Trilogía del corazón Seguir historia

danny-medes85 Danny Medes

La trilogía del corazón regresa a Inkspired de la mano de "D.Hurtex" de forma ilimitada. Jakedan López del Rey es un adolescente feliz e ilusionado con vistas a un próspero futuro. Todo cambia cuando una serie de acontecimientos le hacen envolverse en un torbellino de autodestrucción. Cuando parece que ya es demasiado tarde llega a su vida Josh Gutiérrez de la Vila; el chico más popular de Algesón. Jakedan tiene celos de su nuevo vecino por ser lo que él ha querido ser: un mujeriego encantador. Sin embargo lo que no saben es que corren peligro pues la alcaldesa de Algesón hace lo posible por separarlos. El protagonista principal es acusado de cometer fraude, asesinato y robo por lo que es excluido a un centro social. Después de cuatro años encerrado logra escapar con la mala suerte de caer en una trampa que lleva a Josh a la muerte por causa de Paz Lorca. Jakedan deberá cambiar de rostro y apariencia bajo el nombre de Joshdan para vengarse de aquellos que hicieron de su vida un infierno. Año de publicación: 2015-2017 Protagonista: Daniel Hurtado Co-protagonista: Jorge Bosch


Erótico No para niños menores de 13.
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De corazón púrpura

1
Mi nombre es Jakedan López, tengo diecisiete años; soy de Algesón, un pequeño pueblo cerca de Valeró. Vivo con mis padres. Me siento afortunado de poder tener lo que deseo gracias al abuelo. Él sembró la fortuna trabajando duro en la banca. Al igual que a mi padre, le fue concebido un pequeño puesto. Era obvio que fuese de economías, provenía de generación en generación. A mi madre le daban devoción las oficinas, no es de extrañar que sea empresaria. Siempre tuvo claro sus planes de futuro. Mis padres se conocieron en la etapa universitaria, esa en la que tu día a día es un continuo examen de trecientas páginas. Los primeros amores, sacarse el carnet de conducir y aquello que englobara términos parecidos. Pasaron los meses y ambos cumplieron con los objetivos trazados. Cada uno intentaba superarse en sus quehaceres. Con el tiempo, fueron enamorándose. Tal fue así que llegó el día que cambiaría sus vidas: el compromiso. La boda fue muy especial, pétalos de rosa blanca inundaron los trajes de los recién casados que se mostraron eufóricos. Realizaron un gran banquete en la sala Rexid en Alzer, junto con el resto de invitados.
Varias semanas después, pensaron en trasladarse a un nuevo barrio del pueblo de Algesón para formar una familia con mi llegada. Todos los veranos visitábamos a los tíos de Sueca en su casita de campo. Mi madre me ponía crema para evitar que los rayos solares perjudicaran mi piel. Mi prima Beatriz jugaba conmigo al escondite y a los profesores. En épocas de calor, nos poníamos el bañador y nos tirábamos a la piscina. Tuve una infancia repleta de felicidad e ilusión.
Crecí hasta cumplir dieciséis años con un gran ideal: ser cantante. En mi adolescencia veía la serie "Hannah Montana", a raíz de ahí me interesé bastante por el tema. Compuse canciones, la mayoría de semanas inventadas a mi gusto. Hacía micrófonos con botellas de agua, las decoraba y fingía ser un famoso. Mis padres vieron que poseía un don especial que me distinguía del resto de los chicos. Una creatividad que iría perfeccionando con el tiempo.
Mi vida cambió por completo cuando una noche de verano me asomé al balcón de mi habitación. Observé el cielo estrellado ante el pulcro silencio. De pronto, una estrella fugaz reluciente pasó de largo. Pedí un deseo. Durante ese año, mis dotes me llevaron a convertirme en un conocido cantante llamado artísticamente DHM.
Recordaba aquello. Me encuentro de pie frente a la cama.
Destapo la manta, me acomodo y cierro los ojos. Me voy durmiendo sin darme cuenta que la oscuridad me invade con su manto negro. La respiración se relaja con los segundos pasando sin cesar. ¿Estoy dormido o es un espejismo? Dejo de notar mi pesado cuerpo. ¡Dios mío!, ¿Estaré muerto? Soy inmune a percibir mis articulaciones a través del movimiento. Una red invisible atada a mí me mantiene firme. Solo escucho los latidos de mi corazón bombeando la sangre por mis venas. Secos y seguidos. Acelerados y pausados. ¡Menuda descoordinación! Los latidos se ralentizan. Una nube tapona mis oídos lentamente hasta que el sonido procedente de mi interior termina insonoro. Una electricidad recorre mi silueta de pies a cabeza y una especie de fuego me quema en el interior. Siento un quemazón tremendo. Quiero gritar y que me saquen. Un momento... estoy dormido. Me concentro en que mis párpados se despeguen, es como si me hubiesen sedado. Las llamas del fuego se incrementan traspasando la piel. Al contactar las chispas eléctricas con el fuego, una chispa crea un terremoto por todo mi cuerpo. Un leve y audible pitido oigo. Siento como si fuese a despegar hacia una lejana dimensión. Al cabo de unos segundos, la actividad de mi cuerpo se para. Un impulso sale de mi pecho y pierdo la conciencia.
Miro mi propio cuerpo humano tendido sobre la cama sin sentido. ¿Cómo he salido de ese envoltorio tan incómodo? Me siento afantasmado. La brisa nocturna traspasaba mi silueta. Soy transparente y cristalino. ¿Cómo se supone que se deben de comportar las almas? Libre durante una noche. Decido recorrer lo nunca antes visualizado...
Tan solo habían pasado dos días desde el lanzamiento de mi nuevo disco Kiss Love. Este disco reflejaba a la perfección una historia de amor entre un chico que va en busca de su chica a la que ha dejado. Tras ser él mismo el que mandase mensajes a su ex novia, decide ir en su búsqueda. Al fin, ambos se encuentran una mañana en la playa y la historia se termina con un beso.
Cada vez más gente escuchaba mis canciones en YouTube, las visitas aumentaban a paso agilizado. De eso se trataba, de fomentar una considerable cifra hasta llegar a un punto máximo.

Mis dos mejores amigos, Mar y Johnny, estaban alegres de este comienzo en mi carrera musical.

—Jakedan, he escuchado tus canciones y son de lo más pegadizas —comentó Mar con alegría.

Johnny se puso a refunfuñar molesto por aquel comentario, opinando negativamente.

—¡Por favor, pero si carece de instrumentación! Debo aceptar que la letra está bastante acertada.

Mi amiga miró a Johnny seriamente por formular su crítica de forma desinteresada.

—Johnny, sabes que no está bien recalcar las imperfecciones. Él ha hecho lo que ha estado en sus manos —le rectificó.

Él, algo indignado, le dijo:

—Sí, claro.

Mi amiga le tironeó del brazo para que me pidiera disculpas.

—Es absurdo que te comportes de esa estúpida manera.

Johnny refunfuñó lanzándole una agónica respuesta.

—Seguirle la corriente es un desperdicio de tiempo.

Mar contenía su rabia en su interior evitando entrar en una discusión. Debían de parar de hablar con potencia. Cada acecho de mi amigo, era un apabullamiento para mi amiga. Antes de que esa molesta discusión fuera a parar en un cabreo, entré de pleno:

—¡Ya basta! —grité sin escrúpulos.

Ambos se quedaron observándome atónitos. Se hizo un silencio sepulcral. Los pensamientos se corrompieron con mi pausa.

—Os comportáis como absurdos niños. ¡Madurad! —advertí.

La expresión les cambió. Una decepción devastó su alegría. Mar se levantó del banco desganada.

—Lo sentimos. —Agachó la vista inexpresiva.

2
—Es que como en una semana has conseguido formar un club de fans, has conseguido componer canciones por ti mismo, has podido vender muchas copias... En fin. —Su disculpa tomó un respiro antes de continuar—. Pensábamos que íbamos a ser menos importantes.
Era una estupidez que cambiara a mis amigos por mi aliado. Si tal ocurrencia se realizase, estaría engañándome.
—Hablábamos por correo anoche y criticábamos a favor de los demás. Debo disculparme por no fijar mis pensamientos en tu voto de buena fe —dijo mi amigo con honestidad.
Evalué sus conclusiones y los abracé.
—Si la envidia os carcome... ¿soportaréis lo que venga? —pregunté chistosamente.
Ellos estallaron a carcajadas.
—Claro —afirmaron los dos.
Sonó la sirena de entrar a clase. Los tres tiramos los envoltorios del bocadillo a la basura y subimos las escaleras. Los de mi curso me motivaban con su fanatismo. Me halagaban con recurrentes piropos: "Guapo", "DHM bey remix", "Te amo".
Las dos del mediodía, hora de comer. Me apresuré a ir deprisa para lograr ver a mi madre cuando llegase a casa mi abuela. Sofía, la cuidadora de mi abuela, abrió la puerta.
—Hola, cielo. ¿La escuela bien?
—Sí.
Lo primero que hice fue recorrerme el corredor de una punta a otra para descargar mi pesada mochila. Luego entré en el salón comedor, allí se encontraba mi abuela Perla sentada ya en la mesa. La saludé con un beso en la mejilla. Observaba su pelo canoso totalmente corto y alisado. Su piel arrugada revelaba su avanzada vejez. Entonces me acordé de cuando ella me recogía en la parada del bus en mi niñez. Me compraba cuadernos para colorear y jugábamos a construir castillos. Sofía me llamó para comer, las ensaladas estaban encima de la mesa. En ese momento, estaban echando en la televisión "Zac y Cody, Todos a bordo", en el canal Disney Cannel. Me impactó ver cómo comían de rápido Perla y la cuidadora. Al terminar, sentamos a mi abuela en el sillón con sutil delicadeza. Sofía tenía la suerte de acompañarme un poco hacia casa porque en una de las calles paralelas al piso en el que nos encontrábamos vivía su cuñado.

Al llegar a mi casa, metí la llave en la cerradura y abrí la puerta de madera. Mi casa era extensa, con dos cuartos de baño, dos habitaciones de estudio, tres dormitorios, un salón grande y hasta un garaje. Subí los peldaños de las escaleras ilusionado. La sorpresa que me encontré fue a mi padre comiendo en la cocina.

—¡Papá, qué bien que hayas llegado tan pronto!

Pero él no contestó. Retiró el plato de macarrones poniéndolo en el lavavajillas. Encendió la tableta y mostró la pantalla. ¡Era una de mis canciones! Mi plan de llevar en secreto mi doble vida acababa de frustrarse. Mi padre, Charles, había descubierto quién era DHM. Me sentía fastidiado, siempre conseguían pillar mis tramas. Recordé con dureza sus palabras: "Nunca subas videos a YouTube".

—¿Me puedes explicar esto, jovencito?

No quería aceptar mis miedos, prefería negarlo cien veces a soportar un reniego. Tartamudeando, estuve a punto de excusarme. Sin embargo, lié un poquitín el tema.

—Yo... eh... En ninguna medida me auto grabaría para subir videos absurdos a Internet —respondí inseguro. Sin pararme a pensar, enganché otra frase falsa—. Al chico que canta le llaman DHM. —Me paralicé al pensar que esas siglas eran las de mi nombre. Me corregí atragantándome en las sílabas para evitar un fallo descomunal—. Es su nombre artístico. Se llama David García Castillo—. ¡Por los pelos!

Confiaba en que mi padre se tragaría mis estúpidas excusas con la finalidad de que aparcara el tema. Mi padre puso mala cara al percibir mi absurda historia. Se levantó de la silla y suspiró.

—Hijo, esto se ha hablado muchas veces. Me da igual que te creas un alter ego, que compongas canciones, ¡pero que me mientas y que subas videos no te lo consiento en mi reglamento! No permitiré que te autodestruyas.

Su voz escandalosa me alteró lo bastante para desanimarme. Harto del mismo comentario, le expliqué mi objetivo:

—He estado años esperando a realizar este sueño. Siempre quise ser famoso, ¿y deseas arrebatármelo? Decías que me apoyabas en mis decisiones. ¿Por qué iba a destruirme? —Vacilé sin entender su rotunda negación.

Impaciente, soltó de tirón su teoría filosófica:

—Dije que te apoyaba en decisiones serias. Deberías emplear tu creatividad en escribir historias, se te da bien, en vez de hacer el ridículo para otros—. Esa palabra, jamás me la había mencionado antes.

Su carácter duro me estaba ablandando. Su enfado se rebajaba dando paso a la serenidad. Mis nervios se compactaron dejándome hablar:

—¿Una banda? Este proyecto lo he hecho por diversión. El dinero es lo de menos. Tampoco voy a seguir el resto de mi vida cantando ñoñeces. Solo te pido que me permitas mostrar mi pasión —comenté con un tono angelical.

Mi padre se adelantó con dureza:

—Hijo, esos artistas infantiles que consiguen éxito y popularidad comenzaron como tú, subiendo videos. Los cogen en una discográfica, les promocionan, les pagan un pastón. Los manipulan a estar expuestos a su corta edad a una sublime presión. Al entrar en la edad adulta, sienten que les falta juventud. Entonces van desmoronándose, construyendo un cambio radical que los lleva en un futuro a los excesos.

Ahora entendía ciertos casos de algunas estrellas favoritas. El primer caso era el de Lindsay Lohan, comenzó en Disney a los cinco años. Participó posteriormente en películas y grabó dos álbumes de estudio. A sus dieciocho, consumió drogas y estupefacientes. De ahí en adelante, sus detenciones la han trasladado a lo más bajo. El segundo caso era el de las hermanas Olsen; participaron de pequeñas en una película de terror. Sin esfuerzos para deshacerse de sus papeles siempre ligadas a ellos, lo que terminó con sus carreras prometedoras. Eran dos casos opuestos con la misma coincidencia en su desenlace. Mi padre, dudoso, me invitó a sentarme en una de las sillas. La conversación se alargaba bastante.

—Hay un secreto que debo confesarte —me dijo con cierta timidez—. Te asombrarás con el dilema que voy a exponerte. Sé que es extraño que cuando solemos hablar sea tan breve. Este asunto me lo conozco tan bien como los dedos de la mano. A tu edad, yo fui cantante. En la escuela se presentaban voluntariamente los alumnos para un concurso de canto, a los tres primeros les daban un reconocimiento.

Mis oídos no daban crédito a lo que escuchaban.

—¡Guau! Eso explica tu gusto por ser Dj. ¿Qué pasó?

Mi padre agachó la mirada.

—Tu abuelo me decía lo mismo que yo te he dicho. A él, la actuación le provocaba repugnancia. Decía que era una bobada

Dibujé una mueca en mi rostro.

Las seis de la tarde, hora de visitar a los abuelos. Me despedí de mi padre y salí pitando. Crucé el parque de columpios adornado con las tres simbólicas moreras.
Mi abuela Mari me abrió la puerta y me achuchó a besos. Pasé al comedor, allí se encontraba el abuelo Tomás sentado en su mecedora, viendo la película de vaqueros que tanto le gustaba. Entonces, le dijo a mi abuela:
—Mari, la merienda para el nieto.
Ella obedeció.
—Mi querido nieto. ¿Y el papá? —me preguntó.
Siempre preguntaba lo mismo, que dónde estaba mi padre, que si leía, que si tenía amigos; tonterías.
—Está en el trabajo, sabes de sobra que termina tarde de Valencia —le respondí.
Mi abuela salió de la cocina con un bocadillo de mermelada, cogí el plato y se lo agradecí. Cambié el canal por Disney Channel, estaban a punto de estrenar nuevo episodio de "Hannah Montana". Tomás se quejó inmediatamente.
—¡Has cambiado la película! —En un segundo se sorprendió.
—¡Es Hannah Montana!
Normal que se supiese el nombre, se lo había dicho tantas veces. Mi abuela, intrigada, metida en la serie, comentó:
—Parad de hablar de la Montana y a callaros, que está interesante.


3

El despertador suena con potencia diciendo: "levántate". Me pongo mis zapatillas amarillas calentitas y me paro a pensar en ese extraño sueño astral. Lo recuerdo con exactitud de principio a fin, más bien diría que lo he vivido en persona. Me levanto muy descansado. Miro el reloj, las seis de la madrugada. Me pongo en pie y salgo pitando de mi habitación.

Desayuno con mis padres en la cocina mientras hablamos:

—Tu primer día de instituto, ¿emocionado?

Me quedo cabizbajo ante la idea de volver a los estudios tras el verano. Aquel verano fue especial, me despertaba tarde, me bañaba en la piscina de la urbanización donde teníamos el chalé; por la tarde iba con mis amigos, jugábamos a tenis en las pistas y cuando cenábamos bajábamos a pasear por la costa de la playa o tomábamos un helado. Mi madre intenta animarme.

—Venga, tampoco es tan malo. Vas a conocer a gente nueva, deberías alegrarte por ello, cielo.

Dejo en el lavavajillas mi taza y hago un esfuerzo por poner mi fe en mi destino.

—Voy a hacer lo posible para que me agrade este ciclo formativo —afirmo muy seguro.

Recuerdo con tristeza el pasado mes de julio, tras mi último campamento en los scouts. Ir a ese grupo me enseñó a amar y respetar la naturaleza, a ayudar a los demás sin esperar nada a cambio. La promesa scout es el signo de reconocimiento por ser buen ejemplo.

Había escogido el ciclo formativo de arte. Mi gran logro era darme a conocer creando cuadros, mezclar tonalidades, expresar mis buenas intenciones, dibujar líneas de grosores grisáceos y negruzcos, etc. Formar una pequeña exposición ganando sueldo y con los futuros acontecimientos expandir mis colecciones mundialmente. Recuerdo que mi padre me dio una noticia de poca honra (Nota: no tiene sentido aquí la frase “de poca honra”).

—Hijo, siento mucho tener que darte la noticia. Te han rechazado en el módulo solicitado. Te han destinado a Catadá, un centro de carpintería.

Mi eterna ilusión se desbancó. Era incapaz de asimilarlo, tampoco deseaba tomármelo a mal. La preocupación que sentía era saber que el empeño por estudiar ese rango estaba fuera de juego. ¡Jope, qué rabia!

—Escucha, entiendo que estabas dispuesto a arriesgar cualquier fracción de ti por arrasar. Mucha gente se ha quedado sin ninguna solicitud y a ti te han ofrecido una oportunidad —comentó él, pero mi actitud firme continuó reprochando.

Volviendo al primer día de clases, me peino el pelo ondulado y enmarañado, me lavo la cara, me visto y bajo al garaje con la mochila puesta. Mis padres están fuera esperando a que entre en el Audi azul ballena de última generación. Marchamos a mi destino. Me surgen preguntas durante el trayecto. ¿Cómo será el instituto? ¿Cumplirá con las expectativas mencionadas en el folleto? ¿Estoy a la altura de los estudiantes? Nos encontramos a las afueras del pueblo, en la carretera. Mi móvil suena. Lo saco del bolsillo. Desbloqueo la pantalla de inicio, es una notificación de Johnny.

—¡Vaya, un mensaje de Johnny! Es raro que me hable a estas horas —dijo extrañado.

Preguntaba por la ida. Le respondo con un emoticono adjunto al texto. Le llamo al móvil y él contesta motivado:

—¡Jakedan, tío, enhorabuena!

Pero yo no estoy de tan buen humor.

—Hola, gracias por el cumplido. ¿Has hablado con Mar? —le pregunto.

Mi amiga de Guasuar, un pueblo cerca del mío, no suele devolver las llamadas.

—Estuve hablando con ella ayer. Me dijo que está haciendo bachiller en Valencia.

Presté atención a su cordial conversación.

—¡Qué bien! —suelto alegre—. ¿Has decidido tu oficio?

En verano, él estuvo liado con el asunto. Deja caer un "no lo sé". Si su seguridad le delata debatirlo es una estupidez.

—Lo tengo concienciado, magisterio.

Me olía esa respuesta. Su padre y su hermana son profesores. Él, el típico chico de los años cincuenta que sigue estrictamente las reglas, no rompe ningún plato. Le digo continuamente que se actualice a la hora de arreglarse. Aun así, él pasa de mis consejos olímpicamente.

—Te devuelvo el favor. Suerte en tu maestral recibimiento —le deseo.

Por su parte, Johnny alarga la despedida, cosa que agradezco.

—¿Es necesario? Acostumbras a hablar técnicamente —especifica con claridad mi amigo.

Rio por el modo en que emplea las palabras.

—Crear buena impresión a primera vista te da favoritismo. Te cuento al salir. Adiós —me despido.

Por la ventanilla leo el letrero: "Catadá". Estamos cerca. Pasamos la rotonda y bajamos por un túnel inundado de agua con muchas irregularidades. Seguimos la carretera. El paisaje es muy campestre. A los márgenes se encuentran unas casas de madera con establos y al lado campos de cosecha que los agricultores trabajan. Las malas hierbas crecen invasivas a los laterales del cemento tapando la acequia. Giramos a la derecha hasta ver un edificio blanco-rosado en muy buen estado.

Mi padre frena y me deja enfrente del nuevo instituto. La entrada con barrera sostiene un hierro en lo alto con el nombre del recinto: "Escuela de carpintería y pintura". Me acerco al interior dudoso. Al entrar me quedo inspeccionando el lugar. El aparcamiento está compartido con el patio. Cada aula queda dispersa y se hay que cruzar de una estancia a otra. En mi antiguo colegio están conjuntas, accediendo directamente y también emana una estructura acogedora. En cambio, la simplicidad disimula el escaso acogimiento de estudiantes.

Veo a un chico alto con pantalones vaqueros y un chaleco azul marino. Su cara está repleta de porosidades y puntos negros, un aspecto desagradable y repugnante. Él se da cuenta y se presenta:

—Hola, soy Marcus, vengo de Valeró. Tengo dieciséis años.

Pasmado con su perseverante actitud educada, decido hacer lo mismo:

—Encantado. Me llaman Jakedan López. Tengo diecisiete años y soy de Algesón. ¿Tú sabrás por casualidad dónde se hace la presentación de curso?

Él levanta los hombros. La gente entra por una puerta grande marrón ocre frente, a nosotros. Le propino un codazo a Marcus y ambos nos desplazamos. Recorremos un indefinido pasillo. Las piernas se me cansan. En el pasadizo, el calor abre un hueco empapando en mi estrenada camiseta verde. ¡Genial! Un hombre, que supongo será el director, se encarga de cedernos la entrada a la sala de conferencias. Al pasar de aquel asadero, una agradable frescura inmortaliza el chorreante sudor. La sala es enorme, con un aspecto bastante formal. Los profesores se sitúan en una esquina. Marcus y yo nos sentamos al lado. Echo vistazo a la apariencia de los presentes. Un espanto estrepitoso se posiciona en mis facciones. Pelos descuidados, pendientes, manos enrollando canutos debajo el pupitre. Anhelo estar en la escuela por un segundo, por lo menos allí se practica la cristiandad y el ambiente es sano. Me siento defraudado conmigo por no sacar notas rentables y conformarme con suficiencias. Lamento mis culpas mentalmente, pretendiendo aceptar mi inútil constancia. Odio ser constante en el aprendizaje, me hace inferior. Cuando los listillos de la clase sacan dieces si apenas estudiar, me pongo celoso.

—¿Estás bien? —pregunta Marcus cargándose mis pensamientos. Me giro y miento:

—Ah, nada. Es la impresión de acudir a un centro público.

El chico me anima:

—Yo estaba en una escuela de monjas que es peor; era patético. Para mí también es impropio que haya en este lugar gente que fume ilegalidades. Me temo que vas a soportar ciertos individuos.

La presentación se inicia de la mano del director diciendo unas frases:

—Bienvenidos a los alumnos de este curso, 2013-2014. Es un enorme placer recibiros en nuestra escuela. De aquí han salido estudiantes con notas excelentes que luego han trabajado para grandes empresas. Disponemos de instalaciones adaptadas a vosotros y estamos a vuestra disposición. Dicho esto, ahora la secretaria dirá las listas de curso. Una vez se os nombre, poneros al lado del tutor, ¿entendido?

El discurso se ha hecho corto, tampoco es que se lo hayan currado, lo justo para perder minutos de la primera clase. Marcus se pone rabioso en un momento dado pataleando como un niño pequeño.

—¡Me cago en su madre! ¡¿Qué mierda es esto?! Jakedan no ha durado ni un minuto.

Yo intento calmarlo de su ataque de furia.

—Venga, estás exagerando demasiado.

Marcus sopla y refunfuña:

—Mi paciencia se agota enseguida, macho.

Pues si con eso se molesta, no puedo imaginar que pasaría si fuera un asunto más gordo. Si le hago una broma se picará y me mandará a freír tomates.

—Dime, ¿qué sueles hacer en Valeró? —Me intereso por sus gustos para desviar el tema.

Él frunce el ceño de tal forma que presiento que le estoy incomodando.

—Trabajar en la huerta. —Su respuesta me impacta de sopetón.

Marcus es un chico que aparte de perder la calma está siempre atareado. Interesado aún, interfiero en su vida personal

—¿Te irás de fiesta con tus amigos? —Me imagino.

Él me explica su historia sin remordimientos a lengua suelta:

—Mi madre falleció cuando tenía diez años. Mi padre era banquero. Teníamos dinero, una vida aceptable hasta que le echaron a la calle. La crisis nos afectó, la fortuna que ganó se acabó. A partir de ahí, tuve que trabajar en la cosecha para mantener a la familia. Una historia complicada. Mis amigos y yo quedamos cada cuatro meses, es lo mínimo que puedo permitirme.

Siento pena por esa cruel historia. Nadie merece una aberración como esa. Le cojo de la mano cautelosamente.

—Lo siento. Si te he herido, perdóname. Cuenta conmigo para lo que sea.

Dejamos las sillas arrimadas al pupitre. Los de mi clase se dirigen a un arco estrecho. Subimos unas escaleras desgastadas y mohosas. La clase es pequeña, las paredes están pintadas de blanco marfil y las ventanas tapadas por cortinas de color rojo oscuro. En el centro hay unas siete filas en horizontal, ¡grupos! A unos centímetros se encuentra la tarima, al lado de ésta la pizarra y a unos cuantos pasos un cuadro compuesto por maderas de roble contrapuestas plasmando un collage.

Me siento en la segunda fila, abro mi agenda y, con disimulo, miro de reojo al chico de al lado. Su libreta está repleta de apuntes con una caligrafía milimétrica. Se muestra cuidadoso. Su imagen aporta un caballerismo exquisito. Lleva ropa de marca y su cuerpo definido le otorga cierta robustez. Su piel limpia de cualquier garabato de tinta. Se nota que jamás lo han tatuado. Su barba le confiere una edad avanzada. El peinado marcado por el peine con el pelo sedoso y brillante le caracteriza sexualmente. Sus ojos son de color castaño claro. Bajo la vista y veo cómo sus pectorales se notan por encima de la tela. Me distraigo echando vista a su integrante. Levanto la cabeza y veo a Jane, mi ex, de largo pelo caoba; su cuerpo es divino. Distraído por su busto, me sonrojo. Con estos datos no hace falta que revele mi androginia. En nuestra niñez somos educados para amar a personas de distinto sexo. Al alcanzar una edad vamos eligiendo nuestra debilidad por uno u otro. Descartando la posibilidad generalizada está la asociación LGTB. Esta asociación va referida a aquellas excepciones sexuales que la actualidad suele excluir fuera de sus círculos de amistad. Lesbianas, homosexuales, transexuales y bisexuales. Independientemente de la percepción que se analice, en mi opinión conviene que seamos integrados en la sociedad sin ser discriminados o tachados como mal ejemplo. Cuando Dios predijo el evangelio detalló que él juzgaría, en ningún versículo pone que los humanos fuéramos creados para auto juzgarnos.

—Hola, ¡qué aseado! —saluda con voz tierna y baja. Pasa la página de su libreta de apuntes. Sus dedos delicados me ruborizan.

—Gracias.

—Eres Jakedan. —Sabe mi nombre, ¡Qué milagro!—. Me lo ha dicho Marcus en las escaleras. —Su voz masculina me endulza.

Con un hilo de voz, le pregunto su nombre. Le llaman Sergi. Tiene mi edad y es de Almudabar. Los latidos de mi corazón se aceleran, mi pecho se encoge, me muerdo el labio inferior. Me pone nervioso cada vez que pienso en su naturalidad y espontaneidad. Me incomoda tenerlo al lado.

Bajamos al patio a almorzar. Marcus, Sergi y yo hemos hecho una cuadrilla. Saco de mi mochila el bocadillo de tortilla que mi madre ha hecho con cariño. Lo desenvuelvo del papel plateado de cocina y doy el primer bocado. Marcus me dirige la palabra:

—Jakedan, Sergi está... —No termina de hablar.

En cuanto me fijo, Sergi está lamiéndose los labios. Juraría que me está provocando con su encantadora seducción. Jane, la solitaria chica del curso, pasa por allí. Audaz y liberal nos da un beso en la mejilla a cada uno.

—¡A estudiar! —Se emociona.

Ella es un ángel. Su estereotipo realza sus curvas en ángulos pronunciados. Su vestimenta es equivalente a la de una niña mimada de papá y mamá. Una pija sin remordimientos de uñas de porcelana, labios perfilados y rímel en elevada cantidad. Me pongo detrás de ella y le susurro piropos.

— Chula, preciosa, guapa —Jane atenúa su carácter.

—¡Mare mi Jakedan, qué majo es!

Me roza con su mano por el cabello, lo que me produce un subidón de adrenalina. Las hormonas a flor de piel. Ansioso por tocarla, me controlo y me torturo para no meterle mano. Le rodeo la cintura con los brazos y bajo hasta la zona innombrable. Los retiro de inmediato y me disculpo:

—Jane, perdona. Si me he pasado, dame un tortazo —le suplico por mi inadecuada acción.

Ella cruza los brazos y pone los ojos en blanco. Marcus hace una gracia y pone a mi ex a parir:

—Jakedan, tío, ¿Le pones las manos encima y no le tocas el culo?

Jane lo agarra de la camiseta y lo estampa contra la pared con un golpecito.

—¡¿De qué vas, niño?!Normal que las churris se alejen si les dices esas guarradas. A la próxima, te meteré tal patada en los...

De inmediato, la arrastra hasta nosotros. Sergi pone las manos en puños por la conducta pervertida de Marcus. A pasos agigantados, le planta cara:

—Es una mujer, a las mujeres se les valora. ¿A qué vienen esas porquerías? ¡Vergonzoso!

En mi interior, aplaudo y mi conciencia canta una serenata en su honor. Las aclaraciones puntuales y cortas me demuestran que ese chico sacrifica su principalidad.

Marcus se sensibiliza de temor. Las piernas le tiemblan, los dientes les chirrían, su atenuada respiración lo ahoga. Sergi, fastidiado, le balbucea:

—Apacíguate, ser hombre es prescindir de buen coraje.

Las doce del mediodía. Una furgoneta blanca espera a los alumnos al dar concluida la mañana. Me coloco en el último asiento. Las repugnantes pintas me inquietan. Un desagradable olor a hierba se contagia en el vehículo. Una chica joven sentada a mi izquierda con el pelo de color plata me ofrece algo:

—¿Quieres?

Observo ese canuto alargado, grueso y repulsivo.

—Eres generosa pero no es mi devoción. —Rechazo.

El trayecto de vuelta se hace pésimo. Inhalo el humo que me marea cada dos por tres. Las arcadas trepan por la garganta empujando en un intento por estallar en la superficie de mi boca. Ese instituto me ha traicionado. Me siento engañado en desacuerdo a las gloriosas instalaciones que el señor director ha puntualizado. ¿Qué hago en un establecimiento lleno de sustancias ilegales? ¿Este castigo está impuesto por alguna causa que justifica algún incumplimiento?

En la estación me recoge mi padre cargado con un maletín.

—¡Papá, hola, has venido! —Le recibo maquillando mi angustia.

Mi padre me sonríe, yo no presto ni la más mínima atención. Mi fatal mesura forja la modestia de mi padre.

—Ocultar la verdad es engañarse. Si puedo ayudarte con algún inconveniente, para eso me tienes.

Me callo y le exijo que nos larguemos.

—Anda, en el pueblo te lo cuento. Ha sido de locos —digo desanimado.

Dejo la mochila apoyada en la encimera. Me cambio la ropa por un chándal. Mi padre, Charles, acude a mí:

—Jakedan, te amo con locura. Que en Catadá fumen porros no significa que tengas que aparentar una personalidad igualitaria o en menor grado. Aceptarse tal y como uno es, sin importar las críticas es lo que da fortaleza.

Las lágrimas caen estrepitosamente al suelo. Un imperativo llanto acaba derrumbando mi muro de defensa. Oculto mi rostro con las manos, estoy demasiado sensible para dar explicaciones. Mi padre me da un pañuelo con el que seco mi tristeza desolada. Pasados unos minutos, me encuentro aliviado, sin tensión, y hablo:

—Fingir es la misma táctica que mentir. Cuando he atravesado la entrada, me he visto saturado. La pieza inadecuada del puzle, el bicho raro. Esperaba las mismas expectativas que en el colegio.

Mi padre ríe:

—Hijo, la coexistencia no es fácil. Salir de tu zona de confort es un riesgo que corremos al cambiar los hábitos. Confía en tu corazón, busca tu espacio.

Mi humor se revitaliza. Ocasionalmente pasa en mis peores tragos que alguien me socorre y me da esperanza.

