Naranja Seguir historia

lucy_karstein1554087009 Lucy Karstein

A veces, los pensamientos recurrentes son imposibles de borrar, por más que lo intentes una y otra y otra y otra y otra y otra vez. No es cierto, ¿Lenore Rodrick? Lenore Rodrick es una joven de 17 años que tiene grandes problemas personales: Una familia fanática religiosa, un pueblo de las mismas condiciones, un amor imposible que ha sido expulsado por su sexualidad y además, es sobreviviente de terapia electrochoque. Sin embargo, todo cambia cuando una conocida de su ex- escuela primaria, la invita a una fiesta. -Historia original One-Shot -Participó en un concurso de literatura erótica -Drama,romance,erótico, suspenso, terror psicológico -Temática lésbica -R+18 ADD:Forma parte de una trilogía ganadora del NaNoWriMo


LGBT+ Sólo para mayores de 21 (adultos).

#nanowrimo #lésbico #lesbico #R+21 #unrequited-love #erótico #236 #drama #258
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Naranja

Woodstock, Alabama

9 pm


¿Cuántas veces te has preguntado si aquella persona que llevas años deseando que te note, alguna vez lo hará? Es lo que siempre te cuestionas, Lenore. Siempre, cada noche, cada día, cada minuto de tu vida. La has visto, tan cerca y a la vez tan lejana. Como si fuera alguien ajeno y a la vez tu mejor amiga. La única en el jodido y retorcido mundo.

Suspiras.

Esta noche, hace calor.

Estás en el porche de tu casa, esperando a que una brisa pequeña acaricie tu piel como la nieve, algo que finalmente ocurre; por lo que, tu cabello pelirrojo hace ondas deliciosas. Suspiras y te apoyas contra la puerta mientras sonríes. La bonita mueca en tu agraciado rostro, no llega a tus ojos.

No.

Ella jamás te haría caso.

No hay manera, porque…

Cierras los ojos.

Porque no.

Ya tienes diecisiete años y a pesar de que para a alguien adulto, sigues siendo una niña, tú crees que has crecido un montón. Que has madurado, que te sientes cómoda con tu cuerpo, un problema común entre las chiquillas de tu edad. Buscas a tientas, el vaso de zumo de naranja que está a tu lado, y lo bebes. Masticas lentamente los gajos y juegas con algunas hebras de tu cabello, entrecerrando los ojos. Lames tus labios, para tomar hasta la última gota del néctar que más te gusta. El que, curiosamente, también es su favorito.

Te preguntas, por enésima vez en esa semana, a qué sabrán sus labios.

Quizás a naranja:

Dulce y ácidos, como su personalidad.

Por ahí, has leído que el primer beso siempre sabe a limón. Vuelves a lamer lentamente tus labios y sonríes, ahora de forma genuina; porque estás pensando en ella. Los muerdes. Cierras los ojos. Intentas imaginar que estos son sus voluptuosos labios y tu boca se estira de forma placentera. Así, logras que tus mejillas enrojezcan un poco. Quizás eres demasiado tonta para el resto de la gentuza de Woodstock. Aclaras a tu fuero interno que probablemente se da porque, siquiera has dado un beso.

No.

Sabes, en el fondo, que refrenas a tus alocadas hormonas para esa persona especial. La única que ha hecho que te sea imposible fijarte en alguien más. Tragas con dificultad y te apantallas lentamente. Hace calor pero también sospechas que tu cuerpo ha subido unos cuantos grados centígrados. Escuchas a los grillos cantar dulcemente. Estiras las piernas, eres alta, las formas de tus pantorrillas son tu más preciado íntimo tesoro. A pesar de que a los hombres y a las mujeres les encanta el pecho alarmantemente desarrollado que posees; tú amas esa parte inferior, que pasa por desapercibida.

Vuelves a tomar algo de jugo, ahora tu mente simplemente asimila que así debe saber su boca, si la besaras. Si lamieras sus labios. Si los mordieras. Si los succionaras con ahínco...

No cambias el tema, bebes, sedienta. Aprietas tus ojos, estás al tanto de que esta desesperación nada tiene que ver con la falta de líquido. La quieres o, mejor dicho, tu cuerpo arde por ese sensual anhelo que sientes desde que eras una chiquilla de once años.

De todas las personas que hay en el mundo ¿Por qué ella? ¿Por qué una mujer? Obviamente, a tus súper fanáticos religiosos padres que se consideran verdaderos cristianos, les daría un ataque al corazón de enterarse. Te mandarían a exorcizar o, sin ir más lejos, recluirían en un centro psiquiátrico.

Oh, bueno…

Tampoco es tan alejado a la realidad que has vivido hasta ahora ¿No?

Haces memoria.

La primera vez que la viste con otros ojos, fue cuando apenas rozabas la adolescencia. Mucho antes que eso, la obligaste a cualquier capricho que poseyeras. Estabas al tanto de que ella haría todo por ti, casi ciegamente. Pese a la inocencia que quizás tenías por los ocho años, hasta ese entonces; siempre la habías atesorado como tu mayor y súper cool mejor amiga. La mejor de tu mundo, Galaxia, Universo. Ella ama tanto la astronomía… La admirabas, querías llegar a ser como esa joven, sacar palabras de asombro en otras personas, como siempre logra.

Pero…

Apenas las hormonas empezaron a correr desesperadamente hasta el cénit de tu desarrollo biológico, tan sólo te dedicaste a observar un poco más su rostro. La línea de su cuello. Acariciabas con tus orbes y sin ningún tipo de pudor, su espalda tan esbelta. Tu mirada perversa llegó hasta su trasero, las piernas, los pechos y su intimidad; que no siempre se hallaba cubierta con ropa. Muerdes tus labios. En tu mente, recreas su cuerpo, mientras un suspiro tembloroso, escapa de tus pulmones a través de esa boca rosada y húmeda que ahora sabe a naranja y bálsamo de cereza. Algo pesado se instala en tu vientre bajo. Conoces esa sensación excitante y tratas de ignorarla; como cuando estás rodeada de tus progenitores y no puedes salir volando al ático para…

Tragas con dificultad y te acaricias un poco los brazos, inconscientemente.

¿Qué hacer?

Papá y mamá no se encuentran en casa.

No.

Estás sola, nuevamente.

Como siempre.

De lo que recuerdas luego de cierta terapia, es que el dolor que te provocó saber que se iba con una chica a otra ciudad; fue terrible. Bajaste tanto de peso que tus padres creyeron que sufrías anorexia. Te prohibieron volver a verla. Decían que ella era una enferma, que te llevaría por un pésimo camino. Nada volvió a la normalidad. Hasta le pusieron la perimetral. Inclusive, has tenido que aguantar preguntas desubicadas de la policía, padres preocupados y el imbécil del jefe de la comunidad religiosa, o sea… Tu progenitor.

“Lennie, ¿Alguna vez tocó tus pechos, besado, masturbado o propuesto algo indecente contra tu voluntad?”

Gritabas, sumamente furiosa:

“¿Quién mierda se creen que es ella? ¡Jamás haría algo tan terrible, enfermos!

… Pero no sabías si era porque temías terriblemente a que descubrieran tus pensamientos, por tus deseos frustrados y marchitos o las ganas de alejar cualquier problema que tambaleara aún más, tu amadísimo Status Quo.

A José le costó mucho mantenerte estable.

José, ese hombre que apareció caído del Cielo para ayudarte en tu desarrollo metacognitivo, luego de la terapia que se llevó consigo los recuerdos más valiosos. José, tu mejor amigo, luego de todo este caos. José, el único que quizás entiende por lo que pasas. Sus ojos cafés suelen traspasar los tuyos, heterocromáticos; cada vez que están solos en una larga sesión psicológica. Él te ha abrazado cuando le confesaste que la amabas y no como deberías puesto que… Pero que también dudas de esto porque te sientes extraña y ajena a todo... En especial, de este presente que parece tan extraño ante ti. Entiendes que hay cosas que se te escapan, se deslizan como peces resbaladizos y huyen para ampararse en el oleaje del mar.

Nunca quisiste ser honesta contigo misma porque sabes, realmente estabas muy segura, de que la espiral te arrastrará hasta hundirte en la más terrible humillación. Mirar a alguien que no te pertenece como lo hacen los amantes; ni por asomo, es una amistad sana.

Pertenecer como algo romántico, repites.

Siempre la has amado. Siempre has deseado con asfixiante fervor, cada uno de sus abrazos. Siempre deseaste acariciar su cabello y aspirar su dulce perfume; uno que le comprabas con tus cuantiosos ahorros cada vez que te contaba triste, que se le acababa. Le regalabas uno para Navidad y ella devolvía el gesto. La chica decía que era su favorito, sonreía de forma encantadora antes de llevarte a su pecho en un apretón intenso… Y besar tu frente con todo el amor del mundo.

Tu corazón, siempre se hinchaba de pura felicidad.

