Toxic Masculinity #1: Corrección Gamma Seguir historia

arismeyer Aris Meyer

Los humanos se dividen en cinco castas. Alfa, Beta, Omega, Delta y Gama. Un sistema derivado de la jerarquía lobezna, la cual rige sus reglas y privilegios basados en estas castas. Marco es un joven que llega a su edad fértil, descubriendo que no solamente no es un alfa como sus padres deseaban, sino que es un Gama, la casta más baja de todas. Ahora debe vivir con el miedo frecuente a sus celos -como si no fuera un problema incluso para los Omega-, sino también lidiar con la discriminación que los de su casta sufren, incluso de parte de su propia familia. Las cosas se complican cuando conoce a Len, un Beta que no está interesado en el amor ni las relaciones, pero a quien el aroma de Marco puede volver loco en un santiamén. Sintiéndose como una presa al acecho, Marco vive una pesadilla día y noche, aunado a la reciente lucha por los Omegas por dejar de ser oprimidos por las castas dominantes.


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Anomalía: γ

No pudo sentir peor horror que cuando abrió el sobre de los resultados y vio aquel símbolo tan extraño: γ.

Gamma. La probabilidad de ser un Gamma era demasiado baja, y a él le tuvo qué tocar ser uno. Estadísticamente, de cada 45,000 bebés nacidos, solamente uno resultará ser un Gamma al llegar a la edad reproductiva. Esto, que equivale a algo menos que el 0.0022% de la población mundial, es a lo que los demás llaman anomalía.

«Si mis padres se enteran, me matarán»

No sabía qué hacer, cuántos días podrá mantener una mascarada para ellos antes de que se enteren de la verdad. ¿Existe la posibilidad de falsificar el resultado? Podía cambiar el γ a un ß, pero tarde o temprano lo notarán, así sea por los frascos de supresores especiales —y excesivamente caros— para ocultar lo que serán sus frecuentes celos, o porque en algún punto se preguntarán el por qué su repentino miedo a otros betas.

Marco Hertz estaba jodido. De verdad.

Suspiró y se fue deslizando en la puerta cerrada de su habitación. Tenía miedo ahora de cualquier cosa que pudiera suceder, para bien o mal. Estaba demasiado seguro de ver el símbolo de α en el resultado. Pero para tristeza suya, resultó ser una anomalía. Lo mejor que se le podía ocurrir ahora mismo era tomar su viejo libro de biología, y abrir los capítulos de salud reproductiva.

α: Casta activa. Considerados la piedra angular de nuestra sociedad, es la casta dominante. Mientras que las mujeres alfa son capaces de gestar, también pueden fecundar a otras mujeres —beta u omega—, y a hombres omega. Los hombres alfa, en cambio, solamente tienen la capacidad de fecundar.

ß: Castas generales. Una de las más comunes, que conforman la población obrera de clase media de nuestra sociedad. Mientras los hombres betas solamente pueden fecundar, las mujeres únicamente pueden gestar. La diferencia más notable entre las demás castas es que los betas carecen de periodo de celo.

Ω: Casta de baja categoría, la cual se distingue por ser principalmente de naturaleza gestante. Tanto hombres como mujeres tienen la capacidad de gestar, mientras que los hombres omegas tienen una capacidad muy limitada para fecundar, siendo dicha tarea muy difícil.

γ: Aunque en años más recientes no se han dado muchos casos de gammas en nuestra sociedad, se sigue considerando a esta casta parte de la misma. Se les puede comparar a los omegas, teniendo celos más intensos o frecuentes. El aroma de su celo es repulsivo para los alfas, pero atrayente para los machos betas. Esta casta se considera una anomalía genética dado que su cuerpo, a pesar de ser capaz de gestar, no puede soportar los requerimientos físicos de un embarazo.

Cerró el libro en esa parte. Mucha información y nada de respuestas. Solo fue un vago, pero presente recordatorio de cómo sería su destino ahora. Pudo incluso echarse a llorar, pero el ruido del auto de sus padres estacionándose en frente de la casa lo alertó.

Era el momento de la verdad. Tarde o temprano, se darían cuenta de que Marco no era el tan ansiado alfa que creyeron que sería, ni siquiera un beta, o siquiera un omega. Tomó valor y bajó a recibirlos, escondiendo los resultados tras su espalda.

—Marco, sigues despierto —su madre se interrumpió de la conversación que tenía con su esposo apenas notó al menor bajar por las escaleras. Le veía algo nervioso.