Reflexiono sobre lo residido en aquel intenso día. Disponerse a quedarse en ese ciclo formativo significará someterme a un examen de auto control diario. Constará en someter a prueba mi mente resistiendo a las malas compañías y reuniéndome a la buena compañía.

El grandioso reto me supondrá resistir a la presión de evitar la impulsión hacia lo siniestro. Me mantendré fiel a mi dulzura e inocencia, a mis definiciones personales. Rivalizaré por sacar adelante esta asignación que Dios me ha dado.

4

Esa semana se celebra en mi pueblo la semana taurina, en su septenario de festejo. Por la mañana, a las ocho, sacan a los becerros del toril provocándoles con una punza para alterarlos. Entonces, la gente va corriendo por las calles por un recorrido trazado con la intención de no ser pillados por los afilados cuernos de los animales. Los que no participan se quedan en las barreras animando a los participantes que suelen ponerse un pañuelo en el cuello de color rojo. Las banderitas de España son un accesorio que señaliza el origen del toreo. A las doce del mediodía, se acude a las casetas a comer. Estas casetas representan una peña; están "la bolanga", "la Me da igual", "A liarla parda", "Pim y pam", "Peta-lo", etc. Pagas una cantidad de dinero por el abono. El abono es indispensable para asistir a las corridas que se celebran por la tarde en la plaza de toros. La plaza se monta en cuatro días. Al caer la noche, las becerradas y los conciertos no faltan. En las becerradas salen chicos voluntarios a torear a los becerros sin agredirlos físicamente. Los conciertos suelen dar la nota de once hasta las dos de la madrugada. Los cantantes más prestigiosos vienen a dar el cante con sus voces.

***

Mi madre baja con un precioso vestido de sevillana que combina los colores negro y azul celeste moteado. Los pendientes, el collar, la rosa artificial y la peineta complementan el conjunto y le dan un toque recargado.

—Pareces una princesa de cuento —digo boquiabierto.

Flora, con elegancia, se airea con el abanico:

—Es nuevo —destaca.

El sonido de sus tacones se marca como chasquidos golpeteando el tacón. Flora ensaya el baile para la hora de la comida con un salero marchoso y ritmo profesional. Pauso la música y aplaudo:

—¿Dónde aprendiste sevillanas? Puedo enseñarte bachata. —Le ofrezco, ella se encoge de hombros. A continuación se recoge el pelo en una coleta con una pinza.

—Tu padre y yo hemos ido a clases la pasada semana con la cuadrilla de amigos. Los ensayos son en la carretera amplia, cerca de la gasolinera. —Concreta y desinteresada por mi comentario, niega—. Ni hablar, solo me faltaba volverme majareta.

En el parque, las heladerías están llenas. Los niños juegan en los columpios, hay parejas sentadas en los bancos besándose y los ancianos leen el periódico. La caseta de la "Me da igual", metálica con los lados pintados de granate y el techo verde, simula un rancho. Los camareros aliñan las ensaladas en cuanto nos presentamos. Mi madre se acerca a la barra y pide dos cervezas. Aún es pronto para el alcohol; una copita tampoco afecta. Los peñeros, encargados de atender a las peticiones colaboran conformes. Un rato más tarde, nos sirven los vasos. La cerveza fresca con su espuma aglutinada casi se desborda por el borde. Mi tío Charlie me saluda:

—Jakedan, un pajarito me ha informado que te va eso de la carpintería.

El verbo ir es erróneo, más bien me agrada. ¡Ni siquiera es mi devoción!

—Busco una labor ajustada a mis preferencias. Este módulo no es permanente.

El tío Charlie trabaja en la administración del instituto de Algesón. Su trabajo consiste en dar plazas a los alumnos. Mi madre se cuela en la charla.

—Charles y yo le hemos convencido para que se saque el título.

Charlie comprende mi situación.

—Por lo menos que tenga eso y luego si no le motiva lo suficiente, que escoja otro. Jakedan, te recomiendo que te apuntes a una academia de inglés o a sacarte el carné de conducir.

Tomo un sorbo y respondo:

—El inglés es un idioma para atontados. Un idioma no se estudia, la práctica y expresión se retiene agudizando el oído. Me es imposible ir a la autoescuela. La formación es lo primero.

Mi madre y mi tío asienten con la cabeza.

En la comida se ha liado de cojones pues mi tío Charlie ha volcado la botella de vino. El derrame ha sido descomunal. Los platos de patatas fritas y de cacahuetes han ido a parar a la basura. Un camarero ha retirado el mantel de papel y lo han cambiado por uno de tela. Se ha pasado el mocho varias veces para disminuir el olor. El arroz, de muerte, hubiera comido cuatro platos. Da igual si me hincha, soy comilón. De postre, una porción de tarta de queso, su sabor me ha hecho viajar a las nubes.

Fumo desde junio. Recuerdo mi primera calada. Una noche en la que mis padres estaban de cena, me asomé a la terraza para refrescarme del calor. En el bordillo de la ventana, una cajetilla se mostraba intacta. Desenvolví el plástico tirando de un hilo fino. La abrí y cogí un cigarro. Ese cachivache me hizo dudar. ¿Qué efectos causaría? ¿Sería preciso consumir esa toxicidad? ¿El sabor sería idéntico al que se inhala? Mi mente me apoyaba a cometer la errada. Haciendo caso, lo encendí prendiéndose el papel blanco que se desintegraba a base de cenizas. Le di una calada suave. La técnica era succionar el humo, retenerlo en la boca. Expiré y volví a repetir el proceso. La nicotina se esparció en los pulmones a través de la vía sanguínea, repartiéndose por el cuerpo. Un mareo por cada inspiración a paladear esa eficaz cortina vaporosa. Era llamativo el trazado meticuloso, ondas y rizos se dibujaban al avivar la chispa con la succión voraz que pasaba del naranja fogoso al gris ceniciento.

El café recién hecho está servido. Los amigos de mi padre cuentan chistes verdes y cantan con la guitarra. A decir verdad, tararean desafinando. Unas notas corruptas y desarmadas, comparadas a una borrachera. Mi móvil suena. Johnny me llama. Lo cojo.

—Johnny, estoy en las casetas —le indico.

Se siente enérgico e hiperactivo. Mar está en el pueblo.

—¡Llámala tú! —le ordeno. Mi amigo me contradice:

—Vale, pero ven, que estás al quinto pino, y nos ponemos en contacto con ella.

Espero a que venga; mientras tanto, me tomo un cubata de Larios con lima. Viste deportivo con la camiseta del Valencia, pantalones cortos de fútbol y zapatillas verdes. Realizamos la llamada por altavoz:

—Mar, soy Jakedan. Me preguntaba si estabas desocupada, Johnny me ha estado informando.

Ella se pone a gritar como una loca desquiciada al escucharme. Mar tiene tareas que cumplir.

—Uf, estoy agobiada. Tengo que ayudar a mi madre en la pastelería con los decorados. Eso no impide que esta noche vaya a irme de fiesta. —Alardea presumidamente y nos plantea acudir a Johnny y a mí—. Si carecéis de planes, podéis uniros a la tregua.

Ambos aceptamos y cuelgo.

—¿Te gustaría venir esta tarde a la plaza y vamos directos a casa Mar? —le invito.

Él me da el dinero algo arrugado. Voy a la primera mesa, pido un bono diurno y se lo entrego a mi fiel amigo inseparable.

—Te ha cundido el entrenamiento —bromeo.

Él se lo toma a bien.

—Nos hemos entregado al cien por cien. El entrenador nos machaca duro. Si fallamos, nos castiga a hacer abdominales. La recompensa por el mérito se otorga con una pegatina de estrella dorada.

Su afición por la pelota siempre persiste. Los gustos se reemplazan a madurar. Sin duda, él continúa en su farándula.

En la plaza, los asientos están abarrotados de gente con la maldita alternativa de subir al palco. Yo doy empujones y patadas. Me irrito pensando que llegaremos en un millar de años a los asientos. El agobio me tortura, me asfixiaba tanto que consume mi tranquilidad. A gritos, consigo que formen un pasillo por el que cruzar. Subimos cuatro peldaños y nos situamos.

La corrida de toros arranca cuando los alguacilillos abren el paseo. Detrás van los tres matadores, tres banderilleros y los picadores. Seis toros y tres matadores. La gente se impacienta con afán de ver el espectáculo. La corrida se divide en tres partes llamadas tercios, anunciadas por el toque de clarín. La primera parte se llama tercio de varas. El toro entra en el ruedo donde es acechado por el matador y los banderilleros con capotes. El torero ve el comportamiento y embestida de la bravura de esa bestia cornuda de piel abundante y garras afiladas.

Después entran en la arena los dos picadores armados con una larga lanza, montados en caballos con los ojos tapados. El toro echa a correr al máximo y, sin pena, ataca al caballo. El picador le provoca picándole detrás del morrillo, que es una joroba musculosa. La combinación de pérdida de sangre y la fuerza ejercida en un intento por levantar al caballo provoca que el toro mantenga la cabeza agachada. Este paso hace que embista con menos peligrosidad y más fiabilidad. La segunda parte se llama tercio de banderillas. Aparecen los tres banderilleros que ponen con encanto dos banderillas a cada costado del hombro. El toro se debilita y se enfurece a la vez. La última parte se llama tercio de muerte. En esta fase, el matador entra con una capa roja o muleta en una mano y con la otra sujeta una espada. El matador hace tandas de pases formateando la faena. Los pases dejan en buena posición al toro para ser aniquilado. Clavando la espada entre sus hombros, la estocada toca el corazón del toro. El cuerpo del toro es arrastrado fuera de la plaza. Todos aplauden y alababan al toreador, quien recibe un ramo de flores.

La tarde ha cesado con la misma intensidad que los aviones de papel lanzados por los niños a nuestro alrededor. Yo me he levantado y me he cabreado. Johnny me ha obligado a callar para no montar un espectáculo. En el descanso, hemos comprado dos porciones de pizza, el queso derretido supone un incordio tapando el jamón de york. En la segunda parte, un torero ha sido pillado siendo trasladado a urgencias. El último torero ha vuelto a exaltar la atención del público. Los pañuelos se han alzado ante el arte taurino. Johnny y yo bajamos las escaleras y vamos a cambiarnos a casa.

Abro mi armario. Colgadas, hay cuatro camisas, dos chaquetas, una corbata, dos cinturones y tres pantalones. Escojo la camisa azul y el pantalón beis, dejándolos en la silla de madera de la cocina. Pensar en Sergi me estremece. Estoy enamorado desde hace un día. ¡Locura total! Un flechazo estalla en mi pecho al perpetuarle. Su seriedad envuelta en guapura se contrasta con buen ademán. Su piel blanca marfilada cubre sus imperfecciones cutáneas dándole un aspecto vampírico. El cuerpo estilizado muestra su dieta de gimnasio. Un chico con clase cuya fragancia de Calvin Klein le endiosa.

Me quito la ropa dejándola apoyada en la taza de váter. Me quedo en paños menores, abro las puertas de la bañera y dejo caer el agua tibia del grifo. Me pongo a remojo en la espumosa y burbujeante bañera. Mis tensiones se escurren precipitándose al vacío. Mis penalidades caen en trozos desprendiéndose junto al jabón pomposo. Recorro con las palmas de las manos mis pectorales voluminosos, bajo a los abdominales definidos endurecidos. Estoy desquiciado por liberar mis límites sexuales. Darme placer me ha sentado de rosas. Me seco con el albornoz naranja, me alisto y me arreglo. Doblo las mangas y desabrocho un botón dejando visible parte de mi pecho. Rocío en mis muñecas y en mi cuello unas notas de mi perfume "Blee By" que combina ingredientes cítricos y aromáticos. Inmortalizo mi pelo con un peinado punk engominado de raíz a puntas con una sola pasada de cepillo.

Después de avisar a mis padres, de que me voy al Burger cerca de Valeró. Recojo a Johnny y nos vamos a esperar a Mar a la gasolinera.

—¡Jakedan, estás explosivo! —Se fascina mi amigo, él se ha puesto una chaqueta y unos pantalones de corte recto. La primera impresión sobre mis consejos ha mellado en su sello de identificación. Su evolución se evalúa figurando un carismático chico irreconocible.

—Mis convincentes reivindicaciones han surtido convencionalismo —digo misteriosamente. Él se pavonea tras mi apelación.

—¡Qué gallito! Para ir a una fiesta, los informales también se ponen sus galas.

Pongo morros de pato restregándole mi beldad para hacerle exasperar. Un coche rosa fucsia aparca delante de nosotros. Mar nos indica que entremos al auto. Los asientos están forrados de tela aterciopelada despertando la fabulosidad. Mis pies pisan unas revistas del corazón desgastadas, les echo un vistazo. Están los artistas de época ilustrados en cada página. Johnny lee las falsedades y yo las verdades sobre los chismes que se mencionan.

—Mar, querida, ¿sabías que Justin Bieber le ha puesto los cuernos a la Selena? —le informo. Mar pone cara de repugnancia.

—Esos dos están pirados. Si yo tuviese novio, le respetaría —opina poniéndose su acento coqueto.

Johnny, por su parte, se lo toma a chantaje.

—La historia de amor es un vaivén. La chica es una mosquita muerta —espeta con desprecio. Mi amigo habla sobre el artículo cutre que le han puesto a Demi Lovato.

—Escuchad esta locura, Demi Lovato enseña las tetas para complacer a sus fanáticos.

Los tres nos carcajeamos perdiendo la respiración. Recuperamos el aliento y nos dedicamos a observar el paisaje nocturno. La noche me magnetiza con las luces de la autopista. Se divisa a lo lejos la ciudad colorida por los puntos destellantes que derrochan las edificaciones. En mitad del tramo, paramos a cenar en el Burger King. Entramos y nos ponemos en la cola. Mar nos pregunta qué nos vamos a pedir, yo miro las variedades de hamburguesas.

—Me pediré una normal para no llenarme demasiado.

Odio llenarme antes de ir a la disco. Cinco minutos después, nos llega el turno para pedir.

—¿Y vosotros? —pregunto.

Mar responde dudosa:

—Eh... normal, nos unimos a tu sugerencia. —Su inseguridad la hace entorpecer.

Cogemos las bandejas y nos sentamos en una mesa. Marta y Johnny me interrogan durante la cena acerca del rumbo laboral que he tomado. Mar desencadena el primer eslabón:

—Estás estudiando Jardinería. ¿Qué tal tu primer día?

Johnny siempre le chiva a ella mis crónicas, su manía por contar mis primicias.

—Fue espantoso establecer contacto visual ante personas que malgastan sus vidas entorno a los narcóticos. ¡Incluso me ofrecieron! —exclamo desagradablemente.

—Los institutos públicos tienen esa inconveniencia. Mi ex iba a uno y terminó consumido por la marihuana. Sus compañeros le insistieron tanto que lo consideraban un gallina.

Mi amiga me avisa de las consecuencias negativas que aporta fumar hierba.

—Cuando le conocí, era sonriente. Me trataba como una reina. Me solía regalar bombones por San Valentín. Me acompañaba de compras. Si no tenía suficiente dinero, él lo pagaba con tarjeta de crédito. Me complacía con sus besos, sus caricias, sus abrazos... Un romance —dice cautivada por los recuerdos.

Johnny y yo no vemos el problema a determinar. Ella continúa la segunda parte de ese amorío:

—Dos meses después de un año de relación, se volvió negativo, amenazador, impulsivo e irritable.

Desde luego, la consumición abusiva de esa especie vegetal produce comportamientos inoportunos sobre los humanos. El THC, siglas del compuesto químico tetrahidrocannabinol, responsable del deterioro neuronal durante el proceso de consumición. Johnny desencadena la segunda pregunta:

—¿Cuántas asignaturas hay en total?

Chorrada al canto, sin interpretar eso como una interrogación y tomándolo como dato curioso.

—Siete.

El penúltimo eslabón lo desencadena Mar:

—¿Qué crees que te aportará este módulo?

Una pregunta fuera de mis procedimientos.

—Me aportará conocimientos sobre los cuidados de la madera.

El último eslabón lo desencadena Johnny

—¿Te quedarás permanentemente?

—Por ahora, sí —respondo a la ligera.

Permanecemos sentados con las bandejas vacías. Arrimamos las sillas, tiramos a la papelera lo sobrante, devolvemos la bandeja y salimos afuera. El aire fresco nos arrolla improvisado de las bajas temperaturas. Mar está helada, así que le pongo mi chaqueta que no combina para nada con su vestido de color coral. El coche arranca y empezamos a recorrer la carretera unos diez minutos.

A las afueras de la discoteca, cruzamos unas escaleras que dan a un jardín hermoso, lleno de setos que crean una especie de valla. Entramos por la puerta con permiso de los guardias. Es muy grande, las luces multicolores animan cualquier ángulo de la pista de baile. La canción que suena es "el taxi". Entre cubatas y movimientos de cadera, la diversión no para. Me he hecho dos cubatas suaves. Han entrado dos personas y se han llevado con la camilla a un borracho. Las dos marcan en mi reloj, la hora de pasar al siguiente nivel. Me dirijo a la barra. Los chupitos son gratis esa noche por ser el quinto aniversario del establecimiento.

—¡Hemos venido para celebrar tu entrada al ciclo! —grita Mar, yo aguanto la risotada que estaba a punto de efectuar.

—Procuraré beber a conciencia —advierto. —Mar me miro descaradamente y yo balbuceo—. Ponerme perdido no me va.

Johnny se ríe disimuladamente, Mar y yo lo observamos durante unos segundos.

—¿Te burlas de mí?- le pregunto mordazmente.

Él cambia de postura.

—Pillar indirectas no es lo tuyo. Se refiere a que por una noche que te pongas contento no pasa nada.

¡Qué tonto, ni pillarlo en esa intención!

—Voy a pedir a la barra —digo con tono alto de voz, ellos asienten.

La barra está despejada, así que pido tres rones con cola. Pago lo pedido y al regresar, los dos me arrebatan las bebidas de las manos. El alcohol empieza a hacer efecto. En un par de minutos, tras otro chupito, el mareo domina mi mente. Vamos a los sillones del fondo de la discoteca, tambaleándonos. Estamos igual de alcoholizados, charlando. de porquerías sexuales y riéndonos del poco provecho de nuestros pensamientos bizarros. Mar nos contempla a Johnny y a mí con admiración. Marcan las dos y media, se hace tarde. Recogemos las chaquetas y mi amigo y yo le pedimos a Mar que nos lleve a Algesón.

Johnny y yo regresamos a las tres y media al pueblo agotados de la marcha.

5

Han pasado tres días desde la fiesta, estoy en casa mi abuela Perla. Sofía borda a punto un mantel blanco. Las agujas cambian de postura cada dos por tres; los hilos se unen formando un tapizado redoblado. Mi madre pasa a la salita y me pregunta cómo me ha ido el día en el instituto, yo respondo que bien. Mi abuela posa sus ojos en los míos, mantiene apoyada la cabeza en la vieja mecedora. Sus manos reposan sobre su pecho. Sofía me llama:

—¡Jakedan, es su cumpleaños! —afirmo impulsándome a felicitarla.

Me siento en la segunda mecedora y hago exactamente la pretensión de la cuidadora.

—¡Muchísimas felicidades! —Me ilusiono.

—Ochentaicuatro años, ¡qué barbaridad! —Paso a la estupefacción.

Ella solo pronuncia una sentimental locución:

—Te adoro.

Esa afección me regocija los sentidos avivándome. Mi madre se hace el café en la cocina y marcha al trabajo.

Sofía guarda su bordado en una amplia bolsa, se levanta y se va a la cocina, yo la acompaño para ayudarla con los platos. Los colocamos en la mesa y la cuidadora sienta a Perla para comer. "Espaguetis", dice mi conciencia pasmada. La ensalada verdosa y fresca la devoro en un minuto. Paso a los espaguetis con carne. Al contrario que con la verdura, tardo en comerlo. Saboreo la pasta gelatinosa ajustándola al paladar. "Sigue, rico, rico", reprime mi conciencia con sarcasmo. Saco ese comentario y acallo a la voz de mis meditaciones.

Es aborrecible la actitud perversa de mi cerebro. Una clara observación es ser egocéntrico en condiciones favorables sin dañar la positividad y el activismo personal. Lo claro incide en creérselo a mínimas proporciones, porque si no pones parte de tu empeño eres un soso o un despreocupado. El cerebro suele cegarnos con sus despiadadas atrocidades. En cambio, si nos proponemos seguir la voluntad del corazón, cambiaremos esos crueles disparates por amor. A ese icónico pensamiento sobre el bien y el mal se puede adjuntar a la verosimilitud de dos polos opuestos el positivo y el negativo.

Sofía le corta a trozos la comida para que mi abuela pueda digerirlos mejor. Me inquieta la absoluta velocidad con la que se desempeñan a la hora de masticar y tragar. El melón es más sustancioso permitiéndome ganarles en el postre. También hemos comido una tarta de fruta que Sofía ha preparado con pasión. El pastel relleno de nata y la cobertura de manzana con colorante rosa, adornado por unas fresas y un cartel de chocolate blanco en el que se lee: "Felicidades". Ya está cortada, mi madre ha comido una porción.

Perla es acomodada de nuevo en la mecedora. La televisión no es su contemplación. Lo usual de ella es echar una siesta. La cuidadora y yo hablamos bajito.

—Cariño, que una práctica se haya fallado por la falta de sabiduría, no aclara que se vaya a repetir tres fallos de más —me dice.

La situación era que esa mañana estando en las prácticas hemos tenido que montar una casita de madera a tamaño real. Para su montaje, se ha medido un tablero de madera, se ha cortado y se ha colocado en el sitio correspondiente con la desgracia de que me han faltado varios centímetros en la regla. He querido apañármelas como he podido. Al medir menos metros, la construcción ha quedado endeble cojeando. El profesor ha visto la chapuza y ha decidido ponerme un dos. ¡Un absurdo dos! Después de todo el esfuerzo que me ha costado. Pongo mala cara, ella lo percibe, yo me enfado.

—¡Ojalá fuese inteligente!

Sofía recrimina mi modestia:

—¡Tonterías, Jakedan! ¿Vas a desmoronarte porque un profesor no valora tu esfuerzo? —Me pone a prueba.

Alzo la cabeza y digo bien claro:

—Tienes razón, debo enfrentarme a las injusticias. Voy a hablar con él y a aclarar este asunto. —Mi consciencia se enfrenta en mi contra: "López, eres muy objetivo hablando pero en actos eres un patán. A ver si tiras al blanco de la diana".

Me da la impresión de que me consideran miedica. ¡Qué risa me dan aquellos imbéciles que critican pero luego se esconden! Que no sacase a relucir mi pellejo no significa que tuviese miedo. El miedo se lo crea uno mismo. Enfrentarse a tus propios temores es lo que te endurece por dentro. Nunca seremos libres y felices si nos paraliza un obstáculo. La dignidad carece de cadenas que aprisionen nuestra determinación a la proeza.

Lo primero que hago al estar en casa es sentarme en la cama. Sergi y yo hemos tenido una riña de las buenas. Resulta que estábamos en el mismo equipo en las prácticas. Cuando le he mirado, me ha preguntado vacilante:

—¿A qué viene esa mirada?­-

Yo me he entrecortado y he negado con la cabeza. Tan descaradamente he repetido el gesto que ha pensado mal. Ha sido en ese momento cuando me ha preguntado más enfadado:

—¿Eres homo o qué?-

Le he contestado que era una persona neutral y él me ha dicho las cosas tal y como eran:

—Tú bisexual, yo heterosexual. ¿El resultado?: incompatible.

He insistido en que no se mosqueara pero él se ha puesto hecho un toro. Se ha irritado al enviarle e-mails. Me hubiese encantado mantener la estrecha amistad que nos unía pese a ese bache. Sergi es retorcido en asuntos extremos para él, por ejemplo este caso. Si él se opone a tomarse las situaciones con calma es su problema.

En mi niñez me calentaba las ideas hasta llegar al nivel de nerviosismo. Me preocupaba por si me decían estupideces o si me lastimaban juzgándome de inocencia y barbaridades a manta. Este año, paso de las críticas porque el daño causante da a conclusiones sin sentido. ¿Por qué aceptar culpas que te echan los demás? Bastante tengo con mi curvo destino.

Al día siguiente en Catadá, el bus nos recoge en la estación. Voy a disculparme por la ingratitud hacia Sergi. Siento que le debo disculpas por imaginar falsas esperanzas. Él no me dirigirá ni un saludo, no tolerará mencionarle, ni siquiera el acercamiento. Reclamo que mi corazón extraviase los sentimientos profundos, las penetrantes contemplaciones, los irrefrenables deseos hacia su anatomía y tonterías semejantes.

Las tres clases antes del patio han sido a base de teoría. Hemos dado los acabados de las maderas: lijar, pintar y barnizar. El profesor de la asignatura lo explica fatal. Vale que por las tardes diera clases en la universidad pero de ahí a dar las clases al mismo nivel, no estábamos dispuestos a someternos. Se desviaba del tema. Pasa a definiciones con elevado contenido y esquematizaba un resumen sobre la pizarra. ¡Es un ciclo medio no una carrera universitaria! El delegado ha presentado una queja por su falta de disciplina en la que concreta los duros trances de teoría impuestos por él a través de correo electrónico la noche anterior. El profesor Gilberto se ha lavado las manos declarándose inocente, diciendo:

—Esa queja es inválida mi trabajo, no proporciona un contenido elevado. Los alumnos os creéis que por estudiar detalladamente sacaréis un diez. De cara al parcial os veréis asfixiados al veros aplastados por el temario. Yo de vosotros me cargaría las pilas y apartaría las chorradas.

La clase ha continuado quejándose argumentando la falta de respeto. Giberto se ha cabreado pegando un libretazo contra el pupitre:

—¡Parad ya, la semana que viene os quedáis sin prácticas!-

En el patio Marcus, Jane y yo nos hemos ido a un bar del instituto. Es un espacio recatado al aire libre con tres mesas y una barra. Sergi mira al horizonte con los brazos cruzados. Me pongo a su lado sin saber bien qué decir. "Pídele perdón; si eres un hombre, hazlo", me obliga mi consciencia.

—Sergi, esto es un malentendido, nunca pensé que te afectara este jaleo. —Espero a que me preste atención. —Si me estás oyendo, te pido que renuncies a esta chifladura, por favor.

Él me mira bruscamente y titubea:

—Lo pensaré. No vuelvas a cometer el mismo error. Porque soy de fiar, si no ya no estarías vivo. Imagínate si fuese otro, te hubieras encontrado en graves problemas.

Es obvio, me hubiesen dado una torta. Jane me llama la atención:

—Nene, la lías que lo flipas. Para eso me llamas a mí.

¡Por Dios! Ahora resulta que además de ser mujeriega es sexista o bollera, depende de cómo se interprete la dicha. La chica más guapa de la clase está necesitada. ¿Cuántos hombres se habrá llevado a la cama? Sin vergüenza ajena, le respondo:

—El sexo no es una necesidad instantánea, si es lo que estás buscando.

Ella confiesa a cuatro vientos que en su casa tiene un pack erótico que contiene esposas, dados y cacharros. Marcus interviene recalcando su interpelación:

—¿A quién le importa Jane? Tus adicciones son personales, eso no se expone públicamente. Los demás van a pensar que eres imprudente.

El móvil suena. Despierto de mi burbuja de recuerdos. Es mi padre; contesto:

—Papá, ¿ocurre algo? —pregunto extrañado.

Charles nunca llama a las tres de la tarde a no ser que se trate de una emergencia. Me quedo con los ojos fuera de las órbitas. Su voz alterada me asusta:

—¡Hijo, el abuelo!

Mi corazón palpita fuertemente:

—El abuelo —repito con un hilo de voz—. ¿Qué ocurre? —pregunto limitándome a averiguar los sucesos.

Mi padre tiembla sin notoriedad, su respiración agitada me sigue alterando. Mi consciencia me advierte:"algo malo está pasando". Mi padre tarda unos segundos en reaccionar:

—La abuela me ha llamado y ha dicho... —Su intento de comunicar la noticia se ve impotente, sin fuerzas para continuar.

—Papá, dime algo —le exijo.

Noto la exaltación y desesperación que tiene. Charles se relaciona directamente con el abuelo Tomás. Su pavor por no ofuscarme le envuelve en entrenudos que se aposentan sobre su expresión.

—La abuela llamó a la doctora —dice en vano—. No le llegaba bastante oxígeno a los pulmones y la sangre no circulaba correctamente, según le han dicho a la abuela Mari. Ve a casa los abuelos, encárgate de estar allí. Estoy de reunión. Envíame un mensaje o, mejor, llámame en cuanto termines —rectifica.

Cierro los párpados y mi móvil impacta escandalosamente contra el suelo. La pantalla se estalla en miles de pedazos que rebotan. Abro el armario blanco de la cocina y pillo una escoba y un recogedor. Barro la zona con sumo cuidado en la que el LG se ha estrellado, para no meterme ninguna viruta puntiaguda en los pies descalzos. Las lágrimas brotan de mis pupilas intento pensar que ya está solucionado pero por más que lo estuviese mi consciencia me repite seguidamente: "Un mal te rodea, enfréntate a él como debe ser o ríndete como un perdedor". Estoy harto de tener una consciencia que no calla ni bajo el agua. La imagen proyectada por mi consciencia es la de mi abuelo enfermo tosiendo fuertemente y sin parar. Me tiro de los pelos intentando que la falsedad de mi mente se disperse por la habitación, efectuándose en una especie de radar. Me lavo la cara con agua fresca aliviando esas despiadadas secuencias. ¿Por qué tengo que asumir la realidad? Esto es una estafa; situarse por contextos fuera de lo común es lo que fatal acareaba.

Hay multitud de personas que están acostumbradas a vivir desgraciadamente, ya sea por problemas familiares, por el lugar en el que habitan, por suficiencias económicas o por muchos factores. Mi vida es fastuosa, o eso se me antojaba, porque los recientes episodios negativos que están sucediendo son adversos a las experiencias conservadas en la generación de mis seres queridos. Mi familia se caracteriza por unas normas establecidas. Estas normas hacen posible los siguientes aspectos: la convivencia, la unión, la estimación, la confianza, el respeto y el ánimo.

Llego a casa mis abuelos. En el corredor de la casa de mis abuelos está lleno de bolsas. Llamo a Mari y ella sale del comedor. Le regaño y le especifico acerca de la aglomeración desplegada en el pasillo central

—Abuela, está repleto de bolsas.

La abuela las aparta arrinconándolas a un lateral.

—Es ropa que compré anteayer. Tu abuelo se ha curado, gracias al señor nuestro Dios.

Mari es muy católica, acude usualmente a la iglesia. Le gusta curiosear la aleluya o recoger folletos informativos. El abuelo se asoma y se deleita:

—Mi nieto ha venido a verme.

Está cansado pero su felicidad se alza en lo alto de su exitosa recuperación.

—El médico te recetó las medicinas, el Propanolol y el vitamínico. Los médicos ayudan al bienestar de cada uno.

Tomás evita mis sentencias declinándose por sus maniáticas costumbres que a Mari y a mí nos daban poca piedad. Esa reacción duele.

—Estoy viejo, me alimento de papilla, mis dientes no son de utilidad.

Su cara inocente no nos produce ninguna lástima. La abuela toma cartas en el asunto:

—Tomás, Jakedan te lo ha dicho. No es la edad, es desobedecer las órdenes que se te mandan —le aclara—. Gracias a ti, podemos permitirnos estas circunstancias para poder vivir a nuestro antojo.

Es idóneo, él se ha dedicado a ganar pasta para pagar mi casucha y ha comprado una parte considerable de fanegadas. Derrotarse por sus chorradas, conformarse con un "basta" no es de un hombre digno de sus logros.

—No es apto para nosotros que vuelvas a recaer peligrándote en la muerte. Seguirás con nosotros. Sobre todo por tu hijo y por ella —le aviso señalando a Mari—. Recuerda: respetar y amar hasta que el destino os separe.

Él se compadece de su alocado pensamiento rectificando su capricho. Añado un comentario que le deja de piedra:

—En mi niñez iba a clases de dibujo y te traía una carpeta repleta de folios coloreados. Al principio creía que yo era creativo. Recapitulando a esos bonitos recuerdos, ahora los interpreto como un inicio en el que te entregaste a mí mediante esos esbozos. Tú fuiste quien me enseño a ser un niño creativo, tú fuiste la existencia de todas mis escrituras.

La abuela Mari se ha emocionado tanto que sus ojos cristalinos brillan con luz propia. Mi abuelo tarda en reaccionar ante la confesión:

—¿Estás diciendo que fui la inspiración de tus cuentos y creaciones? — pregunta admirado. Mi corazón se dispara en miles de chispas de colores a lo que incluyo un detalle:

—Y seguirás siéndolo. Mis dotes brotarán y renacerán.

Mari se seca las lágrimas dulces apelando la guindilla terminal:

—Jakedan, tu discurso ha sido una pasada.

Tomás me conduce al despacho de la casa. Está repleto de cartas y papeleos. La estantería está decorada con figuritas de cristal talladas milimétricamente y esculpidas formando diversos animales. Mi abuelo me entrega una correspondencia a mi nombre, ¿qué mensaje contendrá? Abro la solapa impaciente por leer el contenido. ¡Es una carta escrita por él!

—Ha llegado la hora de que sepas lo que te regalé cuando naciste —dice misteriosamente.

Desdoblo la hoja y me quedo a cuadros: un veinte por ciento de bonificación en acciones bancarias.