Le devolvías el abrazo. La mirabas encandilada ante sus ojos tan preciosos de color amarronados, casi miel y a veces verdes. Sus caninos te llamaban mucho la atención; a ella le quedan preciosos. Sus pecas en el rostro se posaban justas y necesarias en las bonitas mejillas. Recuerdas que mordisqueabas tus labios, como deseando algo más. Luego, caían en cuenta de que estaban rodeadas de sus familiares y conocidos. Sabían que su trato jamás fue el más normal, para ponerlo en una palabra concisa; por lo que se soltaban y sonreían. Tú, completamente incómoda. Ella, con un sonrojo arrebatador.

Suspiras y contemplas hacia la noche oscura y estrellada.

Pese a tu estado oficial y actual de una excitación galopante, una lágrima cae de tus ojos. La extrañas. Desearías que las cosas fueran tan diferentes. La próxima lágrima se la lleva el viento y sonríes, al vacío. El campo de hierba crecida se mece con la brisa, tu vestido blanco tan bonito; se alborota. Abrazas tus piernas, las llevas contra tu pecho. Apoyas la cabeza y suspiras. Hipas suavemente. Miras nuevamente hacia las estrellas, como buscando una especie de respuesta que jamás tendrás. Porque no hay ninguna para lo que tú estás pasando.

No sabes a dónde se han ido.

No tienes su dirección.

No tienes idea de si este amor alguna vez fue mutuo.

Tus padres se han ido de viaje, si tuvieras su número; podrías hasta llamar e invitarla a que venga a verte; le explicarías con vehemencia la perimetral es la medida más imbécil del mundo para apartarlas. Agradeces a todos los dioses, que tengan tan poco intelecto. Sin embargo, reconoces que probablemente está viviendo en otro estado. A su novia, que tanto quieres, porque las tres eran amigas y crecieron juntas; realmente no deseas decepcionarla. Sabes que esa joven está al tanto de tus sentimientos no correspondidos. Al principio, era incómodo, pero luego se volvió banal. Después de todo, fue la que ganó su amor, desde el inicio de la partida. Desde aquél beso en el hospital que presenciaste cuando creían que estabas dormida…

Sacudes tu cabeza.

No quieres pensamientos negativos.

Te levantas y das una caminata en ese campo solitario hasta el enorme enrejado que marca la propiedad de los Rodrick. La estela de la Vía Láctea, se extiende de punta a punta. Las galaxias y las constelaciones eran su pasión y lograste memorizarlas todas, para tener un nuevo tema de conversación con ella. Siempre te has esforzado por mantenerla a tu lado; pero no puedes obligar a alguien que se quede para siempre.

No hay ningún vecino en unas cuantas millas. Acaricias nuevamente tus brazos. Esa pesadez terrible de tu abdomen bajo sube y se instala en tu pecho. Deseas tan fervientemente sentirte amada de verdad, aunque sea una sola vez.

Miras el gran firmamento azul, con una suave curvatura en tus rosados labios. Ya hace mucho tiempo que tu corazón dejó de arder. La verdad es que has desistido hasta de anhelar mantenerte viva. Tragas dificultosamente y las lágrimas amenazan con hacer su especial aparición, cuando menos lo deseas. Al menos, la calentura ha bajado unos cuantos grados. Siempre es un buen regulador corporal, eso de conmemorar lo poco atractiva que le resultas y que nunca has tenido suficientes oportunidades con ella.

Pero, ¿Cómo las tendrías si…?

Sacudes la cabeza.

No.

Enfócate.

Como si fuera una especie de llamado de los dioses más distantes de esta galaxia; llega un mensaje a tu móvil. Frunces el entrecejo. Tú no tienes amigas. Conocidos. Nada. Sólo tus padres poseen tu número, por lo que, obviamente, no reconoces al emisor. Pero, curiosa, abres el mensaje. A lo mejor es la compañía telefónica ofreciéndote un nuevo descuento.

“Soy Miriam. ¡Ven a casa, es una pool party! ¡Te esperamos!”.

Cierto. Esa chica era la compañera de clases de.... Nunca han tenido la mejor relación, pero siempre que puede te saca conversación. Tiene un claro interés en hacerte sentir bien pero desde hace tiempo sospechas de que hay una doble intencionalidad en cada una de sus acciones y preguntas espaciosas. No crees que te considere su amiga.

¿No?

Sucede que todo lo que ocurrió, no pasó por desapercibido. Para este atrasado y distante pueblo, enterarse de que tu secreto objeto amoroso, es lesbiana, fue terrible. Has sido la primera implicada en el tema, la gente al principio te ignoraba y evitaba como si te trataras de una nueva cepa de la lepra. Todos entendían que la amabas más que lo normal mas, cuando confirmaron que estabas por el buen camino; el pueblo entero –hasta el imbécil que menos te conoce– se relajó. No sólo tus padres las ahuyentaron. Todos colaboraron para ello. Sin consultar en tus sentimientos. En tu dolor. En tu desdicha. En que bajaras exageradamente de peso. En que cortaras tus muñecas con saña, usando cualquier objeto corto-punzante, en algún momento que decidías hacerte de la gran colección de licores de padre. En que no pudieras levantarte por días enteros de tu cama. En que te vieras envuelta en una crisis de identidad y depresión a tan corta edad.

La casa de la chica no está lejos. Vuelves a la tuya, tomas las cosas necesarias y vas directo. Tienes tantas ganas de olvidarte de todo. Pese a que tus padres creen que sueles usar un traje de baño enterizo, tienes escondida en un fondo falso, una bikini que poco deja a la imaginación. Necesitas impresionar a todos los invitados, tomar alcohol como una esponja y quién sabe, quizás tener sexo salvaje con algún idiota que se te cruce, con el triste fin de reafirmar tu tan embustera heterosexualidad. Estás decidida a terminar estas reflexiones tan dolorosas y pensar más en ti. Ella jamás fue consciente de lo que sentías cuando dijo que marcharía con la amiga de ambas. Comiste tus lágrimas y sonreíste, deseando lo mejor para ambas. Con ese amor fallido que tuvo, escuchaste sus inseguridades. Las apoyaste incondicionalmente, a pesar de que la chica era una hija de puta que le rompió el corazón y toda su vida, te odió con justas razones. Has limpiado su rostro cuando esa Laura, inicialmente la rechazó, por miedo al qué dirán. Más tarde, vinieron los secretos; palabras y pensamientos que compartió contigo. Presenciaste sus abrazos y besos, cuando estaban solas en casa. Las descubriste en medio de una fiesta familiar; en tu habitación. Laura la desnudaba lentamente entre gemidos, besos y…

Cuando Mandy se ofreció en cuidarla apenas la echaron del pueblo, entendiste que sólo había un ticket de ida.

Ahí es donde debiste besarla…

Decirle tus sentimientos…

Tratar de mantenerla contigo…

Pero ella era su fuente de felicidad, así que la empujaste a armarse una vez más de valor. Mientras esto ocurría, tú la observabas marcharse, como una madre feliz que ve a su retoño alcanzar las estrellas de su sueño más anhelante y persistente.

Basta.

Es hora de avanzar.

Casi furiosamente, caminas la distancia entre las casas y llegas a la fiesta. La música está a tope, te encuentras con un par de compañeros. Esos chicos abren sus ojos de par en par y les sonríes, coquetamente. Cierto, has dejado la educación escolar, para recibirla en tu espaciosa y solitaria mansión. Hace muchos meses que no veías sus patéticas caras. Las chicas populares están sobre la piscina, cuidando estratégicamente de lucir sus bellísimos cuerpos y, en simultáneo; no mojarse lo suficiente. Sólo son la carne de exposición; los hombres jamás podrán probarlas, a menos que ellas lo dispongan. Sonríes. Te gustaría tener la misma confianza esas chicas. Bueno, la tienes, sólo que…

Las jóvenes, sorprendidas de verte ahí, te saludan con la cabeza; pese a que no perteneces a su selecto y elitista círculo. Es normal, nadie se interesa una perdedora como Lenore Rodrick. Sólo son amables, porque eres la hija de uno de los tipos más influyentes del pueblo. Se trata de crear máscaras y creerte el papel que representas.

Nada más.

Llegas a un excusado, te cambias y pones el traje de baño. Cuidas que no revele demasiado tus pechos, y usas un pareo bonito que compraron la última vez que has ido a la playa con ella, cuando tenían entre doce y trece años. Sonríes al reflejo, mientras recoges tu cabello, el cual cae con bucles preciosos por encima de tus esbeltos hombros. A todos les llama la atención que seas naturalmente pelirroja. Pese que siempre dijeron cosas poco afortunadas, como que atraes la mala suerte; sabes que es envidia. Eres hermosa. Siempre que puedes, inspeccionas obsesionadamente tu cuerpo desnudo y ese increíble rostro; tan perfecto y equivalente como el...

