Cuento corto
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Al taller del maestro vengo

Le parece tan lejano el recuerdo de cómo llegó a Guayaquil, y hasta su acento serrano se ha ido desvaneciendo luego de tantos años de vivir aquí. Si solo me fijo en su fuerza y estatura diría que no tiene más de 30 años, pero sus arrugas y su caminar pausado lo delatan fácilmente.

El olor de los chuzos que se venden afuera de su taller se mezcla con el intoxicante olor a hierro soldado de adentro. El humo de las carnes y chorizos cocinándose se vuelve una masa traslúcida, junto con el que desprende la lijadora.

José Luis Suntaxi es un maestro de diseño industrial. Un soldador con camisa y pantalón, de55años.

En su taller, trabajan Joffre de 26 años, y Francisco que es 5 años mayor. José les da su cheque cada sábado con el que ganan $70 dólares por semana, luego de que se les descuente algún monto por dinero prestado y demás situaciones.

“Don Luis”, como lo llaman sus clientes, llegó a la ciudad hace más de 32 años siguiendo a una muchacha citadina. En Sangolquí, su tierra pichinchana, se graduó de bachiller y estaba listo para buscar nuevas experiencias. Sin duda las encontró, empezando con su primo guayaquileño, quien además de haber sido el que llevaba y traía las cartas a su pareja, había también logrado conquistarla.

“A esa edad viví una etapa muy dura,” asegura Suntaxi, “trabajaba bastante y pude arrendar este mismo local que ya es mío”.

Su hermano Víctor lo siguió hasta el puerto y juntos abrieron un local en Durán. Se dedicaron a diseñar puertas, cerrajería y sistemas de escape para carros. “Pero las discrepancias fueron muy grandes, el era más materialista, y yo siempre me consideré más espiritual,” dice Suntaxi. Su hermano se quedó con el taller en Durán mientras que él se radicó en Guayaquil.

Don José trata de conocer mi historia también, escucha pacientemente y yo me pierdo en el relato. Su rostro contemplativo demuestra respeto e interés y casi me olvido el motivo por el cual estoy ahí. Quiere saber que pienso de política y religión. Especialmente de religión. Lo espiritual siempre es primero para él.

Nuestra conversación es constantemente interrumpida. El cliente siempre es primero, y su camisa de manga corta no le impide lanzarse al piso y rodar debajo de un carro para buscar la falla en un sistema de escape, o martillar un fierro hasta lograr amoldarlo.

Su taller es también su casa. El segundo piso ha sido amoblado y adaptado a las necesidades de su familia. En un cuarto se acomodan sus cuatro hijos, su esposa, la cocina y la televisión.

La mujer silenciosamente lo reclama, ya son pasadas las 5 de la tarde, y ya es hora de subir a descansar. Su cara cambia, ahora es mucho más relajado, inclusive sonríe. Su esposa vigila atentamente la puerta de su oficina y espera pacientemente. Esa es mi señal para partir. Se cierran las puertas forjadas en hierro y comienza el domingo familiar.

10 de Abril de 2019 a las 21:09 0 Reporte Insertar 1
Fin

Conoce al autor

Carla González Periodista ecuatoriana con alma latinoamericana

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