3:00 PM Seguir historia

wereyes Waldo Reyes

Una familia normal con una vida normal. Una hora que cambiaría todo.


Cuento Todo público.

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Despertar

—¡Eduardo, Eduardo despierta.

Como si proviniese de un aliento lejano de tiempos idos esa voz se oía, le parecía escuchar el aleteo de una mariposa en esa voz tan dulce.

«¿Era acaso la voz de su madre, o sería la voz de Anita, que lo reconfortaba?»

El ataque, de aquel terrible dolor, le hacía salir de su estado de embriaguez. Volvía de las nubes mullidas de la inconsciencia, arrullado por sus recuerdos mientras algo lo hacía volver de esa bucólica somnolencia.

Veía sombras y figuras moviéndose, sentía como se le quemaba el esófago con ese ácido de vómito incandescente y la cabeza partida en dos por aquel mandoble del dolor.

Y después, ¿qué pasó después?

—¡A comer Eduardo!

Esta vez, sí, era el susurro celestial de las palabras de su querida madre como la gallina llamando a sus polluelos a comer, con la dulzura infinita de quién sacrificaría todo por sus hijos.

—¡Ya voy! —gritaba.

Todos los sonidos eran confusos, las voces aparecían y se iban con una velocidad adimensional, alejándose a trecientos kilómetros por hora y dejando solo un murmullo por estela. Los sonidos de aquellas gargantas, como gotas gigantes, acumulaban todo su volumen en su principio, y al fin era solo rocío tan escandaloso como la respiración de una hormiga.

El expreso del ayer dejaba la estación de la alegría y se internaba en el túnel del mañana con dirección desconocida.

Eduardo estaba felizmente casado con Ana, desde hace veinte años. Habían tenido cuatro hijas: Paulina, la mayor, de quince años, Carla de diez, Inés de ocho y Anita, la menor y la más revoltosa, de cuatro.

Por algún motivo que ignoraba, no había podido dormir bien la noche del sábado. Venían a su mente mientras dormía, episodios pasados de su vida y se le había hecho recurrente uno en particular. Cuando tenía nueve años, y siguiendo a su padre que había salido, cruzó de improviso la calle y lo último que recordaba era ver el panel frontal de un gran auto negro dirigiéndose hacia él. «¿Por qué recuerdo esto?», pensó Eduardo.

El domingo comenzó, como solía ser una tradición en aquella casa, con Anita metiéndose sin avisar en el cuarto de sus padres.

—¡Mami, mami pon el canal de las caricaturas! —gritaba la pequeña.

—Está bien, está bien... —gemía Ana, tratando de sacarse la modorra de encima.

—Al menos son mejores las caricaturas —le susurró al oído su marido—. Que estarse preocupando de los problemas del medio oriente, la contaminación ambiental, destrucción del bosque nativo y …

Estaba hablando cuando Ana le dio un beso en la boca.

—Si ya lo sé —dijo Ana, que hablaba, al mismo tiempo que besaba a Eduardo.

—¡Papá! —gritó Paulina, mientras bajaba corriendo las escaleras que daban al segundo piso, ya son las diez de la mañana y tenemos que comprar mis útiles para mañana.

—¿Tenemos? Suena a tropa esta cuestión, además para variar se te olvidó encargármelos antes.

Eduardo miró al cielo con cara de «¿qué le vamos a hacer?»

—Mi amor prepara a las niñas, yo me voy a dar una ducha, y cuando estemos todos listos nos vamos al mall.

—Ah, mi cielo te recuerdo que hay que comprar algunas cosas adicionales —replicó Ana.

—¡Está bien!, pero que sea un par de cosas solamente porque tengo que volver luego a ver el partido.

—¡Papi! Yo quiero jugar con la computadora —decía con cara de súplica Inés.

—¡Okay!, pero a la vuelta.

Una vez que estuvieron listos, toda la familia subió al auto y se fueron de compras.

—¿Qué raro? Juraría que ayer el estanque estaba casi sin gasolina, pero ahora esta lleno, ¿lo llenaste tú mi amor?

—Yo ni siquiera he tocado el auto, deben ser tus nervios “gordo”, quizás has tenido mucho trabajo.