Sales del baño, la dueña de casa está tirada en el sofá con uno de los chicos populares de otra escuela, besándose salvajemente. Ella está sobre él, se mueve sensualmente; el tipo no entiende su suerte. La verdad, es que ambos se odian profundamente. Sonríes y reprimes una risita al pensar el escándalo que será cuando al día siguiente, note con quién se acostó. Intentas pasar por desapercibida, mientras vas al centro de la fiesta. Los chicos y las chicas están ahí. Quizás encuentres a algún idiota para abrirle las piernas y olvidarte de ella. ¿No? Sirves jugo de naranja, te cercioras de que no tenga alcohol y lo bebes, mientras bailas ensimismada, en el lugar. Alguien te habla, una de esas chicas populares, la más guapa de todas. Resalta del resto, tan ario, tan rubio, tan good ol’ yankee; porque es asiática. Se llama Karin Misono. Toma tus manos para pasar un buen momento y le sonríes, tímida. Te mantienes quieta, agradeces la sutileza y le pides que vaya con alguien más. Karin se marcha, pero hace un gesto triste con su rostro. No entiendes por qué. Intentas buscarla, pero ha desaparecido. Antes de que pudieses preguntar a su hermana mayor que está con Purity Lancey, la Abeja Reina del Instituto de Vestavia Hills, a dónde se ha ido; un chico se acerca. Sonríes, desganada. La verdad es que a ti, ninguno te agrada. Ni siquiera como personas. Son egocéntricos, snobs y bastante machistas.

Niegas con la cabeza.

Suspiras, ves a un par de parejas besarse, acariciarse con lentitud, furtivamente. Reconocen sus cuerpos adolescentes; bajo del agua. Piel con fiel, entre roce y roce. Risas. Gritos eufóricos. Alcohol. Baile. Drogas. La fiesta es todo un éxito. Y Miriam, la dueña de la casa; probablemente tendrá una buena noche con su enemigo declarado, del que todos tienen conciencia de la tensión sexual que hay entre ambos desde el momento cero.

Tú… Bueno, la verdad es que te da igual.

Sólo no quieres pensar en nada más.

Pensar…

En ella.

–Oye, ven a bailar. –te susurra un chico, que no conoces. Te ofrece una bebida que parece rica, huele a manzana. El vaso está decorado con una rodaja de limón y una sombrillita de color rojo. Su color. Pero sospechas, así que la rechazas.

–No, te agradezco. De verdad. –intentas no parecer tan grosera y desaparecer, pero él te toma del brazo, firme. Te hace daño su agarre. Clavas tus ojos en su estúpido rostro y frunces horriblemente el entrecejo.

–No puedo creer que seas tan mojigata. –ríe. Sudas frío. – No te hará nada un poco de alcohol. –él, ahora que recuerdas, su nombre es Joshua; directamente pone el vaso en tus labios. –Bebe, tonta. Diviértete conmigo. Prometo ser gentil, Rodrick. Más de lo que fui con Justine.

Por un momento, piensas “¿Por qué no?”. Pero rápidamente, recapacitas.

Porque NO.

Ese tipo es desagradable; se trata de la peste bubónica en persona. Justine… Por fin alguien ha dicho su nombre que no es más que mala palabra en el pueblo, luego de tanto tiempo. Y recuerdas, entonces que él tenía algo que ver con ella. No lo haces bien, pero entiendes que quiso besarla en un cine y se negó. Tomó tu mano y se alejaron juntas de ahí. ¿Por qué venía esto ahora a tu mente? Oh, cierto… Porque ese fue el momento en el que ilusamente creíste que te prefería del resto de las personas que tanto la atesoraban y envidiaban…

Intentas alejarte, pero Joshua aprovecha que la gente se encuentra bailando y te empuja hacia su cuerpo. Notas con claridad algo duro en tu cintura y te alarmas.

– ¿Qué…?

Con la multitud de cuerpos como resguardo y de forma desagradable, te toca los pechos, debajo del corpiño del traje de baño. Tus ojos se agrandan, alarmados. Tu pulso se dispara. Los nervios y la intensa bronca, nublan tu raciocinio.

–Goza un poco de lo que esa asquerosa lesbiana no pudo darte…

Te separas de golpe y le das un fuerte empellón. El tipo cae sobre alguien más, dentro del piletón. La gente te mira sorprendida, algunos se ríen. Tú cubres tus pechos con los brazos, trémula. Escapas antes de que ese animal inmundo salga de ahí y te dé tu merecido. Estás furiosa, humillada. Intentas refrenar el temblor de tu cuerpo y las lágrimas de la tirria. Alguien se acerca para preguntar si te sientes bien. Es Karin, la chica de antes; pero la llevas por delante y huyes hacia la casa. Intentas refrenar la angustia, te sientes culpable de que la has ignorado de nueva cuenta: Karin intentó que te sintieras cómoda desde que llegaste aquí. Quizás es con ella que deberías tener tu primera vez ¿No? Sería tan fácil, todos saben que tiene un secreto enamoramiento contigo desde que son niñas.

Pero quieres huir.

Necesitas no ser nuevamente el jodido centro de atención. Tus pulseras esclavas hacen un ruido metálico, mientras continúas corriendo sin ningún tipo de dirección marcada. Todo está casi a oscuras, tratas de no pensar en lo ocurrido. Esta casa te trae malos recuerdos y un sentimiento horrendo de inseguridad. No entiendes por qué ni qué es… Sólo…

Aún sientes ese roce repulsivo en tu cuerpo, como cuando….

Llegas a uno de los pasillos más angostos que da a la habitación de los padres de Miriam e intentas retomar el camino para disculparte con Karin; pero te topas con alguien. Chocas. Te tambaleas y caes al suelo. Más deshonra, por si era poca.

–Lo siento…

– ¿Lenore?

Reconoces la voz al instante.

No.

No puede ser real.

Esto tiene que ser una jodida broma.

Tus ojos salen de sus órbitas.

Lentamente, miras hacia arriba y te encuentras con ella. Con la persona que has querido desesperadamente evadir al venir a esta fiesta de reverenda mierda. Das unos pasos hacia atrás y la observas sin poder creer en lo que ven tus ojos. Tu mano apenas puede sostenerte del barandal de la escalera.

–Tú…

–Miriam me invitó.

–No… La perimetral... Espera… ¿Qué haces aquí? ¿Miriam? ¿De qué hablas…? ¿Te has vuelto loca? Todos saben de ti. ¡Todos!

–Probablemente este pueblo no es tan de mierda, como parece. –se encoge de hombros. Puedes notar la inocencia de su mirada. Mas tú has escuchado lo que esa Miriam dijo y cómo se burló del objeto de tu amor, con sus santurronas amiguitas.

Hasta les has puesto motes o mejor dicho, todo el instituto lo murmuró durante años: El Squad estaba conformado por la Abeja Reina Purity Lancey; la vanidosa y Segunda al Mando, Miriam Williams; la Zorra Oriental Jazmín Misono, la Reina de Hielo Alice Biel y la Dulce Traidora Melody Lamarck… ¿No?

Recuerdas muy bien su alegría de que se mudó, ya que así no tendría la oportunidad de seguir convirtiendo al lesbianismo a más chicas incautas. Lo dijo como si la orientación sexual se tratara de un superpoder de un anime famoso de los años ‘90. De hecho, el padre de Miriam fue uno de los tantos que preguntó si sufriste abuso sexual de su parte y hasta se ofreció libidinosamente a quitarte las dudas sobre tu orientación.

Por cierto…

Él fue quien…

–No. Justine…. –pronuncias su nombre por primera vez en tres años. Hoy parece ser el día que todo el tiempo la mencionan ¿No? Pierdes la partida y tus ojos se llenan de lágrimas. –Ellas…

–Vine para verte. –susurra, con honestidad. Su rostro sufre una transformación, su sonrisa es muy dulce.

Te largas a llorar y tanteando el aire, te aferras a ella. Tu cuerpo tiembla hasta la última célula. Notas que es mutuo. La chica te empuja contra sí, pega sus fisonomías semidesnudas. Acaricias la espalda, casi temiendo con tu vida de que se esfume como siempre. La vuelves a mirar profundamente, mientras las lágrimas no frenan de caer de tus ojos tan bonitos. Ella besa tus mejillas y va a tu frente, con todo el amor que ese ángel puede profesar.

Finalmente, se enfrentan y vuelve a besar tu coronilla, acariciando tu rostro con amor. Con ese cariño que siempre te dio, desde pequeñas y tontamente lo has confundido con algo más.

–No te arriesgues así…

–Me importa un carajo. Miriam está tan borracha que no tiene ni idea de a quién está a punto de cogerse, a pesar de que intenté frenarla. Es el momento de ponernos al tanto, necesito contarte cosas y ellos están de vacaciones hasta mañana. ¿No? ¿Por qué no aprovechamos esta suerte? –toma tu mano, entrelazando gentilmente sus delicados dedos con los tuyos. –Extrañé a mi Lenore Rodrick ¿Sabes? Más que nadie en mi vida. –Su voz se quiebra.