—Este regalo es demasiado, no puedo aceptarlo —rechazo amablemente.

Mi abuelo me explica la causa:

—Verás, Jakedan, esta es una tradición que se ha hecho siempre. Al igual que recibes esta carta, a tu padre, tu bisabuelo y las anteriores generaciones también se les fue dada.

¿Desde cuándo era tradición dar acciones a los nietos? Aunque siendo el heredero de la fortuna es de esperar. Leo la carta detenidamente:

"Querido nieto, espero que cuando leas esta carta seas lo suficiente mayor. Este es un pequeño detalle de tu abuelo, la verdad es que he estado años esperando este momento. Es un inmenso honor entregarle a mi nieto una bonificación bancaria de cincuenta euros, lo que equivale a un veinte por ciento. Como cada generación se ha hecho, tú has tenido más suerte y te estarás preguntando, ¿para qué sirve este bono?, pues para añadir el dinero a tu primera acción comprada. Sí, ahora eres accionista. Bienvenido al mundo del banco. Confío en que tu padre te enseñe lo necesario para saber manejarlo por tu cuenta.

Saludos, Tomás".

6

La semana taurina se termina, apenas queda un día. Las cosas no mejoran. Por la mañana, al despertar, encuentro una cucaracha grande delante de la persiana de mi habitación. Me da mucho asco. Sin otra opción, me digo: "Si eres un macho, mátala". Cojo papel higiénico y la echo al váter. El susto ha sido grande. La zapatilla la fregué un par de veces. La sangre seca del insecto se ha pegado. Si no fuera porque tardo tanto en desayunar los sábados.

Las cucarachas nunca han entrado en nuestro hogar de sopetón. La comida está en su estante y los ventanales están intactos, las veinticuatro horas del día cerrados. Puede que se hayan colado por la puerta del garaje al sacar los coches. La especulación sobre que una cucaracha se anticipe a curiosear antes de salir el sol me desconcierta. Por la terraza no entran porque está tapada por muros altos blancos. Por la puerta es más probable que comprobado, es la entrada que se utilizaba con frecuencia. Enserio, ¿por qué hueco entran las bastardas cucarachas? La estupidez me cautiva. Un animal pequeño no me alarma.

¡Mierda!, son las siete de la madrugada, llego tarde a mi quinto día de clases. Guardo dos magdalenas en mi mochila, me visto ajetreadamente y marcho a la estación. Las calles están iluminadas por las farolas y el asfalto mojado de la lluvia. Acelero mis pies llegando al otro extremo de la carretera. Me resbalo en un charco y caigo de bruces. Mis pantalones verdes pistacho quedan empapados. Parece que me haya meado.

Voy a la taquilla. La chica que está atendiendo es mayor, de unos sesenta años, su pelo enmarañado le da un aspecto descuidado y descomunal.

—Buenos días, estación de Renfe Algesón. ¿Qué desea, joven?

Saco la cartera y hablo:

—Hola, un billete de ida y vuelta a Catadá, por favor —pido respetuosamente con agilidad.

Ella maquina en el ordenador tecleando caracteres. Le doy el dinero y ella me da el billete impreso.

—Gracias, que tenga buen viaje.

Paso a las vías y el tren para frenando su trayectoria. Subo y me siento a mirarme el primer temario. Subrayo las partes más importantes con el rotulador amarillo fluorescente. Los apartados son muy expansivos, me agobia ver las quince páginas. Me concentro en repasar la primera hoja; es fácil. Retengo la información enseguida. Paso al tema cinco y retrocedo del espanto. A medida que el profesor Giberto avance, la teoría se pondrá más complicada. Me centro en saberme el punto uno bien sabido para pasar al dos. El comienzo de unidad es una introducción generalizada a las distintas especialidades que te proporciona la carpintería. El tren para en Catadá, después de dos paradas intermedias. Cierro el libro molesto por la dichosa interrupción. Lo pongo en la mochila y salgo.

Son las siete menos cuarto de la mañana. Paso el billete por la máquina y espero a que las compuertas se activen. Cruzo. Hay un bar, no me había dado cuenta las anteriores idas. Es un espacio reservado y discreto. Me fijo en las estanterías de bebidas, hay Cola drink, Magic Energical y zumos. Me llama la atención las bebidas energéticas, son latas gruesas y largas. Mi padre y mi madre me han advertido de los efectos perjudiciales que producen. Su alto contenido en cafeína supera a una lata de Cola drink, y eso que la cola contiene como dos vasitos de café en azúcar. Me llevo un energético de cereza, leo el contenido “Giseing, taurina, cafeína y vitaminas-B”. En la parte trasera, un letrero alerta de la cantidad excesiva de cafeína y la moderación a consumir.

Me corto el dedo al destapar la llanta. Presiono el dedo contra el pañuelo que he sacado de mi bolsillo. La sangre coagula paraliza el flujo. Mantengo el pañuelo en la posición que está. Echo la cabeza hacia atrás y doy un sorbo. Es dulce, con un aroma indescriptible, recargado de proteínas y taurina. Avanzo hacia la rampa pensando en lo que me dirá el tutor por llegar tarde en la primera semana de curso. Por dormirme no me regañará, yo me disculparé y solucionado. Además, no seré la excepción. Por ser la primera semana no me impedirán entrar a clase. Si me lo impiden, tengo dos alternativas: poner la cara de cachorrito o suplicar como un desesperado. Desde la estación hasta el instituto hay dos kilómetros y medio. El bus ya no está y caminar a tales horas no me apetece. Tomando el potente refresco, conseguiré despejarme. Los rayos de sol ya bañan la carretera con sus finos rayos dorados. Alrededor del polígono está lleno de bares y conforme abandono la zona, veo las fábricas y las empresas. Eso es un indicio de ser las afueras de Catadá. Cruzo las dos rotondas que hay antes del tanatorio. En frente del tanatorio se visualiza un pequeño bosque de pinos que se queda interrumpido por otra dirección que se desvía hacia la derecha. Tiro la lata vacía a uno de los contenedores de basura y me quito la chaqueta. El calor me está sofocando, y eso que no son ni las ocho. Bajo el túnel, noto el suelo sucio y encharcado. Efectivamente, lo está. Lleno de botellas de cristal rotas, bolsas y colillas. ¡Ya podrían asignar a un barrendero a limpiar la guarrería!

Estoy en contra de la contaminación del medio ambiente, una de las cosas que aprendí en los scouts. Debemos respetar la naturaleza y hacer de este mundo un lugar limpio y sin residuos. La contaminación es una alteración negativa generada como consecuencia de la actividad humana considerándose un impacto ambiental. Existen muchos agentes contaminantes, entre ellos las sustancias químicas (como plaguicidas, cianuro, herbicidas y otros), los residuos urbanos, el petróleo o las radiaciones ionizantes. Todos estos pueden producir enfermedades o daños en los ecosistemas. La atmósfera y los océanos son los constantes factores a procrear dicho desastre aportando el calentamiento global. Hay muchas clases de contaminación, por ejemplo:

- Contaminación atmosférica: liberación de sustancias químicas y partículas en la atmósfera alterando su composición y suponiendo un riesgo para la salud de las personas y de los demás seres vivos.

- Contaminación hídrica: liberación de residuos y contaminantes que drenan a las escorrentías y luego son transportados hacia ríos, penetrando en aguas subterráneas o descargando en lagos o mares por derrames o descargas de aguas residuales o por liberación descontrolada del gas de invernadero CO2 que produce la acidificación de los océanos.

- Contaminación del suelo: cuando productos químicos son liberados por un derrame o filtraciones sobre y bajo la tierra.

- Contaminación por basura: las grandes acumulaciones de residuos y de basura son un problema cada día mayor, se origina por las grandes aglomeraciones de población en las ciudades industrializadas o que están en proceso de urbanización. Hay que destacar la basura espacial, aunque no la veamos está presente en el espacio.

- Contaminación radiactiva: resultado de las actividades en física atómica. Puede ser resultado de graves desperfectos en plantas nucleares o por investigaciones en bombas nucleares.

-Contaminación genética: caso que se da en ocasiones. Es la transferencia no deseada de material genético producido mediante la fecundación. Se da en organismos genéticamente modificados o sin modificar.

- Contaminación electromagnética: producida por las radiaciones generadas por equipos electrónicos u otros elementos producto de la actividad humana, como torres de alta tensión y transformadores, las antenas de telefonía móvil, los electrodomésticos, etc.

Lo he aprendido en la escuela en tercero de la E.S.O, curso que casi repito. Tuve el privilegio de coger uno de los exámenes de la profesora Mari Encara y reservármelo. No tuve ni que estudiar. El día del examen, cambié la hoja original por la rellena. El típico intercambio.

La sirena suena cuando entro, la barrera se levanta y un coche para en cuanto me ve, es el tutor. "¡Mierda!", exclama mi consciencia.

—Señor López. Es la primera sesión que falla —dice pensativo—. ¿Cuál es su rogo? —me pregunta instintivamente.

Sin temor, se lo explico.

—Giberto, se me ha hecho tarde. He tenido que ayudar a mi madre a transportar cajas para su oficina. Le pido disculpas. —Sonrío con éxito, se lo ha creído. Si esto no hubiera funcionado, le hubiera dicho la pura verdad.

—Por esta vez, lo aceptaré.

Se marcha sin despedirse. "Maleducado", protesta mi consciencia. Hago un esfuerzo por alejarla unos minutos pero es inútil, mi mente adopta un comportamiento inusual. Rechista y parlotea palabrotas: "Baboso, prepotente, hijo de la gran", me chafo la lengua para impedir terminar frase. ¿Desde cuándo mi conciencia se comporta malintencionadamente? Eso no me gusta ni un pelo. Yo siempre me auto controlo. Los de mi clase salen por diez minutos al descanso que se nos concede entre clases. Eso es un punto tangible que nos favorece al alumnado en liberalidad. Jane se sitúa cerca de mí. Noto cómo mi consciencia me presiona. "¡Ataca!", se muestra imperiosa. Sus deseos son tentadores y caprichosos. "¿A qué esperas?", me pincha mi conciencia con ansia. No tengo por qué obedecer a las perversiones de mi mente. Marcus está contemplándome con los ojos adormilados, a punto de desmayarse. Sergi establece su peculiar mirada profunda, pero no dice ni pío.

Por la entrada viene un chico alto, flacuchento y con pintas callejeras. Lleva una gorra, gafas de sol, camisa con tirantes y pantalones cortos amplios. Va subido a una bici naranja. Jane me coge del brazo.

—Mira. —Me avisa.

Yo asiento con la cabeza. El chico barriobajero nos saluda a todos nosotros con emotividad de sobra.

—Hola, compadres. Soy Álex, tengo diecinueve trabucazos tronco. Supongo que formáis parte del primer curso de carpintería. —Me alienta con su faceta desorbitada de macarra.

Me aterrorizo en una fracción de milésima por el descabellado vocabulario de Álex. Él baja de la bici y la deja apoyada en uno de los pilares que sujetan la estructura del edificio. Nos presentamos cada uno.

—¡Qué preciosa eres, Jane! —le dice de forma seductora; ella ríe estúpidamente.

—¡Qué majo! —exclama alterada.

Me toca el turno y no digo nada.

—¿No te presentas, chavalín? —me pregunta suavemente.

—Soy inofensivo, no me como a individuos —aclara.

"Responde", me ordena mi consciencia.

—Me, me llamo Jakedan —digo triste.

Sus pintas me dan desconfianza y nerviosismo. Me dedico a contarle mi procedencia.

—Soy de Valeró.

Él se sorprende:

—¡Valeró! Yo me mudé ayer allí, amigo.

Sus palabras descarriadas me provocan repulsión. Me alza la barbilla con sus dedos y ve mi desilusión dibujada.

—Alegra esa cara.

Desvío la vista a otro lugar. Quizá consiga deshacerme de su chulería.

—Puedes confiar en mí, tete. Dime, ¿qué te ocurre? —sugiere.

Marcus decide decir la causa de mi declive emocional. Le he contado la historieta del módulo artístico.

—Lo que le pasa es que no le aceptaron en el ciclo que él solicitó, por eso su incomodidad.

Álex suspira.

—Oye, estás aquí con nosotros. Buena compañía.

Me entra tal nerviosismo con esas palabras que estoy a punto de llorar.

—Y para demostrártelo, te voy a regalar un cigarro. —Se muestra entusiasta.

De su bolsa saca un cigarro de liar, me lo enseña y contemplo aquel artefacto.

—¿Es tabaco? —pregunto inocentemente. Álex niega con la cabeza.

Si no es un cigarrillo normal, no quiero saber nada del tema.

—Es chocolate. Te vas a sentir mucho mejor que con el tabaco —dice intentando convencerme.

—¿Cómo puedo fiarme de ti? —interpelo. Él contiene su amabilidad.

—Si no me hubieras caído bien, te hubiese dado a probar sustancias peores, ja, ja.

Él se disculpa ante los demás y me coge del brazo. Vamos a la zona de prácticas, allí me intereso por sus peculiaridades.

—Por lo que veo, solo fumas choco y cigarritos —digo convencido.

Se quita las gafas y la gorra dejando visible sus ojos azules y su pelo largo.

—También otros derivados como la marihuana.

Enciende el cigarro que me ha dado y me incita a probarlo.

—Fuma, te garantizo que no te dañará —vuelve a repetir.

—La verdad es que no me queda nada de pitillos —digo lamentado. Obedezco, me lo pongo a la boca y succiono. El sabor es soportable pese a ser peor que el tabaco.

—Me siento bien —digo contento. "Termínatelo, verás qué divertido", implora mi consciencia en tono pasivo.

—Te gusta. A mí me gustan los chavales que son atrevidos —me confiesa.

—Lo que más me conmueve es que tengas diecisiete años y ya fumes, siendo menor de edad.

¡Lo he conmovido por fumar a un año de ser adulto! Yo no soy el factor sorpresa, porque los otros chicos de mi edad también lo hacen.

—Este es mi segundo año.

Me siento avergonzado al decirlo. Como él lleva más tiempo que yo, me siento incómodo. Él saca una botella de agua y bebe un sorbo.

—Así que eres principiante.

Le doy el cigarro y respiro hondo. Me encuentro mareado y con la vista nublada.

—Oye, ¿es normal que esté mareado? —le pregunto.

Mis piernas se han cruzado y antes de que pierda el equilibrio y me pegue un ostión, él me ayuda a levantarme.

—Es acostumbrarse a los efectos. Lo único que tienes que hacer es relajar la mente de tus inquietudes.

Mientras me aconseja, me masajea el cuello con las manos. Le detengo el ritmo agradeciéndole el masaje.

—Ya me encuentro mejor. Tu amabilidad me ha testificado tu buena racha.

He sido demasiado técnico expresándome de ese modo pero para causar buena impresión debes de sacrificar una parte de tu ser.

Cada uno debe de ser él mismo, sin importar sus defectos. El prototipo de chico perfecto no existe, todo el mundo comete errores. Hay que saber identificar dicho error y buscar la solución. Lo corriente es que queramos olvidar y no sacar el argumento por no volver a caer en la misma trampa. Recordar esa hazaña te permitirá no caer en la tentación porque al rememorarlo recordarás el origen que te llevó a hacerlo. Si no te aceptas tal y como eres, te ambicionarás a creerte un humano que no concordaría con sus infalibles intentos de apariencia. Este caso en particular se vería relacionado con el egocentrismo, el llamar la atención públicamente o presumir innecesariamente de poseer cualidades mayores que los demás.

Álex y yo regresamos con la cuadrilla que se nos queda mirando. Marcus rompe el hielo:

—Habéis tardado, casi es la hora de subir —reclama. Álex echa un as en sus palabras. (Nota: ¿echa un as en sus palabras?, ¿qué quiere decir?)

—Estaba animándolo para que se terminara de acomodar —dice serio.

De repente, el mareo regresa. Me siento en el banco que hay delante de mí y me apoyo sobre mis brazos. Marcus presencia mi estado y se encara a Álex.

—¡¿Qué hostias le has dado?! —se enfurece de repente, echándole la culpa.

Álex se defiende:

—¡Eh, cálmate! Yo solo le ofrecí un cigarro.

Sergi le empuja y le amenaza. Se chillan, se insultan y se dan tortazos. Jane se sienta en el banco y me abanica. El aire procedente de su abanico me alivia el malestar, refrescándome y secando el sudor de mi frente.

—Jakedan, ya tienes mejor aspecto. —Me avisa ella con dulzura.

Sergi le arrebata a Álex la botella de agua y se la lanza a Jane; ella me la hecha por el cuero cabelludo. Estos compañeros son muy amables, más de lo que imaginé. Mi padre tenía razón, las apariencias solo son un espejismo. Jane me ofrece la botella de agua, la destapo y bebo un sorbo agradeciéndoselo.

La mañana transcurre con normalidad, menos mal que tenemos teoría con la profesora Inés sobre los tipos de maderas que se utilizan a nivel doméstico. Disponemos de una tabla con diferentes maderas que la profesora va explicando a su paso. Abrimos el libro por la página cinco. Un dibujo explica las capas del parqué.

1.1 Partes del parqué

1. Formato 1285 x 192mm.

2. Debajo del todo se pone un laminado con una esterilla amortiguadora de alta tecnología que integra capa acústica.

3. En quinto lugar se pone el dorso, una lámina fina que repele la humedad.

4. Por encima se coloca el mecanismo "Safe-lock" para darle dureza y consistencia a la madera.

5. El sustrato HDF evita que se hinche la madera al contactar con el agua.

6. La segunda capa decorativa, estampada con diseños, están reproducidos meticulosamente con colores orgánicos.

7. La capa superior hecha con resina es muy resistente a los roces.

Pasamos al siguiente apartado, trata sobre cómo colocar el parqué.

1.2 Colocación del parqué

El parqué es un revestimiento de madera que se puede colocar en tiras cortas o paneles. La elección del parqué dependerá del presupuesto con el que contemos.

Colocar pisos de parqué no es complicado, solo debemos tener en cuenta algunas pautas sencillas para lograr excelentes resultados y un trabajo que perdurará por el tiempo.

Antes de colocar el parqué, debemos limpiar y alisar muy bien el suelo. También comprobar su sequedad.

Cuando el suelo presente todas esas características, podremos ir colocando el adhesivo recomendado por el fabricante.

¡Hasta en carpintería hay que estudiar! Y eso que pensé que era pintar, cortar y pegar. No, no voy a pensar en negativo, me prometo. Voy a involucrarme en esto y voy a terminarlo aunque sepa que hay trabajos más respetables. Un esfuerzo no me fastidiará. Mi móvil vibra en mi bolsillo. Echo un vistazo, es un mensaje de mamá:

De: Flora del Rey

Para: Jakedan López

Enviado a las: 12: 14h del mediodía

Asunto: Recordatorio

Cuando termines las clases ve directo a casa. Sofía ha acompañado a la abuela Pearl al dentista. Dos dientes que se le han partido mientras comía la tostada con mermelada del desayuno. Le han tenido que volver a renovar el aparato. Un beso, mamá.

¿Es preciso mandarme un e-mail? No. Me lo podría decir luego, además ella está trabajando en su oficina. Sin que doña Sabionda me pille, pongo mi estuche delante de la mesa para ocultar mi distracción y tecleo.

De: Jakedan López

Para: Flora del Rey

Enviado a las: 12:15h del mediodía

Asunto: Mensajería inquieta

Mamá, ¿qué haces atendiendo al móvil a pleno mediodía? Sabes que no me gusta que uses tus influencias para decirme que me tendré que esperar a que llegue mi abuela para comer. Si vas a seguir en ese sistema, pasaré de tus mensajitos.

Le doy a la tecla de enviar y presto atención. Me hago un esquema resumen en la libreta de apuntes sobre la cantidad de párrafos escritos en la pizarra. Detesto copiar delante del profesorado. Lo que me falte por completar lo buscaré por el ordenador. Mi móvil me avisa de un nuevo correo entrante. ¡Pesada!:

De: Flora del Rey

Para: Jakedan López

Enviado a las: 12:20h del mediodía

Asunto: No hables sin saber

Estoy en mi tiempo libre (se me había pasado que estás ocupado). Se me olvidaba, papá me ha llamado para que te diga que el abuelo Tomás está pachucho. No te distraigo más. Nos vemos luego.

Apago el móvil, lo guardo y me repantigo en la silla. Mi abuelo se encuentra en una fase delicada, unos días está fenomenal y otros debilucho. Empiezan a preocuparme sus caídas y levantamientos. Ayer le indiqué las pautas para apoyarle y aconsejarle como buen nieto. Es tan ensimismado y cabezota... Algún día de estos tendremos un buen disgusto, y no deseo presentirlo.

7

En el tren los pasajeros se abarrota. Inmovilizado y compactado como una sardina, espero a la siguiente parada para leer. Me falta respiración. Tener a desconocidos pegados a mi alrededor me hace poquísima gracia. Espero que no me roben nada. Al cerrar las puertas, la gente se marcha y me siento. Comienzo a leer Drácula, de Bram Stoker. Mi conciencia se descojona viva: "Drácula... Eres mayorcito para leer esas memeces". Una novela demasiada anticuada pero me la suda. Mis libros preferidos son los de terror o de amor. Contengan fantasía literaria o no, son libros. Los libros son entretenimiento para el cerebro, aparte de que se conocen datos o curiosidades que no se saben de por sí.

Me considero parte de aquellas personas que lo ven o blanco o negro. Soy de extremos: o buena persona o mala persona. Los libras somos así. No tenemos un equilibrio estable, estamos destinados a ponerlo en práctica. Este signo simboliza: la justicia, la equidad, el equilibrio, las relaciones, la belleza, la cultura artística, la armonía, el refinamiento y la diplomacia. Tenemos encanto, elegancia y buen gusto. Somos amables y pacíficos. Nos gusta sentirnos bellos, mostrarnos armoniosos y ser imparciales ante conflictos. No obstante, una vez que hemos llegado a una opinión sobre algo, no nos gusta que se nos contradiga. Nos gusta contar con el apoyo de los demás y solemos ser muy sociables. Sabemos valorar los esfuerzos de los demás. El lado negativo de un libra es frívolo y es fácil cambiar de opinión o de lealtades. No nos gusta la rutina. Muchas veces, nos falta la capacidad de enfrentarnos a los demás. Somos muy curiosos, lo que puede ser una virtud si lo invertimos en descubrir nuevas cosas, pero también un defecto si nos da por meternos demasiado en la vida o los asuntos de los demás.

No me estoy concentrando para leer y mis inquietudes sobre lo que le pasa a mi abuelo. Me alarman los cinco sentidos. Él me necesita, más ahora que la situación empeora. Me pongo los auriculares y escucho música del reproductor mp4. Es un regalo de mi madrina por mi santo. Estimo mucho este trasto pequeño, cuadrado con un sistema operativo majestuoso que le da dos patadas al clásico mp3.

La canción que escucho es de Michael Jackson, 'Thriller', un hit extraordinario de uno de los grandes músicos. Ese single lo reproduzco cuando las cosas no van adecuadamente. El talento musical de este hombre, a pesar de ser negro, fue descomunal en los años 80 y 90. Para que le considerasen a nivel mundial el apodo de “rey del pop” tendría que ganar muchos premios, nominaciones y vender discos a montones.

El viaje se me hace largo, supongo que con la prisa de no tener que estar aquí y descansar en casa, el tiempo prevalece intacto.

Espero a que el semáforo se ponga en verde para cruzar. El aire caliente me abrasa, el sudor empapa mi camiseta. Una ducha me vendrá bien. ¡La primera semana de instituto y he sobrevivido! ¡Guau!

Recuerdo con exactitud esa impresión al establecerme, ese pánico ha evacuado en partículas minúsculas que se han evaporizado. El gran cambio era salir a conocer lo desconocido. Siempre hay algo a asumir con rapidez, muchas veces nos negamos a él. ¿Por qué no aceptarlo en su presencia? Por simplicidad diría que es el trance a perder una parte de nosotros. Debemos comprender que es un reconocible esfuerzo costoso. Temer abandonar nuestra zona de confort por causa diaria. Un gran cambio no se realiza en un mes, ni en dos, ni en tres. Puede ser cuestión de un año. Es como pasar a una nueva forma de existir. Nosotros cambiamos para formarnos de manera más racional que cuando vas a un simple colegio, pero el entorno también lo hace. Sentirse acomodado dentro de un entorno novedoso es saludable, esa aglomeración de emociones transmitidas te lleva a tus límites. Si somos capaces de producir esa alteración encontraremos el equilibrio de una zona de confort mucho más ampliada. Si nos resistimos y nos quedamos en el mismo punto de partida, será como nadar en círculos sobre una piscina. Volveríamos a la misma cruzada y no avanzaríamos. Arriesgar a trazar en medio de ese círculo una encrucijada rectilínea recorriendo más allá de nuestra frontera vale la pena.

***

Estoy lleno de la comida que me he zampado. Sofía me acompaña hasta la plaza mayor, mientras tanto, conversamos:

—¡Uf, qué tarde! Mi cuñado estará esperándome para la hora del té —dice apresurada—. Suelo tomarlo allí. Mi hija ni me ha llamado —continua en un tono molesto.

La hija de Sofía ha venido a casa Pearl en ocasiones. Es alta, de cabello castaño oscuro y rizado. El tono de piel es moreno, viste con camisetas finísimas, shorts vaqueros y faldas cortas. Igual que las demás chicas de esta sociedad.

—A tu hija, ¿cómo le va? —le pregunto, la mujer hace una mueca incómoda.

—Fatal. Le dices que vaya a estudiar y se pasa media hora con el móvil. No te lo pierdas, es capaz de acompañarme a comprar y pedirme que le compre gusanitos aposta.

Concreta. Me muerdo el labio para atragantar una risa turbulenta que no se salga de contexto y ofenda.

—Una madre se cansa de avisar. ¿Odia el estudio?, pues que lo odie. Yo ya me he cansado de que no atienda a sus deberes. —Se mosquea.

La hija, una muchacha feliz con una familia. Sus padres se separan y la niña se desbarata. Es una clara indirecta muy directa. Sofía se lo imaginará pero la hija no es consciente de ello. Sofía me ha mencionado que hace lo que se le antoja. Su padre ni se preocupa por la educación académica.

—Su padre no la castiga, me comentaste —le recuerdo.

—Si no le impide sus caprichos, ¿qué hace?

Vuelvo a interrogarle:

—Mi hija sabe que a su madre no la va a engañar fácilmente. Está en mi contra por castigarla. Le dice a su padre que yo soy la culpable de que ella esté amargada. Lo malo de esto es que si sermoneo ambos se encaran. La rata inmunda le miente a su padre con las notas. Falsea la cifra y, por si fuera poco, su padre le regala golosinas.

¡Estoy alucinando en colores! El asunto es mucho más grave de lo que tenía en mente. La han llevado al psicólogo de la escuela, han razonado con ella... Ajusto la información a las bases de mi cerebro y deduzco que aquel comportamiento es rebeldía a más no poder.

—La separación —suelto de repente, la improvisación la coge desprevenida.

—¿Cómo? —Se extraña. De repente, me tapo la boca.

—Lo siento. Perdóname... yo... ¡Porras!

Ella muestra indiferencia.

—Eso ya lo superé hace mucho, sigue.

Trago saliva y reanudo mi conclusión filosófica:

—Tiene relación con la separación parental. Los adolescentes suelen desbaratarse en situaciones inoportunas. Has de estar preparada para estas circunstancias anormales.

Ella queda fascinada por mi inteligencia.

—Puede que sea la clave —dice con un tono esperanzador.

—Nos vemos el lunes. Que vaya bien en el hospital.

¿Hospital?, mi madre no ha mencionado eso.

—Sofía, mi madre no especificó sobre...

Mi expectación me deja sin habla. Ella hace caso omiso a mi expresión.

—Se habrá despistado. Te deseo suerte a ti y al resto.

Me despido de ella.

***

Mis padres y yo entramos en el hospital, ese lugar que nadie ve agradable. Una fina capa de angustia se produce por nuestras facciones. En el centro está la recepción y en cada lado dos pasillos. Giramos a la derecha entrando en una sala de espera. Seguimos rectos manteniéndonos en el pasillo y giramos en dirección contraria. Subimos las escaleras y nos encontramos con un larguísimo pasillo. ¡Madre mía, nos hemos adentrado en un inmenso laberinto! Localizamos la habitación A-08.

La habitación es compartida por dos camillas separadas por una cortina gigantesca de plástico color beis. Mi abuela Mari, está sentada en una de las sillas marrones malhumorada. Me acerco y veo descansando en la camilla el cuerpo flacuchento y esquelético del abuelo Tomás.

—Hola, familia; mi nieto —dice mi abuela.

La abrazamos para conectar nuestros corazones rosados, cálidos y llenos de luz propia. Ella nos pone al corriente.

—El doctor ha dicho que es una deshidratación. Además, Tomás...-

Mi madre ladea la cabeza y mi padre ruge entre dientes:

—Lo sabía, sabía que no estaba tomando agua-.

Las lágrimas brotan desde lo más hondo de mi pulsador sanguíneo palpitando desesperadamente. Siento una punzada en el corazón. Me llevo las manos a él con la respiración entrecortada. La abuela se pone nerviosa e intenta ser fuerte, a pesar de que su marido esté en mal estado.

—Tomás tiene cáncer de próstata.

Mi peor pesadilla se cumple bruscamente. Aquello inesperado que pensé no presenciar se está aposentando en mi vida de felicidad y color. Una infelicidad me embarga de pies a cabeza.

Mi madre se asusta un poco al verme en ese estado y me dice con dulzura:

—Hijo, no llores. Ahora le terminarán de hacer pruebas y solucionado. Es un cáncer minúsculo. Te veo pálido —añade.

Abro mis sentimientos dejándolos fluir a través de mi boca.

—Tengo un mal presentimiento con todo esto. Mis instintos me dicen que la situación se agravará.

Mari, a pesar de la incómoda situación, habla con optimismo:

—Cariño mío, sé que este imprevisto es doloroso, tanto para ti como para nosotros. Pero debes de ser fuerte querido y mantener la esperanza. La fe es el camino que cura la injusticia. —Su sinceridad seca mis lágrimas—. El abuelo desea que estemos bien pase lo que pase.

Somos como una piña trabajando en equipo. Cada uno es una pieza de una torre. Si uno se debilitaba, los demás caemos con él y la torre se desmorona. Otra punzada más fuerte me ataca provocando un alarido. Mi madre se asusta.

—¡Jakedan, ¿qué ocurre?! —Se alarma. Me quedo petrificado por unos minutos y me aturullo al ver el panorama.

—Necesito salir un rato. Me encuentro demasiado confuso-.

Mi madre me sigue al exterior.

El pasillo es amplio. La luz del sol entra con totalidad por el gran ventanal. Me asomo y veo la zona de aparcamiento. El aparcamiento visibiliza los espacios entre los vehículos aparcados con una franja naranja. A un extremo se encuentra la zona especial de minusválidos en color azul. En el tramo principal de la carretera, el doble peaje marca la dirección saliente y entrante. Al lado del segundo, una ventanilla de pago.

—Jakedan —me llama Flora. Mamá y su voz refinada que armonizan como un canto de sirena...

—¿Sí, mamá? —le pregunto.

Su móvil suena, ella lo coge:

—Charlie, dime. Es el tío -¿Vienes aquí? —Escucho atentamente—. Perfecto, estamos en la primera planta, habitación A-08- —Le indica mi madre.

Cuando termina de hablar, me sugiere bajar a la planta de abajo, a la cafetería del hospital. Antes, mamá avisa a papá asomándose a la puerta:

—Charles, vamos a la cafetería los dos. Tu hermano acaba de contactar conmigo. Vendrá en unos minutos; yo ya le he indicado más o menos. Encárgate.

La cafetería es un lugar sereno. Mis ataques han cesado. Una chica rubia con mechas rojizas y de estatura media nos atiende

—¿Qué van a tomar?

Mi madre pide un café descafeinado, yo un cortado normal. La encargada se asegura de nuestro servicio.

—¿Algo más?

Yo pido un donut

—Enseguida os lo traigo —dice mostrando una sonrisa.

—Hace días que no sabes de Johnny y Mar. —Adivina mi madre.

—Una llamada o un correo. —La interrumpo. No me siento de maravilla y menos en el hospital. Solo pensar que tenemos que regresar a la habitación infernal... Flora me mira con ternura.

—Escucha, la abuela te ha persuadido.

Resoplo:

—¿Qué pasará si el abuelo...?

Ella me extrae el pensamiento y lo aniquilo.

—Jakedan, eso no ocurrirá. ¿Por qué piensas esa chorrada? —pregunta enfadada. Mis ojos se vuelven cristalinos y continúo:

—Anoche soñé que el abuelito había fallecido. Dime que será como antes —le supliqué.

Ella mostraba preocupación pero la disimulaba.

—¿El qué? —pregunta sin comprender. Tomo aire y lo expulso.

—Dime que las cosas serán como antes —digo con el humor apagado. Ella me acaricia el cuero cabelludo.

—Sí, eso esperamos.

La encargada nos trae el pedido a la mesa y Flora lo paga.

—Serán tres euros —oigo. La chica rubia con reflejos rojos se marcha de nuestra zona.

—¿Vamos?

Asiento. Mi madre y yo nos levantamos.

Subimos a la habitación y nos encontramos al tío Charlie y a mi padre, hablando.

—Hola, tío —le saludo.

Él me recibe con alegría:

—Hola, campeón.

Mi padre le comenta lo que me ha pasado.

