, que habían terminado de desbordar el arroyo por la noche, se habían desvanecido. Cuando volvió a poner atención al sonido que persistió en sus oídos. Observó a la distancia, a través del vidrio, junto a la desmoronada cerca que rodeaba su terreno. A un pequeño novillo de ojos saltones, que mordisqueaba la madera y emitía quejidos similares a los lamentos de un bebe hambriento.

Se vistió y salió apresurado de la casa, hasta llegar a los límites de su propiedad para ahuyentar al animal; estaba seguro que este no le traería más que problemas, aunque criar ganado para hacer algo de dinero adicional, no era mala alternativa. Pero a su edad, era demasiado trabajo, y no tenía el cuerpo, ni el tiempo para dedicarse a ello. Además, solo faltaba un día para que el futuro dueño se presentara para dar un último vistazo a la granja, antes de cerrar el negocio.
Trató de ahuyentarlo con gestos y sonidos guturales. Pero al mirar a su alrededor, se dio cuenta de una veintena de vacas mal agestadas, que se comían la hierba entre los arbustos y se bebían el agua del arroyo. Sus cuerpos desnutridos, la mayoría demasiado huesudos y de pelaje grisáceo, parecían estar más muertos que vivos. No era difícil saber que estaban enfermos; Sus ojos suplicaban que alguien terminara con su sufrimiento.
Regresó corriendo a la casona y cogió su escopeta. Pensando en meterles un tiro si hacía falta; no quería contraer enfermedades, y menos, tener a una decena de cuerpos putrefactos en los campos fértiles que estaba a punto de vender.
Bajó la pequeña escalera de la entrada, introduciendo un cartucho en el arma que cargaba entre las manos. Mientras avanzaba con cautela, y medía una distancia prudente para apretar el gatillo.
Disparó al aire una vez, pero los animales no se inmutaron. Continuaban comiéndose la maleza a los pies de los arbustos, y ni siquiera habían levantado sus cabezas para ver de dónde provenía el estruendo. La segunda bala tampoco funcionó. Y la tercera. Solo fue malgastar la última munición. Simplemente, no le habían hecho caso. Por lo que volvió furioso a la casa por más municiones. Pero recordó que ya no tenía; había gastado todas las cargas, el día que murió su esposa.
Sabía que su problema matutino se había agrandado y convertido en una pesadilla, porque el sol justo sobre su cabeza marcaba el medio día. Se sentó en su silla mecedora a un costado de la escalerilla de la entrada y observó que el ganado moribundo parecía estar multiplicándose sin parar; ahora había cientos, e incluso más, que parecían rodear la granja.
A lo lejos. Escuchó a unos caballos que se aproximaban a paso lento. Estaba seguro que su cliente venía por las hortalizas que le había guardado y para su suerte, estarían con una pinta estupenda, por la lluvia que las había bañado durante la noche. Era su comprador especial, porque siempre le pagaba el mismo día y en efectivo.
El sujeto estacionó junto a la cerca y se bajó de la carreta, tranquilo. Pero le bastó solo echar un vistazo a la granja, para subirse al carro y tironear de los animales para regresar por donde había llegado.
Milton se levantó y salió apresurado para no perder el dinero. Pero al pisar el segundo escalón, resbaló y cayó al piso, y con ello, la oportunidad de vender lo que de seguro, terminaría podrido.
Desde el suelo trató de incorporarse, con un terrible dolor de la espalda. Pero se dio cuenta que la carga, que tenía a un costado de la casona lista para la entrega, estaba vacía; Parte del ganado esquelético se la devoraba y no quedaba casi nada.
Corrió para ahuyentar los animales, que parecían más muertos que vivos. Y les lanzó varios golpes, con el fin que dejaran de engullir. Pero al mirar el rostro de una vaca, que parecía que el cráneo se le asomaba bajo las heridas que tenía en la cabeza, se alejó con asco. También observó que en la boca, donde mascaba algunos tallos, le sobresalía entre los dientes, la enorme cola de una rata. Pero de eso, no estaba seguro.
Se alejó de las bestias, pensando en contratar algún servicio para sacarlas del terreno como única solución. Pero para eso, debía viajar a la ciudad y ya era demasiado tarde. No le quedaba más que esperar hasta el amanecer. Sobre todo, porque no veía bien, aunque utilizara sus gafas para conducir de noche. Lo que eliminaba la alternativa de aventurarse por la carretera hasta la ciudad, a esa hora. De alguna forma extraña, albergaba la esperanza que se fueran durante la madrugada.