Sabes que no deberías preguntar esto, pero las palabras se disparan antes de tiempo.

– ¿Y ella?

– ¿Quién?

–Mandy Clark…

–Oh… Ella… –se ríe entre dientes. Sus ojos te miran con un sospechoso soslayo antes de apretar la mandíbula. Los labios tiemblan ligeramente. –Digamos que prefirió seguir su camino, Lenore...

– ¿…Te dejó?

Se aclara la garganta, incómoda.

–…Creo que es obvio.

– ¿…Por Will? ¿Otra vez? –apenas la voz sale de tus cuerdas vocales. Justine asiente, más embarazosa, si es posible. – ¿Y Laura?

Si antes habías pisado en falso; ahora te has ido al carajo.

La notas mosquearse.

– ¿Qué tiene que ver esa zorra en todo esto? Ella está con una compañera de sus clases de arte. Así son las cosas, supongo. –vuelve a encogerse de hombros, juega con tus bucles perfectos.

–Cierto… –retomas. –Mandy es mayor que nosotras –Susurras quedamente, sientes su dolor como algo propio. Intentas disculparte, pero ella sonríe, despejando sus lágrimas, con maestría. Sus ojos siguen brillantes, al igual que esa sonrisa, absolutamente rota.

–A ti te lleva casi siete años, corazón… Pero no hablemos de eso. No tiene caso y la verdad es que nada sirve remover el pasado. ¿Si? –acaricia de nuevo, amorosamente tu agraciado rostro, cierras los ojos, con absoluto relajo. Sus ojos siguen mirándote con ese fuego que recuerdas. Percibes su dulzura, como si fuera un inofensivo roce visual. Tiene el mismo perfume de siempre, ese que has guardado por tanto tiempo en el espacio más íntimo de tu memoria. – Oye, Lennie, mi amor… ¿Nos vamos? –insiste e intentan escapar rápidamente de la casa, luego de haber recogido sus cosas.

Se encuentran en el camino con el idiota que te manoseó; quien intenta acercarse. Es peor que un tábano, no deja de insistir. Tomas la primera piedra que has hallado entre los matorrales, para revoleársela, por vuelve a violar tu perímetro personal. Pero no necesitas mucho para apartarlo. Ella se interpone y por alguna razón, intuyes que Justine presenció todo. Aprieta su mandíbula. El desprecio que destila, realmente es intimidante. Joshua mira sus manos unidas y hace un gesto de fastidio. Las repudia con los ojos e intenta ir con sus amigotes buenos para nada, todos son unos abusadores de menores declarados. Por supuesto que el idiota este necesita sentir segura su apaleada hombría. Observas de refilón a Justine, ella tiene los labios finos y lo enfrenta fríamente.

– ¿Qué mierda haces acá, Joshua?

–Debí imaginarme que me rechazaste por esa puta... –espeta con más desdén, sabes que escupe el veneno para no quedar en el ridículo que ya está sumergido. Iba a continuar con su monólogo, aunque te envalentonas y le revoleas esa piedra. El tipo vuelve a dar contra el concreto y miras al resto de la gente de la fiesta. La mayoría se está riendo de lo que has hecho.

Hasta sus amigos.

Te aplauden.

Estás furiosa.

Nadie lastima a Justine y sale impune: La protegerías así te costase la vida.

– ¿Alguien más quiere meterse con Justine y conmigo?

Todos miran rápidamente a otro lado, las risas acaban, la música queda de fondo y por primera vez en la vida; te sientes omnipotente. Intentas que la risa socarrona no brote de tus labios. Justine te tironea y se esfuman al fin, de ese condenado lugar. Terminan caminando lentamente hasta casa, como si los tres años que estuvieron apartadas, pertenecieran a tus peores pesadillas.

Cuando abres la puerta de tu casa, ella te sigue detrás. La dejas sentada en el sillón del comedor, mientras vas por un delicioso zumo de naranja. Justine quiere ayudar, ya que extrañamente conoce la casa a pesar de los grandes cambios que le han hecho; pero la convences de que es tu invitada y con un adorable mohín en su rostro; te hace caso. Te sientas a su lado, cuando vuelves y le das un plato de galletas con chispas de chocolate, sus favoritas. La chica las come con una sonrisa. Siempre fue de alimentarse como por cuatro o cinco personas y de mantener un cuerpo maravillosamente delgado y esbelto. No han encendido la luz, quizás por miedo de mirarse a la cara y enfrentar a la descabellada realidad. Sin embargo, vuelves a tu viejo hábito de acariciar ese bello rostro con los ojos. Te observa de sopetón, al caer en cuenta de que no le quitas de encima la mirada. Sus ojos chocan un largo momento. Al encontrarte in fraganti, tus mejillas se calientan, abres la boca, diriges tu visual a otro lado de la habitación y rascas con incomodidad tu cuello. Incluso emites una sonrisa tonta. Notas que ella ríe despacio y por lo bajo, con timidez.

Justine toma tu mano, entrelaza los dedos; te sobresaltas. Te sonríe. Ahora, sus dedos acarician lenta y suavemente, tu brazo.

–Estás demasiado delgada. ¿Te has estado alimentando bien? –pregunta, mirándote por primera vez en la noche, sin su adorable sonrisa.

–No te preocupes…

–Miriam me ha dicho lo que sucedió. –suelta. Las palabras parecen saberle asquerosas, por el gesto de enojo y el ceño comprimido. Tú, te aclaras desesperadamente la garganta, ya que a una miguita le pareció divertido irse por el otro conducto.

–No pasó nada…

Ella chasquea su lengua y aprieta el vaso con sus manos.

–El tipo te abusó sexualmente, Lenore. ¿Cómo osas decir que no pasó nada? Casi te violó para demostrar que eras heterosexual. Te obligó a que gimieras de gusto para comprobar esa mierda. –Justine golpea la mesa con furia, la vajilla tiembla peligrosamente y el vaso de jugo, vacío, se raja. – ¿Sabes lo que es no poder acercarme a darle su merecido a ese enfermo retorcido hijo de…? –por primera vez en mucho tiempo, la máscara cínica, juguetona, inocente y frívola se esfuma. Las lágrimas caen por sus mejillas y curva sus rosados labios hacia abajo; es una mueca de verdadero dolor. Te lleva contra sí, mientras besa tu cabello. Acaricia tu espalda, sientes un escalofrío diferente. Este roce te agrada, lo has deseado por años enteros; complace y da calor a los lugares más fríos de tu mente que fueron constantemente heridos por gente que te usó siempre para sus deshonestos propósitos. –Me enferma saber que tenías dieciséis años, Lenore. Con tu silencio y timidez, seguramente ellos creyeron que no sabías lo que te hacían. Cuando Miriam me contó esto, enloquecí. Me sedaron y casi internaron, porque quería prender fuego este pueblo de mierda. Estos desquiciados… – escuchas su llanto desgarrado, las palabras ya se han vuelto inteligibles por completo. Ella entierra su rostro en tu cuello, percibes las cálidas lágrimas mojar tu piel, tu cuerpo suda por el calor del apego.

–Jus…

Toma aire, de forma profunda.

–Mientras yo estuve a punto de revolcarme con Mandy, tú estabas viviendo una pesadilla horrenda por culpa de Sammuel y su puta afición a la terapia de electrochoque. Luego de lo que Williams padre te hizo, caíste nuevamente en depresión. No sabes la culpa que me da todo esto. Tuve que esperar a que se fueran de viaje, para acercarme y hablarte cara a cara sin interrupciones. No sé qué pensarás de mí, te has alejado de todo el mundo… Me tardé tanto… Tanto… José me dijo que me anduviera con cuidado, las pastillas apenas me hacen efecto y…

–Pero… Miriam…

–Ella fingió todo este tiempo, tonta. Cuando se enteró lo que te hizo su padre, era demasiado tarde. Recuerdo que me llamó a las tres de la madrugada, llorando a mares. No tiene nombre. No lo tiene… –susurra, apenada. Ha dejado de llorar, sigue temblando; sus dedos continúan una cadencia lenta por tu cuerpo y brazos. Toma tus manos y besa vehemente las muñecas, que sueles esconder con pulseras bonitas; para cubrir esos momentos de locura y deseos de no seguir viviendo. El primer psicólogo te reprendido, alegó que sólo pretendes llamar la atención, pero sabes la verdadera razón de esto. José, tu amado José; sí lo comprendió. Él mismo dijo que no hay libro de psicología o psicoanálisis que comprendiese tus sentimientos reales. Tu piel se eriza al percibir esa boca mojada, fría y tierna; muerdes tu labio inferior y cierras los ojos, rezando porque no vea tus gestos para nada inocentes. Curvas los dedos de tus pies. –Lo siento, Lenore. Quisiera que me perdonaras pero sé que no lo merezco. Tu perdón… O aunque fuese, un poco de compasión… Yo provoqué todo esto… Yo…

La abrazas y la aprietas contra tu pecho. Olvidas que están comiendo. Sólo te acuestas en ese sillón, donde cada sábado, miran películas divertidas en familia. Ella está encima de tu cuerpo, escucha con claridad el acelerado latido de tu corazón pero ya no importa. Puedes excusarte con que aún estás sorprendida de todo lo ocurrido, que apenas te adaptas al hecho de verla, luego de tres años. Las mentiras piadosas siempre fueron tus mejores aliadas. Acaricia tus brazos, con sus uñas prolijas y al ras. Cosquillea tu piel. Tú observas el techo de la casa. Lames tus labios y suspiras una vez más. Tus dedos juegan con su cabello lacio pero rebelde, unos cuantos centímetros más largos.