—Sí, eso debe ser.

Pasaron un buen rato de compras y volvieron cerca de las dos de la tarde.

—Gorda, no me dijiste ayer que el césped del jardín estaba muy alto, pero se ve bien como si estuviera recién cortado.

—Así es, claro que te lo dije, pero tú debiste cortarlo —replicó un poco sorprendida Ana.

«Si seguro», pensó. No quiso decirle a su mujer, que no recordaba el haber cortado el césped, porque la situación ya le incomodaba. «Deben ser mis nervios, como dijo Ana», pensó.

Ana se apresuró en preparar el almuerzo.

—Mi amor te cociné el plato que más te gusta: puré de papas con filete y verduras salteadas.

—De seguro debe estar rico —dijo Eduardo.

—Voy a abrir una botella de vino, también, para que se le pase la ansiedad a mi “gordito”.

—¡A qué bien!, así voy a disfrutar mejor el partido que es a las tres.

El reloj de la cocina marcaba las 2:45 PM, y había bastante vajilla que lavar en el lavaplatos, de forma increíble el papá se ofreció para lavarla y aún más asombroso: a mano, sin usar el lavavajillas, quizás para distraer un poco sus pensamientos. Estuvo en esto un buen rato.

Se sintió el repiqueteo del teléfono

—¿Uf! ¿Qué hora es? —Miró el reloj de la sala de estar: 2:55 PM.

—¿Quién puede ser? ¡Y justo ahora! —Atendió a regañadientes el teléfono.

—Hijo, ¿eres tú? —Se escuchaba en el auricular.

—Madre querida, si soy yo. —Y así comenzó una amena charla entre madre e hijo.

—¡Al fin pude colgar, qué lata me perdí el comienzo del partido, conversé como veinte minutos con mi mamá! —exclamó.

—¿De qué hablas? —dijo Ana—, todavía no comienza.

—¿¡Qué!? ¿Cómo que no? ¿Qué acaso lo retrasaron?

—Pero gordo, ¿qué te pasa? —replicó Ana— mira la hora mi amor.

Para sorpresa de Eduardo el reloj de la sala de estar marcaba las 3:00 PM

«Parece que es verdad eso que dicen que el domingo, el tiempo anda más lento», pensó. Solo por las dudas fue a buscar su reloj pulsera, así podría controlar mejor la hora.

—Papi, papi quiero usar la computadora,.

—Bueno hija pero no más de dos horas —dijo a Inés.

Siguió lavando la loza restante que no le tomaría mas de diez minutos no le importaba perderse mucho el inicio del partido, ahora lo que necesitaba era calmarse un poco

—¡Al fin terminé! —exclamó Eduardo.

—¡Paulina! Por favor seca tú los platos.

De no muy buen modo Paulina aceptó murmurando, con los dientes apretados.

—¡Ya papi, ya voy!

De un brincó y cuan largo era, se tiró sobre el sofá, tomando al mismo tiempo el control remoto de la TV. Procedió a encenderla, su ojos casi salieron de sus órbitas al ver que el partido recién comenzaba. En una esquina de la imagen decía: 3:00 PM.

Miró su reloj pulsera y marcaba lo mismo: 3:00 PM.

—¡Ana! —llamó a su mujer que estaba en su cuarto.

—Sí gordo, ¿qué pasa?

—¿No me dijiste hace un rato que eran las tres?

—No en realidad no, sólo te dije que miraras la hora.

Eduardo quedó pensativo un segundo y cuando iba a replicarle a Ana otra vez ella ya no estaba ahí.

—Papi, papi ya terminé de usar la computadora —dijo Inés.

—¿Pero hija como que ya terminaste?

—Si terminé estuve harto rato y ya me aburrí, ahora quiero comer chocolates.

—¿Y que hiciste?

—Le dije a Carla que la siguiera usando.

Se levantó del sofá y fue al cuarto del PC.

—Hola mi pequeña ¿qué estas haciendo?

—Estoy pintando papi —contestó feliz Carla.

—¡Qué bien!

Por curiosidad, miró la pantalla del computador y vio que la hora que marcaba era 3:00 PM. Una sensación de opresión en el pecho mezclada con miedo afectaba a Eduardo, aún así se sentó a terminar de ver el partido, su equipo favorito logró ganar por tres goles a uno.