Pasada la media noche, mientras rogaba de rodillas junto a la cama a una fotografía de su esposa, que la venta de su propiedad se cerrara de forma normal. Volvió a escuchar en el patio las mismas pisadas, que lo incomodaron la noche anterior.
Tomó su escopeta y la linterna. Y no dudó en salir tan rápido como pudo, sabiendo que el arma no portaba balas. No toleraba la idea que alguien se interpusiera en sus planes. Y estaba dispuesto a hacer lo que fuera, si alguno de sus vecinos intentaba interponerse en su camino. Incluyendo, mancharse las manos de sangre.

— ¿Quién anda ahí? — dijo apuntando con la linterna — ¡Si quieren impedir que venda este maldito terreno están muy equivocados! ¡Ya está vendido y no acepto ofertas! —gritó, mientras avanzaba cauteloso con el rayo de luz delante, en medio de la oscuridad.

—¿Quién te ha hecho esto?—dijo un hombre, que se quitó el manto negro que le cubría el rostro y dejó al descubierto su largo cabello blanco.

— ¿Qué haces en mi propiedad? —dijo Milton sorprendido. —Si te han pagado para asustarme, pues tengo malas noticias, no lo han conseguido. — dijo, mirando su alrededor, inseguro. —Lárgate y no quiero volver a verte de nuevo por aquí. —dijo apuntándole.

— ¿Son tuyos?—dijo el sujeto, que comenzó a mirar a los animales a su alrededor. — Parecen enfermos y perdidos, como tú —dijo, acercándose y acariciando la cabeza de una vaca moribunda.

— Si te los llevas, puedo pagarte —dijo Milton soltando una leve sonrisa— Quiero que desaparezcan de mi vista.

— No me has dicho tu nombre.

—Milton Bosch—dijo nervioso.

— Milton. Solo necesito una cosa para ayudarte. —dijo el sujeto.

—Lo que pidas con tal que la tierra se trague a estas malditas bestias.

—Cuidado con lo que pides. Las palabras son muy poderosas. Como la maldición que te han echado.

— ¿Dé qué demonios hablas? —lo miró Milton, asustado.

—Magia negra.

—Esos malditos bastardos. Ya sabía que algo raro pasaba. Esto no es normal.

—Pero no te preocupes, puedo llevármelos. Solo con una sola condición. —dijo el sujeto que se dejó lamer la palma de la mano por otro animalucho que se le acercaba. —No puedes abandonar nunca este terreno —dijo el hombre, acercándose con un sonido en sus pisadas, que le resultaron familiar a Milton.

—Un momento ¿Quién diablos eres? — dijo Milton tratando de mirarle las piernas que no podía ver por el manto que le caía sobre el cuerpo.

— ¿Sabías que una sola gota de sangre revela la maldad de una persona? —dijo el sujeto hiriéndole la palma de la mano con sus largas uñas.

— ¿Pero qué haces? —gritó Milton asustado y se echó para atrás. Soportando el arma en una sola mano.

—Tengo tu palabra — dijo el sujeto que volvió a cubrirse la cabeza— Y no lo olvides. Nunca debes abandonar estas tierras—dijo mientras se alejaba silbando una dulce melodía.

Milton se quedó de pie y bajó su arma. No podía creer lo que estaba viendo. El ganado moribundo comenzaba a seguir al tipo, quien continuaba con la musiquilla entre sus labios y se perdía por el camino. Pero aunque todos los animales desaparecieron de su granja, desconfío del truco.
Regresó a la cama y tomó el libro de su mujer para pensar en otra cosa. Sin dejar de preguntarse, quién podía odiarlo tanto, como para lanzarle una maldición. Al rato se quedó dormido, en otro intento fallido por avanzar páginas.