En algún momento, ella se incorpora un poco.

Sus ojos que antes estaban llenos de lágrimas, recorren tu rostro lentamente. Tú haces lo mismo pero también le sonríes, como intentando darle un poco de ánimos. Ella no imita tus movimientos. Aparta lentamente tu cabello del rostro y besa la frente. Suspiras. No sabes si es por decepción o de gusto. Quizás son ambas cosas.

–No tengo rencores contra ti, idiota. Relájate. –intentas susurrarle con una sonrisa, pero ella está absorta, mirándote directo a los ojos. No hay ninguna mueca, sólo una mirada firme y ardorosa. Tu corazón vuelve a dispararse, las extremidades de tu cuerpo hormiguean por la situación tan insólita e íntima. Para despejar estos pensamientos embarazosos, a sabiendas de que si esto sigue así terminarás arrepintiéndote; susurras tu último recurso, sincerándote inconscientemente. –Después de todo, eres mi amiga, Justine. Jamás te tendría bronca… No podría…

Notas que sonríe de costado, chistando con muy poca delicadeza. Un gesto que madre siempre lo tomó como algo rebelde y maleducado.

–Sí… Amigas

Miras a otro lado, la verdad es que ya no sabes qué evasiva poner para dejar de sentirte así de acorralada por esta chica que atesoras tan ardientemente. En algún momento, vuelves tus ojos hacia los de ella. Justine sigue sonriendo ladina, sus labios tiemblan con suavidad. Acaricias su rostro con las yemas de tus dedos trémulos e indecisos. Intentas tomar aire. La notas suspirar, sus caninos brillan contra la luz de la luna; cierra sus ojos, ensimismada por la sensación de sus pieles en plena e reflexiva comunicación.

A la mierda.

Acercas a la chica contra ti, para besarle los labios, con un poco de timidez. Es un toquecito suave, rápido; demasiado puro. Se separan un poco, tragas dificultosamente, a medida que sientes que tus mejillas empiezan a arder sin pedir permiso. Tu estómago se encoge placenteramente y ahora, haces una mueca erótica. Ella acaricia de nuevo tu cabello y sonríe mientras las lágrimas vuelven a la carga, con más caudal inclusive.

Quedan un largo segundo contemplándose en silencio.

Inconscientemente, lames tus labios.

Sin aviso, sin necesidad de palabra mediante, te besa con desesperación. Azota, impetuosamente, ambas manos contra el sillón. Su cuerpo se mueve insistentemente contra ti, mientras sin pensar claro, le abres mejor las piernas para darle más espacio. Te arqueas, pones sus intimidades en contacto, no desunen sus bocas. Su lengua serpentea por tus labios, acaricia los dientes, antes de que le des absoluto pase para que haga lo que desee, derrotada. Busca la tuya, insistente, mientras sus dedos siguen jugando con tu cabello. Tus ojos la contemplan, como los suyos a ti, los cuales parecen hasta sonreír. Sigue acariciando y explorando tu boca. Te enseña cómo es que besan las chicas grandes. Toma tu lengua con sus labios, la succiona sin cuidado o delicadeza; la pasión continúa su erótico e interminable monólogo. Tu casto sollozo rebota en el ínfimo espacio entre sus cuerpos y las paredes de la mansión. Todo empieza a elevarse de temperatura y tus manos despeinan las rojas hebras de la chica, en una cadencia carnal. Masajeas con tus dedos, el cuero cabelludo. Notas que gime contra tu boca, una vez que retomó a besarte de forma más gentil.

–Justine…

Te toma de la mano para incorporarte con torpeza del sillón y te abraza fuertemente. Crees que es el momento de inventar una increíble excusa que salve tu sagrado culo de esta.

Lo has dado todo…

Y huirá…

Como siempre.

Pero, fuera de todo pronóstico, lentamente y con una sonrisa bastante irreconocible y perversa; te lleva contra la pared. Vuelve a besarte. Sus estaturas, luego de tu último estirón, son bastante parejas. Interpone una de sus rodillas, aprovechando que llevas aún, el traje de baño debajo del vestidito de hilo.

–Estás muuuuuuuuuuy mojada… –te susurra, con una voz profunda y ronca, ajena. Ríe pícaramente. Tu sangre sigue hirviendo debajo de la piel, a punto de bullir. Te sofoca tanto que gimes ahogadamente, cuando ella sigue friccionando con insistencia, tu intimidad. Usa todo su muslo. Tu cuerpo se ha convertido en una masa erógena candente. Deseas que te haga gemir y gritar del más primitivo y salvaje goce, toda la jodida noche. Acaricia tu cintura, te aprietas contra su cuello.

Ya eres pura lava.

Intentas musitar algo ordene esta locura, pero todo se queda atascado y muerto…

–Jus….

–También te amo. Siempre lo hice, estúpida. –susurra, su voz tiembla. Apoya sus frentes, y observa tus ojos, otra vez. Tu mundo da vueltas. Ahora sí, le dices adiós a tu amado Status Quo, si es que queda algo así. Ya es inútil… Y el primer psicólogo se puede ir a la mismísima mierda. Jamás le ha errado al diagnóstico que te dio. Fingiste superar tu enamoramiento, para que te diera el alta de una jodida vez. Nadie comprendería lo que te pasaba… No habrá jamás una persona que esté en tus zapatos. Salvo José. El Eterno José Santos, tu Salvador, tu único Padre, porque el real; es un asco de persona. –Siempre lo hice… Pero…

-Lo entiendo…

-¿S…Sí?

Claro que lo haces.

–Nos van a matar... –muerdes tu labio inferior. Ella se ríe. Respondes, sonríes de costado. Imitas su típico gesto.

–Heh, y me importa una mierda.

–Idiota…

Entusiasmada, enroscas tus largos brazos alrededor de ese esbelto, largo y bronceado cuello. Vuelve a buscar tus labios con los suyos, la simple respiración cálida contra tu piel trémula, hace que te derritas sin tregua.

Se frena de golpe y te contempla, seria.

– ¿Entiendes lo que estamos por hacer…? ¿Verdad?

Pones los ojos en blanco, una risita nerviosa brota de tus labios.

¡Por el amor de Dios!

¡Claro que lo sabes si todo tu cuerpo tirita por más!

–Tengo diecisiete años, pero no soy una idiota, Jus… -te interrumpe, con un beso ardoroso y sensual. Vuelve a apretarte contra la pared, mientras acaricia con su cuerpo, el tuyo. Sus pechos se rozan, notas que los pezones se han erguido. Los sientes, las telas del traje de baño y del vestido, molestan. Y percibes que ella pasa por lo mismo, porque notas cierta dureza en sus senos, que envía unas ondas de opresivo y puro regodeo. Cierras los ojos, mordisqueas un poco sus labios y los succionas, para no demostrar tu inexperiencia. No obstante, vuelve a separarse, en medio del beso.

– ¿Quieres…?

Levantas una ceja.

– ¿Enserio lo preguntas?

–Sólo quiero que sea consensual… –se encoge de hombros.

Vuelves a poner los ojos en blanco.

-Justine ¿Acaso tengo que masturbarme y rogarte para que me atiendas sexualmente como se te dé la regalada gana?

Ella se ríe y por raro que parezca, te toma de la mano y arrastra hasta por el living. Corren animadamente escaleras arriba. Cierra la puerta, se sienta en una silla, aquella que era su favorita. La conservaste aun cuando la tiraron a la basura; luego de que tus padres vendieran los muebles viejos de la mansión y la refaccionaran por completo. Era para que no recordaras nada de ella. Una estrategia del estúpido primer psicólogo. Cruza sus piernas. Intentas acercarte pero ella niega, con una sonrisa maliciosa, entornando sus ojos.

–Quiero que cumplas tu amenaza.

–Eh… –silencio. – ¿Eh?… -sonríe anchamente, entrecierra sus ojos que parecen brillar de felicidad. – ¡¿Eh?! –tus mejillas arden.

Justine intenta no reírse de tu cara descompuesta por una turbación del tamaño del mismísimo Imperio Romano.

–Quiero que te toques para mí.

