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mradcliffe MRadcliffde 77

Una historia del pasado que vuelve con mayor pasión que nunca


Erótico Sólo para mayores de 18.

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Reencuentro

El último tren del día acababa de efectuar su entrada en el andén, y cinco minutos después, una oleada de pasajeros inundaba la pequeña estación. Muchos corrían a la salida para coger el primer taxi que los acercara a sus respectivos destinos, otros tantos se encontraban con amigos y familiares y unos pocos esperaban a que los recogieran, sentados junto a su equipaje en los largos bancos de madera. Con el paso del tiempo, la estación fue vaciándose, cada vez quedaban menos pasajeros, algunos rezagados corrían con su equipaje hacia la salida, hasta que solo quedó una persona. En medio de la estación, junto a una pequeña maleta de gastado cuero marrón, una muchacha joven esperaba de pie. Vestía un sencillo vestido de viaje azul marino, calzaba unas viejas botas oscuras de piel algo desteñidas y en la cabeza, un bello sombrero de ala ancha de color burdeos completaba el conjunto y ocultaba su rostro de miradas indiscretas. Su larga melena negra como el carbón ondulaba a su espalda, movida por la ligera brisa nocturna, dejando entrever sus desnudos hombros. Nada parecía perturbar a la muchacha, que esperaba en silencio sumida en sus pensamientos.

La joven todavía esperó ahí treinta minutos más, sin moverse, sin decir una sola palabra, hasta que el sonido de unos pasos apresurados le hicieron levantar la cabeza y fijar su mirada en la esquina de la estación. Sus ojos grises como el mercurio líquido brillaron con ferocidad, casi con impaciencia, mirando a la persona que acaba de hacer su aparición en la estación. Se trataba de un joven alto y apuesto, de cabello castaño y profundos ojos verdes enmarcados por un par de gafas de montura gruesa que, lejos de deslucir, hacían su rostro más atractivo. El joven respiraba con dificultad, llevaba la ropa (una camisa blanca con una corbata mal anudada y unos vaqueros viejos) arrugada, el cabello despeinado y las gafas torcidas sobre el puente de la nariz, era evidente que había venido apresurado. Tenía un aspecto bastante deplorable y desaliñado, parecía despistado y bastante torpe, no obstante, cuando la mirada de sus ojos esmeralda se cruzó con la plateada de la joven, su actitud cambió, su expresión era indescifrable.

La joven apartó los ojos del muchacho, no podía soportar la mirada de sus verdes ojos, un profundo sentimiento de culpa se apoderó de ella en cuanto lo vio aparecer. No sabía que pasaría a continuación, no sabía si quiera porque él había decidido aparecer, si estaría enfadado con ella y venía a recriminarle con historias del pasado, o si…

<<No>>, pensó agitando levemente la cabeza, aquello era impensable, ni siquiera sabía porque estaba allí, no había respondido a la carta que le había enviado hacía semanas informando de su regreso, no pensó que se le ocurriera venir y, sin embargo, ella había esperado en aquella desangelada y fría estación la llegada de él, con el corazón en un puño.

Aquella era la primera vez en cuatro años que se veían, cuando en aquella misma estación, ella había tomado un tren que la llevaría lejos de él. Una semana después de haber terminado sus estudios universitarios, le había llegado una carta informándole de que le habían concedido una importante beca que hacia un año había solicitado para estudiar en Italia. Ya había olvidado la beca, convencida de que no se la habían otorgado, cuando llegó la carta.

Por aquel entonces ella era una joven y brillante estudiante de Filología Románica de la Universidad Complutense de Madrid, destacaba por encima de sus compañeros y su futuro era realmente prometedor, como solían comentar sus profesores. No tenía tiempo para ataduras, le gustaba su libertad y, aunque pretendientes nunca le faltaron, no mantuvo más que algunas relaciones esporádicas meramente físicas. Sin embargo, todo cambió cuando lo conoció a él.