—Hace un rato lo ha pasado de pena. Tenía la cara pálida y sentía náuseas. Viene de tomar el aire. Un ataque de ansiedad —explica.

Demasiada información sobrante. Mi tío me observa con franqueza. Le devuelvo la mirada con la misma pretensión.

—Estoy bien, Charlie —digo con seriedad.

Me asomo a la camilla, mi abuelo está despierto. Le beso en la frente y mantengo una pequeña charla:

—Abuelo... Hola, te has dormido —digo en voz baja.

Tomás pide la merienda yo echo a reír.

—Tan impaciente como de costumbre. Me alegro de verte.

Él no muestra entusiasmo. Le comprendo a la perfección, no es nada divertido estar horas al día tumbado en una camilla sin distracciones a las que atender. Tomás y yo nos complementamos a menudo. Nuestra relación nieto-abuelo, abuelo-nieto se consolida como el encaje de una pieza de puzle. Charlie se asoma y habla con el abuelo:

—Tomás. ¡Ya ha abierto los ojos! ¿Con ganas de irse? —pregunta mi tío con garbo y salero. El abuelo pone cara de asco como si renunciara a la confrontación sometida.

—Pues claro que sí. Esto es humillante. ¡Quiero marcharme! ¡Quieren matarme! —refunfuña muy sofocado.

Mi padre le frena en seco:

—¡No te pongas histérico, papá! Nos iremos cuando lo digan y punto. Estos hombres harán lo posible por salvarte.

—¿Y por qué salvarme en esta pocilga? Que el señor se me lleve.

—¡Papá, deja de decir estupideces! Si te abandono en el hospital es como si te matase.

Con curiosidad, le saco la información deseada a Mari:

—Abuela, cuéntame cómo ocurrió —le susurro para que los demás no lo oigan.

Ella me lo detalla:

—Estábamos sentados, comiendo el melón de postre, tan tranquilos. De repente me dice que tenía la garganta carrasposa. Le di un vaso de agua y se bebió menos de la mitad. Tosió un par de veces. Insistí en que se lo terminase y la cosa se afeó. Alarmado, me gritaba que llamase un médico, que se atragantaba. Yo estaba desesperada por hacer lo que fuese. Emergencias tardó en responder. Les expliqué la situación y ellos se excusaron diciendo que tenían un asunto más grave. Enfadada, telefoneé al médico y volví a plantar el asunto en cara. Vino y me hizo un interrogatorio. El abuelo fue realizando unas pruebas simples. La tos reapareció enrojeciendo su cara. Y aquí estamos un día entero —argumenta. Se ha explayado de lo lindo.

Una enfermera rubia y joven abre la puerta. Trae consigo una bandeja con dos recipientes envueltos en plata. Lo pone en la mesita y se marcha. Mi padre abre un recipiente; en el interior hay fruta. Mi madre coge el cuchillo de plástico y empieza a cortarla en pequeños pedacitos. Tomás se lo termina en un santiamén. Luego toca el recipiente número dos: natilla de chocolate. El tío Charlie se despide de nosotros:

—Me voy, familia, tengo que ir de compras con Sora.

Mi madre intenta convencerle de que se quede un rato:

—¿Tan pronto?, si acabas de venir.

Él se disculpa:

—Me encantaría, os lo aseguro. Tengo que ir. Mi hija mayor tiene que comprarse ropa para el campamento de los scouts.

Nos despedimos de él y se marcha.

Pasados unos minutos, el médico aparece por la puerta:

—Hola, por lo que veo, sois los familiares de Tomás —dice estrechándole la mano a Charles—. Las pruebas han dado negativo. —Mi expresión y la de mi abuela se demacra. Mi padre intenta hablar y el doctor se lo permite—. ¿Sí?

La mirada de Charles decae.

—Esta mañana, Tomás estaba babeando mucho y su voz parecía bloquearse —dice mi padre con frialdad.

El doctor se pasea pensativo por la habitación buscando un remedio.

—¿Cuánto tiempo ha estado salivando? —pregunta cortante.

Mi padre reacciona al instante:

—Un rato. Dígame, doctor, ¿puede una persona quedarse afónico de la noche a la mañana?

Su pregunta es muy tonta. Yo pongo los ojos en blanco mientras pienso: "me acabas de avergonzar".

—De ninguna manera, no se ha detectado afonía. Es un bucle que lleva al mismo destino. Un tren sin parada —comenta.

Entonces, mi consciencia me avisa: "el anciano no durará mucho, el tiempo es oro preciado que en cuanto menos te lo esperas se consume. Avanza en esta nueva aventura. El apocalipsis llegará en escasos días de nosotros depende tu futuro". La pluralización me hace dudar. Entonces, una vocecita inocente se ríe. La vocecita tiene un matiz femenino dispar a mi mente con su voz masculina. Viene de mi interior. Retumba por mi tronco, como una piedra al chocar en una tubería de hierro. Entonces, toco mi pecho y siento cómo tararea una canción en voz baja. ¡Puedo escuchar a mi corazón al igual que a mi mente! "Fíate de tu instinto profundo, lo desconocido siempre atrae a los necios. Yo te haré feliz sin turbaciones de cualquier tipo. Aquel que diga preceptos negativos será tu peor melancolía". Conmovido por esas palabras que entiendo, mi mente dice que este pequeño incidente terminará en una gigantesca bola que me aplastará. Aquello me aterra. El significado contundente de esta premonición acelera el pulso arterial alterando mis pulsaciones cada dos por tres. Por otro lado, mi corazón dice que pasará de la voz ancestral que domina las compulsiones eléctricas de mi raciocinio. Dos voces contradictorias que intentan funcionar con su papel asignado. Sostenidas por varias ramificaciones de opciones a elegir en un solo cuerpo de carne y hueso.

—¿Se recuperará? —interpelo mi hipótesis apresuradamente. El doctor se pasa los dedos por la barba y para de caminar.

—Hasta que los exámenes no den el visto bueno, no podremos darle el alta. Además, tenemos que tener bloqueado su tumor cancerígeno y asegurarnos de que no vaya a peor —dice con perspicacia.

"Positividad, Jaquean, positividad. Saldremos de esta", me persuade mi blando corazón que es mucho más afable que la imbécil de mi mente. Al menos él tiene razón. Quiere llevarme por el buen camino, el camino de la paz interior, de la ilusión por conseguir cuantos más logros saludables posibles sin dañar al prójimo o a su entorno. El bien se consigue con las buenas acciones. Si haces buenas causas ayudando en organizaciones contra la pobreza, ayudarás a los más necesitados. Si te piden que ayudes a recaudar tapones para que los padres de un niño inválido le compren una silla de ruedas, no piden que recaudes un trillón de tapones. Se trata de aportar tu granito de arena, ese granito que te hace más fuerte cada día, que te impulsa a convencer a otros que usualmente no ofrecen ningún tipo de favor. Y si haces esto benévolamente, te sentirás orgullosísimo de haber dedicado un segundo al acontecimiento y cada vez que no lo hagas, sentirás una punzada en el alma. Ese será signo de no estar correspondiendo con ese deber al que has accedido voluntariamente.

Resistiré, rendirse es lo último y lo peor que podría hacer. Andaré por esas sendas que me esperan y combatiré la maldad que me aceche tras esta puerta que intenta abrirse. Una puerta con el candado de la indecisión que, al parecer, nada tiene de bueno en su interior. Para encontrar la llave, deberé encontrar el elemento adecuado que delibere el contenido. Probablemente tenga que arriesgar parte de lo que soy o no. ¿Quién sabe lo que me deparará el futuro? El mundo es un misterio y esta misión la terminaré con la misma valentía que con la que inicie.

8

Bajo a desayunar a la cocina. Papá ha preparado el desayuno: tostadas con mermelada de fresa. Mis padres aún duermen, es temprano. Es sábado, podría haberme quedado en la cama pero el primer trabajo del curso me lo impide. Cojo un trozo de pan, lo caliento y unto la primera tostada. Me la llevo a la boca, saboreo la textura blandengue y deliciosa. Ese manjar que despierta la pasión oculta de mi organismo. Jadeo y jadeo perdiéndome en un mar de sensaciones maravillosas. ¿Cómo un tentempié puede provocar deseos placenteros? Su agradable aroma me tienta a querer gozar de forma inapropiada. Arqueo la espalda estirando los brazos y bostezo sentándome en la silla mansamente. Retiro el plato y me sirvo un vaso de zumo de naranja. El fresco líquido recorre mi garganta y se deposita en mi estómago, despertándome de esa vibrante sensación que la mermelada ha efectuado haciéndome sentir tan atontado.

Friego el vaso y el platito y subo de nuevo al piso de arriba, al vestidor. El cielo se aclara vislumbrando la parcialidad de nubes mínimas que apenas se perfilan en una línea oscura.

Me pongo una camiseta blanca con rayas naranjas y amarillas a juego con unos pantalones pirata de color rojo. Saco los apuntes y enchufo el portátil. Pongo la contraseña. Arranca. Entro en el Word y le doy a “página en blanco”. Redacto el borrador que he escrito en clase para luego esquematizarlo y eliminar el texto sobrante. El móvil vibra. Desbloqueo la pantalla deslizando el dedo en sentido aleatorio. Son las ocho de la mañana. Tengo un e-mail de Johnny, en varios días no le he escrito, se me ha pasado por completo.

De: Johnny Casas

Para: Jakedan López

Enviado a las: 8:00h de la mañana

Asunto: Desaparecido por sorpresa

Hola, Jakedan, desaparecido en combate. Espero que no sea grave tu ausencia. Una cosa, desde ayer por la noche, Mar no ha hablado por el grupo de mensajería instantánea.

Johnny, menudo exagerado Mar es demasiado ingenua como para jugárnosla.

De: Jakedan López

Para: Johnny Casas

Enviado a las: 8:02h de la mañana

Asunto: ¡Qué divina exageración!

Buenos días, listillo. Ayer estuve en el hospital cuidando de mi abuelo. No pasa por buenos tiempos. Ah, y no te alarmes si Mar no responde, seguro que pronto o tarde lo hace. Y si no, la convenceré.

¡Lo admito, me gusta! Lo de Sergi fue una ASNR “Atracción Sexual No Resuelta”, un acontecimiento pasajero. Mar tiene un cuerpo celestial, tres veces mejor que el de Jane. Mi plan es perverso, pero Mar es así y si quiero conseguirla tengo que hacerlo a su modo.

De: Johnny Casas

Para: Jakedan López

Enviado a las: 8:05h de la mañana

Asunto: Amor platónico

Cuánto lo siento, tío, espero que se mejore. Entre Mar y tú hay compenetración mutua. Aunque estás jugando con otro rival. ¡Tramposo!

Ese rival es él ¡Será mamón! Cree que se la ligará primero, cuando no tiene ni idea de dotes sensuales. La amenaza vendrá bien para hacerle escarmentar y que vea que su moza se irá con el guaperas. Sus intentos fallan cada instante. Un flacuchento, osado e inexpresivo chaval como Johnny, nunca corresponderá a un corazón de una niña pija de papá.

De: Jakedan López

Para: Johnny Casas

Enviado a las: 8:09h de la mañana

Asunto: Vigilancia máxima

Johnny, me estás haciendo reír. ¿Qué te importa si me la tiro? No estarás celoso por ello. Tendremos que rivalizar. Me estás incordiando, hay trabajo que terminar.

Mi proposición con el último mensaje es picarle, me contenta su sufrimiento mínimo para que pruebe mi dureza. ¡Oh, si, prueba tu medicina!

De: Johnny Casas

Para: Jakedan López

Enviado a las: 8:10h de la mañana

Asunto: Ok

Acepto el trato. Por amor, lo que sea. ¿Durante cuánto tiempo?

De: Jakedan López

Para: Johnny Casas

Enviado a las: 8:10h de la mañana

Asunto: ¡Preparados, listos, fuego!

Durante un día por correo. A horas diferenciadas, por separado. Te deseo toda la suerte. La vas a necesitar. A ver quién pierde.

De: Johnny Casas

Para: Jakedan López

Enviado a las: 8:11h de la mañana

Asunto: El mundo al revés

Y ahora ¿quién es el tramposo? Es muy poco. ¡Reclamo mi aceptación! Eres tan malo...

De: Jakedan López

Para: Johnny Casas

Enviado a las: 8:12h de la mañana

Asunto: J vs J

Y más que lo voy a ser. Tu aceptación es irrompible. Lo siento. Te deseo toda la suerte. La vas a necesitar.

Cierro la ventana del correo electrónico y me quedo terminando el trabajo hasta las nueve de la mañana. Lo reviso de un vistazo por si las faltas ortográficas se cargan mi presentación.

Cuando termino, retiro el portátil a un lado de la mesa guardándolo de nuevo en uno de los cajones de la gigantesca biblioteca de madera de roble rojiza. Hoy empiezo con las clases de piscina, dentro de una hora. Bajo por segunda vez y me preparo la bolsa. Dentro pongo las chanclas, la toalla, el bañador, las gafas de buceo y el gorro.

Falta bastante, un mensaje a Mar le alegará el día:

De: Jakedan López

Para: Mar Díaz

Enviado a las: 9:01h de la mañana

Asunto: Disculpas, princesa

Buenos días, Mar. Tuve un problemilla ayer, nada importante. ¿Cómo va? Me gustaría demostrarte esa parte escondida que siempre te he prometido desvelar. Eso sí... ¿está preparada, señorita?

De: Mar Díaz

Para: Jakedan López

Enviado a las: 9:03h de la mañana

Asunto: Amabilidad y caballerismo, menudo capitán

Veo que estás complaciente, cosa que me chifla, nene. Mmm... Estoy impaciente de que cumplas tu palabra, guapo. Dime, ¿qué vas a hacer hoy? Podrías venir a visitarme a Guasuar para charlar en mi casa.

¡Me invita a su pueblo! Esa respuesta me ha pillado desprevenido. Se preocupa tanto, y con ese acento tan refinado. Da gusto. Conocer a una chica como Mar es caer en un prado lleno de flores y mariposas, es salir de la estratosfera, respirar el aire puro de la montaña o volar sobre paracaídas a cien metros de altura. Claro que la visitaré. Ganaré puntos extra en esta competencia.

De: Jakedan López

Para: Mar Díaz

Enviado a las: 9:08h de la mañana

Asunto: Invitación válida

La licitación me ha convencido, Mar. Lo que me pregunto es: ¿en qué condicionas mi visita?

De: Mar Díaz

Para: Jakedan López

Enviado a las: 9:10h de la mañana

Asunto: Provocativamente explícito

Bueno, ya sé por dónde te encaminas. ¡Me estás provocando! Me encanta que actúen en mi voluntad. No sé los términos, eso depende de ambos, precioso. Hoy a las seis menos veinte de la tarde en mi pueblo, calle Las arenas, número 3.

Ella es impredecible como la tormenta, inconformista con los demás y caprichosa para sus gustos.

De: Jakedan López

Para: Mar Díaz

Enviado a las: 9:13h de la mañana

Asunto: Ok

Perfecto. Allí estaré, señorita.

Cierro el portátil y lo guardo en uno de los cajones de la gigantesca biblioteca de madera de roble rojiza. Bajo a la cocina y miro el móvil para comprobar las notificaciones. Tengo un “Me gusta” en Instagram de la última publicación de hace tres días. Lo meto en la bolsa de deporte junto a las llaves. Me peino el pelo ladeándolo con raya. Me visto con la ropa adecuada y salgo del vestuario. Me sumerjo en el agua cristalina de la piscina. "Muy bien, chico. Sabes elegir. Si la deseas, hazle saber quién manda. Tú eres el que manda, no ella. Hazle llegar a sus límites pervertidos”, me dice mi conciencia con su tono perverso. Nado unas cuantas brazadas mientras voy reflexionando. Una relación que se sustente por medio del sexo. La idea ya es de por sí placentera, pero yo soy inexperto en esos temas. Aún era virgen y joven. Por delante de mí, en la otra filera, veo a Alex nadando. Me acerco a él deprisa.

—Hola, Alex —saludo con tono normal.

Él me choca la mano:

—Hola, compadre. ¿Tú haces natación? —pregunta con su voz escéptica.

"Contéstale y te despides cordialmente, ¡hazlo!", mi corazón habla involuntariamente. Mis padres me han mencionado muchas veces que a aquellos que no los viese con buenas pintas que los apartara de mi camino. "Sigue, tus deseos se harán realidad y yo te ayudaré", me presiona mi consciencia. Alex me mira expectante con esa oscuridad que se le clava en los ojos.

—Sí —respondo firme.

—Me gustaría saber sobre sexo. Es indudable que tú sabes. —Mi timidez se abalanza sobre mis palabras.

—Jakedan, Jakedan, Jakedan..., tan inocente y dulce. Hay diversidad de dimensiones que solo los más atrevidos cruzan por su cuenta, ¿sabes? —Sus susurros aterciopelados resultan convincentes. Curioso por desvelar sus misterios, doy un paso adelante y me meto de pleno arriesgándome.

—¿Sueños astrales? He oído de esos a montones —digo sin importancia. Me fijo que se está descojonando en mi cara. Para y argumenta:

—Vayamos fuera. La natación para la próxima semana.

Mi madre me matará si se entera de mi escaqueo.

Nos cambiamos y esperamos en la puerta de entrada unos segundos. Me enciendo un Winston. Alex quiere saber a qué viene ese interés por enterrar una parte de mi coraje y buen carácter. Yo le convenzo de que es una adaptación a la chica que amo. Ella necesita ese salvajismo y yo no soy capaz de dárselo. Aligeramos el paso por los campos que determinan el límite de Algesón. Encontramos la sobra a nuestro alcance. Hojas de naranjos por doquier desprenden olor a cítrico. Me enseña un cigarrillo muy extraño de un color marrón con pigmentos verdes, naranjas y negros. La parte de la boquilla es finísima y a medida que el tubo prosigue hasta la parte en que se enciende, el grosor es vasto. Tabaco, está clarísimo que no ; chocolate, ni en cola se asemeja. La última calada de chocolate que fumé me sentó mal a pesar de contener más tabaco.

—Te daría unas pautas para tu incertidumbre, pero eso sería demasiado. ¿Qué tal si pruebas este cachivache? —Me anima a probarlo.

Mi corazón salta de su jaula suplicándome que no lo haga. Obedezco y me lo guardo en el bolsillo.

—Te vendrán de maravilla unas reservas. —Yo me niego rotundamente.

—Alex, no, no necesito abusar —le aclaro.

Regreso a casa sin pensar en el gran lío en que me meteré, si mis padres se enteran de que he pillado marihuana. En mi familia no se tolera el consumo de drogas o estupefacientes, está prohibidísimo. Me sobresalto al oír a mi padre saludarme desde la cocina. ¡¿Y ahora qué coño hago con el asqueroso cigarrillo de la peste?!

Estresado por la brevedad que me retiene, antes de que me cacheen por el olor se me ocurre guardarlo en el baúl de los recuerdos. "Salvado por la campana", me alivio. Mi padre me encuentra en el pasillo, mi sonrisa se desparrama desintegrándose como el hielo. Se muestra muy entristecido y desmotivado.

—Papá... ¿pasa algo? Estás...

Agacha la cabeza con pesadez y se sienta en las escaleras.

—El abuelito está muy enfermo. La abuela Mari se ha quedado esta noche para hacerle compañía. Cuando me he levantado, tenía una llamada perdida de ella. Así que le he devuelto la llamada y me ha dicho que la salud del abuelo es muy delicada. El médico le ha dicho que a partir de ahora necesitará sondeo y que se le tendrá que operar —dice cabizbajo con las manos en el cuello—. Si le operan, su corazón podría dejar de palpitar.

La imagen que se forma en mi cabeza me espanta. Tomás al borde de fallecer. Un abrupto nerviosismo me impacta abofeteándome en el vientre y una ligera presión agonizante perturba mi cerebro. Mi madre, que baja del segundo piso, nos abraza a los dos. La angustia me delata en lágrimas que descienden por las mejillas y caen precipitadamente al suelo encharcándolo. Flora me seca las lágrimas, ahogo un llanto y doy un largo suspiro. Cuando me tranquilizo, me despido de ellos y me marcho a la estación.

Voy en el tren despejando mis pensamientos, centrándome en Mar. ¿Por qué una tarde tan importante como esta tiene que ser trágica? Las imágenes vuelven y presionan contra mi consciencia. Me miran asqueadas y mi corazón se une al cumulo de malestar que se acumula. La presión se incrementa. Por momentos, presiento una fuerza maligna en mi mente. Mi cabeza parece una banda de música molesta. Algo oscuro, siniestro, ajeno a lo conocido. La muerte del abuelo Tomás está muy cerca. Analizar los sucesos ocurridos durante esta semana resulta un tanto excesivo. Demasiada información inservible. Preguntas sin solución. Estoy bloqueado y desilusionado.

9

El tren para en Guasuar, las compuertas se abren de par en par y me dispongo a cruzar a la otra parte de la vía, bajando las escaleras. Entro en la estación, es más moderna que la de Algesón. Se nota que la han reformado recientemente. El material de construcción es de alta gama. Pregunto a la gente que hay sentada esperando al tren por la ruta que debo seguir hasta la calle de mi amiga. En la ventanilla de reclamaciones, hay unos trípticos que tienen pinta de mapa. Me llevo uno y lo desdoblo. Las letras de las calles son minúsculas pero se ven. Mirando el mapa, he sido capaz de guiarme por el pueblo.

Al llegar a su finca, pulso el timbre. Mar me abre la puerta, me abraza y me invita a pasar adentro. Su casa es pequeña pero acogedora. En la primera habitación está el comedor. En el fondo, el sofá negro de piel en forma de u. más adelante, una mesa retro y sillas a juego de color crema. El televisor de plasma está colgado a la pared. La pared rosa palo da el boom al aspecto final del acabado en cuanto a colores me refiero. La terraza separada por una puerta transparente de cristal corrediza. Me giro hacia ella con fascinación sin dar credibilidad a lo que veo. Mar me ofrece asiento y yo lo tomo agradeciéndole ese gesto de gentileza.

—Gracias —digo con cordura.

Ella se sienta a mi lado. Lleva puestos unos shorts rosa fucsia ajustadísimos, se le marca todo. Una camiseta finísima con un mega escote que deja visible parte de sus pechos. Mi mente captura una escena de mi amiga haciendo un estriptis bestial.

—¿Tan cerda me he puesto para que te relames los labios? —pregunta como si le hubiera ofendido. Me muerdo el labio inferior suavemente, lo estoy haciendo aposta para acoplarme a sus degustaciones pasionales.

En sus facciones recorre una grata satisfacción de placer subliminal, un placer invisible que se supone que surge silenciosamente. Lo literal no siempre ocupa un primer plano, la imaginación toma funcionalidad en estas treguas.

—Señorita Díaz, sus vestiduras son escuetas e imprudentes para una charla —le regaño con dulzura y elegancia. —Ella frunce el ceño—. Estás explosiva.

Se le desencaja la mandíbula y pregunta:

—¿Qué demonios te has tomado?

Me pongo de pié y la obligo a levantarse de la silla tendiéndole la mano. La cojo e inclino su cuerpo hacia atrás, mientras la mantengo suspendida entre mis manos. Con ojos ardientes, la engatuso con palabras de poesía:

—He bebido el cóctel valorado en rosas frescas rojas y blancas que se desprenden por tu piel. Me haces sentir vivo, en cuerpo y alma. Te deseo, aquí y ahora.

El deseo se presencia. Los dos quedamos hechizados en aquella atmósfera mágica y neutral.

—Tu parte escondida ha revelado lo indescifrable en dos años de convivencia, Jakedan —la posiciono en la postura adecuada y cuando no puedo más, la beso apasionadamente.

Ella se sobresalta, aun así, se conforma siguiendo al compás mis besos. Nuestros labios se funden en una sensación excitante. Sus labios carnosos se mezclan con nuestras lenguas enrolladas. Ella se cuelga de mi cuello. Mis manos intrépidas que tocan sus hombros van descendiendo hasta la cadera. Mar jadea sin parar echando hacia atrás la cabeza.

—¡Oh!, sí que tenías esto guardado. El papel de chico malo te favorece, cariño. —Eso me cautiva.

La tengo rendida ante mis pies, sin escapatoria, esclavizada. La aprieto contra mí y ella ni se inmuta. Es de mi pertenencia. Esta tarde está yendo como lo planeé. Estoy satisfaciendo a mi mejor amiga por amor y no por rivalidad. Está bien que se haga competencia con amigos para captar la atención a la chica de tus sueños. Si la deseabas por su forma de ser, debías romper el reglamento, exprimir tu parte sensual; dejar la vergüenza, tus miedos y hacerle saber que estás dispuesto a lo que venga. En caso de bisexualidad, es más complicado. Sentirse atraído por personas de tu mismo sexo o de sexo contrario puede ser confuso. Hay que tener en cuenta que uno de los dos sexos debe ser atraído físicamente y el otro personalmente.

—Mar, oportunidades como esta no se pueden rechazar. Eres la distracción más bella que he conocido jamás sobre la faz de la Tierra — expreso mi lado más tierno.

Bajo las manos alcanzando su trasero redondo y esponjoso. De repente, mi móvil suena. Es Charles. Me disculpo y le descuelgo:

—Papá, ¿cómo va? Voy para allá.

Me giro y ella me mira extrañada.

—O sea, que te las piras y me dejas plantada como un pino —me dice seriamente sintiéndose rechazada. –

—Es mi padre, no una ex —le corrijo.

Lo peor de ella son sus celos, posesiva y rencorosa. La mayoría de veces que me llaman delante de ella se piensa que son ex novias.

—Sí, una urgencia. Nos vemos pronto. —Le doy un beso en la frente y abandono la estancia.

Mi padre, mi madre y yo vamos al hospital en el Audi. Durante el viaje, leo un libro de Stephanie Meyer que se titula La huésped. ¡Menudo tostón! Voy cayendo en un profundo sueño sin darme cuenta. Oigo la voz de mi corazón regañándome: "Tu abuelo está enfermo. ¿Y tú, qué? Te vas a visitar a tu amiga para enrollarte", yo lo ignoro con los ojos entreabiertos.

Mi padre parece enfadado por no haber venido antes a ver al abuelo Tomás, lo entiendo. Él debe comprender que para mí estas jodidas eventualidades me ponen enfermo a parir. He ido a visitar a mi amiga por calmarme, por no pensar en lo que está ocurriendo a nivel familiar.

—Papá, necesitaba desconectar. Esto es insoportable —comento con mucha sinceridad—. Odio ir al hospital, y menos si está Tomás —digo molesto. A Charles se le profundiza la mirada y cuando eso ocurre no señaliza precisamente su mejor versión.

—No te lo impedí, hijo, lo único que te avisé es que estuvieses listo a las seis y media. Son las siete. —¡Qué refunfuñón!, el banco lo estresa demasiado a juzgar por su comportamiento infantil—. Vale que tú acudas al instituto, nosotros tenemos fiesta. — ¡¿Cómo se atreve a faltarme al respeto groseramente?! Tomo la palabra:

—Eso no tiene relación con el abuelo. Sé más coherente.

Mi madre le pellizca el brazo:

—¡Charles, contrólate!

Él respira fuerte, reprimiendo su furia, aguantando su rabieta.

—Papá, el respeto que no se pierda. Me importa bien poco sus vacilaciones. Estamos cansados de idas y venidas de ese lugar al cabo de la semana y mamá y yo lo tomamos al natural.

El silencio se mantiene hasta el final del trayecto, observo el sol bañando vagamente la carretera con sus rayos anaranjados. Entramos en Alzer y damos la vuelta al pueblo. Nos ha costado guiarnos por las calles. Si no hubiera sido por las prisas de mi padre en el GPS tardaríamos menos. Entramos al aparcamiento del hospital y encontramos un hueco disponible al lado de la zona de inválidos. Bajamos del coche y nos desplazamos al exterior para entrar al otro extremo, donde están las puertas de entrada.

Al llegar a la habitación, beso a la abuela Mari.

—Abuela, ¿te has quedado desde ayer?

Ella afirma inmediatamente.

—Sin el abuelo, no me muevo de aquí —impone.

Me acerco a la camilla. El impacto que me produce ver los cables conectados a su cuerpo del abuelo me estremece. ¡Esto es grave, sin duda! Una serie colorimétrica de cables ocupan su pecho. No habla, tampoco se mueve, solo se escucha su respiración. A su izquierda, veo el gotero. Le cojo de la mano y le digo unas palabras:

—Hola, abuelo, han habido tantos buenos momentos a tu lado...

La tristeza colapsa mi interior. Está marchitándose. Su esplendor se ha apagado. Persiste con la fuerza que le queda. Prosigo sin más remedio:

—Nos has llenado el corazón de felicidad transmitiendo tus ilusiones, tus mayores logros en lo profesional, en lo personal... A la abuela le has dado el amor que una mujer necesita de su hombre. A papá le has enseñado a ser la persona firme que es. A mamá le has aceptado en la familia, aunque fuese la última novia que tuvo tu hijo. Y yo he sido el favorito. Tú querías que me diese cuenta de la riqueza que tenemos. Eso gracias a ti. Estoy muy orgulloso de ti.

Cuando termino el discurso, todos están mirándonos. De repente, el medidor cardiaco pita con frecuencia. Tomás se queja; inmediatamente, mamá se altera:

—¡Charles, llama al médico!

Mi padre pulsa el botón rojo de emergencia situado en el rincón de la pared. Dos doctores acuden enseguida. El respirador no sirve. "¡No, por favor, resiste!”.

—¡Vamos a trasladarlo a la sala de reanimación, Ricky! —Oigo a la perfección a uno de los hombres.

Esto se pone muy desagradable. Miro horrorizado a la abuela que está desesperada y agobiada.

—Charles, yo esperaré con Mari, id vosotros.

Me parece correcta esa iniciativa. Los médicos actúan con velocidad. La camilla se desplaza al piso de abajo, papá y yo vamos detrás. Entramos en una sala espaciosa separada por un cristal insonoro, como en las series estadounidenses. Uno de los médicos nos indica que permanezcamos distanciados del cristal. Le quitan los cables a Tomás, cogen las planchas conectadas a la luz y se las ponen en el pecho. El contacto del hierro caliente con la piel provoca que el cuerpo salte. ¡Dios, menuda impresión!

—¡Papá, no puedo creerlo! —le digo malhumorado.

Los médicos lo intentan varias veces. El cuerpo del abuelo no responde a los impulsos eléctricos. Desconectan aquella máquina. Uno de los médicos sale y nos explica el resultado:

—Lo sentimos, hemos hecho lo posible por reanimarlo, pero no ha superado la prueba. El cáncer ha vencido. Con toda nuestra amargura, les comunicamos que ha fallecido.

Estallo en lágrimas desconsoladamente. Me arrodillo en el suelo cubriéndome la cara con las manos.

—¡Esto, no puede ser verdad! —exclamo entre sollozos—. Es un sueño... es un sueño... —repito—, ¡un maldito sueño!, ¡una puta pesadilla! —Me descontrolo de sopetón. Estoy convencido de que estoy en una espantosa pesadilla. La realidad me confunde tanto que no acepto las consecuencias de lo sucedido.

Apenas escucho la voz angelical de mi corazón: "Precaución", "maldades", "rebelión". La verdad es que me encuentro fatal por la presión que avanza y se expande produciéndome un inmenso dolor de cabeza. Todo me da vueltas sin parar como un tiovivo. Escucho a mi padre pronunciando mi nombre. Me pongo en pie y me agacho. Vomito de los nervios y después mi visión se desvía. Me caigo derrotado de un desmayo al suelo.

Despierto lentamente. ¿Qué ha pasado? ¿Dónde me encuentro? Me cuesta respirar. Mamá está sentada en una de las sillas, a unos pasos de mí. Intento hablar:

—Mamá... —Ella me lo impide.

—Cielo, ahora no. Estás muy débil, te diste un buen golpe. El doctor ha dicho que debes reposar hasta que vuelvas a recuperar la memoria. Un bajón de azúcar. —Me vuelvo a dormir pronunciando susurros.

—Jakedan, vamos. —Mi padre me llama—. Te has dormido.

Me levanto de la camilla y veo a la abuela seria. Aturdido y mareado, abandonamos ese asqueroso hospital. ¡Ya era hora! Volvemos a casa. Todavía entumecido, subo al coche, miro al móvil, son las dos de la madrugada.

Domingo, este día se hará muy longevo. Perder a un ser querido supone un dolor arrasador. Mi interior es una gigantesca piedra pesada que me agota al mínimo esfuerzo. Mis padres se han ido antes al tanatorio, el lugar donde los vivos lloran la añoranza de los muertos. Recuerdo la trágica tarde de ayer, horas antes del juicio final de mi abuelo, las majestuosas palabras que le evoqué; la sala de reanimación, la noticia escandalosa y mi obra maestra de potar y desmayarme. Cojo un lápiz y un papel, la inspiración ha surgido. Escribir una carta de despido a Tomás motivará el entierro de pura emoción. Me cambio el pijama por ropa oscura de la que en ocasiones inusuales me ponía. El chico hecho polvo del espejo me mira con una sonrisa apagada, yo enarco las cejas y dejo el cepillo en el armario blanco. Mando un mensaje a mis dos mejores amigos para avisarles de que los planes se antepondrán. Ellos me expresan su pena y me miman incondicionalmente. ¡La abuela Mari! Si yo estaba roto por dentro, ella estará destrozadísima.