–Jus…

–Soy la mayor de ambas… Así que me aprovecharé… –revolea los ojos juguetonamente. – Un… poquito… –Se acaricia lentamente sus piernas. Las separa, mostrando su ropa interior absolutamente húmeda. De esta manera, logra que tus ojos presten atención al obsceno gesto que está empleando, para excitarte. Obviamente, tiene un éxito rotundo.

Tragas con dificultad, te sientes mareada. Acaricias inconscientemente tu bello cabello carmín, mientras haces un gesto adorable con tus labios. Los lames, aún tienes el dulce sabor de jugo de naranja que compartieron con el beso, danzando en tu boca. Acaricias tu cuello, sin despegar la vista de esa joven que está ahí, tan provocadora. La deseaste por tanto tiempo intensamente; mas ahora te mueres de vergüenza. Poco a poco, desabrochas tu bonito vestido de verano. Conoce tu cuerpo desnudo de memoria, después de todo, compartieron más que una merienda, juegos, cuentos, conocimientos, secretos y la cama noche a noche.

Decidida, cierras los ojos y echas tu cabeza hacia atrás, mientras las manos continúan bajando por tu pudoroso cuerpo. Acaricias todo a su paso, ahondando en los pechos. Es un buen inicio. Respiras de forma acompasada, atiendes un suspiro de su parte, alentándote a seguir. Al chocar sus miradas, ella te sonríe de forma dulce, mientras te recorre con esos ojos que parecen venir del mismísimo jodido Infierno. Abres las piernas, mientras ignoras a tus mejillas tan ardientes como tu centro. Continúas jugando con tus pechos, quitas tu vestido. Muestras con mucho orgullo, que tienes unas curvas de las cuales jactarte.

Ella levanta una ceja, pronuncia su sonrisa; mientras apoya mejor su cabeza en la palma de su mano. Suspira. Reparas que lame sus labios de manera inconsciente y tus hormonas se disparan al carajo. Quitas la parte superior de tu traje de baño, jalando desesperadamente del hilo. Cae al suelo, sin hacer demasiado ruido.

Justine muerde su lengua, negando con su cabeza, incrédula. Notas que te contempla los pechos y hace un ruido extraño con su garganta. Se sonroja, logra que tú te rías entre dientes. Llevas tu dedo a la boca, lo llenas de saliva y acaricias los pezones, tal como más de una vez miraste en algún que otro video pornográfico, mientras mamá y papá duermen. Justine abre sus ojos de par en par, adorablemente sorprendida. Tu piel sensitiva se eriza, casi tanto como el centro de tu anatomía.

Cierras tus orbes y gimes sin cortarte.

Intentas concentrarte, a pesar de que escuchas cómo resopla suavemente, muerta de excitación. Tiras de los moñitos en tus caderas, la parte inferior cae. Estás desnuda. Por completo. Frente al objeto de tu ya no tan secreto deseo sexual. Para ser inexperta, lo estás haciendo bastante bien. Tambaleas al caminar por las tablas de madera. Éstas rechinan, a cada pasito. Te sientas en sus piernas, abres las tuyas de manera provocativa y mueves tu cabello.

Aclaras tu garganta.

Justine levanta una ceja, imitando a la perfección ese gesto tan tuyo.

– ¿Segura que quieres que me masturbe? –le susurras en el oído y lo lames. Sonríes al escuchar un débil y femenino gimoteo de frustración.

–Más que segura… -sus manos masajean tus caderas, resta su cabeza en tus pechos. Percibes sus calientes mejillas. –… Lo haces desde que tienes trece…

La miras, aturdida. El carmín en tu rostro llega a un nuevo tono. Justine esquiva tu mirada y frunce el entrecejo. Putea. Sin dudas, fue un acto fallido.

– ¿C-Cómo….?

Justine se muerde el labio inferior. Te observa. Abre la boca. La cierra. Se sonroja aún más. Pone los ojos en blanco y suspira, arruinada.

–Dormíamos juntas, Lenore. Es obvio.

Soplas, estremecida. Siempre intentaste ser lo más discreta posible, pero esto de compartir la cama, obviamente destruía tu privacidad. La miras largamente a los ojos, incrédula de que guardara semejante secreto por tantos años…

–Bueno… Todo hubiera sido más fácil si…

Ella interpone un dedo en tus labios.

–La verdad, amaba oírte suspirar mi nombre al llegar al orgasmo. –sonríe descarada, y alza las cejas; esas muecas siempre consiguieron que tu corazón bombease terriblemente. –No sientas tanta culpa. La fisgona era yo… Además, –baja un poco su voz. –… Solía masturbarme cuando caías dormida… –para restar incomodidad, sonríe. Encoge sus hombros. Mira al techo, ingenua. Tamborilea sus dedos en tu piel.

Aún más decidida, te levantas de sus piernas y vas a la cama. Te apoyas en el mullido colchón, sin dejar de mirarla.

Tocas tus pechos.

– ¿Así es como te gusta…?

Ella emite una risita cómplice.

–Eres de lo peor…

–Bueno… La diferencia del ayer con el hoy, es que puedo asegurarte que no estaba así de mojada como ahora… Ni por asomo. –susurras con sinceridad y levantas una ceja; mientras separas los labios íntimos para empezar a mimar la zona. Justine centra la mirada en la parte más recóndita de tu anatomía, abre los delicados labios y le cuesta hasta pestañear. Vuelves a sonreírle, te acuestas en la cama. Relajada, empiezas a acariciar los labios mayores, juguetonamente. Sin miedo, gimes suavemente su nombre; es un llamado. Tímida, mueves tus caderas. Tus dedos pasean y resbalan por la vulva hasta llegar finalmente a aquella protuberancia que está descaradamente hinchada. Aprietas los ojos y tus labios. No deseas ir tan rápido, pero te mueres de ganas. Desde los primeros atrevidísimos besos, estás en absoluto jaque. Inspiras y suspiras, hinchas tu pecho, cierras los ojos y dejas que tu mente se desconecte de la realidad. La dulce oscilación de tu mano, acompaña el ritmo que más te agrada.

Lento, en círculos, sin prisas.

Escuchas que cambia de posición, probablemente por incomodidad.

Te arqueas, cuando las elípticas ondas de placer, destruyen las pocas neuronas que trabajan. Ya está. Las has enviado de vacaciones, unas bien merecidas. Lames y muerdes tu labio inferior. Estás demasiado mojada, debes tener mucho cuidado. Tu mano libre acaricia tus pechos y el resto de tu cuerpo. Un gemido claro y delicado brota de tus labios. Tu rostro está hirviendo, te acostaste porque temes enfrentarla. Abres más las piernas. Deslizas el dedo índice para tantear la entrada. Lentamente y con mucho cuidado de no dañarte, te penetras. Estás a punto de fundirte. Tu voz se quiebra. Tu respiración se vuelve estentórea. Estás a punto de llegar al orgasmo. Los escalofríos son agónicos. Sigues empujando con tus dedos, necesitas recompensarte en la forma más deliciosa, luego de…

Sorpresivamente, ella toma tus manos y trepa por tu cuerpo.

Se enfrentan, jadeando.

Sus ojos casi como el Averno, penetran los tuyos y aquellos dedos que estaban en tu intimidad, se hallan ahora en su boca. Los succiona, sin despegar su mirada y cuando concluye; sonríe y planta un beso suave en tus labios. Entrelaza sus dedos en tu cabeza. Su peso no es una molestia, es tierno y gentil. La contemplas, casi rezando piedad, para que siga lo que han comenzado. Ella, con una mano libre, acaricia tu rostro mientras se mueve primitivamente contra ti. Usa sus bonitas caderas y te vuelves a arquear, desesperada.

La atraes, en un beso acalorado, sus lenguas vuelven a ponerse en contacto, mientras ella complace sus más bajos instintos. No ahonda. Notas que suspira, gime. Te llama casi con la voz trémula.

Se miran, están temblando.

Sonríe angelicalmente.

Vuelve a besarte con suavidad, pero al instante pierde su poco autocontrol, apretuja y despeina tus cabellos. Su cuerpo está sudoroso, probablemente por la calentura que le has provocado. No puedes quejarte, igualas su estado.

Sus inusualmente largos caninos, marca registrada de tu familia, muerden el labio inferior, como si se tratara de un gajo de naranja. Te arqueas, pegas tus pechos contra los de ella, momentáneamente. Le arrebatas, con fiereza; el vestido. Escuchas que un par de costuras se destrozan por el forcejeo. A Justine no le importa. Ríe ansiosa, mientras sigue acariciando tu cabello. No lleva bra, así que la contemplas absorta y sonríes orgullosa. Lames tu boca, con gusto.

–Han crecido, ¿Eh?

–Como si los tuyos, no… –se ríe entre dientes, pícaramente, deslizando un dedo entre ellos.

Te incorporas, los besas con timidez. Ansías probar toda su piel, hasta la más recóndita, de ese cuerpo tan amado. Con pequeños toques de tus labios, llegas a los pezones. Te quedas mirando e inspeccionando con absurda e inocente curiosidad.

–Chúpalos.