Con gran ansiedad miró su reloj pulsera: 3:00 PM.

—¡No puede ser! —gritó. «¿Me estaré volviendo loco?»

—¡Ana! —gritó Eduardo—, voy a tomar un baño.

Ella no respondía. «Quizás fue al jardín», pensó

Eduardo terminó su baño, justo a tiempo, ya que una pequeña voz gritaba del otro lado de la puerta.

—¡Papi, papi quiero pasar al baño! Era Anita, la más pequeña de las hijas.

—Bien gordita consentida, pasa. —Y le dio un gran beso a su hija.

Eduardo salió del baño y fue secándose el pelo camino a su cuarto. Apenas llegó se puso el pijama y se acostó, un extraño sopor invadió su cuerpo. Se quedó dormido.

Una vez más aquel sueño se repetía: veía a su padre cruzar la calle, él corriendo detrás y el gran auto negro que se aproximaba...

Sobresaltado despertó sudoroso. Por instinto y como siempre hacía al levantarse, buscó su reloj y vio la hora. Esta vez su rostro palideció, su boca se secó y sus pupilas se dilataron. 3:00 PM era la hora que marcaba su reloj.

—¡Maldita sea no puede ser! —gritó—, «De seguro que lo habían escuchado hasta sus vecinos».

Por primera vez y por quizás por efectos de la adrenalina que invadía su cuerpo, o por un extraño estado de lucidez se dio cuenta que no se acordaba de los nombres de ellos, no recordaba sus caras y aunque sabía que tenían una mascota tampoco recordaba cual era.

Una calma sepulcral se apoderó de la casa, pareciera como si todo estuviese quieto, algo casi imposible en una casa llena de niños.

—¡Ana! —gritó lo más fuerte que pudo. No hubo respuesta, llamó a cada una de sus hijas, pero nadie contestó. Desesperado y con una tremenda angustia, producida por el sentimiento de soledad que lo embargaba, fue a la sala de estar y miró el reloj, marcaba 3:00PM. La verdad ya no le importaba este tiempo de La Dimensión Desconocida, dilatado e inexistente. Lo que lo tenía fuera de sí, era ¿Dónde estaban su señora y sus hijas?

Intentó encender las luces de la casa, la TV, la radio, llamar por teléfono, pero no tenía tono y ningún aparato encendía, «¿Se habrá cortado la corriente?», pensó con ingenuidad. Intentó con el PC y este si encendió.

Sus manos estaban temblorosas, mientras introducía en el teclado un texto casi ininteligible, según él estaba creando un cuento pero en realidad trataba de huir de aquella maldita sensación… como de no pertenencia a si mismo, sus dedos iban de un lado al otro del teclado con inusitada rapidez, pero no podía sentirlos era como si viera que otra persona escribiera por él, esa sensación de ausencia de yo lo tenía al borde de la demencia.

Mientras estaba en esto le pareció escuchar a su mujer, que le reprochaba alguna cosa, pero no la veía y tampoco entendía el reproche

«Quejas siempre quejas, que clase de realidad era aquella, tan disociada tan distante, parecía que con el tiempo la situación había alcanzado nuevos e insospechados ribetes de la “nueva locura”, de la insania, de la aceleración, de lo rápido, de lo insustancial, que increíble como habíamos llegado a eso, si hace poco, tan solo éramos niños y solo pensábamos en jugar»

Su mente se hundía cada vez más en pensamientos delirantes.

«Era la personificación del horror, del nuevo horror, no aquel de niños, lleno de monstruos o del miedo a la oscuridad (oscura soledad seria el mejor sinónimo), sino de la fealdad monstruosa del mundo de hoy, de la soledad cruel del éxito mal entendido de pasar a llevar al que venga por delante con tal de tener nosotros “nuestra felicidad” (infelicidad material, ¿tal vez?) »

Suspiró y se quedó pensativo un momento.

«Pareciera que la manera de vivir en armonía, requiere de una valentía que va más allá de nuestro egoísmo cotidiano (“maldito individualismo de mercado”), desidia y desdén. Era increíble comprender, como el ser capaz de levantarse a trabajar cada mañana, aún en aquel semi-surrealista trabajo de Eduardo, requería más fuerza que las miles de quejas de la inacción conyugal».