—Buenas noches, mamá… papá… hay algo que quisiera decirles —apenas si les saludó, sacando el sobre con los papeles. Apenas ver el sello de la Asociación, la mujer se emocionó, yendo a tomar el papel.

— ¡Tus resultados! No puedo esperar a leerlos —ignoró repentinamente el evidente malestar en su hijo, incluso la debilidad que mostró al no poder evitar que le arrebatara los papeles. Tal vez, de haberlo hecho, no hubiera sido tan pesada la decepción al ver el símbolo de Gamma en la casilla final.

Apenas empezaron los gritos, llantos y maldiciones de la mujer, Marco corrió escaleras arriba a refugiarse en su cuarto. Su padre intentaba calmar a la mujer, pero su rabia y decepción eran muy potentes. Las cosas no siempre fueron de esa manera. Hasta esa tarde la vida parecía ser brillante siempre para Marco y su familia.

Los Hertz no habían tenido nunca una vida bien acomodada del todo. Al constar de su padre, Emil —un beta—, y Giselle —una omega—, y obviamente Marco, los gastos eran menores, pero no podían darse muchos lujos. Aun así la infancia del muchacho estuvo plagada de momentos felices. Siempre unido más a Emil que a Giselle.

Se centró en esos recuerdos mientras intentaba ignorar los gritos tanto de Giselle como de Emil, escaleras abajo. Le había dolido en su orgullo a la mujer que su hijo no fuera un alfa. Pero no era como si todos los padres del mundo no quisieran un alfa como hijo. Los alfas, como la casta primordial, tienen muchos beneficios y privilegios por sobre todos los demás.

Tener un hijo alfa es señal de prestigio automático, un buen trabajo futuro, y por supuesto, un muy cómodo retiro para los padres. Claro que también la genética jugaba gran parte. Matemáticas simples que hacían descabellado pensar que un beta y una omega podían engendrar un alfa.

Aun cuando Giselle venía de buena familia, donde ella fue de las pocas desafortunadas en resultar omega, esperaba que al tener en sus venas la sangre de varios alfas le daría un impulso a su genética. Ahora solo sabía culpar a su esposo de la anomalía.

La situación estaba pasando demasiado pronto, todo porque su madre se tuvo que apresurar a ver los resultados. Si posiblemente le hubiera dejado hablar antes que nada, lo más seguro es que hubiera entendido. Sí, también se hubiera enojado, pero no hubiera estallado como ahora. Y su padre con seguridad hubiera sabido intervenir e incluso hacer de mediador en aquella discusión. Al menos esperaba que en su mente hubiera sido así.

Su celular vibró de inmediato, al menos una distracción le llegaba en ese momento de estrés. Lamentablemente solo era foco de más preocupación para él.

«Ey, ven mañana a ver a Serge. Perdió a su bebé. Seguramente necesitará apoyo»

Era esta la cereza del pastel. Serge era su mejor amigo, lo había conocido desde la primaria y apenas se llevaban tres años de diferencia, siendo el otro mayor que Marco. Serge Kipling —ahora Demídov— había resultado ser un omega, cosa que no a muchos sorprendió dadas las características físicas que empezaba a adquirir, como delicadas curvas y una cadera que se iba ensanchando ligeramente. Un año después de sus diecisiete, fue marcado por un alfa que parecía ser buena persona, al menos para los padres de Serge, y se casaron al poco tiempo.

Apenas la noche anterior la hermana de Serge le avisó que ya había entrado en labor de parto. Saber que había perdido a su primer bebé le llenaba de más pesar, como si fuera su culpa que ahora todo esté saliendo mal. Podía marcar este quince de mayo como un día oscuro en su propia historia.

Tras dejar de escuchar los gritos escaleras abajo, llamó a Miranda Kipling. Quería saber al menos si Serge estaba bien, a pesar de no tener ánimos por el momento de salir a la calle, mucho menos de hablar sobre cualquier cosa. Pero su amigo contaba con él, directa o indirectamente.

—Marco, qué bueno que llamas —Miranda salió de la habitación de hospital, donde Serge dormía exhausto, haciendo ligeros sonidos equiparables a los de un perro herido.

— ¿Cómo se encuentra Serge? ¿Cómo ocurrió? —preguntó apenas escuchar la voz de la chica, de su misma edad.

—No sabemos, todo iba bien, parecía que iba a tener el parto normal, pero hubo complicaciones.

— ¿Qué clase de complicaciones?

—Hasta donde Serge dijo, los doctores empezaron a señalar algo en el bebé. Lo escuchó llorar, pero luego hubo silencio. Le dijeron que el bebé había nacido con el cordón ahorcándolo y, simplemente no lo alcanzaron a cortar a tiempo. Y murió asfixiado.