Cuando abrió los ojos por la mañana. Lo primero que hizo fue arrimarse a la ventana. Esperaba que la visita nocturna, no fuera un extraño sueño que su mente había provocado para resolver su infortunio y estaba en lo cierto; los animales enfermos habían desaparecido, y con ellos, aquel sujeto que comenzaba a resultarle familiar en su cabeza. Pero no podía recordar donde lo había visto.
Pensó en el trato pactado, pero no le importaba demasiado; Milton Bosch solo pensaba en sí mismo, y en llenar su camioneta con las últimas cosas de valor que tenía dentro de la casa, antes de largarse rumbo a la ciudad para hospedarse en un hotel. Aunque no sabía cuántas lo eran, por sus problemas de memoria; el bendito día por fin había llegado y solo necesitaba recibir la llamada de su abogado, avisándole que se presentaría en un par de horas con el nuevo dueño. Acarreó algunas de sus pertenencias al vehículo, para no perder tiempo.
Dio un portazo al maletero, que casi no cedía por la cantidad de cosas que había encajado a la fuerza dentro del coche. Y para no perder espacio, prefirió dejar la escopeta en casa, sin problema. Echó un último vistazo al terreno, antes de encender el motor de la camioneta. Y sin mirar por el retrovisor durante un buen rato, para no desconcentrarse, aceleró.
En solo un par de horas se encontró en la ciudad, descansando. Recostado sobre la cama de agua, en la habitación lujosa que había alquilado de camino. Donde recordó el libro de su esposa, que se le había quedado sobre la mesilla de noche. Lo que no le importó demasiado. Había cosas que era mejor olvidar, para no invadir el presente prospero de una buena persona. Además, no recordaba casi nada el libro. Su memoria cada vez, estaba peor.

Cuando estaba a punto de llamar a su abogado, para saber cómo había ido el negocio. Su teléfono sonó.
— ¡Algo ha sucedido y dicen que no me dejaran salir, hasta que vengas aquí! —Milton alejó el auricular por el grito. — ¡Y yo no firmo nada, hasta que vengas Milton! ¿Me escuchaste?

Milton Bosch colgó el teléfono y salió con lo puesto. Dos horas más tarde, se estacionó donde siempre dejaba la camioneta, junto a la reja, muy cerca de la entrada y abrió la puerta.

Asomó la cabeza sobre la cubierta de la cabina al salir del coche. Mirando si veía aparecer a su abogado por algún sitio, pero no lo encontraba. Su nariz sintió un hedor repugnante que casi lo hace vomitar. Pero no era el único que lo soportaba; sus vecinos que estaban reunidos dentro de su propiedad, también se tapaban la nariz y la boca con ambas manos, para soportar el tóxico ambiente que había. Los rostros enfadados de los campesinos, no se admiraban precisamente de su presencia. Lo que lo asustó mucho; No se imaginaba el motivo de la rabia de sus vecinos. Hasta que su abogado salió gritando de la casona y fue a su encuentro.

— ¡La venta ha sido cancelada! —dijo, acercándose a Milton. — El tipo que iba a comprarla vio a estas personas descontroladas sobre mi auto y se asustó. —el abogado echó un vistazo a los campesinos y luego continuó. — Por suerte, logré escapar de estos lunáticos y meterme ahí dentro. Convenciéndoles que vendrías a darles una explicación.

— ¿Pero qué les pasa? — dijo nervioso. — ¿Qué hacen en mi propiedad?

— Me podrías explicar ¿Qué demonios es eso? —dijo el abogado que se hizo a un lado y lo dejó pasar.

— ¿Qué cosa? —dijo Milton acercándose y cubriendo su nariz, temeroso a que sus vecinos que formaban un círculo en su terreno, se abalanzaran sobre él, aunque poco les faltaba.

Empuñaban sus manos con rabia y le miraban con verdadero odio mientras se acercaba.

— ¿Tienes algo que decir ?—dijo un hombre de barba que salió del circulo que tapaba la visión de Milton.

— ¿De qué hablas Owen? —dijo Milton reconociendo al sujeto, esperando por su rostro enfurecido, que le lanzara un puñetazo para defenderse.

— ¡Hablo de esta porquería! —dijo el hombre, llevándose una mano a la boca por el asco que sentía—¿Qué has hecho con nuestros animales maldito hijo de puta? —señalando con la otra mano, el espacio que había dejado entre las personas.

Milton lo miró confuso y se acercó lo suficiente, para recibir de frente el putrefacto olor que lo hizo vomitar; en el centro del terreno se extendía una larga grieta en la tierra, llena de una sustancia rojiza que salía a borbotones y se contraía como la lava de un volcán activo.

— ¿Qué han hecho con mi granja?—dijo Milton, llevándose la mano a la boca con asco.

— ¿Te has vuelto loco? —gritaron todos, desarmando el circulo y moviéndose intranquilos a su lado.

— ¡Es la maldición que ustedes me han tirado! — dijo, aguantándose el reflujo.

— Esta mañana desperté y mis animales habían desaparecido. Cuando vi a una de mis gallinas metida en tu granja, la seguí. Y a lo lejos solo pude observar, como esta maldita cosa se la tragaba. —dijo Owen, que se le abalanzó y lo cogió por los brazos, dejándolo inmóvil.