Después de haber escrito todo esto, el computador se apagó solo.

Iba derecho a la puerta de entrada de la casa, y al pasar por la sala de estar quedó perplejo ante la escena que se le presentaba: entre el borde de la mesa de centro y el piso, había un vaso suspendido en el aire, derramando agua, pero el agua estaba detenida en el aire y las gotas que rebotaban en el piso, también se encontraban suspendidas y detenidas. Pasó su mano a través del agua, pero era como pasarla a través de una niebla espesa, el agua seguía inmutable.

En ese momento escuchó la voz de su apreciado y pequeño tesoro, Anita que lo llamaba desde fuera de la casa.

—¡Papi, papi! —gritaba la pequeña. Se asomó por la ventana y vio como Anita corría hacia la vereda de enfrente donde también pudo divisar a su señora y al resto de sus hijas

Trató de abrir la puerta de entrada pero, estaba con llave y no abría. Preso de una incontrolable furia y desesperación levantó su pie derecho y con una formidable patada logró abrir la puerta.

Con un nudo en la garganta, y las lágrimas que ya se le escapaban de los ojos, fue a cruzar la calle. De una verdadera vorágine de aire como desde un fantasmal túnel, apareció su bestia negra, aquel viejo y gran Ford negro de 1945 acercándose a toda velocidad hacia él.

—¡Papi, papi! Salta —gritó Anita— ¡salta!

Como si una agilidad felina se hubiera apoderado de su ser, logró saltar y el automóvil pasó de largo. Mirando a su familia, un gran regocijo llenó su alma.

—¡Al fin las encontré de nuevo! —exclamó.

Se acercó a Anita que estaba al lado de él sonriendo y mirándolo con su tierna dulzura. En el momento en que iba a tomarla de la mano, se alejo instantáneamente de él y paulatinamente se alejaba más y más, Eduardo corría y gritaba.

—¡Anita, Anita! —Hasta que una fulgor blanco cubrió todo.

—¡Doctor, doctor Pérez! —exclamaba ansiosamente la enfermera Rodríguez, algo pasa con el paciente de la cama ocho.

—¿Qué? La cama ocho, pero ¡no puede ser!

—Sí, doctor es el caso de Araya, Eduardo Araya. Está gritando un nombre: Anita.

—¿Cómo? ¿Gritando?

—Andrea, llame a su familia inmediatamente.

—Sí, sí doctor —respondió nerviosa la enfermera.

Eduardo intentó moverse, pero sentía que sus brazos y piernas pesaban una tonelada, «¿qué pasa me enfermé?, ¿por qué estoy aquí?, parece un hospital», pensó

—¿Qué pasa?, ¿dónde estoy? Y mi familia, ¿dónde está? —preguntaba a la enfermera.

— Usted está aquí porque sufrió un accidente, este es un hospital y su familia esta cerca no se preocupe pronto vendrán a verlo.

«¿Un accidente?, eso explica todo, seguramente sufrí algún tipo de golpe, por eso tenía estos extraños sueños. Lo importante es que Ana esta cerca con las niñas», pensaba. El accidente debía haber sido bastante grave, porque le costaba mucho moverse.

Detrás de un espejo falso en la habitación contigua, el doctor Pérez junto con los padres de Eduardo lo observaban.

—Doctor ¿Cómo está mi hijo? —preguntó la madre de Eduardo.

—Físicamente está bien, pero me preocupa más su salud mental.

—¿Cómo su salud mental doctor? Explíqueme por favor.

—Es mejor que lo vea por usted misma —replicó el doctor.

—¿Papá? ¿Mamá? Interrogó Eduardo, apenas podía reconocerlos, estaban demasiado viejos.

—Sí hijo, somos nosotros, siempre te hemos venido a ver todos los domingo. Hace tiempo que no habíamos venido porque tu padre se encontraba enfermo.

«¿Hace tiempo?», pensó.

—¿Madre hace cuanto tiempo que no habías podido verme?

—La última vez que te visité fue hace dos años.