El aire fresco de la calle me da de pleno colándose por la camiseta y deshaciendo mi pelo en un alboroto. El cielo nublado de esponjosas y mortificas nubes grisáceas están a punto de desgarrarse en miles de gotas lluviosas que acrecientan mis pasos. Mojarse antes de presentarse en el tanatorio ante los conocidos resulta tedioso.

El edificio se distingue por el letrado grande y la fachada verde chillona. En la puerta hay gente fuera, fumando y charlando. Saco un cigarrillo y le prendo fuego con el mechero. Pego caladas mientras veo un papel que lleva impresa la frase: “Hoy, 29 de septiembre, ha fallecido Juan Tomás López Trull”, debajo una foto de él. Me giro para evitar la depresión que me produce esa hoja. Apago el cigarro en cuanto me lo termino y entro.

Seis puertas y un pasillo en forma de cruz repleto de gente que ni siquiera conozco. Mi abuela Mari me acoge entre llantos. ¡Oh, no, abuelita, no llores!

—Ey, se te esparcirá el rímel. —Le aviso.

Ella inspira profundamente e intenta reponerse. Sus lloriqueos se me contagian pero los retengo. Desde donde quiera que esté el abuelo, me tiene que ver como a un hombre. Me fijo en el chal de piel negro que lleva.

—Es preciosa esta prenda —susurro, ella me besa en la mejilla.

Saludo a mis padres, al tío Charlie y a mi madrina, Paz, que esperan en una de las puertas amarillentas, son mi mayor esperanza. Mi madre me acaricia el pelo y pregunta:

—¿Estás anímicamente estable? —Yo asiento sin una sonrisa amable que mostrar.

Un sin fin de invitados me colapsan colmando mi paciencia. Quiero pegar un grito y decirles que se vayan a freír monas; obviamente, no lo hago. Contesto a lo que puedo. Piensan que soy un procesador Intel de última generación conectado a un dispositivo electrónico. ¡Estoy desconcertado y confuso! Mi tío Charles me acompaña a la puerta. El tanatorio es peor que estar en el hospital, lo que no comprendo es cómo los trabajadores soportan altos grados de enfermedad entre sus pacientes sin contagiarse, pensando que yendo protegidos con mascarillas y guantes las veinticuatro horas del día, el contacto de enfermedades contagiosas es bajo.

El tío Charlie es para mí un consejero, un mentor. Muchas veces he necesitado de su ayuda en los problemas más detestables. Él es mi segundo padre. No le da importancia a que yo le pida consejos, al contrario, sabe escuchar y eso me satisface.

—Jakedan, sé lo roto que estás. Enfrentar estos asuntos siempre cuesta. Me acuerdo cuando mi abuelo falleció. —Me comenta. Yo, con ganas de saber, sonsaco preguntas:

—¿Sentías como si tuvieses pesadez corporal? No sé, molestia muscular. —Él asiente.

—Claro. Es un síntoma bastante molesto. Quédate a comer en casa del tío. —Me ofrece.

Considero su oferta muy oportuna. Accedo de inmediato. Él sonríe y yo también lo hago.

Mi madre me llama, me acerco a ella desganado.

—Ven a ver al abuelo. Da impresión, pero los polvos dan color a su palidez.

Voy caminando hacia la tercera puerta obligándome a mover mis piernas. La habitación es lo suficiente pequeña para que el cuerpo quepa a lo ancho. A los costados se disponen colocadas sillas negras formando un pasillito.

¡Es alucinante el efecto coloreado que mi madre había mencionado! Casi diría que Tomás se encuentra sumido en un profundo sueño del que jamás despertará. La neutralidad de la calidez impregnada en su piel se aparenta con firmeza. Ni una imperfección, y sin grumos. Los demás familiares acuden a la sala y juntos rezamos la novena.

***

La comida en casa Charlie ha aliviado mis penas con los chistes de mis primas. El arroz blanco con salsa de tomate está delicioso y la tarta de queso casera para chuparse los dedos. Bajamos en ascensor a la planta baja y nos dirigimos a la plaza mayor. Dos chicos meten el ataúd de madera incrustado en un soporte mecánico con ruedas. Mi madre, mi padre, mi abuela y yo vamos siguiéndoles. Permanecemos de pie en el primer banco. Echo un vistazo rápido. ¡La iglesia está a reventar! El cura empieza a sentenciar el paso de la mortalidad hacia la vida eterna. La abuela Mari se fracciona en pedazos, la sujeto de los hombros y le doy un pañuelo.

Cada uno va en su coche hasta el cementerio. La abuela y yo vamos cogidos de la mano, los dos sentimos la misma dolencia.

—No me sueltes —digo con paciencia.

—Te he dicho que no lo haré. La unión nos acompaña, puedes darlo por hecho.

El ataúd en el que se encuentra Tomás es colocado con sumo cuidado en una de las losas descubiertas a primera altitud. Los dos hombres de antes ponen una cubierta simple con la foto del abuelo y la sellan.

Las lágrimas brotan de mi corazón impulsando mi respiración exagerada, agitándome de un estruendo. El estómago me duele de los altibajos sufridos en la hospitalización. Me encuentro muy cansado, agotado, sin ganas de nada. Con el corazón herido, me siento en el suelo y dejo caer mis brazos haciendo tocar la cabeza con las rodillas. Mi madrina, Paz, se sienta en el bordillo del pavimento.

—Jakedan, debes pensar que tu abuelo estaba muy enfermo como para seguir. Ahora está en un lugar sin sufrimiento, sin guerras. La malevolencia que le rodeaba le impedía obtener la paz. —Le abrazo fuerte y descanso en su hombro durante un rato.

Mi vida ha cambiado como para toda la familia. Experimentar cómo un ser querido se despide de ti para siempre es un golpe duro. Yo no he tenido la preparación suficiente para asimilar tal acto agrio.

10

Pasan dos semanas. Las cosas no han mejorado ni un pelo. En Catadá, falto a las clases y me las paso durmiendo por la mañana. Levantarse tan temprano es malgastar horas de sueño. Mis padres me insisten en que salga de casa, que encerrado en mi habitación no hallaré la solución a esta depresión. ¿Depresión? Depresión es lo que tuve durante tres días después del entierro. Otro de los colmos es que se piensan que mi humor ha empeorado erráticamente, ¡ja! Recuerdo que al tercer día noté cómo varias sombras intentaban apoderarse de mi corazón indefenso. Luché y luché por encender esa voz interna y angelical procedente de mi interior pero caí en las trampas de mi conciencia y esas sombras se hicieron lentamente conmigo, arrastrándome a mi lado más oscuro. Mi corazón ha dejado su usual rosado siendo teñido de color púrpura intenso.

Mi madre entra sin preguntar a mi habitación, eso me enfurece.

—¡¿No sabes llamar o qué?! —le pregunto a gritos.

Ha interrumpido mi lectura justamente en una escena de sexo. Aprieto los dientes y los rechino fuertemente hundiendo la mirada en ella.

—Ese libro... lo has cogido de mi mesita de noche —dice nerviosa.

—¡Con dieciocho años puedo leer lo que me dé la gana! Soy mayor de edad—. Voy a resumirte la barbaridad que estás leyendo. Una universitaria que se enamora jodidamente de un millonario que auto controla las situaciones. La chica inocente se deja llevar por el cabrón de su novio, quien le hace firmar un acuerdo de confidencialidad. Ese contrato especifica armas sexuales como entretenimiento sadomasoquista para que la sumisa complazca a su amo —le argumento.

Flora, avergonzada, me regaña cruelmente:

—¡Hijo, eres todavía joven para este tipo de novelas!

¿Y a ella qué más le da?

—Tú lees estas marranadas y me callo, lo hago yo y me sermoneas —le digo con cara asqueada.

Mi madre se muestra molesta.

—Devuélvemelo, por favor.

Alargo el juego durante unos minutos:

—Te lo he resumido a propósito. —Me río maliciosamente.

Hasta ahora he tenido que ser un chico perfecto que obedecía a las normas impuestas por un colegio religioso. Eso no me interesa, y si ella se piensa que voy a seguir el sendero apropiado se equivoca. A ella no le hace mucha gracia que juegue con sus buenas intenciones.

—Te castigo. —Me amenaza.

Sus amenazas no son factibles para mí. El efecto que mi madre piensa que surgirá no se hace presente. Amilanarse es de cobardes e incompetentes, aspecto que descarto.

—¿Quieres el maldito libro? ¡Pues ve a por él!

Enfadado, tiro el libro con demasiado ímpetu. Éste se estampa contra el armario de madera en un golpe rudo que cae al suelo. Flora lo recoge a punto de perder la batalla, con sus ojos acuosos.

—¡¡Esta no es la manera de tratar a tu madre!! —Se indigna.

—¡A mí no me mandes callar! —le advierto. Tras eso, se marcha.

Me resulta gracioso usar sus buenos modales para hacerle sentir mal. Me tumbo en la esponjosa cama estudiando mi nuevo carisma. El dolor me ha transformado por dentro y por fuera. Mi estilo coqueto a la hora de vestir se ha contrapuesto al estridente gótico. La dulce inocencia se ha esfumado, la sensibilidad se ha derretido, la prosperidad ha estallado... Mi antiguo "yo" ha fallecido. Soy consciente de que he dado un giro de trescientos sesenta grados. ¿Desde cuándo uso geles para sacar parido a mi sexualidad? Me gusta sentirme sexual y pervertido. Aplicarte la primera gota de jabón produce un efecto calorífico corporal. Gracias a la sustancia desconocida que alberga en contacto con la piel, provoca una especie de calentón hasta la excitación.

Mi móvil suena, miro la pantalla, ¿Aitana Rubio? La chica que ha sido mi mejor amiga en la escuela. Durante ese corto período de inmenso vacío que he padecido, he estado relacionándome con ella. Tiene novio desde hace seis meses, ayer me lo presentó. Le llaman José y, su vocabulario no es el estándar, es sucio y vulgar, como el mío. Siempre que Johnny y Mar me mandan mensajes absurdos ya sea por e-mail o por Whatsapp. Los ignoro. Son demasiado inocentes y patéticos. Detesto esa actuación de las personas. Simplemente por el hecho de que su maduración se ralentiza y no logran completarse al cien por cien. Se quedarán encasillados en una edad determinada. Johnny, un chico tan bueno al que puedes estafar, humillar y utilizar sin pegas. Mar, una chica tan mala a la que puedes acosarla sin escrúpulos. ¡Pobres insulsos e ignorantes! Doy gracias por estar con Aitana. Me ha hablado de lo mal que lo pasó cuando su abuela falleció. También del desempleo de su madre al cerrar el estanco que estaba cerca de la zona donde vivía. Su vida es peor de lo que imaginaba.

—Hola, Jakedan. ¿Quedamos? —pregunta ella con su tono grave de voz—, en la plaza mayor —aclara.

Yo le respondo que sí. Cuelgo y busco el paquetito de relleno. Lo abro y cojo un puñado de algodón. Me lo pongo en el interior de mis calzoncillos, me subo el pantalón y me abrocho la bragueta. Esa es otra novedad en mi nuevos quehaceres, ir a un 'Sex shop" a comprar productos. El algodón no se abulta ni se sale del sitio. Le aviso a mi madre de que me voy.

—Mamá, me voy a dar una vuelta. —Flora me impide el paso al bajar las escaleras.

—Me debes una disculpa gorda —me dice seria. Yo, con impaciencia, le planto cara al asunto:

—¿Una disculpa por leer un libro inadecuado a mi edad? Sabes, ¡estoy harto de que me trates como a un niño de cinco años! A ver si te enteras, ¡la perfección no existe, el hijo educado y aseado es una falsedad! —Me marcho dejándola con sus reniegos y coñazos.

Son las siete de la tarde cuando la plaza se ilumina con las nuevas bombillas LED instaladas. Le dan un aspecto menos rural adquiriendo un aspecto urbano. Allí está Aitana, con unos kilos sobresalientes en su anatomía. Yo no tengo problema con las personas con sobre peso. Hay tanta gente dañina en este mundo que desea el mal para los demás. Yo apoyo las condiciones virales de una persona que tenga problemas de obesidad, esté con debilidad ósea o tenga déficit. Me resulta raro que José se ausente. Camino hacia ella con mis andares destartalados.

—Aitana, tía. Falta tu chico. —Se lo tengo presente. Ella, consciente de ello, resuelve mi vocablo deseado:

—Está trabajando de pintor. —Se emociona facialmente.

¡La muy zorra se ha ligado a un pintor! Me tranquilizo para que no aprecie mis celos. Una pícara sonrisa se extiende por mi fisonomía.

—¡Era mi gran sueño! —exclamo al recordarlo. Aitana se queda pasmada. Doy un respiro y continuo—, hasta que el destino me lo arrebató.

Su expresión se acentúa hasta caerle los ojos sobre sí.

—¡Pastelazo! Este año está siendo asqueroso para ambos. —Se atreve a mencionar.

En su argumentación, puntualiza con un "vámonos, tengo que enseñarte algo". Eso me suena a excusa piadosa. Caminamos hacia el cantón derecho y giramos en dicha dirección. Desbloqueo el móvil y miro que hay mensajes a parir de mis antiguos amigos. ¡Tan retrasados para enviarme gilipolleces pero no para hablar formalmente! La formalidad sobre por qué Mar no puede aceptar en las distantes semanas mi predeterminado humor. En cambio, la formalidad sobre Johnny se disipa en su descomunal vergüenza. ¡E insisto! Ellos a su bola. Seguir dándole vueltas no me hará avanzar. Me centro en borrar los e-mails de la bandeja de entrada. Aitana se cuela por una callejuela estrecha inclinada.

—Percatarse de estos escondites es difícil, solo una experta lo sabe. —Me guiña un ojo.

Tras atravesar la larga callejuela estrecha, vamos a parar a una intersección que nos abre paso a una calle semicilíndrica separada por unos ladrillos a los extremos. Dos farolas bastan para iluminar las cuatro fincas tenebrosas. Mi amiga me abre la puerta de la segunda finca. La pared es granate, contrasta con la escalera de piedra negra. Aitana y yo subimos al segundo piso y entramos. Por las fotos que están colgadas en la pared del fondo, esta es sin duda la casa de José. La perspectiva desde mi punto de vista es el de un hogar viejo que antes era el hogar de una familia en condiciones.

Un inmenso remordimiento me recorre el cuerpo fugazmente. Me importa un comino que esté dejándome influenciar por lo desconocido. Mi final feliz está en cenizas y luchar por lo que vale la pena es absurdo.

Ella me invita a sentarme al sofá:

—Siéntate, Jakedan, estás en tu casa. Se mantiene aún este apartamento —comenta distraída hacia la ventana.

—¿Tienes un canuto? —le pregunto sin decidir las palabras usadas.

Aitana no da crédito a la interrogación. Deja en el suelo su bolso de piel marrón.

—¡¿Fumas porros?! —pregunta riéndose al mismo tiempo. Yo oculto mi risa y respondo:

—Los he probado. —Destapo mi sinceridad.

Ella parece recordar un hecho vulgar, yo frunzo el ceño, entonces lo dice ilusionada:

—¡Hostias, sí! En el botellón de final de curso de cuarto de la E.S.O. Es verdad, terminamos en muy mal estado.

Se celebró un gran banquete en el comedor del colegio. Las mesas estaban adornadas con manteles blancos, las servilletas eran una pasada. Estaban puestas estratégicamente de forma extravagante. Los cubiertos estaban dentro de la servilleta, como un sobre. Durante la cena, los chicos les tirábamos huesos de oliva a las chicas para fastidiarlas. Ellas se ponían a gritar como locas y nos lo devolvían a cacahuete limpio. La cena fue un disparate de indirectas muy directas. Los chicos decíamos continuamente obscenidades para picar a las chicas, ¡y lo conseguimos! Después de cenar fuimos al local de un compañero de clase. Allí bebimos vodka rojo, azul y morado. Enchufaron una cachimba que al prender fuego dispersó el humo apestando el garaje a hierba. Yo estaba temeroso, mis compañeros me incitaron a probarla. Al final, acerqué la boca al frio metal y succioné.

Mi amiga Aitana comienza a reír sin parar.

—Vamos a fumar, tío. —Vuelve al tema.

Me aburre esa mención. ¿Por qué insiste cuando en unos cuatro meses no me he relacionado con esa sustancia ilegal? Ignoro aquella minucia y levanto el dedo índice como signo de aprobación.

De su bolso, Aitana saca tabaco de liar de la marca "Fortuna", el papel, la bolsita de boquillas y un cogollo. Coge el papel y extiende tabaco por la superficie de éste. Luego desenrolla el cogollo envuelto en papel de plata y desmenuza una cuarta parte con un rayador pequeño. Lo une a la nicotina y deja caer sobre su mano una boquilla. La pone debajo y sella el cigarrillo con saliva por la parte del pegamento.

—Fácil y sencillo —dice altivamente, yo remato la frase con un dicho popular:

—Para gustos, los colores y... —Me detengo y Aitana la termina:

—Para sabores condones. —Le pego un manotazo en el brazo por su vocabulario.

Se pasa con sus trapos sucios. Por mucho que se comporte maleducadamente, que me trate amablemente me enorgullece. Pego una calada. El humo es muy diferente respecto al del tabaco, blanquecino, visible y voluminoso. De su boca sale una cantidad indescifrable que me deja atónito.

—Chama —ordena.

Le doy una calada. El sabor es potente y devastador. Al pasar el humo por mi garganta, una quemazón infernal pero soportable me abrasa las cuerdas vocales.

—Es de la buena, no vas con particularidades —digo relajadamente.

La marihuana desvía mis pensamientos circundantes, estoy a su merced, prisionero de sus efectos tan posesivos. La divagación fluye con libertad. Aitana enciende la televisión y me pregunta por el estado en el que me encuentro:

—¿Estás bien? —Yo niego y le digo con los ojos desvaídos:

—Estoy ido de la cebolleta, nena.

Los dos nos descojonamos vivos. Ella se restriega por el sofá y yo me deslizo hacia el suelo arqueando la espalda. Apoyo las manos sobre el sofá y empujo hacia arriba impulsándome para sentarme.

En la televisión emiten programas basura, en el canal tres echan amores, desamores e inversamente. El típico programa en el que los tronistas se lían con sus pretendientes para conquistarlos. Los retos son una prueba a competir por el amor y si algún pretendiente gana, se concede la cabaña. La cabaña es una cita especial en la que los sentimientos florecen entre morreos, achuchones y tocamientos.

La puerta se oye, no me molesto en hacer caso. Sé que es José por el ruido de las Converse.

—Hola, José —le saludo.

Él se burla de nosotros:

—¡Dándole al porro!

Se sienta entre el espacio que queda entre Aitana y yo. Me estoy adormilando. El novio de mi amiga me pasa el cigarrillo del que yo succiono con atrevimiento. La hierba me aturde confundiendo la realidad. Estoy flotando en mi propia burbuja imaginativa. Mi imaginación traspasa las fronteras del cerebro. La vida es de color multicolor cuando fumas lo inapropiado. Una planta que por cándida que aparente trae la locura a quien la prueba.

José apaga la televisión para encender la consola y en unos segundos, estamos jugando a un juego de ir robando coches, matar al personal, forrarte de pasta. Gamberreamos a gritos, desfogando nuestro frenesí.

—¡José, sal de ahí y asesina a el tipo de la chaqueta azul! —le ordena Aitana a su novio. Él lo hace.

—¡Menuda pasta, trescientos euros he conseguido! —Se alegra.

El muñeco del juego corre hacia un Mercedes de color verde oscuro, tira al conductor y lo conduce. A toda velocidad, se estrella contra una furgoneta y los dos vehículos estallan en llamas. El cartel de "Game over" aparece jorobando la partida. Me llega el turno de jugar. Reviento una gasolinera y me voy corriendo antes de que explote. Cojo una barca y cruzo a la otra parte de la ciudad. Mato con la metralleta a una anciana, choro sus cien euros y la policía me persigue. ¡Mierda! Tres estrellas suficientes para ser arrestado. Aitana me recomienda un truco:

—Ve a tunearte el coche.

Pero entonces choco contra una barrera y el muñequito cae al mar. El aviso de fin de juego aparece de nuevo y tiro el mando al suelo de la rabia.

—¡Jakedan, es un juego! —perpetua Aitana.

Yo aprieto los labios y le digo arrastrando las sílabas:

—Lo sé, me he rayado. —Ella se calla.

Las ocho y media de la tarde, me levanto del sillón y estiro los brazos bostezando.

—Me marcho —informo.

A su novio se le ocurre una idea genial:

—El sábado que viene hacemos botellón. Vente a las ocho y tendrás la fiesta montada.

Me da lo mismo lo que mis padres piensen, no van a privarme de mis amigos. Con cara de sorpresa, me aclaro la garganta:

—¡Claro, ideal! —exclamo emocionado.

Me encuentro estable a pesar de la confusión mental que siento. La burbuja se ha desintegrado, los efectos se han reducido a raudales. El cerebro está afectado por la devastación masiva de neuronas.

Del humor al descojone y del descojone a la irritación. El humor me cambia estrictamente sin darme una justificación coherente. La droga induce estos desmesurados indicios marcando el compás de la autodestrucción a cada cigarro de la risa que tomo.

De vuelta a casa decido llamar a mamá. Detrás del jaleo que ostento en la superficie de mi cerebelo la amo. Flora contesta al instante:

—Hijo, me tienes preocupada. Tu comportamiento no es el habitual. Papá y yo deseamos lo mejor para tu futuro —dice con voz entrecortada—.Ojala pudiera saber qué se te pasa por la cocorota — manifiesta abiertamente.

Me quedo en pausa unos segundos y reacciono:

—Perdón. —Me disculpo ásperamente.

Mi madre corta las palabras que iban a surgir de su boca y las cambia:

—Eh... Gracias por llamar. Nosotros nos vamos de cena con los amigos.

—¿Pensabas que asistiría? —le pregunto lascivamente. Flora se hace la despistada ante mi tonalidad vocal y contesta indignada:

—Visto que te da exactamente igual, puedes quedarte en casa. —Arroja la frase sin importancia.

—Adiós. —Me despido y cuelgo.

En casa, las luces están apagadas. Mis padres se han marchado. El olor a fragancia de limón persiste por la cocina. Me quito las zapatillas, los pantalones, la camiseta y subo a ducharme. El agua está tibia, una ráfaga de gotas empapan mi cuerpo. Mi mente se aclara devolviéndome a la mismísima realidad. Me echo gel "Playboy" sobre mi barriga y lo extiendo por todas partes. Friego suavemente sobre mi piel para aligerar el resultado. Me quito el jabón y me seco con el albornoz. Me pongo el pijama y bajo de nuevo. Un mono atroz me devora entero. Busco desesperado en el baúl el canuto que me regaló Álex. Lo cierro y me dirijo a la terraza. En la terraza, lo enciendo y entonces mi consciencia me tienta: "Fúmatelo". Le doy una calada y expiro. El humo blanco se difumina enseguida. El móvil suena, llamada de Johnny:

—Hola, Johnny —le saludo. Pego otra calada y él habla:

—Hola. ¿Quedamos?

Quedar... con él. Proceso lo dicho, mala idea no es.

"No", me amenaza mi conciencia, "le odiabas". Paso de sus negaciones olímpicamente. Yo decido mis propias decisiones, no ella. Doy otra calada y respondo:

—Cenamos en tu casa y nada de excusas. —Alzo la voz para que no reproche. Él suspira:

—Vale.

Cuando rio, sé que es debido a los efectos del porro. Me pongo serio y hablo:

—Compro yo las pizzas. —Me adelanto impresionándolo.

Me meto el móvil en el bolsillo, apago el cigarrillo y me pongo la ropa. Los ojos se entrecierran y se desvían buscando un punto fijo. Me tambaleo hacia las escaleras intentando mantener el equilibrio. Me apoyo en la barandilla con miedo de caerme a trompicones. Me miro en el espejo que hay colgado en la entrada. ¡Ojos rojísimos, joder sí que intercepta esta planta en el organismo! Supongo que se normalizarán de camino a la pizzería. Paso la lengua por mis labios deshidratados. No siento las articulaciones, me tiemblan las piernas bastante como para salir a la calle. Estoy a punto de derrumbarme. Apenas puedo mantener mi propio peso. Cinco minutos después, me he recuperado, la boca sigue mantecosa. Voy a por las pizzas. La chica que me atiende no se da cuenta de la fumada que llevo encima o se lo pasa por el chocho, cosa de dos. Las pizzas escogidas son de queso con jamón york y vegetal. A parte de las seis porciones, pido un "Energical drink". Pago los cinco euros y desaparezco de allí.

Abro la lata de bebida energética sabor piruleta. El líquido desciende con avidez por mi garganta incendiada y socarrada. Bebo aceleradamente y sin parar. Al terminármelo, llego a la puerta de la finca donde vive mi ex amigo. La lata cae al suelo y ni me inmuto en recogerla. Llamo al timbre. ¿Qué hago plantado esperando a que un cobarde me abra la puerta? Soy un chico malo, retorcido y con genio. Su mundo y el mío son contradictorios. Contactar conmigo le será inútil e innecesario porque lo único que recogerá será una discusión de mal gusto. Si me ronda demasiado le propinaré tal puñetazo en la boca que la mandíbula se le desencajará. Voy para burlarme de sus jueguecitos infantiles y hacerle entender que él no cuaja en mi rango de amistades. La puerta se abre y yo espero a que baje. La adrenalina y la hiperactividad se unen para enfatizar la lujuria que la bebida ha causado. La tentación se apodera con lentitud, eso me aviva la existencia. Me reconforta sentir el egocentrismo predominando el poderío del que dispongo.

El clic metálico del ascensor se escucha en la puerta de metal. Johnny abre los ojos al máximo. Se acerca y tartamudea ante mi maestral estilismo. Mi camiseta de cuello de pico blanca, los pantalones grises rasgados a tirones, mi chaqueta negra de cuero y mi pelo alborotado. Sin aliento, sus ojos inmóviles castaños se inquietan:

—Jakedan... —Su tono apagado de desaprobación le hace dudar. Se muestra desilusionado ante el nuevo chico rebelde que se parte de risa en su interior.

—Este soy yo —le digo separando las palabras y entonándolas.

Al avanzar hacia él, él retrocede pensando que le voy a acorralar. Johnny choca contra el ascensor y se tapa con la mano la boca.

—Tus pupilas dilatadas y los ojos rojizos, has bebido. —Acecha sin acertar la causa.

Paso mis dedos por su mejilla sedosa y le doy pequeñas palmadas.

—No he bebido —aseguro.

Su respiración acelerada me paraliza la mente despejando la nubosidad que hace apenas unos minutos me ha ostentado entre sus garras.

—Te lo explico arriba —procedo a decir. Pulso el botón del ascensor y entramos.

El ascensor para en la planta tercera. Johnny mete la llave en la cerradura y la gira. Dejo la caja de pizza en la mesa de la cocina. Johnny se pega como una lapa. Abro la nevera para sacar una cerveza, imposible que no tenga. Le echo una mirada envenenada maldiciéndole. Él frunce el ceño y se dispone a coger del armario un vaso.

—¿Agua?

Aparto el vaso a un lado y me siento encima de la mesa redonda tirando al suelo el cuenco de fruta. Él se abalanza sobre el cuenco y cae.

—Cerveza fresca. —Le pido. De nuevo con las excusas. ¡Excusas, excusas y más excusas!

—Me temo que están calientes. Tengo agua.

—¿Me estás vacilando? —Menudo retrasado. Mis instrucciones deben de confundirse o es que está subnormal perdido—. He dicho cerveza —le rujo levemente. Johnny sigue haciéndome la pelota, puteándome ociosamente.

—La cerveza caliente no es aconsejable. —Destapa la botella de agua y echa un poco en el vaso. Lo deja a mi lado esperando a que la tome. Estallo y le grito a la cara:

—¡Eres imbécil! ¡Cabrón, te he dicho una maldita cerveza! —Sus ojos llorosos retienen las lágrimas aguantando el dolor de mis palabrotas.

Necesito descargar mis ataques de furia sobre la persona más cercana: él.

—Ten tu cerveza. —La saca del armario molesto y la deja en la mesa de un golpe fuerte, de modo que la lata se revienta derramando el líquido.

—La ira de prepotencia que recae sobre ti mismo deberías controlarla —me dice nervioso.

Destapo la cerveza con los dientes, jamás he hecho una barbaridad como esa. He estado a punto de rompérmelos. Me chifla hacer locuras y tener dos pares para hacerlo. Doy un trago largo, él se sienta en la silla y abre el pico:

—¿A qué se debe tu cambio radical? —pregunta aún molesto pero entristecido a la vez—. Me gritas y me agredes verbal y mentalmente. Has cambiado. —Se queja bajito.

Me correspondería irme sin argumentar sobre lo sucedido. Cenaré y lo dejaré. No le respondo, mi mente y yo aprobamos la lógica de guardar el secreto de mi transformación. Las pizzas están heladas, las calentamos en el microondas y nos las comemos.

—La furcia, ni te ha llamado —insisto burlonamente.

Se bebe el vaso de agua y me saca la lengua descaradamente:

—Me llamó la misma noche de la apuesta, diciendo que se había enrollado con un chico. La has llamado furcia, ¿a santo de qué?

Está consternado por mi falta de respeto. Aún sigue con el duelo. Le da demasiadas vueltas a las cosas. "No sabe siquiera que tú te liaste con ella. Que no te de reparo decírselo", enfatiza mi perversa consciencia. Me lo reservo para el final. Conozco a Mar a la perfección. El año pasado me contó que estaba obsesionada por los chicos rubios de ojos azules. Aunque no le importaba salir con cualquiera que tuviese buen cuerpo.

—Johnny, ella ha mantenido relaciones desde muy joven. Podría ser uno de sus ex amantes —le miento. Él niega con el dedo índice.

—Estuvimos hablando esa noche de ese chico. Ella me ha contado que él la sedujo con palabras de amor verdaderas. La intentó manosear con palabras salidas de tono. —O sea que la muy lela se lo ha chivado.

—Esa versión no es del todo verdadera. Cambia de tema. —Disparo velozmente.

Él se queda mudo escuchando la crueldad, pero no hago caso.

—Tengo derecho a saberlo.

—Bueno, allá va. La visité esa tarde. Iba muy corta de ropa. Fue ella quién me provocó. —Gruño para que siga sin palabras. No me apetece perder tiempo con él y sus farándulas.

—¡¿QUÉ?! —exclama llevándose las manos a la cabeza—. ¡Lo hiciste a propósito para ganar! ¡Eres un hijo de puta, López del Rey!

Eso me enfurece muchísimo, tanto que le cojo alzándole de la camiseta y le amenazo:

—¿Quién es el perdedor ahora?

Él permanece sigiloso y temeroso; entonces, le estampo contra la puerta de cristal que da a la terraza.

—¿Quién? —le repito, intenta decir algo pero ni se inmuta. Lo vuelvo a estampar con más impacto para que reaccione.

—Yo —afirma.

Me descontrolo y le doy un tortazo.

—Te cuidado con lo que dices o acabaré contigo.

La noche ha sido un desastre, no esperaba menos. Si mi ex amigo se hubiese cerrado con cremallera la bocaza nos hubiésemos ahorrado el follón montado. Pero el señorito ha metido el fuego en la parrilla sacando el debate de rivalidad y frenándole para no hacerle daño a rasgado fondo dónde no tenía que hurgar. Por hurgar todo se ha ido a cagar. Culpa suya. Mañana será un día mejor sin vérmelas con ese rufián. Por mucho que me insista, no regresaré a la amistad de antes. Sería dar un paso hacia atrás, arrepentirse del avance dado.

11

Al llegar a casa, me cambio la ropa por el pijama quitándome el relleno y tirándolo en la basura. Me mojo el pelo para refrescarme. En ese instante aparece mi padre. No muestra enfado, tampoco molestia. Me dedica una sonrisa y me dice:

—Jakedan, ¿y si invitamos a la abuela Mari a que venga a comer los sábados?

Esa idea es perfecta. Afirmo con el pulgar levantado y me voy a dormir. Me tapo con la manta fina e intento conciliar el sueño. Por más que lo intente, no logro dormirme.

Estaba de camino a mi casa muy eufórico por regresar después del instituto. Al llegar, mi hogar resplandecía con luz propia. La brisa soplaba con intensidad. El cielo rosado y azul me transmitía serenidad y bienestar. El cielo se puso nublado alcanzando el tono grisáceo de las nubes cargadas de agua. Una tormenta de relámpagos y truenos desgarraron las nubes agujereándose por las gotas de lluvia. Entré al interior para resguardarme del frío. Al entrar se me cayó el mundo a los pies, una ruina. El sitio que más había amado estaba en mal estado. Los cristales de las puertas estaban rotos en líneas torcidas desquebrajadas. Los pilares soltaban arenilla, se sustentaban como aguantaban, soportando el peso del piso superior. Las escaleras no parecían seguras. Un trozo de techo estaba colisionado en medio de ésta. ¿Un trozo de pared?, me pregunté evaluando la imagen. La pieza encajaba con el hueco del techo hecho a pedazos. Continuaba preguntándome qué acontecimiento tan crucial había pasado. Subí deprisa e inspeccioné el pasillo. Entré en las habitaciones. Las ventanas estaban tapiadas por tablas de maderas viejas en forma de equis. Estaban clavadas con tachas. La luz era inexistente y apenas se podía distinguir los muebles. Cerré la puerta de mi habitación y me asomé a la barandilla. Me acojoné y retiré la vista. El hueco de la escalera que dejaba visible el poso inferior, me dejó estupefacto. El pasillo convertido en un vertedero de esqueletos tirados por el suelo que era un charco de sangre roja. Alguien mató esas despellejadas a carne viva. ¡Pobres! Bajé las escaleras para dar crédito a lo divisado. ¡Increíble! El matadero de gente había evolucionado a un depósito de huesos. Examiné con detenimiento esos huesos que se convirtieron en las pieles de mi familia. Alcé la mano ensangrentada, en ella levantaba un puñal de considerable tamaño. Algo me atrapó... Sentí unas cuerdas de color morado que intentaban arrastrarme hacia la oscuridad. Mis sombras sedientas de dolor se retorcieron ante mis piernas que se detuvieron al caer en el oscuro agujero negro que había a un metro de distancia. Era como una aspiradora industrial que se tragaba lo que encontraba a su paso. Mis pies resbalaron en un acto reflejo. Meneaba las caderas para no sentirme presionado. Las controladoras sombras me estrujaban con apretones en las muñecas, piernas y barriga. Cuando ya no pude soportarlo más, supliqué que me soltasen:

—¡Por favor, dejadme! —Pataleaba y refunfuñaba.