—Eso suena demasiado terrible, ¿al menos lo pudo despedir? —Marco suspiró al escuchar lo que había ocurrido, pasando su mano por su cabello color miel.

—No, no se lo permitieron. Dijeron que era hacerlo pasar por un sufrimiento innecesario.

Sonaba a que en serio había algo demasiado mal en él. Quizá el bebé ya estaba incluso amoratado de tanto tiempo aguantando la respiración, y ese llanto fue su única oportunidad de tomar aire, la cual no pudo aprovechar al máximo.

—Intentaré verlo mañana, yo… estoy también teniendo un mal rato, pero en cuanto haga unas cuantas cosas mañana iré de inmediato a verlo —luego hizo una breve pausa—. ¿Cómo lo tomó Iván?

—Pésimo. No se despega de Serge por nada. Está ahora mismo dormido en una silla a su lado, lo abraza. Es tan lamentable.

—Te prometo que mañana me pasaré, aunque sea unos minutos. Duele demasiado que esto esté ocurriendo.

—Te lo agradezco tanto, en verdad eres un buen amigo, Marco. Creo que iré a mi casa ahora. Te esperaré mañana —Miranda se despidió de él, y colgó.

Dejó el teléfono a un lado y ahora sí no pudo aguantar las lágrimas en su garganta. Todo pintaba tan negro ahora mismo, y no sabía ni qué hacer. Tomando de nuevo el móvil empezó a buscar. Precio de supresores para Gamma. Aproximadamente setenta dólares el frasco con ochenta pastillas. Una por día. Era demasiado, pero ya vería cómo conseguir el dinero.

Luego hizo otra búsqueda. ¿Qué pasa cuando el bebé de un omega muere? Posibles cuadros de depresión post parto. Se procura tener atenciones hacia el omega que ha sufrido la pérdida, puesto que se vuelven más sensibles. Esta mierda iba a ser más complicada de lo que pensó.

Despertó muy tarde a la mañana siguiente. Era casi medio día y eso significaba que se había perdido el desayuno. También significaba que a esta hora estaba solo con su madre.

Giselle lavaba los platos y terminaba de ordenar algunas cosas de las compras que hicieron anoche. Se percató que Marco había bajado, pero no hizo el más mínimo movimiento.

—Buenos días —dijo entonces el muchacho, saludando a su madre, pero ésta no contestó. Repitió entonces el saludo, acercándose con sigilo a ella, pero apenas estar por tocarla, ella movió el brazo para apartarlo.

—No, no me toques —Giselle aun estaba enojada, se le notaba. Pero no era normal ese rechazo. Al marcar una distancia con Marco, volvió a sus asuntos.

—Mamá, por favor, no me rechaces de este modo —nuevamente no hubo una respuesta. Lo mejor parecía ser darle su espacio. Que terminara de pasarse el enojo y tal vez así volverían a la normalidad. Si, era lo preferible.

Fue entonces al refrigerador y sacó algunas cosas para hacerse un desayuno, aperitivo… lo que sea que se comiera en estos casos. Giselle solamente lo escuchaba tomar las cosas, empezar a cocinar.

—Incluso pude aceptar si hubieras sido un omega, pero ¿un gamma? ¿Qué clase de pecado se tiene qué cometer para recibir este castigo? —ahora era Marco el que no contestaba— Tu padre y yo nos esforzamos mucho, y esperábamos que fueras un alfa.

—Esas cosas no están bajo mi control. Nadie elige lo que es.

— ¡Ya sé que no se eligen! Si fuera de ese modo, todos seríamos alfas y entonces la raza humana se extinguiría. Sé que son los designios de Dios, pero esto es demasiado. Una cruel broma del destino.

Giselle era una mujer muy religiosa, como claro, toda su familia. Usualmente la mayoría de los alfas tenían la misma religión. Creían en un dios sin rostro que proveía de benevolencia y maravillas a su rebaño, mientras que castigaba con dolor y sufrimiento a sus enemigos.

Su nombre era O Théos, y lo representaba una extraña figura que asimilaba a un triángulo.

No solo los alfas eran devotos a O Théos, sino también gran parte de la población general, uniendo a omegas, y hasta betas en una misma forma de adoración. Pero para Marco, O Théos era un invento para mantener a las masas quietas, sin pensar, maleables, creyendo que todo ocurre por bondad o castigo divino.

—Iré a ver a Serge al hospital —avisó a Giselle, antes que ella saliera de la cocina.

