Aurora Seguir historia

khbaker K.H Baker

Todos ven lo que aparenta, pero nadie lo que realmente es.


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Aurora

Aurora tenía un nudo en la garganta del que intentaba deshacerse mediante gritos de furia contenida durante todo el día. Su corazón bombeaba con fuerza, repartiendo su sangre con más rapidez de la habitual por todo su cuerpo, dándole un peculiar tono rojizo, especialmente a sus mejillas. Sus manos eran presa de los espasmos involuntarios y, como remedio a esos insufribles temblores que no podía controlar, Aurora optó por apretarlas con fuerza.

Su mandíbula perfilada se marcaba con cada puñetazo, con cada intento contener las lágrimas que amenazaban con correr incesantes por su rostro. Aurora cerró los ojos con fuerza, inhaló y exhaló tres veces en menos de cinco segundos antes de volver a abrirlos y golpear nuevamente el saco con todas sus fuerzas. Las manos comenzaban a dolerle, pero eso no hizo que desistiera en su sesión diaria de ejercicio.

Exhaló de nuevo, dio un par de saltos en el sitio como siquiera deshacerse así del estrés acumulado, y después volvió a cargar contra aquel objeto inanimado que se balanceaba ante sus golpes.

Un golpe de rabia resonó en las cuatro paredes que día tras día eran testigos de su descarga de rabia contra el mundo que la trataba de una manera tan injusta, un mundo que no estaba preparado para su verdadero esplendor.

Necesitaba olvidarse de toda la mierda que le rodeaba, deseaba con todas sus fuerzas que el alcohol nublase su mente, anhelaba el amargo sabor de una resaca que la privara de pensamientos.

Se quitó los guantes de boxeo, sus manos enrojecidas comenzaban a mostrar los efectos de su descarga. Aurora se frotó las muñecas y estiró su cuello antes de caminar hacia los vestuarios. Una ducha rápida borró sus marcas de cansancio, era reconfortante sentir la calidez del agua deslizarse por sus curvas, pero había demasiado silencio a su alrededor y eso la alteraba más de lo que la relajaba.

Se calzó los tacones, se enfundó en su mejor vestido, se colocó unas gotas de perfume en el cuello y las muñecas, y salió a disfrutar de otra noche desenfrenada.

Una, dos, tres copas…

<<Esta vez has tardado más>>.

Un hombre moreno con barba de tres días y vestido con un apuesto traje caro, se acercó por su derecha y le susurró algo al oído. Ella sonrió por el cumplido. Tan solo una caricia logró hechizarle, aquel hombre cayó una vez más ante los encantos de Aurora que, como cada noche, como si fuera una nueva conquista, sonreía triunfal.

Aurora trazó un recorrido marcado por la música, sus caderas danzaron al son de la misma mientras dejaba atrás la barra y la pista de baile, acompañada por aquel hombre que, día a día, acudía en su busca. Una mirada furtiva, el tacto de su cálida piel…

Nadie les prestaba atención, eran dos peces más en un mar donde todos se demostraban un amor que en realidad no existía. Sus pasos eran lentos, a ella le pareció que estaban tardando una eternidad pero, al mismo tiempo, deseaba disfrutar del momento como si fuese la última vez que pudiese gozar de su compañía.

Cuando al fin estuvieron a solas, él abrió la puerta de uno de los sanitarios mientras que, con la otra, atraía a Aurora hasta que el espacio entre ambos fue mínimo. Ella cerró los ojos y esbozó una amplia sonrisa sobre sus labios mientras rodeaba el cuello de aquel hombre con sus cálidas manos. Las tornas cambiaron una vez más cuando la excitación de aquel hombre se encontraba en su máximo esplendor, cuando su sangre fluía con una rapidez que ella bien conocía y su corazón latía con frenesí.

Aquel hombre la miraba hipnotizado, con una sonrisa de hombre enamorado que ella no llegaba a comprender del todo. Le acorraló en una de las paredes del sanitario, tomó sus labios, besó su cuello y comenzó a desabrochar los botones de su camisa mientras se abría paso entre un sinfín de besos. Sus manos se deslizaron sobre los brazos de aquel hombre, con calma y lentitud le desabrochó los botones de las muñecas, mientras mordía suavemente uno de sus pectorales.

Aurora besó sus cicatrices y las repasó con la yema de sus dedos, su calidez era atrayente y adictiva. Llevó sus manos hasta las de él y las acarició con suavidad antes de entrelazar sus dedos con los de él, alzando después una de sus manos para dejar un beso en el dorso de la misma.

—Te quiero —susurró él en su oído. Ella sonrió y sus pupilas danzaron junto con el brillo de las luces un segundo antes de que ella hundiera sus colmillos en la piel desgastada de su muñeca.

Los jadeos de aquel hombre hicieron que ella ansiara todavía más su sangre, pero sabía que no podía perder el control de la situación, no podía entregarse a los placeres del predador sin que eso supusiera estrechar todavía más la delgada línea que separaba a los mortales de la gente como ella.

Con delicadeza lamió sus heridas que, poco a poco, comenzaron a cerrarse hasta quedar reducidas a dos cicatrices redondeadas que volverían a abrirse en cuestión de horas.

Él limpió la comisura de sus labios, eliminando todo rastro de evidencia, antes de besarla una vez más, la última de la noche.

—Mañana a la misma hora —susurró ella—. Y no olvides guardar nuestro pequeño secreto una vez más.

—¿Qué secreto? —Él no mentía, no podía, simplemente era incapaz de recordar lo que ella no quería que recordara.

Ella volvió a sonreír.

—Mañana a la misma hora —le recordó.

—Mañana a la misma hora —repitió él mientras asentía.

En un abrir y cerrar de ojos, él se quedó a solas, preguntándose qué acababa de pasar, y al mismo tiempo ansiando algo de lo que no estaba totalmente seguro que existiera, mientras ella, sinuosa y exuberante, se alejaba haciendo resonar sus tacones contra la pista de baile, hasta acabar perdiéndose entre el gentío.

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12 de Abril de 2019 a las 10:37 1 Reporte Insertar 3
Fin

Conoce al autor

K.H Baker Imaginemos a una niña que quiere comerse el mundo, una niña que no le tiene miedo a nada... Bien, ahora juzguemos a esa niña y metámosle miedo en su pequeño cuerpo, digámosle que no puede hacer todo lo que se propone, digámosle que sus sueños son solo eso, sueños, y que nunca hará nada grande en su vida. Esa niña puede tomar dos direcciones: Sucumbir a los deseos de las malas lenguas y conformarse en la vida, o alzar la voz para acallar las voces que intentaban enterrarla para que no cumpliera su sueño. ¿Queréis saber qué pasó cuando esa niña creció? Creció. Escribir no es un camino fácil, pero si amas la lectura y todo lo que conlleva, no tendrás que esperar a llegar al final del camino para disfrutar su recompensa. El recorrido es la mayor aventura, disfrútala. Oh... Sí... Se me olvidaba. Esa niña soy yo.

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Baltazar Ruiz Baltazar Ruiz
¡Que intenso!
12 de Abril de 2019 a las 07:20
~