Intocable Seguir historia

cromatismo Viviana M. Sánchez

Fue en ese momento, cuando Kai se alejó de ella, que se dio cuenta de algo sumamente importante. Nadie podía tocarla. Ni siquiera él.


Ficción adolescente Todo público.
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Prólogo

INTOCABLE

Serie Cromatismo, primer volumen.

Viviana M. Sánchez.

Título original: Intocable

2018 por Viviana M. Sánchez.

Diseño de cubierta por: Marcela Bolívar “Cataplasma”

Número de registro: 03―2018―051812512300―01

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas

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Para toda mi familia y mi pareja, por su increíble apoyo.

Un especial agradecimiento para mis siete

muchachos queridos que me han enseñado

que en el camino al triunfo, se necesitan

derramar B, S &T.


Prólogo

Invitada sin invitación

Aquella era la torre más alta de todo el reino. En ninguno de los otros seis reinos de Cronalia había una torre que pudiese competir con esa. Para ser honestos, la imponente torre oscura era tan alta que se podía apreciar a kilómetros; pero, para ser aún más honestos, parte de su descomunal altura era una ilusión óptica, pues estaba suspendida en el aire a una enorme distancia del suelo y su gigante sombra se cernía sobre el pico de uno de los montes más altos del reino de Birmandia, haciéndola parecer gigantesca. De las personas que vivían cerca de allí, en chozas de madera o departamentos de lujo amueblados y con cocinas de cristal integradas, ninguna se atrevía a preguntarse más sobre la enorme torre.

Nadie en su sano juicio hubiese querido subir a ese lugar tétrico e inexplorado, simplemente era ignorado; y los que no tenían idea o eran nuevos por aquellos lares, parecían no sentir ni el más leve interés en conocer la razón por la que esa sombra que parecía tan sólida y opaca, estaba allí tanto en el día como en la noche.

Y es que si uno miraba fijamente hacia allí, con mucha atención y concentración, como ya lo había hecho la población entera con anterioridad, se podía ver, aunque no muy claramente, la silueta de una delgada escalera que oscilaba con la brisa del aire, muy lentamente. Incluso los pequeños más traviesos y exploradores no se habían atrevido a subir esos escalones. Subirlos no. Pero siempre había existido quien se había atrevido a acercarse a verlos o tocarlos. Quienes lo habían hecho, compartían la misma idea… la escalera estaba hecha de humo. Algunos decían que era imposible subir hacia la torre, pero otros más, que gustaban de darle uso a su imaginación, aseguraban que solamente quien hubiera cometido un hecho atrozmente terrible, o quien deseara algo fervientemente, podría subir aquella empinada escalera, pero debía pagar un precio muy alto.

Dadas las circunstancias y los dichos que rodeaban aquella vieja y alta torre, era más que obvio que nadie querría subir allí. Así que a la escoba de la increíblemente bella hechicera que vivía en ese lugar, le sorprendió en gran medida sentir una presencia y le arrojó la noticia a su dueña.

―Alguien se acerca ―comentó con interés mientras la mujer se pintaba sus delicados y tersos párpados con el pétalo de una rosa.

Nima de Arles dejó el pétalo de color rosa pálido sobre la mesilla y se acomodó las mariposas en las manos con una sonrisa ligera, mientras su vestido rosado caminaba detrás de ella, chocando con todo lo que se le ponía enfrente.

―Lo sé. Olvidé decírtelo; sabes que tengo mala memoria.

La escoba puso mala cara y se acercó a ella caminando con paso veloz. Nima se levantó de la silla, correteó al vestido y se lo echó por la cabeza y los hombros, deslizando los brazos por los agujeros ribeteados con listones de colores. Se miró al espejo y sonrió mientras se daba unas palmadas sobre la falda del vestido.

―¿Por qué pones esa cara?, ¿es que he hecho algo malo?

―Tú siempre haces cosas malas y olvidas que las haces. ¿No me dirás quién viene? No hemos tenido visitas desde hace más de quince años.

La mujer se asomó por la ventana de su habitación y observó a lo lejos, debajo de ella, una cabellera rubia que avanzaba con lentitud sobre la larga escalera de humo.