— ¿Por qué lo vas a ver? —preguntó después de otro silencio breve.

—Anoche perdió a su bebé.

Ahora Giselle volteó a verlo. Era de preocuparse esa noticia, pues nadie nunca le desea la pérdida de un hijo a nadie.

—Pero, ¿cómo ocurrió?

—Al parecer nació asfixiado con el cordón umbilical. Lloró solo una vez, pero no pudieron salvarlo. Serge e Iván deben estar pasándola mal.

—Si, es una terrible noticia… —rápidamente se secó las manos y fue por su billetera. Le dio entonces unos cuantos billetes, alrededor de veinte dólares— Por favor, compra algo bonito para ellos. Tal vez no sea un gran detalle, pero que vean que lo sentimos mucho, y que pueden contar con nuestro apoyo.

Marco sostuvo el dinero, al final no era de extrañarse ese acto. Olvidar su enojo por un poco de solidaridad era obvio. Aun si no era hacia él dicho gesto, estaba bien.

—De acuerdo, mamá. Volveré en unas horas… también ya he investigado cuánto van a costar mis supresores. Cerca de setenta dólares.

— ¿Supresores para gamma? —El tema aún era delicado, y Giselle estaba con la fibra sensible tan expuesta que no pudo volver a aplicar la ley del hielo— Revisa en dónde puedes conseguirlos más baratos, y le diré a tu padre para que tome de nuestros ahorros y compre el primer frasco. También presta atención a tu cuerpo, no sé cómo sean los celos de un gamma…

—Espero que no sean detestables.

—Por lo menos no tanto como los de un omega —bien que ella sabía de eso, era odioso y ahora le causaba más desazón el no tener una idea de lo que su hijo pasaría.

Salió de la casa rumbo al centro. Si bien recordaba, ahí estaba la tienda donde Giselle compraba sus propios supresores. Debían ser de buen precio y calidad, siendo que seguía sin estar marcada por ningún alfa. Los betas no pueden marcar a nadie, los alfas sí. Giselle estaba en constante peligro pero afortunadamente todos sus celos eran bien controlados.

¿Cómo se siente entrar en celo? Le asustaba principalmente su estado de Gamma. Al ser atractivo en su celo para los Betas, podría entrar en un conflicto con su padre. Arruinaría su relación un estado así, siendo que le dio una gran infancia entre risas y juegos.

Es más, había escuchado de casos interesantes donde existían alfas y omegas que estaban destinados, al sentir el olor específico de cada uno aun sin presentar el celo. Era un caso muy interesante ese. ¿Existirá también un caso así entre Betas y Gammas? Pero no había modo de saberlo estadísticamente, si él representaba al único 0.0022% de la población.

Llegó a la tienda farmacéutica donde su madre adquiría sus supresores. Parecía más bien un mercadillo de conveniencia. Marcas blancas y envases de extractos de plantas por doquier. Alrededor estaba lleno de carteles con la palabra oferta en colores chillones para captar la atención. Llegó al mostrador, y con un tono alto para ser escuchado debido a la música del local, llamó al dependiente.

—Disculpe, ¿tiene supresores para Gamma?

— ¿Gamma? —el hombre detrás del mostrador preguntó. Se quedó pensando un rato, como debatiendo en su mente si eso siquiera existe— Revisaré el inventario —a continuación se fue detrás de una cortinilla en una puerta. Posiblemente la bodega del local.

Marco esperaba paciente en el lugar, sin moverse mucho más que para observar los alrededores. Ese local parecía especializarse en remedios para necesidades básicas y sexuales. Suplementos para alfas. Supresores naturales para omegas. Incluso remedios para betas para “rendir como un alfa en celo”. No le sorprendía la cantidad de gente que iba a ese sitio. Vio un estante, había incluso vitaminas que aseguraban poder acrecentar la posibilidad genética de procrear alfas. Un chico se le quedó viendo de repente, sabrá dios hace cuánto que lo veía. Tal vez lo escuchó hacer el pedido al dependiente, y estaba extrañado —o shockeado— de escuchar la palabra «gamma». Marco sólo volteó hacia otro lado, mordiendo ligeramente sus labios por la pena.

Después de un rato el dependiente volvió. Traía dos frascos de distintas presentaciones.

—Tengo solamente esto. Treinta dólares éste —dijo mostrando un envase pequeño con 20 pastillas—, y cuarenta y tres éste —señaló el otro frasco, con cuarenta pastillas. Debían ser de diferentes fabricantes, y por ello de distintas calidades. Pero no podía darse por ahora el lujo de estar regateando, ni siquiera de pensar cuál convenía más por calidad precio.