La observas, agrandas la mirada; estás sorprendida por ese lenguaje tan vulgar impropio para una señorita de su posición social. Ella ríe entre dientes, sus mejillas se vuelven como el cabello de ambas. Te mueres de vergüenza pero, sin romper el contacto visual, pasas tu mojada lengua despacio y lentamente. La humedad de tu boca hace que la carne, se asemeje a una piedra. Succionas el izquierdo, haces un sonido obsceno, sin querer. Ríes por lo bajo, al igual que ella. Ahora lames. Muerdes con fuerza. Cierras los ojos, muy concentrada. Se arquea, echando su rebelde y lustroso cabello, hacia atrás. Acaricia tu nuca y te acerca más, mientras sigue complaciendo su intimidad contra tu abdomen.

– ¿Así? –muerdes con una succión el pezón derecho y ella cubre su boca para no dejar salir un elevado grito.

–S…Sí… –infantilmente, asiente con su cabeza. –Le…Lenore…

Repites la moción, otro sollozo irrumpe las respiraciones agitadas y los pecaminosos chirridos de la cama.

Alternas entusiasmada, todo tu jodido cuerpo está lleno de su humedad. Te sonrojas, sabes que la has excitado a tope y ni siquiera hicieron grandes progresos.

Sabes que con Mandy, lo aprendió todo.

Pero, no seas tonta, Lenore, la amas; es mutuo.

Esto significa que tú has ganado desde el inicio.

Sus dedos acarician tu espalda, friccionan la piel, ahonda en los músculos. Siempre amaste sus masajes… Los pedías cuando tenías un día pésimo y ella procuraba darte los mejores.

Ahora, se mueve de manera amorosa, a pesar de que está a punto de estallar.

En algún momento, te mira, sus ojos parecen dos pozos negros inmorales.

Muerdes tu labio inferior.

Se separa.

Baja directamente a tu intimidad, no dice nada. Besa la piel que tiene cerca, te arqueas y das la cabeza contra el colchón. Notando esto, vuelve a incorporarse y coloca una almohada con mucha ternura; para que no te lastimes. Su boca se posiciona en la frente. Luego va al cuello. Succiona, despacio y deja una marca que probablemente mañana debas cubrirla con un meticuloso maquillaje. Desciende hasta los pechos, se acuesta un ratito sobre ellos, con una sonrisa de pura felicidad. Luego, los besa, haciendo una mueca casi pornográfica al establecer contacto visual contigo. Sus ojos brillan, mientras empieza a succionar uno de tus pezones y hasta parte del seno, como si quisiera meterlo por completo adentro de su habilidosa boca. Te mira y sonríe. Te arqueas, jadeas, enajenada y violenta. Va al otro y repite haciendo un ruidito de regodeo, tu humedad ya es bochornosa…

Probablemente mañana debas cambiar las sábanas.

Joder, ni siquiera podrás mirarla a la cama sin parecer un fósforo humano.

Lame todo tu cuerpo, hasta los brazos. En especial, las heridas muñecas, donde baja un poco la intensidad y se vuelve sumamente afectuosa.

Nunca deja de mirarte, es como si temiese que te esfumaras.

Le das un beso en la frente y sonríes con ternura, asintiendo.

Decidida, termina de descender. Sus labios llegan a tu intimidad, pasa la lengua, tal si tu vulva, fuese su helado favorito de chocolate. Sigue clavando sus ojos oscurecidos en ti. Se siente extraño, pero excitante. Te encanta. Cierras los ojos, entiendes lo que ella te hará. Acaricias su cabello, con amor. Jus lo toma como si rogaras que succione tu clítoris.

Pero…

Si hace algo más en esa hipersensible zona…

Tú…

Tú…

Tú…

Juras que no podrás mirarla a la cara ni ahora, ni ahora, ni por el resto de tu vida.

Intentas que vaya más lento, para evitar el descontrol de tu cuerpo…

Pero no te hace caso.

Succiona, de forma violenta y abre de par en par tus piernas. Insiste. Insiste. Vuelve a insistir. Muerde. Cierras tus manos en puños irregulares y despegas el cubrecama mientras tu cuerpo vibra, convulsiona, se arquea. Pones los ojos en blanco. La mente dio un parte de vacaciones a tu moral, si hay alguna. Muerdes tu labio inferior, en medio de un orgasmo intenso, tórrido. Tu corazón, acelerado, duele por los bombardeos excitados. Cuando vuelves a la realidad, luego de unos minutos, notas que ella sigue ahí, sin frenarse. Sus dedos están dentro de tu cuerpo, acarician la cara interna de tu vagina. Frota en círculos perfectos. Gritas su nombre, ya sin pudor y calculas que antes también lo has hecho. Tiemblas, la observas, imploras misericordia antes de que encuentre el lugar más escondido, ese que te hace explotar y perder el absoluto control. Cubres tu rostro tímidamente. Ella sonríe cuando vuelves a enfrentarla, a los minutos que parece un parpadeo del tiempo. Guiña un ojo. Te contempla con todo el amor del mundo. Trepa por tu cuerpo, resopla también. Se acerca a tus labios, tentativa; pero primero va por tu frente y mejillas.

Ahora que tus neuronas vuelven a funcionar, entiendes lo que acaban de hacer.

Pero…

Pero…

Jamás creíste que sería tan…

Tan…

Tan…

Ufff

Tus piernas siguen temblando patéticamente. La miras un rato y la oyes reírse un poco de tu timidez. Inflas los mofletes y volteas las posiciones, tomándola por completo desprevenida.

–Sabes que te cobraré por esto, ¿No?

Justine abre sus labios, temerosa.

Lames sus pechos, juguetonamente y trazas con tu saliva, una libidinosa ruta sentido sur. Sin embargo, aprovechando que gime entretenida, la haces ponerse de espaldas. Ella mira tímida hacia atrás, un escarlata intenso que iguala su cabello se expande en sus mejillas tan bonitas. Obediente y temblando, se aferra del barandal de la cama matrimonial. Desciendes. Besas su trasero, mordisqueas y lames la piel, un poquitito. Le abres mejor las piernas, te colocas boca arriba y pruebas su intimidad a tientas. Sabe deliciosa, a veces es dulce y otras, salada. Está inundada; ha empapado tu rostro. Sonríes, mientras tu lengua sigue dibujando trazos suaves. Con la punta, molestas el clítoris. Intenta decirte algo, pero una voz diferente y fuera de cualquier registro conocido, irrumpe sus cuerdas vocales. Grita tu nombre. Ahora, estremecida, ahondas tu boca impetuosa. Estiras los brazos, acaricias sus pechos. Se pega contra la cruz que sigue en la pared desde que eran niñas; entre suspiros y pequeños pufs que van in crescendo. Araña la pared, vehemente. Hasta consideras volver a masturbarte. Con la punta de la lengua, agasajas su parte más sensible. Justine vuelve a gritar, no te apartas; a pesar de las encarecidas y tímidas plegarias. Su orgasmo irrumpe espléndidamente en tu boca. Esto debería estar prohibido, te repites. Tiene un brazo contra sus ojos, gotas de sudor ruedan por su cuerpo.

Vuelves a la carga.

Lo que hizo contigo, tiene sus merecidas consecuencias.

Otro grito, que te deja fuera de órbita, irrumpe sus intensos jadeos, antes de que los dedos lleguen a tantear la entrada. Aún es virgen como tú. Si no fuera porque sus fluidos gotean, esto le dolería mil demonios. Sonríes por también tener los honores.

Irrumpes, suave y lentamente, para entrar y salir. Acaricias sus paredes, deleitada de la suavidad que poseen. Segura de que está cómoda con la intromisión, debido que ardientemente mueve sus caderas contra tu boca; vuelves a molestar aquél lugar que hace que pierda la cordura. Ya no gime, no grita, respira tan ahogada que parece que la están torturando. Sabes, se equilibra como puede para perder el eje y cuida de no ser muy ruda con las embestidas. No frenas, la mano libre, magrea su llamativo trasero. Un sollozo entrecortado y delicado, inunda su maltratada voz y finalmente, ya sin fuerzas de advertirte; cae de espaldas. Mira el techo, inspirando y exhalando tan agitada que su pecho hace ruido como si sufriera de asma crónica.

Está temblando sin control.

Vuelves a la carga, entiendes que ella se refrena y aún no llega.

Lenore, tú lo quieres todo.

Sonriendo, la acercas a tu boca, luego de acomodarte en la cama. Abre sus ojos, adorablemente aprensiva. La penetras con tu lengua y Justine cierra sus orbes, se arquea, clama sugestivamente. No aguanta por mucho más. Con uno de tus dedos, acaricias el clítoris, una fricción débil, esa que conoces en carne propia que quema como mil avernos. Se mueve, patalea, desesperada por separarse y advertirte ya que quedó casi sin voz. Esta culminación enorme fue básicamente en tu boca. De golpe, grita atormentadoramente. Gimes, ella te aprieta ferviente contra sí, desde la nuca incluso cuando el orgasmo ya cesó.