— ¡Suéltame! —dijo Milton, mientras forcejeaba y miraba sobre el liquido viscoso que bullía, que no era más que sangre y tripas de animales muertos, a decenas de ojos de animales que flotaban y lo observaban, como si estuvieran vivos.

— ¡No lo suelten! —gritó la multitud enfurecida, arrastrándolo hasta al charco nauseabundo que se agitaba a medida que lo acercaban.

— ¡Es magia ne…!—alcanzó a gritar por la mano de Owen que le tapó la boca.

Todos soltaron a Milton al verse con los zapatos cubiertos de sangre; el líquido estancado en la grieta comenzó a desbordarse y a arrastrarse por el piso. Un montón de extensiones amorfas compuestas de huesos y músculos en descomposición, que se formaban de la nada, parecían estar más vivos que nunca. Agarraban en su camino los pies y brazos de los campesinos. Que eran descuartizados y parecían ser adheridos a la masa deforme que crecía a medida que los engullía.

Milton horrorizado, cubierto de fluidos asquerosos, logró escabullirse entre la confusión y ganar distancia. Mientras la masa llena de vísceras y sangre, continuaba alimentándose de los hombres despavoridos que no conseguían escapar. Eran alcanzados por los miembros repentinos que le seguían apareciendo al monstruo. Era la cosa más horrible que habían visto en su vida. Sobre todo, por aquella cantidad de ojos y tripas de animales muertos, que colgaban de la aberrante figura. Donde también le pareció ver el rostro de su difunta esposa.

Corrió a la casa y se encerró con llave. Pero sabía, que eso no lo ayudaría en nada. Estaba tan nervioso, que imaginaba que estaba atrapado en una horrible pesadilla.
Se giró y apuró la marcha por el pasillo, con la intención de salir por la puerta trasera. Pero su abogado apareció con un cuchillo en la mano desde la cocina y le propinó una herida en el muslo que lo dejó sangrando en el piso.
Intentó levantarse para alcanzar su escopeta apoyada junto a la ventana. Pero su socio de negocios fue más hábil y la agarró primero.

— ¡Levántate! — dijo el abogado, apuntándole. — Solo necesito llegar hasta tu coche. Y tú me vas a ayudar. —dijo arrastrándolo del cuello hasta la entrada.

Cuando abrió la puerta. Ambos vieron horrorizados como el amasijo de vísceras, continuaba devorándose a quienes trataban de escabullirse saltando la cerca. Donde a más de uno, se le escuchaba gritar desde donde fuera que estuviera en ese momento.
El abogado puso a Milton cerca la escalerilla. Y le dio una patada en la espalda, que lo tiró al suelo junto a quienes se arrastraban amputados bañados de sangre y soltaban alaridos de dolor.
El monstruo se arrastraba, adhiriendo y descartando vísceras y huesos a su cuerpo. Con la decena de brazos resbalosos que continuaban creciéndole. La gigante masa giró lo que parecía ser su cabeza, y en un par segundos alcanzó a Milton. Quien no dejaba de pensar en su mujer, y en su culpa en el accidente que le costó la vida.
Reaccionó y trató de hacerse el muerto. Pero antes que contuviera la respiración. La desfigurada bestia extendió sus tentáculos, y cogió al abogado que casi alcanzó a escapar en la camioneta de Milton. Devorándoselo y descomponiendo su cuerpo como un caracol que es bañado en una solución salina. Fue entonces, cuando Milton perdió el conocimiento.

Cuando despertó. La grieta en su granja no estaba y los cuerpos habían desaparecido. Supuso entonces, que todo había sido parte de una pesadilla que comenzó con la visita de aquel misterioso sujeto. Pero antes que pudiera cerciorarse. El silbido, nuevamente lo paralizó. No sabía de dónde provenía. Ni podía verlo. Pero sabía que estaba ahí.
Espero horas y horas en la misma posición, sin hacer ni un solo movimiento, hasta que el sol comenzó a esconderse y la melodía para sus oídos por fin terminó. No se atrevió a volver a salir de la casa, ni a abandonar la granja nunca más. Ni siquiera para saber, si sus vecinos estaban vivos o muertos.
Pasaron un par de años. Y nunca más, pudo sacarse la musiquilla de la cabeza hasta el minuto de su muerte, donde sentado en su silla mecedora, descubrió mientras llegaba a la última página del libro de su esposa, una fotografía que cayó al suelo, donde aparecía su mujer y su hijo, antes del accidente que le costó la vida a ambos.

15 de Abril de 2019 a las 08:23 0 Reporte Insertar 1
Fin

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