Ya había oscurecido cuando salía de la biblioteca, solía pasar largas horas encerrada en la sala estudiando y preparando diversos trabajos de investigación. Se apresuró a salir del campus universitario, puesto que el último metro salía ya y si lo perdía tendría que volver andando hasta las residencia que se encontraba a una hora a pie desde allí. Doblaba a toda velocidad una esquina, cuando sin previo aviso, otra persona se cruzó en su camino, derribándola. Ambos acabaron en el suelo y sus cuadernos y libros esparcidos por el pavimento.

-Mierda, mierda, lo siento, yo ¡Oh no! Todo se ha mezclado. - protestó la voz de la otra persona.

Ella levantó la mirada, y fue la primera vez que sus ojos plateados se encontraron con los verde esmeralda de él, la atracción fue inmediata, solo que ellos no lo sabrían hasta mucho después. El muchacho, poco acostumbrado a tratar con mujeres como ella, se sonrojó al instante, y a partir de ahí no supo más que farfullar algún que otro <<lo siento>> sin poder mirarla directamente a los ojos, mientras trataba de reorganizar y recoger el montón de libros y papeles que se habían desparramado por el suelo. Sin poder evitarlo, ella soltó una carcajada, aquel muchacho era realmente torpe y eso le hacia encantador. Él pensó que se reía de su torpeza y se sintió todavía más avergonzado si cabe, pero nada más lejos de la realidad. Ella le tendió la mano, ante el desconcierto de él, pero finalmente acabó por estrechársela. A partir de entonces sus encuentros se repitieron con frecuencia.

Al principio solo coincidían de vez en cuando en la biblioteca, cada uno con sus respectivos estudios, más tarde fueron menos los encuentros casuales y más los planeados, él parecía buscar la mirada de ella entre los demás estudiantes de la biblioteca y ella se dejaba ver. Con el tiempo comenzaron a quedar para estudiar juntos, ella descubrió que él estudiaba un doble grado en matemáticas y química, sin embargo, él quedó todavía más impresionado con las actitudes de ella que, a pesar de ser una persona de letras, se manejaba con bastante soltura en el campo de las matemáticas y aún todavía en la química. Él no podía más que sentir admiración por ella, y a ella le gustaba la expresión que él ponía cuando la miraba, se sentía única junto a él. Aquel muchacho, inteligente como torpe era, se fue convirtiendo en algo más.

Hasta que una noche, en la que habían quedado para estudiar juntos en la residencia de ella, no pudieron soportarlo más y se dejaron llevar por la pasión contenida. A partir de entonces, sus encuentros nocturnos fueron mucho más frecuentes y apasionados. Él se dejaba llevar por la sensualidad y experiencia de ella, y ella se divertía con la osadía y torpeza de él quien, a pesar de parecer tímido y reservado, era realmente fogoso cuando la situación así lo exigía. Durante casi un año mantuvieron esta estrecha relación carnal, y pronto ella se asustó, descubriendo que además de un profundo deseo por él, se sentía cada vez más atraída sentimentalmente por el muchacho, algo que la asustaba y emocionaba a partes iguales.

Fue entonces cuando llegó la carta. Dentro de ella se había declarado una guerra entre su cabeza y su corazón. Había luchado toda la vida para obtener una oportunidad como aquella, estudiar con los grandes y realizar el trabajo de investigación de sus sueños, sin embargo, el creciente apego que sentía por él puso en duda sus deseos. Pasó semanas sumida en un profundo debate que le quitaba el sueño y le cerraba el estómago. Cualquiera que la conociera sabía que algo le pasaba, y para él no fue menos. Pero por más que preguntaba ella siempre cambiaba de tema y optó por aguardad a que ella decidiera dar el primer paso, la conocía lo suficiente para saber que no le diría nada a menos que quisiera hacerlo, y él no pensaba forzarla.

Una noche, cuando él estaba solo en la habitación de su residencia, llamaron a la puerta. Se levantó, extrañado por las horas, pero abrió de todos modos. Al otro lado de la puerta se encontraba ella, había tomado una decisión y pensaba seguirla costara lo que costase.