Te incorporas luego de que afloje su agarre, limpias el desastre en tu rostro, usas los dedos. Los llevas a su boca; succiona por reflejo. Sus mejillas, brillantes. Una almohada cubre casi todo el rostro, está muerta de vergüenza.

Lo revoleas al otro lado de la habitación y besas los labios, con complicidad y adoración. Te acepta y abraza mansamente. Se mueve de puro regodeo. Clama.

– ¿Quieres seguir? –la chica se ríe, asiente tierna e inocentemente. Conecta sus intimidades, como puede. La cadencia al principio es suave, pero se vuelve salvaje en cuestión de segundos. Es euforia. Es desenfreno. Gritas a pleno pulmón, al igual que Justine. Labios frente labios, clítoris contra clítoris. El calor y la presión te están volviendo loca. Recargas tu rostro sobre el hombro de ella y te mueves con más arrebato. Justine aprieta contra sí, besa tu cuello y lo muerde.

Cerca de cénit, te mira a los ojos. Los suyos, llenos de genuinas lágrimas de felicidad y regodeo.

–Lenore…Te… amo… ¡Te amo!

Sonríes, tan feliz.

La abrazas, ahondas las embestidas; apeteces llegar al éxtasis juntas. No obstante, es más inofensivo, tierno, amoroso y hasta cuidadoso que los anteriores.

Justine vibra, suda y da bocanadas de aire, como tú.

– ¡Te amo, Justine! –jadeas sin control, acercándote a su cuello, para mantener aún el equilibrio.

En algún momento, te desplomas destruida a su lado y la abrazas con todas tus fuerzas. Los brazos de Justine tiemblan tanto como tu cuerpo. Sonríes de felicidad.

No puedes creer que siguen excitadas. Te sujeta con más firmeza ahora, entre sus esbeltos brazos e intenta ponerte en una posición más cómoda, contra la única almohada que sobrevivió ante toda esta ferocidad.

La pasión es marca de los Rodrick. Es intensa y salvaje como el color de sus cabellos y los llamativos intimidantes caninos largos que poseen.

No pasa mucho para que la modorra arremeta contra ambas. Quieres hablarle, poner las cosas en orden, esto que sucedió no era algo que realmente planearas…. Bueno, sí, pero no justamente con ella. Habías ido a la fiesta para…

Al carajo con las explicaciones.

Caes dormida sin tregua, entre sus gentiles y enternecidas caricias.


-0-


Cuando tu cerebro decide volver a la carga, los rayos del sol pegan duramente contra tu rostro sin tregua. La ventana, entornada. Hace calor otra vez, escuchas los pájaros y abres perezosamente los ojos. Te incorporas, alarmada. Buscas a tus alrededores, no hay nadie. Tanteas tu cuerpo. Estás arropada. Tu fisonomía duele como mil demonios, estás demasiado agotada.

¿Fue uno de esos sueños súper pornográficamente explícitos que sueles tener con Justine? ¿Acaso la bebida tenía alcohol y al final has…? Tus ojos se llenan de lágrimas y cubres tu rostro, tan humillada. No entiendes cómo caíste así de bajo… ¿Y si confundiste a cualquiera con ella y…?

-Lenore, hemos llegado. –Agatha, tu madre; abre la puerta, de golpe.

Tiene un bolso gigante, recién puso un pie en la casa. Sonríe y te deja descansar un poco más. Te echas a la cama, no quieres hablar con nadie. ¿Has sido tan irresponsable y hormonal que...? ¿Cómo…?

Para no atender más gritos de Sammuel llamándote; bajas las escaleras, irritada. Paseas entre los largos peldaños, ensimismada. Estás en tu mundo de lamentación y cavilando cómo seguir torturándote con esto que ha sucedido, hasta que encuentras que hay cuatro vasos con jugo de naranja galletas de chispas de chocolate como desayuno en la mesa principal del enorme comedor.

Frunces el entrecejo.

-¿Hay un invitado? ¿Vino José? –Bueno, al menos él podría entenderte un poco más sin llamarte puta por haberte acostado con cualquiera ¿No?

De no ser él, entonces…

Joder.

Lo que faltaba.

Llegas al living.

-¿Invitado? ¿Así llamas a tu sexy, cool y espectacular hermana mayor, quien recapacitó y ahora retorna al camino del Señor?

Sonríes, haciendo un gesto extraño y tus ojos se agrandan enormemente, cuando la ves ahí; al voltearte. Tiene el mismo vestido de ayer. Un poco de ojeras y un dulce arrebol en sus mejillas. Parece una jodida modelito teen con esa capelina clara que usa, ya que tiene en sus manos, unas bolsas con toda la comida que ha comprado en la estación de servicio “Chevron”, entre las rutas 5 y 11; que da la bienvenida al pueblo de Woodstock. Guiña un ojo, bailotea coqueta, amable y cálidamente sonriente en su lugar.

-Jus… ¿Justine….?

-La que viste y calza. –Hace un gesto de “ven aquí”, riendo. Besa tu cabello, y te fundes contra ella; aspiras su familiar perfume.

-¡Dios actúa de maneras misteriosas! –Grita tu padre, feliz. -¡El campamento que cura la homosexualidad ha resultado!

Al instante, se separan y lo miras, sorprendida.

No sabes que decir. Sonríes, un poco anonadada, porque piensas que sigues en un limbo entre el sueño y el sopor de la obscena actividad nocturna. Empero, todo cobra más y más realismo. Bastante más cuando notas que se ríe entre dientes por lo que Padre ha dicho. No sabes realmente qué pensar, qué decir o cómo actuar.

¿De verdad no te han drogado?

Notas que su mirada sin previo aviso se ensombrece extraña y levemente, pero luego sonríe al acariciar y peinar tu cabello, con una dulce mueca. Te gustaría preguntarle qué le ha pasado que su semblante parece tan ido…Pero luego recuerdas que tienen toda la vida para ponerse al tanto mutuamente. Eso te llena de felicidad y tomas su mano para entrelazar sus dedos.

Como cuando eran niñas.

–Fui a buscarla en la fiesta de Miriam y estuvimos aquí, esperándolos ¿Verdad, cariñito mío? –otro guiño; tú ya explotas en rojo. –Hice el desayuno… Y… ¡Oh! Cosita…Ven… –ella te arrastra contra sí. Canturrea inocente y alegre; mas, notas como coloca tu cabello sobre la piel del cuello y el hombro, disimuladamente. Hay una marca formidable, ni en un millón de años podrías...

¡Oh…!

Miras al piso, cohibida. Muerdes y sorbes tus labios. Intenta no reírse de tu cara, aunque le es difícil.

–Hoy es día de oficio, niñas. ¡Lenore! ¡Lenore, preciosa! ¡Buenas noticias! Irás a la escuela de arte en la ciudad. Jus consiguió una plaza para ti. –ella te muestra el papel de aceptación. Sonríe, hace aparatosos honores. Luego, levanta el pulgar y vuelve a guiñar un ojo.

Papá sale de casa, agradeciendo a Dios. Agatha lo sigue, sonríe feliz.

Pero, se vuelve.

Regala a Justine, un beso suave en la frente.

-Gracias por volver, mi bebé. –Hace lo mismo contigo, antes de cerrar la puerta.

Justine entrecierra los ojos y luego revolea los papeles, como si estuviera sintiéndose demasiado atosigada por todo ese amor que Agatha siente por ambas, repentinamente. Aún mantienen sus manos unidas.

Debes tener cara de la idiota del siglo, porque apenas escuchan el motor del flamante Audi que desaparece por la carretera; Justine explota en risas estridentes e infantiles. Con su mano libre, se cubre el rostro y tú das un pisotón a la madera.

Incluso, llora.

–Explica todo esto, AHORA… – haces un mohín y se carcajea más fuerte.

– ¿Sobre qué cosa? – juega con tus bucles, mimosa. – Volví para alejarte de estos locos de mierda. –acaricias su espalda apenas ella te abraza, temes a que todo sea una impía mentira o alguna alucinación. ¿Acaso los señores Rodrick te han hecho otro tratamiento de electrochoque?

Justine Rodrick vuelve a besarte, con mucho amor.

Es real.

Esto es jodidamente real.

Tus ojos se llenan de lágrimas.

–Jus…

– Oh… ¿Y sabes algo? –pausa. –Te amo, hermanita –notas su tono juguetón.

Tomas nuevamente su rostro y eclipsas los labios…

…Y tu corazón explota de la más pura y arrebatadora felicidad.

FIN

1 de Abril de 2019 a las 14:38 0 Reporte Insertar 0
Fin

Conoce al autor

Lucy Karstein Escribo desde los 10 años. Me dedico mayormente a relatar cuentos e historias de suspenso, terror, romance y erótico. A veces, me gusta experimentar con otros géneros. Por cierto! Casi exclusivamente a propongo personajes LGBT+

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