—Por favor, aparte la de cuarenta y tres, volveré mañana —dijo tomando su decisión de inmediato.

—No es como si se fueran a ir hoy. Difícilmente llegan a pedir esto, es un milagro que ni siquiera estén caducas —el dependiente era honesto. Quién sabe desde cuándo estaban guardadas, y seguramente les faltaba ya un año o menos para vencerse.

No necesitaba que le dijeran qué tan raro era pedirlas, gracias. Ya sabía que seguramente no había otro como él en el país entero, seguro y a lo más eran cinco regados por todo el continente, tres de los cuales sus padres de seguro ni nacían todavía.

Agradeció y tomó rumbo para salir del local, percatándose al darse la vuelta que aquel tipo de cabello oscuro lo seguía mirando. Mierda, de seguro vio de qué eran los frascos. Lo notó seguirlo con la mirada hasta que por las vitrinas y pilas de frascos se le perdió. Había sido eso extraño, incómodo.

Nunca había sentido una mirada tan incómoda como la de ese sujeto. Y sólo de recordarla le hacía sentir un cosquilleo incómodo en la espina. Despejó su mente al estar afuera, aprovechando su presencia aún en el centro para ir a alguna tienda de regalos y elegir algo para Serge e Iván. Era difícil elegir algo que no fuera a ser ofensivo. Lo más acertado a su parecer era llevarles algo que pudieran comer. Pero no chocolates. Son demasiado cliché y llegan a ser incluso de mal gusto.

Al final fue a una cafetería y compró tres vasos de latte, y una caja de bizcochos dulces. Era más entendible.

Al llegar al hospital, pidió el número de la habitación de Demídov, subiendo a la misma. Tocó la puerta y al escuchar la voz del alfa, entró.

—Hola… espero no estar importunando —saludó con timidez. Quería aparentar tranquilidad por el bien de su amigo y su esposo.

—No, está bien, Marco —Iván le recibió, señalando una silla para que se siente. Serge, en cambio, no hablaba.

—Mi madre les envía esto, dice que los quiere mucho y… que espera que todo mejore —le pasó a Iván la caja de bizcochos, y dos de los vasos.

—Es un lindo detalle de ella. Muchas gracias —Iván no dejaba de darle las gracias, quería parecer repuesto, tener un rostro positivo a pesar de lo que pasaba. Y así volteó a ver a su esposo—. Serge, mira, justamente son tus favoritos —le dijo al omega, señalando la caja.

—Gracias, no tengo hambre por ahora —Serge se negó a probar siquiera uno. Bien, tal vez no fue tan buena idea llevar eso. Pero debía entender, había perdido algo demasiado importante.

—Si de verdad les soy inoportuno, puedo volver otro día. Es más, podría Miranda decirme cuándo pueda venir…

—Ya te lo dije, no eres inoportuno, Marco… volveré en un momento, necesito salir un rato —Iván hizo tal, y salió de la habitación. A lo mejor y Serge necesitaba tiempo con su amigo. Podría darle unos minutos para que se relajara y así pudiera soltar un poco de lo que sentía.

Al verse en soledad, entonces Marco también pudo dejar algo de ese sentimiento de agobio.

—Miranda me contó todo. Lamento mucho lo que sucedió —dijo tras dejar salir un suspiro.

—Lo peor, creo, es que ni siquiera lo pude sostener en brazos. Solamente me dijeron que fue un varón. Es todo lo que sé. Ni siquiera sé qué tan grande era, si era pesado o ligero… no sé ni siquiera si su piel era suave. Me arrebataron a mi hijo y ni siquiera pude decirle adiós.

Serge estaba en un estado parecido al shock. No podía llorar, así como no podía terminar de reaccionar y asimilar lo que había pasado. Se había preparado desde la primer contracción para recibir a ese bebé en sus brazos, incluso se había imaginado llorando al apenas sentirlo con él. Y no ocurrió. Ni siquiera le permitieron abrazarlo y despedirse como debía. Conocerlo antes de dejarlo partir.

Dijeron que no era necesario el sufrimiento, pero hicieron la herida más honda con ello.

Volteó entonces a ver a Marco, esperando cualquier palabra de su parte, pero no hubo una respuesta al momento. Más bien, el rubio se sentó a un lado suyo en la cama, y sin más lo terminó por abrazar y repetirle que todo estaría bien. Era una mentira blanca, porque él no sabía si en verdad estaría bien como le prometía.

3 de Abril de 2019 a las 21:16 0 Reporte Insertar 1
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