Lunes de Amor y Calor Seguir historia

pedroxo Pedro E. Yepez

Un lunes donde el calor y la pasión se juntaron para darle triunfo al amor.


Romance Romance adulto joven No para niños menores de 13.
Cuento corto
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LUNES DE AMOR Y CALOR

¡Qué calor propaga la tarde! Pero más calor me obsequió aquel lunes que acostumbrado al trabajo me sedujo entre sábanas mojadas y un par de ojos, que siendo los más normales, terminaban siendo los más hermosos. Una sonrisa que poco a poco proliferaba del rostro más tierno en la faz de la tierra, o bueno, para mí lo era.


Os voy a contar mi historia –de amor por cierto. Historia donde te podrás identificar, o al menos sentirte feliz por mí.


-Tac tac- se hizo oír en la puerta de mi habitación mientras con mis oídos colmados de música y armonía estaba.


-Estuve esperando por ti mucho tiempo- recuerdo haber citado mentalmente al abrir la puerta y percatar que era ella. ¡Sí! Desde entonces mi gran amor.


Anteojos sobre su esplendoroso par de mirones, su cabello… su cabello recuerdo era desordenado -ella miembro activa en la lucha contra el cepillo de peinar - con un toque de caótico de desorden -espera, dije solo un poco. Mi madre siempre me decía que lo desordenado me atraía, ha de ser por eso que su pelo frondoso me ponía la piel de punta, una braga negra que no era la más bonita, pero que vestida en ella, era la más hermosa, esclarecida sonrisa que dando paso a los milisegundos se hacía más grande y más radiante, su piel de tez canela, su delgada cintura y un par de piernas eran lo que me tenía plenamente fuera de órbita. Como veis os acabo de describir a la protagonista de ese lunes, mi lunes de amor y calor.


-¡Hola!- recuerdo haber escuchado, como si lo hubieran gritado con el tono de voz más sutil, como si me hubieran elevado algo más… más alto que las nubes, mis pies dejaron de tocar tierra firme al escuchar aquel simple “¡Hola!” que siendo tan simple dejó de simplificarme. Pocos segundos tardé en responder -Hola. Con los pelos de punta y las piernas temblorosas pude dar paso a un abrazo que desde aquel día marcó sus brazos en mi espalda y sembró en mí un sentimiento puro de amor, confieso que aún exploro en la caja de mi abuela que con un centenar de libros debe estar el truco para borrarme la sombra de sus manos que atadas a mi torso me otorgaron la sensación más tierna del universo -aún no consigo ese truco, suministrándome así un inefable beso que más que un “¡Hola!” decía mil palabras. Era inconmensurable lo que sentía aún antes de que su par de andantes tocaran el suelo de mi habitación.


-¡Pasa adelante! No te voy a comer (al menos no aún)- le dije mirándola fijamente y estando más seguro que sus pasos, su caminar, su manera de manipular aquella deseable figura, eran perfectos. Me miró y me regaló un tierno beso al aire, por cierto, fue algo como -Mwah- y siguió con pasos hacia el interior de mi habitación.


Estando adentro, mis manos y mis piernas al compás de un leve temblor, con esa hermosa sensación perenne que regalaba color a mi alrededor y tomando asiento le obsequié un guiño al que ella solo asintió de manera ligera. Su cara lo decía todo – ¡Qué nervios! - debió haber pensado ella al notar que el ambiente se tildaba más cálido y seguramente percatandose que mis nervios estaban poco más que alterados.


- Estás más guapo que ayer, y ayer estabas más guapo que antes de ayer – fue su primera frase, abriendo un efímero hilo de conversación. Os confieso que mientras más segundaban las agujas del reloj, más color tomaba mi habitación, o no, más color tomaba mi cama.


No pude seguir esperando, mi rostro se tornaba cada vez más rojizo, así que… así que di un paso y la tomé de su delgada cintura, llevándola y juntándola a mi pecho y cediendole los besos que aún me dice –eran ricos. Comenzaba el humo a salir del brote de nuestras pieles, era señal de que el fuego vendría pronto.


No puedo explicar lo etéreo que eran sus besos, me pregunto si fue a la academia de besos porque ¡madre mía! Recuerdo notar su piel de gallina mientras el auge de los besos fluía como una desembocadura en el mar mediterráneo, sí, son dos cosas distintas, mares y besos, pero cuando estás enamorado no tienes la capacidad para distinguir entre una cosa y la otra… pero espera, ¿dije enamorado? Era lo que sentía.