Ellas me intentaban seducir con sus provocaciones. Me absorbían la energía.

—No te librarás tan temprano. Antes de que te des cuenta de tus errores, será demasiado tarde para rectificar tus diabluras.

Me rendí y dejé que el agujero me tragase.

—¡NO! —exclamé…

Despierto de mi pesadilla con el corazón desbocado, la respiración a mil por hora y desorientado. Enciendo la luz y me ciego. Al acostumbrarme a la tenue luminiscencia, me calma encontrarme en mi cama. El colchón está mojado y mi pijama empapado de sudor. Me levanto aturdido y miro el despertador, las siete menos diez de la madrugada.

Me ducho con agua fresca pensando en esa pesadilla tan rara. Desde mi infancia, no había vuelto a soñar tales barbaridades. Disocio las partes de la ensoñación: La sangre con las personas despellejadas, el cambio del soleado a la tempestad, la casa destruida, las sombras... ¡Todo encaja! Las sombras producidas por mis demonios mentales, procedentes del consumo de la marihuana. Un aviso de mi mente que me dice que esos esqueletos son los restos de un suicidio tras fumar abusadamente de dicha sustancia. La aberración que vuelve majaretas a los seres humanos puede llegar a tal grado que esa maligna droga termina con la vida de cualquiera y con las de los demás. Chicos y chicas normales como yo que se dejaron llevar por sus caprichos sin escuchar a los que se preocupaban por ellos, se engancharon y no encontraron el camino de vuelta; o bien porque aparte de cannabis se metían cocaína, setas alucinógenas o pastillas.

Desayuno y me preparo para ir a clase. Durante el camino, surgen las memorias de un niño con el pelo pelirrojo sonriente con ganas de comerse el mundo.

La furgoneta nos recoge en la estación de tren. Los alumnos que suben ponen su contemplación en mí. Una voz que reconozco enseguida me llama, Marcus:

—Has venido —implora. Su cara es un auténtico moteado de puntos negros y rojos. Sin piedad se lo digo:

—Macho, podrías lijarte esa maraña de la piel. —Él enarca las cejas y habla:

—Esta abominación la llevo desde los catorce años. Hubo un tiempo que me tomé pastillas para los problemas de acné pero eran muchas las normas a cumplir. —Pastillas para problemas de acné, ¡qué putada! Él me enumera unas cuantas—. Por ejemplo, no beber alcohol, no exponerse al sol, no reventar los poros con los dedos... Un rollazo — protesta y me pregunta—: ¿Se puede saber por qué faltas? Tampoco es para tanto. Esta escuela está de lujo. Lo exageras demasiado.

Mantengo mis nervios para no perder los papeles. Marcus metiéndose donde no le llaman. Tendría que enviarle a freír patatas, pero él me cae bien. Es renegón, desquiciado y tacaño. Esa actitud es la que admiro.

—Esto es una basura. A ver por dónde empiezo... En un módulo es indispensable que haya un equilibrio entre lo teórico y lo práctico. Otro aspecto a criticar son las herramientas viejas. Para derrochar dinero absurdamente pintando paredes, que se lo gasten en comprar material nuevo. Luego la cacho mentira que nos sueltan: es que el estado no tiene dinero. ¡No tiene dinero! Les reventaba las piernas. —Mi voz afilada se escucha ferozmente por el interior de la camioneta.

Marcus me pellizca.

—Jakedan, estamos en público —me susurra a la oreja.

Salto desde la puerta y voy a parar al patio. Los de mi clase están al lado formando una piña. Todos se fijan en mí, ¿tanto impresiono?

—¡Menudas vacaciones, Jakedan! Y te has dado un cambio extremo —especifica Jane con su voz feminista.

Su vestuario me deja muy atontado, unos shorts cortísimos, un vestido de rejilla azul celeste que le llega hasta las rodillas con pezoneras blancas en forma de estrella. Los labios perfilados realzan el volumen de sus morros. El lápiz de ojos azul eléctrico junto a la mascarilla de pestañas confecciona una detonación de colores oscuros que se entremezclan entre sí. El colorete es un rosa anaranjado que le favorece un montón. El pelo le cae naturalmente en ondulaciones y en la cabeza lleva una diadema finísima.

—Jane, tu belleza me embelesa, ¿lo sabías? —le digo con voz sensual.

La cojo de la mano y ella la aparta, pero yo se la vuelvo a agarrar pegándola a mi rodilla.

—Mi mano —dice señalándome el brazo. No le doy importancia.

Cuando se habla de erotismo a la gente ya le vienen imágenes desagradables sobre sexo. Lo erótico se suele relacionar con lo pornográfico, está claro que ambos conceptos rozan en definición. El sexo y el amor son conceptos diferenciados. Practicar el amor se ramifica en verbos sexis como besar, acariciar, morrear, sin necesidad de perversión, mientras que practicar el sexo se ramifica en verbos atrevidos como tocar, manosear, apasionar con necesidad de perversión.

Sé lo lioso que podría llegar a ser si mi ex amiga se entera de que me he liado con una de mis antiguas ciber novias mi clase. Volverá a sus celos y a ponerse cascarrabias.

—Jakedan, a mí no me importaría un roce, sobretodo porque ayer rompí con mi novio —se expresa Jane con sentimiento. Una lágrima se le escapa. Le seco la lágrima y nos sentamos en el banco. Tira para abajo del dobladillo del vestido para realzar sus pechos. Me paso la lengua por los dientes disimuladamente, ella se sienta sobre mi regazo.

—Sé que no sería adecuado forjar nuestra amistad. ¿No creerás que soy el típico caballero que rescata a princesas? —le pregunto a modo de advertencia. Ella apoya la cabeza sobre mi hombro, yo la dejo. Prefiero antes a una chica dolida que a una chica suspicaz.

—Yo tampoco es que sea un ángel. No me hace falta vestirme así para demostrarlo. Soy una chica del montón. —Demasiadas chorradas. La detengo.

—Ya he oído eso antes de muchas chicas. Vamos a pasarlo en grande — alardeo.

Saco de mi bolsillo un porro liado y se lo pongo en la palma de la mano. Ella hace un mohín y le prende fuego. Da una calada y me lo pasa.

-Gracias por estar ahí. —Me agradece.

La apretujo contra mi pecho y doy una calada tolerable.

—Los colegas se dedican a la preocupación. Cuéntame lo que te hizo ese capullo. —La presiono. Ella evita reflejar su tristeza y se pone firme:

—Me levantaba la mano y me maltrataba verbalmente.

Su tono se decae. Yo le levanto la barbilla para que no se estanque en los recuerdos. Le coloco un mechón de pelo detrás de la oreja y le pregunto:

—¿Maltrato verbal? —Ella parpadea—. Dímelo —le sugiero. Ella suspira y lo desvela:

—Me obligaba a hacer lo que él me decía. Si le desobedecía, dejaba su buen carácter y en vez de llamarme por mi nombre, me llamaba puta. Una noche, me fui de cañas con mis amigas y me violó por llegar cuatro minutos tarde, ¡por cuatro minutos de mierda!

¿La violaron? Fuera quién fuera su ex es un maltratador y un acosador. Mi furia se enciende y empiezo a perder el control. El timbre suena. Los de mi clase suben al aula, Jane y yo permanecemos sentados. Le arrebato el canuto y doy dos chamadas seguidas. Ella copia mis movimientos y lo apaga con el pie. Unos segundos después, la marihuana ya ha interferido en nuestra coordinación. Ella me cuenta lo que hacía cuando fumaba las primeras veces:

—Hacíamos un círculo mis amigos y yo. Jugábamos a la botella. Éramos dos chicas y tres chicos. Me tocó el primer turno. Se podía elegir beso, verdad o prueba. Elegí prueba, no sabía qué clase de pruebas sería. Bebí tres chupitos de anís a palo seco, ¡qué asquerosidad! Tras eso, me invitó mi amigo Leo y como iba contentilla pues accedí. —Yo me río sin más.

—Muy atrevida, Jane —le digo intimidándola un poco con mi acento sensual.

Ciegos por el fumeteo, nos quedamos dormidos en el banco. Yo tumbado ocupando el espacio disponible y ella apoyando la cabeza sobre mi pecho. La cabeza me da vueltas sin parar, una noria imaginaria que continua por una montaña rusa la cual tiene más idas, bajadas y curvas que una carretera. Avanza a toda hostia, la velocidad me saca los ojos de las órbitas. Deseo que el frenesí se interrumpa por sí solo pero la droga lo mantiene en función.

—¡Tortolitos! —Escucho que una voz masculina nos nombra.

Abro los ojos como platos y me incorporo. Álex, como no. Lleva una gorra morada, una chaqueta amarilla, unos pantalones bajos bombachos militares y un collar de rapero reluciente. La cadena compuesta por eslabones de gran tamaño bañados en oro de primera ley le da un aspecto rabalero.

—Te pueden petar el culo, Álex —articulo.

A él parece no sentarle de rositas. Evita la patada en el estómago de mis palabras y tira de mi brazo. Jane y yo nos caemos al suelo. Ella se queja:

—¡Un poco más de cuidado! —Y mira a Álex con enfado.

—¡Estás chalado! ¡¿Cómo crees que él y yo...?! —exclama sin ser capaz de terminar la frase.

—Jakedan, vete —me susurra ella. Es absurdo irme sin más porque ella me lo diga—. ¡Está que echa humo!

Yo frunzo el ceño sin entender ni pipa. Mi compañera me oculta un dato importante por protegerme. Una chica impotente protegiendo a un chico valiente me carcajeo a gusto por un instante.

—Si tu intención es defenderme, creo que es al revés. —Le aseguro, mueve el brazo dejando visible una marca morada.

Un inhumano lanzándole una roca o un objeto pesado. ¡Qué atrocidad! Un escalofrío me recorre las extremidades. Le levanto el brazo y Álex lo examina.

—Aún conservas mi obsequio. Esa postura me dice que habéis tenido tema —musita.

La temperatura sube por mis venas. Las ganas de abofetearlo son evidentes. ¡Desde un principio supe que él era un trastornado que se aprovechaba de los demás! Me encaro a él sin importarme las consecuencias.

—¡¿QUÉ LE HAS HECHO?! —Cabreado, le empujo. Una pelea en medio del patio se origina—. ¡Vuelves a tocarla y ese egocentrismo que te babea se te va al quinto pino! —Le vacilo restregándole mi orgullo.

El timbre de la hora del patio suena, los alumnos que bajaban contemplan la escenita.

—La has lastimado —pronuncio escupiendo las sílabas atropelladamente. Sus oscuros pensamientos no me deprimen ni me atraviesan el corazón con una lanza imaginaria.

—No te metas en asuntos impropios —insinúa Álex con falsedad.

—Que te metas conmigo, me la pela, ¡pero acosar de mi ex ciber novia, no! —le preciso dándole un puñetazo limpio en la cara.

Él se toca la mejilla marcada que ha adquirido un tono rosado. Esquivo su puño agachándome que impacta en la pared.

—¡Ella es mía!—me dice hecho un toro.

Es suya... Sí, sí. Yo la defiendo porque en un pasado me correspondió con su amor incondicional.

—Obligándole a hacer lo que tú le digas, sin derecho a la elección. Ella es la que decide. —Mi voz se suaviza.

Jane no es una esclava sexual que se deje manipular tan fácilmente.

—¡Parad, por favor! —insta Jane.

Desprevenido, recibo un puñetazo en la nariz. El impacto me da tal batacazo que termino en el suelo.

Al despertar, un grupo de alumnos está observándome y veo al director tendiéndome la mano. Me levanto y el director pone cara de pocos amigos.

—¿A qué se debe el enfrentamiento? —pregunta muy serio—. Señor López, señor Coronado, vayamos a mi despacho.

Álex y yo cruzamos el largo patio hasta un portal verde que conduce a un segundo piso. En el segundo piso se encuentran las aulas de los profesores. En cada puerta por la que pasamos se asoma un cartel con el nombre del propietario pegado con precinto. Álex y yo evitamos contacto visual permaneciendo en sumo silencio. Estamos demasiado alterados como para interactuar desde cualquier procedimiento. Llegamos al final del pasillo y el director abre la puerta. El despacho es diminuto, una mesa de escritorio, un armario y una ventana. Se aprecian las diminutas partículas de polvo visible en el aire. Aquí nadie se encarga de limpiar la suciedad, ¡menuda gena! El director nos invita a tomar asiento y arranca con la pregunta del millón:

—¿Quién de los dos ha empezado? —Álex levanta el brazo.

—Yo. —Su sinceridad me hace retorcerme sobre la silla.

La sinceridad por delante, una muy buena puntualización para ser otra de sus estrategias de engaño. Él sobra en este instituto. Su faena de llevar a los demás al peligro me pone de la leche. ¡Dios le partiría la pelvis! Mi cara se contrae apareciendo de nuevo mi arrebato.

—Señor Coronado, otro plan de los suyos que ha sido un fracaso. Me temo que voy a tomar medidas drásticas.

Álex se levanta dando un puñetazo sobre la mesa:

—¡Él me insultó!

Yo me defiendo inmediatamente:

—Pegar es delito grave. ¿Quieres que le cuente lo que le has hecho a una compañera? —Mi astucia le molesta tanto que pega una patada a la silla.

—¡NI SE TE OCURRA! —grita a pulmón.

Yo río perversamente y me vengo:

—Señor director, esta pelea comenzó porque el putón este agredió sexualmente a la zorra de mi ex; por eso estamos en este lío.

El director se queda patidifuso y continúa con la ronda de preguntas:

—¿Compañera? ¿Es de su clase? —afirmo y le dijo el nombre de la chica.

El director hace una mueca y expulsa a Álex de la escuela.

—Señor Coronado, por las justificaciones de López he decidido que queda expulsado oficialmente de este instituto.

Él se niega reprochando su petición:

—¡¿Expulsado por tocar a una mujer sexualmente?! —Yo me revuelvo incómodo en la silla. Se hace el desinteresado para intentar librarse pero le jodo el plan:

—Por agredir a una mujer. —El director se lo vuelve a mencionar—. ¡No se lo volveré a repetir, abandone mi despacho inmediatamente! —Álex, de un portazo, se marcha.

—Siento que haya tenido este acareo. Usted también ha tenido culpa, aun así, le perdono sus actos. La valentía que me ha demostrado es de ser un hombre firme a sus cualidades. Pese al miedo que le tiene a Álex, ha sido muy complaciente revelando esa información. Estoy muy orgulloso de tí, chaval. Vuelve al patio. Gracias.

Salgo con una sonrisa de satisfacción. A Álex lo han expulsado del instituto para siempre. Jane no sabe cómo agradecérmelo y de regalo me llevo un beso a la mejilla. Una pelea ganada de otras millones por venir.

12

El resto de la semana transcurre moderadamente. Marcus y yo discutimos como el perro y el gato, sobre todo cuando llevo una fumada de la ostra. A Marcus le fastidian mis divagaciones que contienen tonterías alocadas. Somos ami-enemigos y no nos repercute el tiro y afloja que mantenemos. Eso sí, no hemos parado de hacerle la puñeta a Jane, cada día se la hemos liado parda. El martes le quitamos el coletero y se lo robábamos. En cuanto terminó la primera clase de la de la mañana se lo devolvimos. El miércoles cogimos y le tiramos un cubo de agua fría mientras hacía sus necesidades. Los gritos que pegó fueron ajetreados y desgarradores. El jueves, a última hora de la mañana, Marcus y yo no parábamos de mirarle el culo, así que cogí las tijeras y le corté el tanga y luego tiré de la parte trasera del sujetador. Ella pegó un alarido y cuando el profesor preguntó a qué se debía esa alarma, ella dijo que le había bajado la regla. Marcus y yo nos burlamos hasta dolernos la barriga. El profesor nos pilló y nos castigó a no entrar en sus clases.

Hoy es viernes, último día de la semana. El estudio lo tengo retrasado, no llego a final del temario. ¡Mira qué sofoco tengo encima! Aparto el libro y enciendo el móvil, tres notificaciones. E-mails, toco la aplicación y esta se inicia. Son de Mar, mi enamorada:

De: Mar Díaz

Para: Jakedan López

Enviado a las: 12:50 de la mañana

Asunto: Visita interrumpida sin solución

Jakedan, guapo, el otro día me dejaste muy intrigada por tus intenciones.

Podríamos quedar hoy y terminar la conversación.

¡Pedazo pava! Está buena, labios petecibles, pelo sedoso. ¿Y me pide contacto físico?

De: Jakedan López p

Para: Mar Díaz

Enviado a las: 12:51 de la mañana

Asunto: Pidiendo favores impropios

Pides mucho. ¿Siempre eres tan impaciente?

Ella siempre va al grano, no se detiene en los detalles a menos que se lo pidas. Eso sí, cuando iba antes con ella a Valeró de compras se volvía majara. Es una compradora compulsiva, le gusta malgastar el dinero en cucadas. Ella me contó que su padre es empresario, como mi madre, Flora. Él cuenta con cuatro empresas a la vez en Guasuar. No me extraña que pueda permitirse gastar dinero sin necesidad. Sin embargo, mis padres ganan más. Sé que es absurdo criticarla sin saber antes de pensar. No importa su vocabulario maleducado ni su experiencia sexual. Yo soy lo que ella anhelaba en un chico. Me prometí a mí mismo adaptarme a ella y ahora que ha accedido a terminar lo de la última visita, me lo pone facilísimo. No quiero una relación sentimental con ella, sino sexo.

De: Mar Díaz

Para: Jakedan López

Enviado a las: 12:55h de la mañana

Asunto: Impaciente con hambre

Sí, Jakedan. Con mis antiguos novios no he tenido tantas ganas que contigo.

Me sonrojo al leer su respuesta. ¡Es la reacción idónea! ¿Antiguos novios? ¿Es que se le ha ocurrido que ella y yo...? ¡Fantasías de chicas!

De: Jakedan López

Para: Mar Díaz

Enviado a las: 12:58h de la mañana

Asunto: Las apariencias engañan

Mar, tus sentencias del pasado no cuentan. Además, una relación no es lo que estamos tratando. En ningún momento lo especificamos.

Ella sabe que una relación sería incómoda para los dos. El planteamiento no ha surgido en ninguna conversación. Solamente le refresco la memoria para paralizar sus fantasías femeninas que le crispan las neuronas. Las chicas pijas son para morirse. Exigentes, piden y piden demasiado.

De: Mar Díaz

Para: Jakedan López

Enviado a las: 13:00h de la mañana

Asunto: Chico con mucha inteligencia

Distas las oportunidades entre nosotros sin haberlas procesado lo suficiente, me refiero a decantarse entre ser novios o hacer el amor sin más. Prefiero lo acordado.

Es una joven de palabra, cumple con sus exigencias. Se reprime a la vía dificultosa. Una chica muy atrevida.

De: Jakedan López

Para: Mar Díaz

Enviado a las: 13:01h de la mañana

Asunto: Opción A

Muy bien, esta tarde a las cinco y media en tu casa.

Me envía un emoticono. Apago el móvil y atiendo a las explicaciones de Giberto.

El trayecto en tren pasa volando y al llegar a casa mi abuela, Sophie me abre la puerta con una cara inexpresiva. Me saluda con preocupación añadida. Intento revelar el manto gris que la envuelve, sin éxito; no consigo descifrar esa ofuscada tristeza impropia en ella. Sophie siempre está alegre con su voz cantarina que cualquiera reconocería; contando cada día nuevos cotilleos de las estrellas, sobre sus hijos o su cuñado. Hoy permanece callada con el rostro alargado. Algo pasa y por lo que intuyo, nada bueno. Dejo la mochila de mano en el comedor y me asomo a la salita. La estancia está vacía. Me vuelvo hacia la cuidadora y le pregunto por Pearl. ¿Dónde está ella?, estoy asombrado. Cojo el plato de ensalada de la encimera, no sé para qué, pero bueno. Sophie me conduce a su habitación. Allí está Pearl, postrada en la cama, durmiendo plácidamente. Miro a Sophie sin saber qué decir. ¿Por qué causa está acostada? ¿Por qué me da la espina de que esto va a hacerme caer más bajo de lo que estoy? Me temo lo peor.

—Eh...Sophie... —Mi tartamuda voz me delata.

El plato se me cae de las manos rompiéndose añicos. No puedo ver a mi abuela enferma en aquella habitación, es demasiado. Me dirijo a la salita, me siento y espero. Sophie viene con los restos del plato puestos en el recogedor.

—Explícamelo, ahora —le digo inquieto.

Ella me lo explica como si ya lo supiese:

—A tu abuela no le entra la comida, no bebe desde hace un par de días. ¿Qué no entiendes? Ella es muy mayor para seguir en esta vida.

Sé a qué se refiere pero debo asegurarme:

—Se está despidiendo de nosotros. —Agacho la cabeza y luego miro al techo.

"No llores, no llores. Ahora no", me repito a mí mismo. Ella me da un abrazo, lo necesito. Me encuentro en una situación delicada. Preferiría no existir. Quiero desaparecer del mapa y no ubicar otro estorbo a finales de año. Primero la denegación al ciclo formativo, luego el instituto de drogadictos, después la muerte de mi abuelo y ahora esto: ¡¡¿DONDE ESTÁ LA PERFECTA VIDA QUE HE LLEVADO HASTA ESTE MES?!! Desesperado, desanimado, desmotivado, extasiado, agotado, malhumorado y triste. Con la misma intensidad de dolor o incluso peor, me derrumbo sobre la mesa. Sophie se disculpa:

—¡Oh, qué tonta he sido, no tendría que habértelo dicho así! —lamenta, aun así, el daño está hecho—. Come —me ordena.

¡¿Cómo mierdas quiere que tenga hambre con la noticia que me acaba de dar?!

—No pienso comer —le advierto alzando la voz.

Ella vuelve a insistir suavemente:

—Por favor, come.

Cojo la cuchara y tomo la sopa de mala gana. Está deliciosa. Aparto el plato y le hago un gesto a la cuidadora para que se lo lleve. Sophie regresa con dos platos de mero. El mero también está buenísimo. Las chicas tan serviciales, cocinan, limpian, ordenan; hacen las tareas domésticas. Hoy en día, los hombres también se dedican a la limpieza del hogar con sus mujeres. Me parece absurdo que un chico barra, friegue, ponga la lavadora, ordene la ropa, tienda, pase la aspiradora, etc. Antes el sistema era inverso.

El cuenco de fruta está lleno de peras y manzanas. Cojo una manzana, la pelo con la navaja a trozos retirando en el plato la piel. Me la como muy a gusto.

Sophie y yo hablamos por la calle, ambos inexpresivos.

—Cariño, ¿lo entiendes? La diferencia entre tu abuelito y la abuelita, es que el abuelo tenía cáncer de próstata y ella fallecerá de vejez. —Por mucho que me lo repita, no lo asimilaré tan fácilmente. Esto es un infierno, mi propio infierno. Ha sido un gran año. El once de enero había lanzado mi primer disco consiguiendo vender treintaiocho copias. El éxito cosechado desde finales de 2012 fue gracias a mis fanáticos. Este año he dado conciertos por los locales de mi pueblo en mi primera gira con el título "Kiss love tour-mini gira por Algesón". Todos apoyaban mis logros, incluso en mi antiguo colegio había dejado de ser el memo del curso. Me habían amado y respetado. ¿Y cómo me devuelve esos favores el destino?, con un torbellino de autodestrucción que ha arrebatado lo que más ansiaba, mis preferencias, mis objetivos. Hasta he perdido la noción de quién fui realmente en un pasado. Mis pensamientos se dispersan cuando Sophie platica:

—Ten en cuenta, amor, que no son meses ni semanas, hablamos de días. —Intenta mantener el tono.

—Lo sé. Estoy desorientado —confieso. Ella me mira impasible. Me corrijo—. Me están ocurriendo tantas cosas inesperadas. Yo tenía una meta a la que llegar pero mi norte se ha desviado. —Mi consciencia me mira con astucia: "¿Qué le importa a ella?", eso no me convence.

Necesito hablar con la persona más cercana para aclarar este desastre. Bueno..., aclarar no aclarará nada, pero me situará a un punto concreto en este andrajoso laberinto que no conduce a la salida. Sé que es tarde y que la droga me ha cegado tanto que no localizo la senda hacia la luz. ¿Lo conseguiré? Mis esperanzas se agotan.

—Que no esté siendo un buena temporada no significa que te hayas descarrilado del camino correcto. A no ser que hayas hecho lo indebido. —Se adelanta. "Lista del bote", le discrimina mi mente sucia. La acallo y me hago el despistado.

—He dicho demasiado sin querer- —Me disculpo delatado; ella niega con la cabeza.

—Cariño, estupideces. Has hecho lo conveniente. Puedes confesarme tus sentimientos cuando te plazca. Una ayuda viene bien en los peores ratos. Nos vemos el lunes. —Me da un beso en la frente y se para en casa de su cuñado.

Yo sigo hasta mi hogar. Al llegar, mi padre está comiendo, le saludo con la mano y dejo mi mochila en la encimera de la cocina.

—¿Cómo ha ido, hijo? —me pregunta con su rebosante inocencia. Gruño con voz baja y le respondo:

—Bien.

Mi padre retira el plato de la mesa y coge un yogurt de la nevera. Me informa sobre de que se va a una reunión. Como recordatorio, añade unas palabras:

—Trata bien a tu madre, se lo merece.

Yo le digo que también me voy. Él se queda pensativo intentando imaginar el sitio.

—¿Adónde?

Yo le comento el resto:

—En tren a Guasuar. Pensé en visitarla a su casa, hablar con Mar..., ya sabes.

Mi padre, despreocupado, se dirige arriba a cambiarse.

—Vale, Jakedan. Mamá está en el trabajo —me informa.

¡Rediós, qué pesado y testarudo!

Voy a mi habitación. Me quito la chaqueta y la camiseta. Las pliego y las guardo en el armario. Saco una camiseta más atrevida con cuello en forma de uve, de color granate oscuro, unos pantalones azules marino y mi chaqueta de cuero favorita. Mi padre se despide de mí en cuanto me ve bajar. Con cinco euros, tendré suficiente para pillar más tarde. Si la visita con Mar no se alarga mucho, aún puedo quedar con Aitana.

Las calles están vacías y tranquilas, aprovecho para pasear hasta la estación. Da gusto caminar solo sin escuchar a niños llorando, a perros ladrando, el motor de los coches al pasar, pájaros dejando regalitos en los cristales de los vehículos... Al llegar a la estación, saco de la taquilla el billete de ida y vuelta. Mientras espero el tren, llamo a Johnny. Me la pela si aún sigue enfadado por hacer trampa en la competencia por el amor de mi amiga.

—Johnny, hola tío. ¿Todo bien? —pregunto con la alegría más falsa—. Aún sigues igual de atontado, pobre. —Me burlo irónicamente. Él ataca:

—¡Cállate, maldito! —Sus enfados son graciosos. La molestia es inapreciable ante mi burla.

—Párate, Johnny, viejo amigo. Hablemos.

Mi sarcasmo ha desaparecido. Mi ex amigo desconfía de mí, obvio. Ese renacuajo me insultó como si se creyese que fuese el presidente. ¡Lo único que sabe hacer es fastidiar!

—Hablar... ¿Después de lo que hiciste? Me estampaste contra el cristal -—Me recuerda. Lo ignoro cortándole el rollo:

—¡Que te zorreen! No te he llamado para discutir. Solo que sepas que Mar es mía. Ella me dijo que tú no eras su tipo. —Es mentira pero tengo que alejarle de mi futura novia.

—Se lo preguntaré a ella a ver qué me dice. —Me desafía.

Cuelgo por no soltar cuatro paridas sin sentido. Sé que es irracional querer pagar mis sofocos contra él por su afinada actitud. Lo olvidaré y pasaré de largo. Lo pago con el mundo, tanto con quienes me dañan como con quienes me aman. Estoy casi siempre echando humo, tratando mal a mis padres, incumpliendo con el estudio y perdiendo las horas. Vale que en un principio no reconociese esos fallos a nivel interno, pero ¿a alguien le importa mi estado de ánimo? Solo soy un chico con sus sueños aniquilados, con el destino equivocado en sus manos y un corazón destrozado en mil pedazos.

Ahora tengo una cita privada con Mar . Debo de calmar la ira y olvidar mis pensamientos frenéticos. El tren para en seco, las compuertas se abren y paso adentro. Me siento en el asiento que tengo al lado y me dispongo a leer Las sombras de Groyler, es un libro para adultos. Mi madre se quedó alarmada aquella tarde en la que me vio sentado en la cama leyendo el primer capítulo. Lo pienso y me entra la risa. Una escena caliente se cruza a media lectura: "¡Madre mía, cómo se está poniendo esto!", alucina maravillada mi consciencia cochina. "Joder, qué calentón llevo encima", pienso. Es una escena del cuarto prohibido, se llamaba así debido a que es un lugar donde el chico, Hale, realiza sus perversiones con la protagonista, Rose. Al oír el tintineo de las puertas al abrirse, dejo el libro en mi bolsa de mano y bajo del tren.

Voy caminando por el largo parque que hay al entrar en Guasuar. Esta vez no me hace falta consultar el mapa. La zona es extensa, bonita y llamativa. Habrá una docena de árboles inundando aquel espacio repleto de parques para niños. Compruebo que tengo todo lo necesario para la ocasión. Perfecto. Me meto por la primera calle y avanzo hasta el final. Paso por debajo de un puente viejo y sigo la calle. Llego al final y llamó a la puerta. Mar baja a recibirme.

—¡Mi niño precioso! —exclama contentísima dándome besos a la mejilla.

Pasamos al salón y su madre me saluda:

—Jakedan, hola. Mar me dijo que estuviste el otro día. —Yo respondo a su afirmación por educación.

—Sí, me lo pasé muy bien.

Su madre es joven, de unos cuarenta y cinco años. La mujer sigue hablando cómodamente:

—Puedes venir siempre que desees, querido.

Mar me hace una señal. ¡Impaciente es un rato! Salimos al pasillo. Ella está tan bella como una flor. Su fragancia a vainilla invade mis fosas nasales.

—Me vuelve loco tu aroma —le susurro al oído.

Mar se ruboriza y me coge la mano. Sigo sus pasos y giramos a la izquierda. Llegamos a la primera puerta:

—Esta es mi habitación. —Gira el pomo y me da un empujón para que pase.

Su habitación, con tonos rosa chillón y dibujos cutres de mariposas que le dan un aspecto coqueto, se compone de una mesa de escritorio roja, un armario blanco y una cama con una manta de purpurina negra y dos cojines morados de satén. Mi mirada la inquieta. ¡Bien!, mi plan funciona. "A provocar a la dama", me tienta sensualmente mi mente. En ese instante, pienso en pasar a la acción lentamente pero me contengo. Debo entablar una conversación normal y utilizar elementos de habla de halago, me refiero a expresiones atrevidas.

—Una habitación muy cursi, es un buen palacio de princesa —digo observando todos los rincones.

Ella se sonroja como un tomate y aparta los ojos de mi cara. Suelta una pequeña risita. ¿Le hago gracia? Su reacción inesperada hace que me muerda sensualmente el labio. En cuanto examina mi incitación, entorna sus ojos celestes que brillan como diamantes. Nos sentamos en la cama. La esencia que desprendemos los dos se intensifica cuando nos damos un beso pasional y nos dejamos llevar. Pongo mis dedos sobre su estrecha cintura y ella coge mi cara. La electricidad nos envuelve provocándonos calor. Paramos y nuestras miradas se encuentran.

—Te deseo —pronuncia ella con tono sensual.

Yo le respondo:

—Acabemos con esto.

Nos tumbamos conectando los labios de nuevo y le cojo las muñecas por arriba de su cabeza, inmovilizada y excitada. ¡Sí, funciona! Ella se deja manipular por mi lado más oscuro, no le importa. "A sacudirla", anuncia mi mente. Entre caricias, abrazos y empeños ardientes nuestra noche de purpurina avanza. Ella pide más y yo le quito sus vestiduras. Me quito las mías y el juego se pone interesante. Mar se coge con fuerza a las sábanas gimiendo a cada embestida. Su cuerpo se sacude turbulento y acata mis órdenes. Está encantada con lo que le proporciono. Dominar su cuerpo y que responda tan febrilmente me extasía. Cuando ya no puedo contenerme, explotó de placer y caigo rendido encima de suya. Nos recuperamos. Los dos estamos acostados uno enfrente del otro.