- ¿Qué ha…? -pero no tuvo tiempo de contestar, ella se había lanzado sobre él y se aferraba con sus piernas a su torso mientras lo besaba con pasión. No buscó explicaciones, aquello era bastante habitual entre ellos, por lo que simplemente se dejó llevar.

Cerró la puerta mientras la sujetaba firmemente con sus brazos y la llevó hasta su habitación, mientras ella no dejaba de besarlo con voracidad, casi con necesidad. Una vez en el cuarto la dejó con delicadeza sobre la cama, mientras ella lo agarraba de la camisa y lo arrastraba a su lado, sin dejar de besarle. Comenzó a desabrochar uno a uno los botones de su camisa y, apartándola a un lado, comenzó a acariciar su torso desnudo. Las manos de ella estaban frías y al entrar en contacto con la cálida piel de él hizo que se le erizara el cabello, produciéndole una agradable sensación de placer con cada dulce roce de las manos de ella.

Él hundió su rostro en el cuello de ella besando y mordiendo su piel, sin dejar un solo centímetro sin marcar, sabía que aquello la volvía loca. Un leve gemido que no trató de ahogar salió de los labios de la joven, confirmando lo que ya sabía, una sonrisa de satisfacción se dibujó en su rostro. Desabrochó los botones de la blusa, arrojándola a un lado de la habitación y sin dejar de besar sus labios y acariciar su abdomen, soltó el sujetador, dejando libres sus pechos. Abandonó sus labios para bajar hacia sus senos, aspiró con deleite el dulce aroma de su cálida piel. Pasó su experta lengua por sus pechos, lamió y beso sus aureolas, arrancando gemidos de placer de su garganta. Atrapó con su boca uno de los erectos pezones de ella, mientras que con la mano estimulaba el otro.

Así estuvo un rato, hasta que consideró que era suficiente, abandonó sus pechos, mientras ella le miraba con ojos suplicantes, sabía lo que quería, pero aún la torturaría un poco más. Emprendió un húmedo camino de besos desde su pecho hasta su abdomen, notando como con cada caricia de sus labios ella se estremecía de placer bajo su cuerpo, aquello le encantaba. Frenó sus labios al llegar al límite marcado por el pantalón, se detuvo un momento, viendo como ella le apremiaba. Depositó un sinfín de besos sobre su abdomen mientras desabrochaba el botón del pantalón y lo bajaba, haciéndolo a un lado, junto con la camisa y la blusa.

Se enderezó un momento para observarla. Tendida sobre la cama, completamente desnuda a excepción del fino culot de encaje burdeos, ya húmedo debido a la excitación creciente de ella, se encontraba a su completa disposición. Su largo y ondulado cabello se desparramaba sobre la cama en rebeldes bucles negros, mientras que sus plateadas pupilas se habían dilatado debido al ardor del momento. Sus mejillas ardían y su respiración era agitada. Se mordía levemente el labio inferior, una manía que a él le volvía loco y que le indicaba que ella estaba disfrutando. Era una diosa, y ella lo sabía, por eso lo torturaba, disfrutaba del placer que le producía tenerlo a su completa merced, y él se dejaba llevar. Se acercó a su oído y, tras morder provocativamente el lóbulo de su oreja, susurró en ella:

-Eres preciosa...

Ella no pudo soportarlo más, se incorporó y, para sorpresa de él, con un ágil movimiento lo tumbó sobre la cama y se sentó a horcajadas sobre su pecho desnudo, cambiando los papeles, se había cansado de permanecer sumisa. Sabía que le encantaba cuando hacia aquello, porque le sorprendía y a la vez le llenaba de aquella timidez de sus primeros encuentros. Por un momento vio reflejado en sus verdes ojos al joven torpe del que estaba totalmente enamorada.