Cada tic tac del reloj era un grano de tensión a mi habitación, y un ¡allá vamos! A mi cama. Sintiendo su cuerpo acoplado al mío, tocando un poco de acá y un poco de allá me ponía como un termómetro en ascenso de temperatura, pero finalmente no podía creerlo, adivinad… Su ropa comenzaba a desprenderse con los delicados movimientos de mis manos, prenda a prenda fue cayendo al piso hasta que mis ojos fueron dichosos de apreciar la octava maravilla del mundo, como dije antes, para mí lo es.


La ausencia total del sonido habitaba en mi habitación, ni una palabra de acá, ni una de allá, pero vamos, como se sentía avercinarse un incendio corporal donde el sentimiento era el gestor de las ganas de amar.


Separando mis labios de sus labios di un suspiro ligero, tomé la fuerza que me dio el amor, me agaché un poco y con una leve inclinación tomé sus piernas, la alcé, la alcé con caricias tiernas y en segundos tenía a la octava maravilla del mundo un poco más arriba de mi cintura y pegada totalmente a mi torso, no dudé ni un segundo en aventarla con delicadeza a mi cama, la cama que ya pintaba mil colores, la cama que guardé para ella, os vuelvo a confesar, ella era la primera dama en tocar mi cama.


¡Qué dicha! Que dicha tenía yo al tener a la mujer que me hacía desbordar sentimientos puros de amor, en mi cama. Que dicha tocar la dama que me hacía dudar si existía otra de su especie.


Estando piel con piel, tomando sus manos, repartiéndole dulces caricias que a día de hoy –son las mejores- dice ella. Notando sus nervios, por cierto, sus piernas tenían síndrome de párkinson en ese momento, su cuerpo cada vez más en calor y las sábanas ya pintaban uno que otro lunar de algún líquido.


Ella inclinó su cuerpo hacia arriba unos noventa grados, y entre besos logró despojarme de mi camiseta, sólo le costó un minuto quitarme el resto de mi vestimenta. ¡Qué ardiente se tornó mi habitación! Podía sentir las caricias más delicadas que he receptado, vamos, sus manos eran las más suaves.


Ella arriba de mí, yo arriba de ella, eso no importaba, el desenlace fue inefable, quizás esta sea una guía de cómo subir a las nubes, palparlas y contarle a vuestros amigos después.


Ahora os puedo decir: Entre sábanas húmedas, frágiles caricias, besos encantadores y sutiles movimientos; compartí intimidad con la octava maravilla del mundo. ¿Quién más lo ha hecho? ¿Quién más ha tocado el cielo con las manos? Era un lunes envuelto en calor, así que no bajamos la luna, bajamos el sol, lo tomamos e hicimos de él; la estrella del amor.


Al culminar aquel tenso escenario, lleno de calor y ternura, me levanté y abrí una de las ventanas, se lograba apreciar un hermoso arrebol mientras ella me miró a los ojos sin mediar palabras, pero solo reflejaba mil y un sentimientos que segundos atrás habíamos plasmado en aquella cama que para ella guardaba. ¿No me creéis? Podéis preguntarle a mi almohada que fue mi confidente durante la noche, mi almohada que escuchó todas las palabras de amor que a ella le dedicaba en su ausencia, por cierto, mi almohada también fue testigo de aquello que vivimos, o no, no, mejor aún, podéis preguntarle a mi ducha que con un guiño me felicitaba por haber concebido el amor de la forma más pura, o si no le preguntas a mi cama, que en mucho tiempo no había estado tan feliz conmigo por haber hecho de un lunes común, un lunes candente, mi lunes de amor y calor.


Termino citando un escrito que vale oro.

Todo escritor/a tiene el derecho de poner por los suelos a su ex novia/o. Pero también tiene la obligación de hacerlo bonito.” –Cesar Brandom

5 de Abril de 2019 a las 20:01 0 Reporte Insertar 3
Fin

Conoce al autor

Pedro E. Yepez Pedro me llamo por mi padre y me apellido Yépez por... por él también. Soy un joven seguidor de la escritura y amante en silencio de la ortografía, dramático a la hora de escribir y perfeccionista tóxico a la hora de hacer revisiones. Novato en el arte de la escritura pero día a día mis dedos comienzan tomar mejor orientación hacia el orden de las letras. Educado en la grandiosa escuela llamada Hogar por los profesores Padre y Madre.

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