—Ha sido extraordinario —digo placenteramente.

Le doy besitos en el cuello y le aparto un mechón de pelo. Satisfecho por mi primera noche con una chica, le pregunto sobre lo mencionado:

—¿Tú crees? —Se recoge el pelo con un coletero en una coleta.

—Sí, muñeca —le respondo endulzando mi voz.

Ella cambia de posición y se pone de costado continuando nuestra conversación:

—Pues para ser tu primera vez ha sido, ¡oh, un gustazo!

"Ya está fantaseando", pienso. Me alegro mucho de llenarla aunque sea solo hoy. Me siento glorioso. Me he tirado a la chica que amo. ¡Johnny está rematado con este tema!

—Me alegro —consigo decir antes de vestirme.

Una vez con la ropa puesta contemplo cómo duerme Mar. Dormida es un bombón. Su inocencia al descansar revela su lado angelical. La dejo descansar y me marcho. Es tarde, así que decido regresar a mi hogar. No voy a contarle lo de la rivalidad por miedo a perderla, además yo la amo y ella también a mí. Si se lo cuento, ya nunca volverá a querer verme y eso me mataría.

13

Me levanto sin pesadillas, debido a la visita de anoche a mi amiga. Me siento liberado de estrés, liberado de mis recientes problemas. Me ducho y me visto para asistir a clases de natación. Llego y paso la tarjeta por la máquina, se acciona la barrera. Paso y camino hasta la puerta del vestuario. Me cambio a toda prisa dejando la ropa en un revuelto dentro de la mochila. Me meto en el agua congelada y nado concentrándome en mis brazos y piernas. Salgo del agua media hora después y regreso al vestuario a ducharme. Álex, no ha venido, imagino que es por mi presencia. Al menos, no le voy a ver. Recojo mis pertenencias ya vestido y salgo.

De camino a casa, miro el móvil; un mensaje de mi padre:

De: Charles López

Para: Jakedan López

Enviado a las: 11:30 de la mañana

Asunto: Hijo que no avisa de sus salidas nocturnas

Jakedan, hijo, ¿se puede saber dónde estás? Te hemos llamado al móvil y lo tenías apagado. Ven de inmediato. Aviso: Te estás pasando, no tientes a la suerte.

¡¿Enserio?! Encima de que le aviso ayer por la tarde se queja. Entonces caigo en la cuenta de que ni siquiera les avisé de mi llegada anoche. "Torpe", me nombra mi consciencia. Razón tiene, muy inusual en ella. Le mando un mensaje para que no le dé un ataque de pánico. Odio que me controlen y quieran protegerme tanto.

De: Jakedan López

Para: Charles López

Enviado a las: 11:31 de la mañana

Asunto: Hijo que no avisa de sus salidas nocturnas

Papá, no te me pongas tan melodramático que sabías perfectamente dónde estaba. Si tanto te molesta que me vaya de parranda, es asunto tuyo. Expresándome mejor, no puedes encerrarme. Vosotros me lo dijisteis, ¿recuerdas? Yo estoy jodido por la muerte del abuelo, me siento encasillado y salir me aleja de esos recuerdos. Padre sin derecho a incomodarse.

Le doy el botón de enviar y listo. Me apresuro a llegar lo más pronto posible. Flora debe de estar preocupadísima.

Entro en casa y les doy un beso seco a mis padres. Mi madre pone expresión de no aceptar el consentimiento de no decirle mis ausencias e irme por ahí sin importancia.

—Mamá, he llegado sano y salvo, eso es lo que importa. —Su rostro se ablanda sin dejar de lado la tristeza.

—Tenemos que decirte una cosa —dice ella temblorosa—. La abuela Pearl ha fallecido.

Una punzada que me taladra mi corazón. ¡Esto es un desparpajo!

—¡Menuda mierda! —exploto. Mi madre intenta tranquilizarme.

—Hijo, por favor, controla.

Abro la despensa, cojo un par de platos y me dirijo al pasillo.

—¿Qué vas a hacer? —pregunta Flora con el corazón en un puño.

Paso de ella y lanzo el plato contra el suelo, hago lo mismo con el segundo. Mi madre corre hacia mí e intenta pararme:

—¡Jakedan te cargarás la vajilla entera, para! —exclama dolida, mientras mi padre coge los trozos de loza, pero se lo impido tirando de ellos con fuerza.

—¡Pues si rompo la puta vajilla compráis otra! —les contesto descaradamente. Mi madre me mira horrorizada la cara y se echa a llorar.

—Este no es el hijo que yo crié con toda mi ilusión.

Papá la saca fuera del pasillo y la lleva a la cocina. Luego regresa y me mira con mala leche:

—¿Por qué te comportas de ese modo? He estado callándome día tras día, pero esto ha llegado lejos. —Le fulmino con la mirada. ¡¿Es preciso charlar de mis conductas inapropiadas?! —Como sigas así, te llevaremos a un psiquiatra.

Al oír eso, mis ojos arden a fuego vivo. Unas ganas inmensas de descontrol absoluto me invaden. Mi mente siente ganas de tirarle una piedra en la cabeza. "¡Está palurdo!", dice cabreada mi consciencia.

—¡¿UN PSIQUIATRA?! —grito a los cuatro vientos—. ¡No estoy loco como crees! Quizá halláis tenido vosotros la culpa. —Le ofendo. Mi padre se sorprende ante mi reacción.

—Esa parte tan capulla de ti no la conocía. Has adquirido un nuevo nivel de gilipollez. Romper una vajilla porque sí, eso se llama rebeldía. Nosotros no somos culpables de nada —admite Charles.

Yo le planto cara y gruño ferozmente:

—¡Sí, claro que sí! En mi antiguo colegio, todos me trataban como a un mimado que lo aprobaban gracias a su madre. ¿Crees que soy idiota para no darme cuenta?

Mi padre se defiende y saca las uñas.

—¡Eh, no me faltes al respeto! Fuiste a ese colegio para que tuvieses la educación adecuada. Tu madre me avisó de tu comportamiento. Yo evité creerlo, pero efectivamente es así. —No me atemoriza su dureza. Yo nunca quise seguir ese estilo, no me va.

En esta vida tienes que atacar a quién te ofenda. Si dejas que otros te acribillen, serás un objeto manipulable. La manipulación se da en personas sensibles, como lo era yo antes. Se aprovechan de tu voluntad y te convierten en un menospreciado. Te sientes vulnerable e inútil. Por eso no me gusta ni un pelo pertenecer a ese grupo. Me identifico más con las gamberradas y las trastadas. Uno es la evolución de las acciones durante las etapas de su existencia. Haz lo que te salga de tu creatividad, luego podrás modificar esa obra de arte y cambiar el proceso. Yo no estaba cómodo con mi antiguo personaje ficticio, DHM, y lo que he hecho es ir revolucionando mi ser hasta encontrarme a mí mismo.

—Lo siento. Siento haber roto la vajilla. ¡Estoy harto! —Me sincero con él. Me siento frustrado y molesto.

—Jakedan, no me gusta que estés cambiando tan deprisa —añade con seriedad. Me pongo rígido y me cruzo de brazos.

—Me han retenido, papá. Los profesores de mi infancia me hicieron creer que el mundo era un cuento de hadas con final feliz.

El dolor que produce saber que todo aquello ha sido mentira me corrompe golpeándome los recuerdos que van desintegrándose. Esa gran objeción resuelve una parte importante del rompecabezas. Mis padres nunca me prepararon para despertar a la cruda realidad. Eso me produce rechazo.

—Ni siquiera os molestasteis en sacarme de Catadá; os empeñasteis en que cursara —le reprocho. Mi padre reflexiona y me da una respuesta:

—Es tarde para darte de baja. Fuimos unos incrédulos al inscribirte en ese centro. Termínalo; ya verás, te acoplarás.

Le abrazo y Charles abre la puerta de la cocina. Mamá está sentada con un pañuelo en la mano, nos mira y vuelve a agachar la cabeza.

—Te compraré otra vajilla, lo prometo —le digo para que cambie su actitud. Ellos asienten, luego me voy a visitar a la abuela.

La casa de la abuela Mari está muy vacía sin el abuelo Tomás. Un vacío inmenso persiste. Le doy un beso a la abuela como saludo. Ella me lo devuelve y me pregunta cómo me va, yo le respondo:

—Bien, abuela ¿Y tú? —Ella pone su mano sobre la mía y casi en un susurro, dice:

—Yendo y viniendo, ja, ja. —Está de buen humor pese a la muerte de Tomás—.Tan decidido, tan decidido... Siempre me decía que me comprara lo que se me antojara. —Le recuerda, yo la contemplo y hablo:

—Recuerdo cuando iba al bar y luego venía aquí.

La abuela Mari admite mi recordatorio

—Pues sí, solía ir a hacerse un café con leche mientras leía el periódico. —Compartiendo esa información, distraemos la tristeza.

Vemos la televisión hasta la hora de comer. Ambos vamos a casa. Mi abuela, al llegar, saluda a mis padres y se sienta en una silla de la cocina.

—¡A comer! —digo entusiasmado.

Charles saca las bandejas de comida y las deja en la mesa. A continuación, la sirve en tres platos y los va calentando en el microondas. Flora prepara la ensalada y la aliña. Comemos relajados y tranquilos.

***

Ha sido una comida estupenda, nos hemos reído mucho. Son las siete. Mis padres están arreglándose para asistir a un cumpleaños sorpresa en el que celebran los cincuenta años de Diego, un amigo de mi padre. Yo estoy en la terraza fumando un cigarrillo, decido llamar a Aitana para confirmar la hora:

—Hola, Aitana. ¿Sigue en pie lo de la fiesta a las ocho? Perfecto, chao. —Cuelgo y bajo a merendar.

Las galletas con chocolate están deliciosas, me harto a comer. Estoy lleno. Esta noche cenaré lo justo. Si la bebida se me sube, ya me las apañaré. Escojo una camisa azul eléctrico con unos pantalones negros. Me pongo relleno y voy al parque.

Ya en el parque, espero a mi amiga que aparece con José. Viste provocativamente con un vestido amarillo y tacones altos.

—Hola, ¿vamos? —pregunto y ella sonríe.

—Claro, como quieras —dice dulcemente.

Los tres nos dirigimos a la casa de José. Su casa está igual que la otra vez. Inspecciono el lugar hasta que Aitana me llama.

—¿Sí? —Es todo lo que consigo articular.

Ella avanza hacia mí y dice entusiasmada:

—Preparemos la mesa. —Yo aplaudo y la sigo hasta la terraza.

La terraza es alargada y estrecha, dos sillas y una mesa que caben de milagro. Mi amiga coge dos bolsas que hay encima y yo las otras dos. Las ponemos en la mesa del comedor. Sacamos los cubiertos, platos y vasos de plástico. Los ponemos alrededor de la mesa, me parece que hay unos cuantos de más. Supongo que vendrá más gente ¡Cuanta más gente, más diversión! José cuelga el decorado en la pared. Llaman a la puerta. El novio de Aitana va a abrir. Unas tres personas entran de golpe, serán los invitados. "Los amigos que aún no conoces", rectifica mi mente. Para mí, ellos son invitados y punto.

—Jakedan, estos son Andrew, Loss y Ron.

Les doy la mano a los tres, sin embargo, el tercero se parece al novio.

—Intuyo que tú eres el hermano de José —le espeto.

Ron asiente y pregunta:

—¿Lo has deducido a chiripa, hermano? —Yo me río y contesto:

—Por las facciones, la comisura de los labios y el color semejante de los ojos —aclaro. Él se queda fascinado ante mi sabiduría.

—Muy ingenuo, tete —concluye Ron. Aitana da palmas para que nos sentemos en la mesa.

Al terminar la cena, retiramos los platos y demás. Saco la bebida, las bolsas de hielo y los vasos de cubata. Ron saca las pajitas y la mezcla. Aitana mira furiosa a Andrew y a Loss que no han colaborado en lo que llevamos de noche. Ellos se quedan dudosos. ¡Joder, qué cortos!

—Se refiere a que colaboréis —les digo.

Ellos actúan rápido poniendo la bebida en los vasos antes de que Aitana los reprenda. Me pongo a hablar con Ron sobre su vida:

—Y dime, ¿eres fumador de petas? —le preguntó salvajemente.

Él me mira expectante:

—Claro, no fumo mucho, pero sí.

No sé para qué pregunto. Todos los amigos de Aitana y José son como ellos. La música nos sobresalta a ambos. Andrew nos mira, yo detecto el contexto de sus pupilas que dicen: "vamos a beber". Ron también se percata y comenzamos el botellón. En la mesa hay ron, whisky, vodka rojo y azul; también hay bebidas energéticas. Pongo dos cubitos en el vaso dejándolos caer al fondo. Aitana se acerca y critica mi intención de ponerme vodka con un gesto extraño. Levanto las manos sin entender su actuación. Ella se dispone a hablar de un truco que hacen ella y sus amigos:

—Será mucho mejor si lo mezclas con la bebida energética. —Le pregunto qué tiene de provecho eso y me responde con indiferencia—. Te produce una euforia muy estimulante.

Destapo la botella de alcohol, mido tres dedos y hecho el líquido. Abro la lata de "Magical drink" y vierto un cuarto. Para finalizar, lleno lo que queda de vaso de cola y cojo una pajita. Remuevo la mezcla con bastante dificultad, el hielo ocupa el perímetro del vaso.

—Voy a por algo más grande —le aviso, ella asiente y me indica con el dedo una de las bolsas.

Relleno un poco y doy el primer sorbo, no sabe mal. Es una combinación alocada con un sabor explosivo para el paladar. Loss está terminando de liarse un porro, sus dedos trabajan hábiles.

—Un canuto a estas horas de la noche. —Le pincho para entablar conversación. Él se ríe maliciosamente y dice sin reparo:

—Tío, es una fiesta, da igual la hora que sea. Un jodido peta es lo que habitualmente se hace para animar la noche.

Pues eso es nuevo para mí. Por lo normal, la táctica es al revés: bebes y luego fumas. Aquí no hay reglas que valgan. Me he quedado en duda por las palabras de Loss, así que prosigo:

—Y exactamente, ¿cómo son las fiestas o los botellones? Me refiero a si hay procedimientos a seguir. —Me pongo nervioso.

Él juguetea con el cigarro pasándolo de una mano a otra.

—Los procedimientos son escasos, puedes seguirlos o pasar como la mierda. Lo importante es lo que te he dicho, se empieza por la fumada inicial. —Se pasea de un lado a otro con pasos cortos—. Uno enciende el cigarro y va rulando entre los presentes hasta que se termina. —Le levanto el dedo índice y formamos un círculo.

El silencio se efectúa y José se monta un discurso breve:

—Bienvenidos a todos una vez más a la cuarta congregación de rebeldes sin causa. Esta noche, nos hemos reunido de manera muy especial. El decorado es distinto a las anteriores veces y aunque la esencia es la misma, estamos aquí para celebrar la llegada de un nuevo miembro a este grupo. Se llama Jakedan y será acogido con respeto y dignidad. —Se me agrandan los ojos y me maravillo—. ¿Unas palabras que ofrecer? —me pregunta.

Cedo e improviso:

—Buenas noches a todos. Es un honor acogerme en esta congregación, no importa si fumas ilegalidades, no importa las imperfecciones. Distinguirse del resto es una peculiaridad irrepetible. Somos adversos al estereotipo formalizado del ser humano. La identificación con la hierba nos pertenece. ¡Digamos sí! —Repiten efusivos—. ¡La fiesta está servida!

Mis amigos me dan la enhorabuena con abrazos y halagos. Aitana enchufa el pitillo y se lo lleva a la boca, inspira fuertemente y expulsa el humo. Loss da una calada y así hasta llegar mi turno. El humo entrante me abrasa la garganta secándola y haciéndola trizas. Toca el segundo turno, vuelvo a chamar y lo apago en el cenicero. Los efectos surgen al exterior emergiendo en mi cerebro y mi consciencia gime de orgullo y placer. La bola de luces se enciende y el comedor se convierte en una especie de discoteca casera. Las luces recorren aleatoriamente la estancia dando vida multicolor a cada esquina. No noto nada, me encuentro afantasmado e inexistente. La sensación es muy parecida a la del sueño astral que tuve la noche antes de ir al instituto. Andrew se sienta conmigo en el sofá, me habla de uno de sus secretos más íntimos:

—Tío, no debería confesar mi intimidad pero... —Se interrumpe a sí mismo y se acerca a mi oreja—. Soy del otro bando. —Sospechar de él es raro, su vestuario floral ya lo define como tal yo le cuento mi secreto:

—Yo soy neutro. —Él sonríe de oreja a oreja como si estuviese necesitado.

—¡Guau!, no aparentas serlo, primo —confiesa, yo argumento su conclusión:

—Hay chicos más finos que otros. —Finalizo la charla.

De repente, a ambos nos entra la risa descojonante de los efectos de la marihuana. Estamos retorciéndonos de dolor de estómago por las risotadas. Intentamos anular ese estado nefasto pero la droga nos ha debilitado demasiado como para guiarnos de nuestros instintos. Bebo dos sorbos succionando con la pajita y él hace lo mismo. Suspiro para arrebatar la risa. Nos tranquilizamos y vamos al centro a bailar. Muevo mis caderas al compás de la música, quito la pajita y la tiro a la basura. Doy un trago como Dios manda y él líquido desciende hasta mi estómago refrigerando el calor corporal. Loss se une a la zona en la que estamos Andrew y yo, mientras Aitana baila con su novio. Voy bajando las caderas de arriba para abajo en diminutas ondulaciones, pasándome las manos por la cabeza. Las deslizo hasta mi vientre y caen a la altura de las piernas.

—¡Bailas tweerking de puta madre! —me grita Andrew—. Me miro y me incomodo un poco—. Sigue, son admirables esos movimientos tan eróticos. —Me anima.

Termino el cubata y cuando me giro, después de dejar el vaso vacío sobre la mesa, los dos me cogen de la mano para que siga bailando.

—Bailemos los tres —sugiere Loss.

Ellos forman una fila y restriegan sus cuerpos sobre el mío. Me entra una risilla y me dejo llevar por sus actos púdicos. Noto sus miembros presionándome por delante y por atrás a través de la tela sus pantalones. Estrujan más los cuerpos contra el mío y me muerdo el labio. Se separan. No sé muy bien lo que hago me encuentro desatado, la bebida energética me está haciendo volverme macabra. Repetimos la letra de la canción y seguimos la fiesta. Los chicos nos quitamos la camiseta y le damos vueltas como si fuera un látigo. Las tiramos y nos quedamos con el torso desnudo. S e me nubla la vista y pierdo el control. El timbre suena, Aitana se pone la mar de alegre:

—¡Mis amigas! —exclama con euforia. Va contenta y agitada de tanta motivación.

Aitana me presenta a Emily y a Celestial. Ambas son majas, rubias y de cuerpo delgado. Sus faldas cortísimas y corsés estampados en lazos las convierten en unas frescas. Me fijo en ambas y observo que son gemelas. Se les diferencia por el color de su ropa. Celestial viste de verde oscuro y Emily viste de azul, también oscuro. Parecen irreales con los kilos excesivos de maquillaje. Hago responder a mis piernas y camino hacia ellas. Van borrachas igual que los que estamos aquí. Ellas me cuentan su historia sobre una madre que abandona a sus hijas en un contenedor por la adicción a la cocaína. Se ponen a llorar y yo las abrazo y hablo:

—Que vuestra madre fuese una drogadicta, no significa que tengáis que seguir su ejemplo. —Las aconsejo. "Si tú también te drogas", replica mi mente—. Sé que no soy el indicado para decirlo porque consumo maría. Os quedan dos oportunidades, o seguir su ejemplo o llevar vuestras propias vidas.

Ellas me abrazan viendo la salida a su problema. Tengo una proposición para las gemelas. Se las ve pochas a nivel moral, así que, ¿por qué ofrecerlo? Sin decirles nada, me cogen de la mano y me llevan a una habitación. Está oscuro, voy con cuidado para no chocar con los muebles. De repente, la habitación se ilumina de luces de neón y me aterro al ver a las dos gemelas que se desangran por los ojos. Chillo fuerte y Andrew me despierta de una sacudida. Echo un vistazo y le pregunto a Aitana:

—¿Y las dos gemelas? ¡Estaban sin ojos! —Me altero y me aferro al sofá. Ella y José se ríen bajito y yo me enfado tirándoles un cojín:

—¡No tiene gracia! Y ahora, con vuestro permiso, voy a salir a que me dé el aire y a despejarme —anuncio con tono vacilante.

Andrew me acompaña a la salida. B ajamos las escaleras y cerramos la puerta. El aire fresco refrigera mi cuerpo aislando el sudor pegajoso. Él me pregunta sobre mis primeras fumadas, yo respondo con sinceridad:

—No sé si lo sabrás, yo fui DHM. —Él asiente—. Tenía miedo de encasillarme en ese papel de chico estrella infantil, así que como no había manera... Cuando avanzaba retrocedía debido a que la gente se empeñaba en seguir identificándome con esa etiqueta. Hasta que un día, decidí romper con esa imagen. —Él me mira con curiosidad.

—¿Y las pesadillas? —añade.

¿Cómo respondo a algo que no sé con certeza?

—Ni idea —digo a secas.

Andrew lía un cigarro de marihuana y nos lo chamamos entre los dos. Llegamos a la sala. Miro mi móvil y veo en la pantalla que son las dos y cuarto. Loss nos mira y enarca una ceja. Yo lo fulmino con un gesto despreciativo pero cariñoso.

—¡Que te den! —le suelto.

José saca cinco vasos de cuba litro con un líquido rosa fucsia. Me pongo de puntillas para ver el interior. ¿Golosinas y hielo? Una combinación desproporcional.

—Un cóctel púrpura rosado. No sabía que se pudiera conseguir —digo inocente ante el tema.

¿Por qué era tan patoso para estas cosas? Loss me lee la mente y responde:

—Primo, debes ser más listo, se llama "Trago morado", esto no se vende en España, solo en estados unidos. Es la bebida que se consume por los raperos.

Entonces le acribillo a que me mantenga informado con la primera pregunta:

—¿Por qué los raperos?

Su respuesta es sencilla:

—Porque su contenido los inspira a crear nuevas rimas.

Segundo pelotazo.

—¿Qué contiene?

La respuesta me pone enfermo:

—Contiene jarabe para la tos, cola, sprit, hielo y dulces. Ya que lo has comentado, te diré que es una droga. —Una droga que jamás hubiera imaginado que existiría.

La tercera pregunta, en cambio, queda en el aire:

— ¿Cuáles son los efectos?

Él no me da pistas, solo me ofrece un vaso. Voy fatal tras los dos chupitos, los tres cubatas y la cerveza. Apenas noto mis pies sobre el suelo. Andrew dirige su dedo hacia mi vaso insistiendo. Me acerco el vaso a la boca y cuando estoy a punto de dar un sorbo, me detengo. Aitana se queja:

—¿No quieres beber? —pregunta extrañada.

Temo que no salga bien la noche, me coja un coma etílico o incluso me muera. La idea me resulta tremendamente estúpida, el alcohol se ha rebajado. Me río por los efectos del porro y doy un trago. Los otros aplauden fuerte y saborean el dulce cóctel. Tiene un sabor parecido al zumo de frambuesa y el frescor potencia el sabor. Damos un brindis por que la fiesta ha sido un lujo esplendoroso.

La fiesta más gamberra a la que he acudido en mil años, porque las fiestas a las que he ido han sido un aburrimiento. En este lugar hay gente que entiende, que comprende, que te divierte.

Unos cuantos sorbos son la clave para que la habitación empiece a rodar como un tiovivo. El movimiento se detiene y noto como desciende a toda hostia. Mi burbuja de surrealismo se agranda y se expande aceleradamente. La droga es potente, demasiado para una mente tan blanda. Las paredes cambian de color constantemente. ¡¿Qué mierdas está pasando?! Loss está quitándose los pantalones al igual que Andrew. Me descojono y me resbalo. Suerte que me cojo a la mesa. El sonido de voces que se mezcla con la música retumba al igual que las voces de mis amigos. Me duele la cabeza, ¡me va a estallar! Aitana se acerca a mí y me habla:

—¡Jakedan, madre mía!

Una dulce agonía me embelesa el alma. M i consciencia no responde, solo oigo mi respiración. Mi visión es torpemente borrosa, mis oídos se destapan y oigo a Aitana avisar a los demás:

—¡Ayudadme, le está dando un bajón de azúcar! ¡Andrew, José, cogedle de las piernas, Loss y yo nos encargamos de cogerle por las extremidades!

Noto que estoy suspendido en el aire. Mi cuerpo pesa mucho. Articulo unas cuantas palabras que salen libres de mi boca:

—Estoy en una noria imaginaria.

Intento pensar en la concordancia de la frase. M e rindo y caigo sobre un blando sofá. Mis ojos se oscurecen y la oscuridad me hace perderme en un mundo de colores, formas y figuras. Seres extraños cambiantes que dicen payasadas y se comportan de manera risueña. Un mundo donde el frenesí y los ideales más descolocados surgen de mi mente endiablada. Noto que exploto sexualmente al salir la purpurina de mi interior y me adentro aún más en el sueño. El sueño más salvaje y erótico.

Despierto y veo que aún es de noche. Me levanto, cojo la camiseta me la pongo y me marcho. Al cerrar la puerta del edificio y salir del callejón, veo a Mar bajando del coche. Viene deprisa con un vestido verde celeste y arreglada. Le toco la mejilla y ella me aparta la mano de inmediato. Está enfadada, quizá porque no la hice gozar al completo cuando me acosté con ella. Estudio parcialmente su rostro y en él encuentro las palabras engaño y cara dura. Intento pegarle un pequeño beso en la frente y, a cambio, recibo el mayor tortazo que una chica le puede dar a un chico. Me quedo sorprendido y reacciono de inmediato:

—¡¿A qué ha venido eso?! —Me toco la mejilla caliente y ella se cruza de brazos.

—Exactamente, nene, eso me lo preguntaba yo. Posiblemente tengas la respuesta —ronronea avispada a pesar de su mal genio. ¿Qué es lo que le ha perturbado? Ni que le hubiera plantado los cuernos. Me acecha y me acosa—: ¡Me has utilizado como a una zorra! Tú eres el culpable. —Me señala con un dedo y me quedo petrificado.

Es la Mar más enojada que he visto jamás. Quiero fingir que se va a solucionar el tema de la apuesta, así que me disculpo:

—Lo siento, Mar.

Se le caen los ojos y se enfurece más:

—¿Crees que con un lo siento voy a irme contigo?, ¿como una princesa que espera a su príncipe azul? —Se ríe. N o espero un sí, no merezco el amor que ella me ha dado.

—No espero eso —digo a secas.

Está nerviosa y malhumorada a la vez. N o sabe cómo reaccionar.

— ¿Esperabas que no me iba a enterar de que me habías engañado solo por una apuesta entre tú y Johnny? ¡Cómo has podido hacer semejante barbaridad y no tener el valor de decírmelo a la cara! Y no es decirlo en persona, sino actuar en el instante. —Rebaja la voz.

Hay cierta tensión negativa entre los dos. Ella rota de dolor y yo culpable.

—Sé que la he jodido, ¿vale? A lo mejor ya no querrás volver a verme o a hablarme. Antes de que tires la toalla, quiero decírtelo en detalle. —Me expreso lo más rápido que puedo. Ella refunfuña:

—No voy a creer lo que me digas. Yo sentía algo por ti, no de la misma forma que tú —confiesa, su enojo se ha rebajado dejando la tristeza al descubierto.

—Pensaba que si me acomodaba a tu perversión sería más fácil entre ambos. Era una competencia y me daba igual mis sentimientos —le digo. Ella desvela el resto:

—Te daban igual tus sentimientos porque querías que yo fuera tuya, y no en el buen sentido. Una vez ganaste llamándome tantas veces y derrotando a tu amiguito decidiste ir a por más. Solo querías sexo. —Alza la voz. Agacho la cabeza y le explico la segunda parte:

—Es cierto, pero luego me di cuenta de que había actuado mal y de que esas palabras que te dije eran puro deseo.

Niega con la cabeza. Esto me da mal rollo. Estoy a punto de perderla para siempre.

—Si me hubieras deseado, no habrías hecho una competencia. Es tarde, Jakedan. Engañarás a otra, pero a mí no. Si soy malpensada y malhablada, ¿qué más da? Te iba a querer igual. —Sus palabras me asombran. —No puedo seguir con esto, adiós. —Da un paso atrás y me observa de pies a cabeza con ojos llorosos y cristalinos. Intento tocarle la cara pero ella me lo impide. —¡No! —exclama—. ¡No vuelvas a tocarme! —dice agresiva.

Se marcha a paso agilizado y la veo arrancando el coche. Me quedo plantado en medio de la calle, mientras su coche fucsia desaparece a lo lejos para siempre.

He aprendido una gran lección: en el amor no se juega sucio. Cuando se ama a una persona de mente es amar por placer no por sentimiento. Cuando se ama a una persona de corazón es amar con tu coraje. Sé que no iba a solucionarlo e irme de rositas. He pagado mi castigo por destrozar el corazón de una chica que aparentaba ser fresca pero que por dentro llevaba una gentileza que no he sabido saborear.

14

Mi querida abuela, mi tesoro… Tengo la piel pálida y estoy frío a causa de su muerte. El día ha sido pesado como cuando el abuelo Tomás nos dejó. Cojo la botella de ginebra, la destapo y bebo unos tragos hasta estar mareado. Recuerdo el asqueroso día con furia, desgarrado, agujereado hasta la última célula de mi cuerpo. Esta mañana, al entrar al tanatorio y ver a mi abuela, he estado a punto de gritar para ver si estaba viva. Lucía al natural sin maquillaje, sin ninguna arruga en la cara. Ha conservado un cutis perfecto sin retoques ni operaciones de cirugía. He llorado bastante, ha sido para mí como una segunda madre. Siempre se ha preocupado por mí y me ha tratado como el hijo que no tuvo. Dos muertes en un mismo año es lo peor que le puede pasar a un chico adolescente. En el cementerio, cuando han sellado el ataúd, he sentido cómo mi infancia y adolescencia se han destrozado como un espejo astillado al tirar una piedra. ¡Qué más da, estoy hecho una mierda! Son las once de la noche. Mis padres están dormidos. Mi corazón está taladrado de tanto sufrimiento. Cuando toda esta locura empezó, nunca supuse que iría demasiado lejos. Creía que iba a poder estabilizar el pequeño error... pero ha sido en contra de mi voluntad. Siento que he ido perdiéndome en un huracán de autodestrucción. Me resulta extraño identificar los hechos. Saber que después de lo ocurrido ha terminado en un agujero negro y hondo. Rebobino la cinta de mis añoranzas pasadas y pregunto en voz alta:

—¿Qué hubiese pasado si nunca hubiese sido parte de ese cuento de hadas con final feliz? —Espero un segundo y formulo otra pregunta—. ¿Y si nunca tuve que haber sido un chico popular? —Respiro hondo y prosigo con mis cuestiones absurdas—. ¿Por qué he sido parte de este juego tan fastidioso? —A cada frase interrogativa en voz alta mis ganas de llorar aumentan—. ¿He caído en desgracia por culpa de las drogas?

No puedo más, reviento en lágrimas desordenadas que caen desconsoladamente sobre el suelo. No queda nada bueno en mi interior. Soy un chico rebelde, uno más del montón. He perdido la confianza de mis dos mejores amigos, me he perjudicado la salud grave, emocional, física y psicológicamente. No valgo nada. Mi brillo, mi potencia, mi valentía, mis logros, mis virtudes, mis sueños, mis oportunidades... están hechas polvo. Me apoyo sobre la pared y me escurro hasta quedar sentado en el suelo. Una gran soledad invade mi alma. Me quedo unos minutos allí, permaneciendo en la noche fría. Son las siete de la tarde, tengo que ir a la peluquería mi pelo está muy largo y desastroso. El color es lo que menos me llama, así que aparte de cortarme la melena me la teñiré.

He entrado y he esperado unos cuantos minutos a mi turno. Suerte que las revistas que son de tías desnudas. Después de ponerme un tanto contentillo, el peluquero me llama y mi imaginación erótica se descompone. Le digo que quiero el corte más actual que se lleve y noto las tijeras haciendo su deber al instante. Con apenas coger una gran cantidad de pelo, el peluquero da forma y estructura las puntas para perfeccionar el corte. Luego pone en un recipiente la mezcla de color elegido para el pelo, un rojizo anaranjado algo oscuro. Con la brocha, va tintándome el cabello. El proceso termina de completarse unos minutos después de dejar reaccionar el producto. Me lo lava y me lo seca. A continuación, me engomina la parte delantera, donde se sitúa el flequillo, y listo.

Vuelvo a casa. Soy un chico derrotado por sus demonios mentales. Miro las venas verdosas que se marcan en mis brazos. Me toco la piel de la muñeca una y otra vez. Ahora entiendo por qué algunos famosos llegan a esos extremos en los que yo estoy actualmente. Mi padre me avisó de que no escogiera irme por la rama del éxito y cabezón de mí desobedecí.