Apartó aquel pensamiento de su cabeza y, mientras movía de arriba abajo sus caderas sobre el creciente bulto de los pantalones de él, comenzó a besar y morder su cuello, pasando por su clavícula y continuando sobre su pecho desnudo. Sus caricias eran dulces, mientras que sus besos eran feroces. Él se encontraba en pleno éxtasis, embriagado por sus caricias y excitado por sus besos. Él agarró el trasero de ella, acariciándolo y apretándolo con firmeza, mientras ella bajaba sus manos hasta el cierre del pantalón del joven, lo desabrochaba y se lo quitaba, deshaciéndose de el con rapidez.

Besó con sus labios la frontera entre su piel y el bóxer que lo cubría, mientras que con sus manos acariciaba su miembro sobre la fina tela elástica. Mantuvo aquello durante largo rato, para desesperación de él y diversión de ella. Le encantaba ver aquel brillo de suplica en sus ojos, lo estaba llevando al límite, lo tenía dominado, completamente a su merced, aquello le encantaba. Con un rápido movimiento bajó la prenda, acabando con su tortura. Humedeció sus labios con la lengua y se dispuso a lamer y besar cada centímetro de su miembro, acompañado por el firme ritmo de sus manos sobre este. Sonrió con satisfacción cuando llegaron hasta sus oídos los gemidos ahogados del muchacho. No se detuvo hasta que sintió que el chico estaba al límite, se apartó y dejó que recuperara el aliento.

Pero él no perdió ni un solo segundo. Pillándola totalmente desprevenida la cogió de las caderas y la volvió a tumbar sobre la cama, colocándose sobre ella, y sujetando con una mano las muñecas de ella sobre su cabeza. Apartó su largo cabello negro y volvió a morder su cuello, besar su clavícula y masajear sus pechos con suavidad, pero con firmeza. Los gemidos de ella volvieron a retumbar en la habitación, mientras que él deslizaba su mano libre sobre el abdomen de ella hasta llegar a su culot, masajeando su pubis sobre la fina tela de encaje. Levantó ligeramente la prenda e introdujo dos dedos en ella, deslizándolos poco a poco hasta llegar a su entrada. Separó los labios y, a la vez que la besaba con ardor, introdujo sus dedos dentro, arrancado de la garganta de la joven un placentero gemido.

Sonriendo para sí ante la reacción de ella, comenzó a mover sus dedos, con movimientos firmes y rítmicos. Sintió como el cuerpo de ella se estremecía con cada caricia, sus jadeos se volvieron más frecuentes acompañados de una respiración entrecortada. Cuando la notó lo suficientemente húmeda, terminó de quitar el culot, que empezaba a estorbarle, apartó su lengua de los labios de la joven, y la deslizó por su cuerpo, deteniéndose brevemente en sus pechos para continuar bajando hasta su cintura y acabar introduciéndose dentro de ella. Los gemidos de la joven se intensificaron con aquel tercer y húmedo intruso que exploraba cada rincón de su ser con movimientos ágiles y expertos. El cuerpo de ella vibró por completo cuando la punta de la lengua de él rozó su clítoris. Él sonrió, la castigaría todavía un poco más.

Siguió con su tarea ignorando deliberadamente el mayor punto de placer de ella, poniéndola al límite cada vez que se acercaba peligrosamente a él. Permaneció un par de minutos más así, hasta que la oyó jadear:

-Hazlo… por favor…

No pudo resistirse a aquella petición y volvió su lengua sobre el clítoris de ella, haciendo que se retorciera bajo su cuerpo con más fuerza. Notó que se encontraba al límite y no tardaría en llegar al orgasmo, y lejos de alejarse se esmeró todavía más en sus movimientos, hasta que notó como ella explotaba de placer y una sustancia cálida se deslizaba por su boca. Lamió y besó cada húmeda parte de ella, se apartó con delicadeza y volvió a besarla, casi con ternura. La respiración de la muchacha comenzaba a calmarse, aunque sus mejillas seguían ardiendo y su pecho subía y bajaba con rapidez. Pero todavía no había acabado.