―Es cierto, ¿olvidé decírtelo?

―Probablemente.

―No puedo creer que haya olvidado decirte una noticia de tal magnitud. Es importantísima ―dijo ella haciendo un retintín gracioso al final.

―La mayoría de las cosas que olvidas decirme son importantísimas ―respondió María Antonieta, que para su pesar tenía nombre de mujer pero era del sexo masculino. Nima tenía una fijación por aquella antigua reina francesa que había muerto decapitada, y sin importar la elección de María Antonieta, le había nombrado así. La hechicera hizo caso omiso a la burla de la escoba y se empolvó el rostro con una fina capa de azúcar de la bolsa de bombones que tenía en su cajón. Le encantaban las cosas dulces y esa bolsa de bombones le servía para embellecerse y para saciar su apetito también. De pronto, la mirada de Nima quedó atrapada en el espejo como si observase más allá del vidrio que se movía ligeramente como un lago. María Antonieta se acercó a ella con rostro preocupado:

―¿Es algo malo?

―Lo será algún día, pero ciertamente, ese día no es hoy ―habló Nima con tono severo y mirada turbia; luego de unos segundos sonrió con felicidad genuina y se abrochó los puños de su vestido que tenían unos bellos botones de corazón―. Ven, vamos a recibir a mi invitada.

―¿La invitaste tú? ―preguntó desconcertada la escoba mientras caminaba a su lado.

―Me parece muy extraño que me preguntes eso sabiendo que soy una ermitaña. ―María Antonieta gimió con desesperación.

―Entonces no es tu invitada ―determinó con tono molesto.

―El que yo no la haya invitado no quiere decir que no sea mi invitada. Trataría a cualquiera como mi invitado si viniera a mi casa; lo que sucede es que, al parecer, nadie se siente tentado a venir.

Nima se arregló unos mechones de cabello que se le habían salido del moño alto que se había hecho con una cola de rata, que al parecer era de la buena suerte y nunca dejaba en ningún otro lado. María Antonieta no tenía ni la más mínima idea de por qué una bruja se preocupaba tanto por la suerte.

No volvió a cruzar palabra con ella, porque Nima avanzaba cada vez más rápido por la torre cruzando de ala en ala, hasta llegar a la escalera de caracol que guiaba a la puerta principal. La bruja suspiró varias veces sintiéndose nerviosa y feliz a la vez; luego, con paso cauteloso, bajó las escaleras y cuando llegó a la puerta tomó el picaporte justo en el mismo momento en el que se escucharon unos golpes fuertes y secos sobre la madera. La abrió sin esperar más de cinco segundos y María Antonieta pudo observar por detrás del vestido de Nima a una mujer delgada, de cabellos rubios y rizados que le caían hasta la cintura. Llevaba una capa de color negro azabache que brillaba cuando los rayos de la luna la tocaban y su mirada del mismo color, negra, como la de todos los habitantes de Cronalia, estudió cuidadosamente a la persona rosada frente a ella e hizo ademán de querer hablar, pero parecía tan cansada que solamente salió aire de su boca. Nima habló primero, pero, lo que le pareció extraño a María Antonieta, fue que no se dirigió a la mujer, sino que se dirigió a él.

―Te presento a mi hija.

María Antonieta alzó una ceja en forma de pregunta, pues no entendía nada de lo que estaba pasando, estaba acostumbrado a las rarezas de su dueña pero, sinceramente, eso iba más allá de cualquier cosa que hubiese esperado de ella. Él sabía que la hechicera no tenía una hija, y esa mujer frente a ellos era demasiado mayor para serlo, si es que pudiese serlo. Miró con más atención para ver si no había pasado nada por alto y cuando observó a la mujer frente a ellos, jadeando mucho más de lo que había hecho al inicio y con unas enormes gotas de lágrimas que resbalaban de sus ojos y se convertían en cristales al caer, María Antonieta se dio cuenta de que estaba escondiendo algo. Había algo en su capa, inmóvil y pequeño. Era un bebé.

7 de Abril de 2019 a las 20:59 0 Reporte Insertar 2
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