Me levanto y me dirijo a la despensa. Me quedo mirando los cubiertos y pongo la mano sobre una pequeña navaja. La cojo y paso mis dedos por la afilada hoja. Rebusco en un cajón de la cocina y encuentro dos velas negras con decoraciones de color púrpura. Me giro a la encimera y cojo la caja de cerillas.

Voy a hacer mi mayor locura, quizá me tranquilice y me sienta mejor. Voy al cuarto de baño. Coloco los dos cirios apoyándolos en cada extremo del lavabo, los enciendo con una cerilla y la apago. Pongo la navaja en la muñeca y me pongo a llorar de nuevo pensando en mis padres y en mis abuelos, mientras digo en un susurro:

—Perdonadme por lo que os he estado haciendo últimamente, espero que me podáis perdonar algún día.

Sin pensarlo dos veces, presiono la punta y trazo una línea recta en mi piel. Al pasar el filo por la vena, la sangre empieza a salir y siento un enorme alivio que me libera de mis depresiones. La herida está ardiendo, es un ardor infinito y agradable. Una vez se ha pasado el glorioso efecto, me seco la sangre con papel higiénico. La he podido quitar con facilidad porque aún no se ha secado. Me pongo tiritas en la zona dañada para que no sospechen nada mis padres. No quiero que vean en el estado en el que me encuentro, no quiero causarles preocupación. Se asustarían si se enteran. Retiro las velas y la caja de cerillas y lo guardo en su lugar. Me siento de la peor manera. Tengo ganas de tirarme desde el balcón y morirme. Aun así es una situación en la que no querría verme envuelto. Si les hiciese algo así a mi familia nunca se perdonarían por ello. Pensarían que no han hecho bien su función de mantener a su pequeño en buenas condiciones. Lo más seguro es que se preguntaran qué han hecho mal o cuáles han podido ser las causas para haber sucedido tal acontecimiento. Me voy a la cama intentando olvidar ese pensamiento.

Al día siguiente, me levanto resacoso y con dolor de cuerpo. Debo de haber dormido demasiado. Mientras voy bajando las escaleras, un olor exquisito invade mis fosas nasales ¡Huele a tortitas! Flora se ha levantado temprano para prepararnos nuestro desayuno favorito.

—Buenos días —digo aún adormilado. —Mi madre está poniendo sirope de chocolate por encima de las tortitas—. Tienen muy buena pinta —añado con una fugaz sonrisa.

Pongo las tazas, los cubiertos y las servilletas en la mesa. Charles continúa durmiendo, así que decido ver noticias de famosos por el móvil. La prensa amarilla como siempre poniendo a los artistas en segundo plano con farsas y especulaciones. Cotilleo sobre mis intereses cibernéticos unos minutos más y escucho al señor váter rugir desde el piso superior. Unos pasos agigantados se disponen a bajar los escalones.

—Buenos días, familia —oigo decir a papá.

Pongo de nuevo la sonrisa falsa de niño inocente. Me jodo y me aguanto.

—No os entretengáis, que las tortitas se enfrían —avisa mamá.

Obedecemos y nos sentamos en la mesa a comer. Las tortitas están muy esponjosas, gustosas y sabrosas. Mi paladar y mi lengua se enamoran de ese festín matutino. Cuando remuevo el sirope, mi cara parece un poema debido al dulce sabor que desprende el chocolate. Me tomo el vaso de zumo y le agradezco a Flora su arte culinario:

—Deberías hacer esto a menudo. Eres una experta —recalco en voz alta.

A mi madre le sale una pequeña sonrisa sin argumentar respuesta. Mi padre come viendo las noticias, hipnotizado, sin darse cuenta de la charla que estamos teniendo mamá y yo.

Hablamos del instituto. El noventa por ciento de preguntas contestadas son falsas. No puedo decirles: "Lo que hago usualmente en Catadá es fumar sustancias ilegales. Cuando no estáis en casa bebo alcohol porque me gusta emborracharme y para subir la adrenalina tomo bebidas energéticas". ¡Ni de coña! Mamá y yo vamos al salón a hablar. Allí, Flora retoma nuestra charla.

—Entonces... ¿Ya te has acostumbrado a las malas pintas, a los tatuajes, a las perforaciones y a los olores prohibidos? —pregunta Flora extrañada ante mi naturalidad que poco la convence.

Esperar una distinta reacción de mi madre sería como si le hubiesen cambiado la mente. A ella le resulta complicado estas palabras porque ya tiene una pista de mi nueva identidad. Rectifico me hago el despistado.

—Me atrae, pero no porque me haya acostumbrado a ese estilo en particular voy a dejar de ser yo mismo.

Ella hace una mueca y se muestra inflexible ante mi opinión, sin aceptar lo comentado.

—Te está influyendo, hijo. He estado callándome día tras día; esperaba el momento adecuado. Este vestuario será todo lo moderno y actual que tú quieras; en cuanto al peinado, el color se sube por las paredes. —Está siendo sincera conmigo y lo dice de corazón.

Le explicaré el porqué de mi cambio extremo. No tengo que ocultar si mis padres no se enteran de mis gamberradas. Me mentalizo del acto y lo cometo:

—¿Quieres saber sobre mis pintas? Simplemente, no quería seguir siendo... ya sabes una persona que en realidad no era. Siempre he tenido claro quién soy. Necesitaba salir de esa zona de confort que tanto conocía, explorar sensaciones y situaciones de las que era inexperto. Una vez terminé mi último día como DHM, me dije a mí mismo que no quería ser perfecto, dulce, inocente y mimado. Es por eso este cambio estricto. —Le muestro ojos compasivos y ella me estrecha la mano.

—¿Me estás diciendo que has dejado atrás al niño adolescente que llevas dentro para convertirte en un joven adulto? —Me pregunta llena de alegría.

La interpretación de mi madre me convence entre una verdad a medias.

—Sí, por supuesto. Soy el mismo, solo que he evolucionado —digo con seguridad.

Me pongo el chándal y voy a visitar a la abuela Mari, la pobre necesita compañía de sus seres queridos. Ya no llora por la muerte de Tomás no dice tonterías como: "tendría que haberme ido con mi marido a la otra parte" o "nadie necesita a esta vieja". Soy su medicina que mientras pueda hará su función de reavivar su ánimo.

La veo sentada viendo la televisión. La abrazo y la saludo.

—¡Oh, mi queridísimo nieto! Tus visitas son mi bendición.

Hay que ver con esta mujer, nunca cambiará. De repente, me fijo en una caja que está en el suelo. ¿Qué demonios contendrá?

—¿Esta caja es para tirar o es que no te has acordado? —La cojo, es pesada—. Voy a dejarla abajo—le aviso a la abuela y me dispongo a caminar. Ella actúa rápido:

—Déjala ahí.

Me vuelvo hacia ella y miro el contenido.

—Si solo son papeles, abuela. —Me quejo. Mari niega con la cabeza.

—¿No recuerdas esta caja? —pregunta.

Es una caja de papeles. ¿Quién querría recordar algo así? La miro con expresión confusa y suspira.

—La verdad es que no me suena familiar ¡Qué estoy diciendo, si es una caja! Ya te lo he dicho, no tiene importancia —insisto.

Mi abuela se queda desilusionada.

—Es como si hubieses olvidado tu propia identidad —dice seria.

¡Dios! ¿Por qué todos se empeñan en que me he transformado en otro? Aprieto los dientes y trago saliva, me calmo y espero que continúe. Se ha quedado callada.

—Abuela, nada de eso. Si lo dices por esta imagen excéntrica, tiene su causa. He crecido y soy más formal. —Ella desaprueba con la mirada mi look y la desvía antes de que le entre una taquicardia—.Vamos, sé que no es la mejor opción pero al menos respétame tal y como soy. —Le regaño seriamente. Ella hace de oídos sordos y da su opinión:

—Llevas ropa oscura y desfavorecedora. Si tu abuelo hubiese estado aquí, la torta que te da...

Me enfado y explotó:

—¡Ya está bien de criticarme! Tendrías que estar alegre por ser quien soy. —Le echo en cara y me arrepiento al instante—. Querría decir que aunque odies mi nuevo atuendo, sigo siendo fiel a mis raíces.

Ella se acomoda en la silla y se pone las gafas.

—Tú sabrás lo que te haces. —Deja salir las palabras con libertad.

Me pongo la caja sobre las rodillas, me fijo con detenimiento y veo que está pintada de color ocre. La destapo y veo un papel en el que hay escritas unas palabras.

—Esa nota la escribió Tomás una semana antes de su fallecimiento —Me informa Mari. La leo despacio y miro la parte de atrás.

Querido nieto:

Si este escrito ha llegado a tus manos es porque yo ya no estoy junto a ti. A mi pesar, me hubiera gustado celebrar contigo los veinte, pero mi vida concluyó aquí. Mi existencia humana desapareció, aunque mi alma reside en tu frágil corazón. Seguro que a lo largo de estos años has aprendido muchas cosas que yo no supe contarte porque mis empeños en mantenerte como mi nieto pequeño me invadían. Ahora, seguro que te has convertido en un hombrecito y ya has dejado la época dorada, esa época en la que ambos compartimos miles de historias juntos. Quiero desearte lo mejor en esta nueva etapa, que consigas lo que te propongas porque algún día tus sueños se harán realidad. Y si ya se han cumplido todos tus sueños, utilízalos para hacer repartir la felicidad de aquellos quienes no la posean.

Recuerda: Tus acciones pueden ser la solución de otros.

Esta caja es para ti, contiene nuestras ilusiones y recuerdos.

AtentamenteEl abuelo, Tomás.

Dejo a un lado la nota y me quedo sin palabras. Reacciono al cabo de unos segundos.

—¡Los dibujos de mi infancia! —exclamo. Hacía tanto tiempo que había enterrado esa parte de mi vida.

La abuela y yo nos quedamos mirando los dibujos que ahora significan el comienzo de mi niñez. Una niñez que hacía años no recordaba.

Le llamo a Aitana y me contesta:

—Hola, tío. ¿Qué tal? Ya he visto tu pelo a llamaradas en Insta —me comenta.

—Tía, es un cambio de personalidad, nena —le advierto con tono molón—.El tete Jakedan sabe lucir su esbelta figura. —Me chuleo delante de ella. Aitana se ríe y lo admite:

—Cariño, no es que sepas lucir cuerpazo, es que estás más bueno que el pan. —Esa puntualización me alegra.

—Oye, ¿qué tal si te pasas por aquí y te cobro cinco euros? —Juego con mis palabras. Ella acepta sin complejos. Faltaría más.

15

Cuelgo la llamada y me hago a mí mismo un "Fuck you" levantando el dedo corazón hacia arriba. Me peino mi reciente pelo y mi mente se despierta de sus cien años de embrujo. "Reprochar tu nueva personalidad es infravalorarte. Disfruta de tu juventud como la mayoría de chicos sin importar las consecuencias", por lo menos no me dice cosas dañinas. Observo al chico de pelo rojizo con cara demacrada y cuerpo de oro, me contempla sexual y pervertido. Le pregunto por qué ha decidido llevar su vida a tales comportamientos. Sin respuesta, me aguanto y salgo del cuarto de baño. Llaman al timbre y abro.

—Hola, ten.

Le entrego el dinero y Aitana me da el cogollo envuelto en plata.

—Te vi mal la otra noche, consumiste demasiado. —Ni siquiera lo recuerdo, debería ir drogado hasta las órbitas—. Te pusimos en el sofá y te quedaste dormido. Al despertar, ya no estabas; supuse que te habías marchado —concreta con voz dulce—. José está en el trabajo, así que no vendrá.

Salimos a la calle y nos disponemos a fumar una "L". Este sería el último porro, la última calada, lo juro por mi familia. ¡Juro que terminaré con este drama!

—Si te apetece, puedes visitar el nuevo barrio del pueblo.

¿He oído barrio nuevo?, otra novedad. La miro con los ojos idos y mi reacción es lenta:

—¿Hay un nuevo barrio? —pregunto arrastrando las palabras, ella afirma con la cabeza y me lo comenta:

—La primera vez que viniste a casa de mi novio, había unas señales de construcción.

Me acuerdo de los puzles que montaba a mis cinco años y me río descaradamente. Mi amiga me mira inexpresiva al mismo tiempo que me lanza una mirada asesina.

—No es nada, se me va la pinza. Pues claro —digo con voz cantarina.

Ella empieza a caminar y le caliento el culo pegándole una palmada fuerte en el trasero. Exclama de dolor mientras se descojona viva:

—¡Hostia puta, si tu intención es provocarme...!

Ignoro su mentalidad sucia y lo descarto:

—¿De qué coño vas, tía? —Me saca la lengua y se lame los labios—. De Barrabás. —Termino la frase.

—¿Me la lames y te vas? —Me pega un manotazo en el hombro y proseguimos nuestro camino.

Al llegar, el sitio es igual como lo recordaba a pesar que han puesto una placa metálica absurda y sin utilidad.

—Una placa reciente de hierro, qué idóneo. —Me quejo tambaleándome alrededor. Aitana, emocionada, me explica su funcionamiento:

—No es solo una placa, conduce a un lugar que nadie ha entrado jamás. Ven y te lo enseñaré.

Suena surrealista. A veces pienso que le falta un regadío o que se le cruzan los cables, así que se lo aclaro:

—Una misteriosa placa de mierda me va a transportar al país de las maravillas, ¿en serio?

Nos ponemos a discutir sin más. Retrocedo y noto cómo la placa se enciende con un azul eléctrico fluorescente. Los dos nos quedamos mirando dicho objeto. Del azul eléctrico al rosa palo, del rosa palo al marrón chocolate, del marrón chocolate al amarillo chillón, del amarillo chillón al morado escarlata, del morado escarlata al verde bosque y del verde bosque al naranja acaramelado. De repente, la placa luminosa se vuelve negra, no solo la tapa sino que una especie de tinta negra se va extendiendo por la superficie del suelo.

—¿Qué cojones está pasando aquí? —pregunto asustado. Aitana, que permanece a mi lado, me contesta:

—Estamos dentro de nuestra imaginación.

Esto no es mi imaginación. ¡Estoy delirando de locura!

—Cuanto más temas, peor será la experiencia. Estás en tu propio mundo.

La placa va bajando despacio y con los segundos más y más deprisa. Es un ascensor subterráneo. La velocidad es atroz. Apenas noto a Aitana cogida a mi cintura. Unas puertecillas se abren y caemos a cierta distancia. Ambos gritamos y nos damos contra el suelo.

Al despertar, mi amiga está a mi lado. Nos levantamos y exploro la zona. Me quedo petrificado al ver el barrio más lujoso que haya visto jamás. Desde nuestros pies, hay un único camino decorado con luces de colores y flores extraordinarias. Al final, puedo visualizar edificios con letras destacables en neón.

—¡Vaya, es genial! —consigo decir—. Para los lujos que se ven en este barrio, me atrevo a decir que los más ricos se vienen para adaptar sus necesidades.

Ella me detalla el lugar mientras caminamos por el amplio camino. Hay mariposas e insectos de formas únicas.

—En este mágico mundo, solo entran los más desdichados de la sociedad que se ganan la vida a base de crear dinero, dinero y más dinero para derrocharlo en sus adicciones. —Me gusta la idea y sé por dónde va la cosa.

Al llegar, Aitana exclama:

—¡Bienvenido al Barrio de la V hermano!

Me quedo con ganas de chillar a cuatro vientos que me siento libre de cualquier norma parental. ¡Puedo hacer lo que me salga de la chorra! Aitana percibe mis sentimientos e intenta calmarme:

—Tranquilo. Sabía que te gustaría.

Gente tatuada, gente con ropas extravagantes, gente con acento gitano y gente provocando el desastre madre. ¡Oh, Dios mío!

Entramos en el primer bar que vemos. Al entrar hay una barra y en medio un escenario; a los laterales mesas. Hay dos chicas, una con el pelo azul y otra con el pelo amarillo. Son muy parecidas, llevan el mismo uniforme y su maquillaje excesivo las convierte en mujeres explosivas. Es un uniforme bastante corto para trabajar en un negocio. La parte de arriba es un top fucsia metalizado con decoraciones de purpurina platinada. La parte de abajo es una falda hasta las rodillas con el mismo patrón de color. Ellas dejan de limpiar la barra y se presentan:

—Hola, soy Maddie —dice la primera y la segunda utiliza el mismo tono de voz:

—Yo soy Ladia. ¿Qué queréis consumir?

Aitana pide:

—Yo un sizzurp.

Pido lo mismo y Maddie nos indica la mesa:

—La doce, por favor.

Los dos obedecemos y nos sentamos. Nos traen unos cacahuetes mientras esperamos la bebida.

—Dentro de unos minutos, comenzará la actuación —dice mi amiga convencida de que me quedaré un rato más. A saber qué clase de espectáculo nos ofrecen.

—¿Cómo va vuestra relación? —pregunto de sopetón, ella alardea sobre su viaje a Jadanda con su amorcito:

—El viaje ha sido una pasada. Me ha comprado un collar de oro con incrustaciones de pedrería. Hemos estado en un hotel de cinco estrellas que incluía sala de belleza, piscina, sauna. ¡Y para qué contarte la sala de cine con pantalla HD! El paisaje era muy americano y las tiendas de ropa daban gusto. —¡La madre que la hizo!

Siento celos de su romance rebelde, de sus escapadas y viajes caros, de su existencia. Oculto mi lado mezquino y le doy la enhorabuena:

—Me alegro mucho de que os vaya bien.

Nuestros refrescos son depositados en la mesa. Justo cuando voy a dar el primer sorbo con la pajita, las luces se apagan. El show es candente: tíos y tías deslizándose por una barra, ofreciendo la provocación y la excitación sin tener en cuenta los gustos de los invitados al lugar. Me quedo maravillado ante el perfecto tweerking que están bailando, comparado con ellos soy un inexperto.

Aitana y yo contemplamos esos cuerpos de dimensiones perfectas logrando movimientos redondos que siguen el ritmo de la música electrónica. Las claves para conseguir un perreo de diez es menear sexualmente la cadera y el culo lo más rápido que puedas. Doy otro sorbo y los efectos afloran en un subidón creciente. Unos travestis cruzan el escenario y se montan una charanga que termina en fuegos artificiales. El bar está lleno de humo. Todos aplauden, incluidos nosotros. Salimos al exterior y vemos a José con unas pintas sorprendentes. Va vestido con unos pantalones vaqueros morados, una camiseta blanca y un chaleco gris.

—Hola, nena, ¿ha venido él? —Se da cuenta de mi presencia y yo le saludo:

—He decidido venir, colega, a liarla. Precisamente, tu novia me hablaba de vuestro viaje.

Ellos se cogen de la mano muy enamorados, se besan y José intenta meter mano, pero Aitana le aparta el brazo de su muslo.

—Ahora, no.

José sonríe con esa sonrisa malvada que consigue con tanta facilidad y me dice:

—Ha estado para flipar.

Se le ven jodidamente juntos y felices. Le contamos que en el bar han ofrecido un espectáculo para adultos y se queja por no avisarle.

—¿Me das un trago, tete? —me pregunta, yo le doy el vaso y él se queda maravillado en cuanto le da un sorbo.

—¡Ah! Riquísimo. Voy a presentarte el barrio, seguramente mi novia ya te ha dicho algo. Este barrio ha sido recientemente construido por las mentes de los más desdichados de la sociedad, aquellos que son duramente criticados por la gente que no les ve con una mentalidad abierta con relación a temas de intensidad alta. Esto es un barrio en donde la gente normal, es decir la gente que tiene una orientación sexual determinada o que se mantiene sana de pecado, es la que juzga a la que comete esos berrinches. Por eso en cada lugar al que entres, hables con quien hables, te entenderás el doble que con esos malditos.

—Aitana me había dicho que solo se podía entrar mediante un colocón de la hostia. Quiero saber más. —Presto atención a lo que mi amigo va contando.

—La gente que merodea por aquí son pertenecientes a la LGBT. ¿Sabes lo que es?

—Pues claro que lo sé. —Le miro con cara de "pasa página" y él prosigue:

—Para acceder a este mundo de perversión y traumatismo se requiere una tasa de drogadicción de uno coma seis grados, lo que equivale a un fumarse un peta. —Entonces, me surge una pregunta:

—¿Mientras esté aquí deberé ir ciego?

—Exacto.

—¿Y si los efectos se pasan? —Su expresión cambia dudosamente.

—Cuando sientas que estás a punto de volver al punto de estado inicial, corre deprisa sin detenerte. En este lugar, la única normativa es que si el tiempo se termina podrías quedarte atrapado por siempre.

Llegamos a un bosque cuyas hojas son multicolor, en una de las ramas hay colgado un folleto.

—Un concurso para saber quién será el rey del barrio —digo con tono curioso, Aitana me informa:

—Los trescientos sesenta y cinco días del año son fiestas, nunca ha habido alguien que reine porque la prepotencia ha predominado en estas calles. La historia cuenta que un día, un chico llegará y se convertirá en el anfitrión. Se necesita un corazón de pura rebeldía. El concurso es una interpretación creativa improvisada y cualquiera puede participar. —Improvisar se me da fatal, con motivación y percusión estará chupado.

Quito la pajita y voy bebiendo el contenido. Mis amigos intentan detenerme. Mi cuerpo estalla en una energía maestral indomable. La furia, la rabia y la depravación se intensifican.

El concurso es en una carpa amarilla con sillas enfrente. Hay mucha gente. Las luces nos iluminan durante unos segundos. Una chica bajita presenta el concurso. Tras parlotear y parlotear, se presenta el primer candidato que canta fatal. Me entran ganas de estamparle una maceta en su cabeza. La segunda candidata es una enanita que intenta hacer un monólogo y lo que consigue es aburrir. Aviso a mis amigos de que me voy a la cola y desaparezco ante ellos. La tercera candidata es una señora que durante su truco de magia deja a un conejo sin cabeza.

Mi turno ha llegado. ¡Dios mío! Lo que me salga interpretaré. Animo a la gente con un grito triunfal:

—¡Vamos a darle caña al asunto, chicos!

Empiezo a cantar lo que se me pasa por mi cerebro y la gente aplaude. Termino con unas personas entregadas y aclamándome. Me mantean un par de veces, me bajan y vuelvo con el resto de concursantes a la carpa. La presentadora anuncia el momento más esperado:

—Bien, chicos, ha llegado la hora de saber quién representará el barrio de la V. Al más original, al más cañero y al más estrafalario que lo conducirá a ser rebelde de corazón es para: Jakedan López del Rey.

Tras el anuncio, miles de aplausos invaden el concurso. La presentadora me corona añadiendo unas palabras:

—Yo, Gitsby, te obsequio esta corona como signo de tu nuevo reinado. —En cuanto me pone la majestuosa corona plateada con pinchos cruzados y piedras de zafiro que adornan en lo alto de la misma, cojo el micrófono y les dedico a mi reino un agradecimiento:

—Muchísimas gracias a todos los presentes. Es un inmenso honor este título. Prometo ser fiel a vosotros y honraros en las necesidades que hagan falta. Ahora, si me disculpáis, tengo que irme a descansar.

Me paseo más allá de la carpa, mis amigos permanecen en ella. Me encuentro a mi paso un río de color azul celeste. Me acerco a él y me agacho para ver la clase de líquido que forma dicho río. Me caigo y me introduzco. Huelo; nada más y nada menos es ¡vodka azul! ¡Quema, mi cuerpo quema en contacto con el alcohol! Miles de burbujas se forman a mi alrededor y se pegan a mi piel. Cuando estoy repleto de burbujas, mi cuerpo despega como una estrella fugaz y voy a parar a un sitio nuevo. Es una zona verde muy hermosa. Avanzo y una mariposa se posa sobre la hierba. Cuando sus patas rozan la vegetación, un camino de cristal se forma de la nada. Paso por él pero a medida que avanzo hay unas zarzas espinosas. Encuentro unas alicatas con la hoja en forma de corazón, las voy cortando lo más rápido que puedo.

—Esto es irreal, estoy seguro —digo en voz alta.

El cielo se vuelve rojizo y sangriento. ¡Oh, no! Mis zapatos se manchan y el olor es insoportable.

—Un castillo, mi castillo.

Voy corriendo hasta el jardín de ese lujoso palacio recargado de elegancia, colores negros y morados. El contraste de tonalidades le da un aspecto siniestro. Abro la puerta de entrada y camino por el amplio pasillo. Los cuadros parecen observarme, evito mirarlos y me concentro. Una mujer está esperando mi recibimiento. Se parece a la tía Paz. Lleva un corsé marrón, una falda larga de terciopelo y una capa corta de tul negra. Su pelo es un moño perfecto y definido. Avanza hacia mí. En cuanto está a punto de dirigirme la palabra mis amigos aparecen.

—¡Alexia! —exclaman ellos a la vez.

Me giro sorprendido:

—¿La conocéis? —pregunto sin dar crédito a lo que veo.

—Es ayudante real, hija del príncipe Josef. Fue desterrada a este castillo por incumplir las normas —me cuenta José.

Ella se presenta:

—Soy Alexia Escarlata. Me he enterado de que tú, Jakedan, eres el nuevo rey del barrio de la V... ¡Y ni siquiera he sido invitada! —Se queja—.Yo debería ser la reina, yo tendría que poner este mundo a mi merced, yo tendría que gobernar.

Sus malos modales me parecen una falta de respeto hacia mí y mis amigos. Se piensa que este castillo es su propiedad. ¿Por qué, porque es hija de un príncipe? ¡Menuda idiotez! Ella sigue subiéndose por las nubes:

—¿Crees que un recién llegado puede hacerse cargo de un imperio?

Me entra la risa.

—¿Un imperio?, ya, ya. En vez de creerte que eres una genuina propietaria de tu propia soledad, deberías bajar ese carácter tan creído.

Su cara de espanto la conduce al enfado:

—¿Cómo osas profanar mi personalidad? Deberás enfrentarte a mí antes de ser el dueño de esta tierra.

La mujer se transforma en un ser diabólico con afiladas garras que destruye aquello que ve. Aitana y José se cogen el uno al otro.

—¡Jakedan, tú puedes salvarnos! —me avisa Aitana.

Solo es un sueño, un maldito sueño. Yo puedo acabar para siempre con mis pesadillas. El miedo no ha de paralizarme. El monstruo se carga uno de los pilares del castillo y me aparto para evitar ser aplastado.

—¡Sanguijuela, solo eres una abominación ficticia! —le vacilo.

Da un salto y el castillo entero retumba. Las lámparas se caen y al estrellarse las cortinas de las ventanas se prenden. El fuego avanza y el ser diabólico está derribando las paredes. Me subo a su lomo y, sin piedad, le meto las alicatas en el cuello. Una gran cantidad de sangre se derrama por la superficie y cae muerta. La fiera se transforma de nuevo en Alexia que está en el suelo con las alicatas clavadas en el cuello. Le explico lo que representa y lo dañina que es:

—Tú no eres un ser real, eres una combinación de negación, de envidia, de rencor y de prepotencia. Mereces ser desterrada a millones de kilómetros. Así que no vuelvas o te mataré.

Alexia se marcha del castillo derrotada por mi inteligencia. Se pone a llover y las llamas se apagan.

Los efectos de la droga empiezan a disminuir lentamente, así que les aviso a Aitana y a José.

—¿Qué ocurre? —pregunta José. Corramos antes de que sea tarde. —Ellos saben perfectamente a lo que me refiero.

—¡No! Chicos, vamos a despertar igual, debéis de dejaros llevar, eso es todo.

Aitana me mira con desaprobación.

—¿Funcionará? —Yo le respondo con afirmación.

La vegetación, el camino y aquel sueño astral se van pulverizándose en un mar de confusión. Una vez estamos en la vida normal, me despido de ellos y vuelvo a casa.

Mi padre aparca en el garaje y cierra de un portazo:

—¿Dónde estabas? Te he estado llamando para saber dónde estabas y tú pasando.

Le explico que no lo he escuchado y él me pregunta si he cogido dinero.

—No, bueno, quizás unas cuantas monedas.

—¡Solo unas monedas! ¡Veinte euros! —Su furia me molesta pero no me aterra, le intento convencer de mi cometido:

—Vale, sí, lo siento.

Mi padre no entiende lo mal que lo he pasado. Su enfado permanece.

—¿Por qué y para qué?

Permanezco callado un momento. Sé que si no lo digo, me caerá un gran castigo. No tengo opción, así que lo revelo:

—Vale, vale. He estado drogándome, fumando hierba. —Lloro desesperadamente sin consuelo. Él se cabrea como nunca lo había visto.

—¡Derrochando el dinero a base de mentiras y ñoñerías! ¿Eso quieres?, ¿tirar la fortuna que los abuelos han ido cosechando para que nosotros vivamos como reyes?

Me avergüenzo de veras y sé que de esta no voy a salir. De repente, veo a mi madre enfrente de nosotros.

—¿Pasa algo? —pregunta dulcemente. Le cuento la verdad y le entra la desesperación:

—¡Jakedan, hijo mío! ¿Cómo has sido capaz de hacer semejante idiotez? Tú quieres matarnos. Y los abuelos, pobres. —Ella llora destrozada y con el alma partida en miles de trozos.

Papá me castiga duramente sin salir durante un tiempo indefinido. Me voy al cuarto y me echo sobre la cama. ¿Qué he hecho?

Han pasado tres días. Ayer me apunté al movimiento juvenil de San Francisco, quizá acercarme a Dios será el primer paso. Hoy es sábado, son las tres y veinte minutos. Me despido de mis padres intentando ser lo más educado posible:

—Me voy al Edenfordnato. (¿Edendordnato?)

Mi madre asiente seriamente y mi padre ignora lo dicho.

Al llegar, me encuentro con muchos niños de diferentes edades. Me dirijo a la primera persona que veo. Es un chico alto, musculoso, con gafas y barba.

—Hola, soy Jakedan López, esta es mi primera vez aquí, no sé muy bien lo que debo hacer —digo con sinceridad.

Él me mira sorprendido y responde:

—Soy Josh Gutiérrez, encantado. ¿Qué edad tienes? —Me rio tontamente ante su naturalidad al hablar. Es guapo, sin duda.

—Diecisiete, ¿por? —pregunto con curiosidad, él cambia su expresión liberando su parte divertida:

—¡Porque vas a entrar a formar parte del grupo monitorial!

Me quedo con la boca abierta. ¿Yo, monitor de niños? Si ni siquiera me gustan. No les voy a contar todas mis virguerías .

Entro por un pasillo estrecho. Josh abre la puerta y me encuentro con el resto de monitores. Por el aspecto del lugar, debe de ser el aula de monitores donde programan las actividades y las acampadas. Hay muchísimo material y está ordenado. Hay dos armarios grandes en los que ponen "Primero ciclo y segundo ciclo".

—Voy a presentarte a mis amigos —dice Josh que da dos palmadas y se giran los demás—. Este es Jakedan. A partir de hoy es uno más, así que no quiero que le dejéis de prestar atención en cualquier necesidad que tenga. ¿Está claro? —Ellos asienten.

La tarde termina con gran satisfacción. Voy de camino a casa. He conocido a gente maravillosa: Josh, Azara, Joanno, Ladia, Egan y Holly. Josh es el organizador del grupo, les dice a los otros la hora a la que deben acudir al Edenford, las reuniones generales y los cambios que puedan haber durante el año. Azara es la coordinadora de primer ciclo, está un poco loca pero es muy humorística y te hace reír todo el tiempo. Joanno es el coordinador de segundo ciclo, cada dos por tres hace boberías, es un tanto friki. Ladia pertenece a primer ciclo, es mandona, cosa que le hace divertida y afectuosa. Egan pertenece a segundo ciclo, es el encargado de los aparatos electrónicos. Una de sus virtudes es que es como un peluche, te abraza siempre que te ve. Holly pertenece a primer ciclo, tiene una risa descontrolada, es dulce y siempre desea lo mejor para ti.

El castigo será grande y aburrido, pero lo tengo merecido. El lugar que visité no existe, como dijo Aitana, es producto de la imaginación. Un lugar donde las atrocidades del ser humano se hacen realidad. Una puerta misteriosa encadenada que he abierto con la llave correcta. Si no hubiese probado los porros, esa puerta que tanto se teme y se respeta no hubiera sido abierta. Aitana y José representan el conducto hacia el mundo del descontrol, la vía de escape hacia lo siniestro. Alexia es la forma más representativa del puro egocentrismo, de los deseos infernales de nuestra mente, de nuestros caprichos, de nuestra versión más animal. El barrio de la V y sus habitantes son un patrón de la sociedad actual que existe hoy en día. Tanto adultos o jóvenes pueden caer en un agujero negro del que muchas pocas personas suelen salir. Para poder enterrar el agujero se ha de proceder a la verdad. Cuando se descubra la verdad de los hechos y por qué fueron ocasionados, volverás a ese país que tan bien conocías, dónde la paz, la armonía y la felicidad ocuparon tu mente desde un principio.

Voy a tener que recapacitar mucho para arreglar este desastre, para volver a tener la amistad con Johnny y Mar y para que mis padres me perdonen. El perdón se gana con las buenas acciones del día a día y a eso quiero llegar. Seguiré rivalizando a mis demonios mentales para vencerles, derrotarles y ver la luz.

¿Podré conseguirlo? ¿Podré terminar con mis culpas? ¿Seré feliz? ¿Maduraré y dejaré el pasado mirando a un futuro lleno de prosperidad? El tiempo dirá qué será de mí. Mientras tanto, solo soy pobre chico de corazón púrpura con un cerebro dañado por su egocentrismo.

3 de Abril de 2019 a las 15:59 0 Reporte Insertar 0
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