Se zafó del agarre del mucho e, incorporándose, se subió sobre sus piernas, aferrándose con las suyas al torso desnudo del muchacho. Pasó sus brazos por detrás de su cuello y agarró entre sus manos la nuca de él, mientras lo besaba con pasión. Él, algo desprevenido, no tardó en corresponder a su beso y pronto sus lenguas se encontraron, retorciéndose, buscando la del otro para profundizar el beso, sin despegarse uno del otro, les faltaba el aire, pero no parecía importarles, necesitaban aquello, no se creían capaces de separarse el uno del otro.

Con un rápido movimiento de cadera, ella se dejó caer sobre él, sorprendiéndole a la vez que ambos gemían de puro placer ante aquel contacto tan esperado. Movían las caderas despacio, con suavidad, de forma rítmica, sus gemidos comenzaban en la garganta de uno y acababan en un sordo jadeo en la boca del otro, interrumpido por el juego de sus lenguas. Con sus manos acariciaban y exploraban cada rincón del cuerpo del otro, no se sabía dónde empezaba ella y terminaba él. Sumamente excitados, el ritmo de las caderas de ella se aceleró y el de las embestidas de él se intensificó. La luz de la lamparita de estudio iluminaba sus cuerpos sudorosos, mientras arrancaba sombras oscuras de la excitante escena. Pronto, ambos se encontraron en su límite, sus movimientos se volvieron lentos y torpes.

Sin previo aviso, el muchacho soltó una de las manos con las que sostenía a la joven sobre sus caderas, y la fue bajando poco a poco hasta llegar de nuevo al clítoris de ella. La muchacha no se dio cuenta de sus intenciones hasta que notó el roce del pulgar de él sobre su mayor punto de placer. Con otro fuerte gemido, mordió el labio inferior del muchacho al mismo tiempo que aumentaba el ritmo de sus embestidas, sabía que acabaría de un momento a otro y quería que el se fuera con ella. Con una última embestida de ambos y un leve roce sobre el clítoris de ella, los dos acabaron al mismo tiempo.

Se dejaron caer sobre el colchón, exhaustos y en sus rostros se percibía una tonta sonrisa post coital. No tuvieron que decir nada, ella se recostó sobre el pecho de él, mientras este acariciaba el cabello de ella con ternura, hasta que se quedaron completamente dormidos.

A la mañana siguiente, cuando los primeros rayos del sol rozaron el rostro del joven, ella ya no estaba. Tan solo, en el lado de la cama que ella había ocupado la noche anterior, había una nota. Cuando él la leyó supo que probablemente no volvería a verla más, y su corazón lloró amargamente.

Y ahora allí estaban, cuatro años después, uno frente al otro. Él mirándola directamente, con una expresión indescifrable, ella apartando la mirada, avergonzada. Después de tanto tiempo aquel acto la seguía persiguiendo, había huido de forma cobarde sin tener valor suficiente para mirarle a los ojos y decirle que se marchaba, quizás para siempre.

El silencio de la noche se instaló entre los dos, roto tan solo por el sonido de las ramas de los árboles mecidas por el viento.

-Elisa. -se oyó la voz de él.

Al oír su nombre salir de los labios de él, la joven levantó la mirada, azorada y respondió, en apenas un susurro

-Víctor…

La mirada de él se dulcificó y mostró una irresistible media sonrisa que enterneció el corazón de Elisa. Habían pasado los años y, sin embargo, Víctor seguía siendo el mismo chico tierno y torpe con el que se había chocado a la salida de la biblioteca. Parecía como si los años no hubieran pasado, como si ella jamás se hubiera marchado, porque la calidez y ternura con la que él la miraba seguía siendo la misma con la que la había besado años atrás.

Sin pensarlo dos veces, salió disparada a sus brazos, haciendo salir volando su sombrero, mientras se lanzaba a los brazos de Víctor y se fundían en un tierno beso primero, apasionado después, lleno de significado. No necesitaron decir nada, todo parecía perdonado, y en aquel momento solo pensaban en recuperar el tiempo perdido, ya habría tiempo más tarde para hablar, en aquel momento solo querían una cosa: devorarse el uno al otro como hacia años que no lo hacían.

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3 de Abril de 2019 a las 19:12 0 Reporte Insertar 0
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