—¿Dos años?, ¿tanto tiempo he estado aquí? Pero doctor y mi señora y mis hijas ¿dónde están? La enfermera me dijo que estaban cerca, no me diga que se aburrieron y se fueron —Trató de esbozar una broma, con una sonrisa nerviosa.

—Eduardo —dijo el doctor, haciendo una pausa y reflexionando un momento. Momento que a Eduardo le pareció un siglo.

—La enfermera te dijo que tu familia estaba cerca, lo que pasa es que tus padres son tu única familia.

—¿Se volvió loco doctor? Y que hay de Ana, mi esposa, y mis hijas Paulina, Carla, Inés y mi adorada Anita.

Su madre interrumpió con una voz temblorosa,

—¿Pero hijo no te han dicho? No es posible que estés casado y tengas hijas pues has estado en coma por treinta años, desde que tenías nueve.

Eduardo, se fue hundiendo en sí mismo al escuchar esta revelación y aún se negaba a creer lo que le decían.

—Pero no es posible un niño de nueve años no sabe lo que sé yo... sé de varias cosas que…

—Es increíble. Por las respuestas que nos diste en la prueba que te hicimos antes que llegaran tus padres. Nos dimos cuenta que sabes bastante de muchas cosas —interrumpió el doctor.

»Conversé con mis colegas y tenemos la conjetura de que las personas en coma podrían aprender inconscientemente. Era solo una teoría, pero en verdad no lo constatamos hasta ahora. Creemos que tienes conocimientos nuevos porque todos los días has "visto" televisión y parece que de alguna manera toda esa información pudo llegar a ti a través de tu subconsciente.

»Lo que observamos es que tu respuesta, mover los ojos y cuello se producía con mayor intensidad cuando encendíamos la TV y el radio, incluso es más tus programas favoritos eran los relacionados con las noticias económicas y políticas, el canal de la salud, canales que hablaban sobre temas familiares.

—Y también le gustaba “ver” fútbol —acotó la enfermera.

—Así que aprendí como por ¿ósmosis? —dijo Eduardo.

—Sí, un concepto parecido —replicó el Doctor.

Eduardo sentía como caía a un gran pozo sin fondo, tenía la sensación que la cama se movía y la habitación completa también, unas gruesas lágrimas que rodaban por sus mejillas le nublaban la vista, las palabras del médico sonaban distantes como detrás de una pared.

—No puede ser —se repetía a si mismo una y otra vez, Eduardo. Él estaba seguro que amaba a Ana y a sus hijas, para él siempre todo había sido tan real, recordaba los amorosos besos de su esposa y las traviesas aventuras de Anita. « ¿Nada de esto existe?»

—Lo más inaudito de todo esto —decía el doctor—, es que por lo que me cuentas, siempre sentiste que todo esto era o “es” verdad. Como armaste tu propia realidad solo a través de la lógica de la información que has recibido por medio de la televisión. Debe ser muy duro y a la vez liberador el hecho de despertar de un mundo y aparecer en otro, es casi un viaje intergaláctico, en todo sentido es como nacer de nuevo.

—Doctor —replicó con una amargura infinita—, no usted ni siquiera puede suponer como me siento, como todo lo que me daba fuerzas para seguir viviendo, mi propósito... simplemente se esfumó.

—No doctor, para mí siempre existirá mi familia.

—Padres con una voz muy forzada al hablar a ustedes siempre los he querido, pero quiero estar con la familia que formé… —Una vez dicho esto, se desplomó sobre la almohada . Su madre lloraba desconsoladamente

Los instrumentos no mostraban ningún signo de actividad vital no había pulso y las pupilas de Eduardo se encontraban dilatadas

Observaba, desde fuera de su cuerpo, como el equipo médico hacía todo lo posible por reanimarlo, pero era todo inútil solo sentía que una inmensa paz y amor lo rodeaba, escuchaba claramente a Anita llamarlo.

—¡Papi, papito ven con nosotras! —Sentía e iba hacia aquél llamado, ahora veía cada vez más claro a Ana, Paulina, Carla, Inés y a Anita. Hasta que al fin pudieron encontrarse todos juntos. Las niñas lo abrazaron, una por una, y lo miraban sonriendo. Ana se les unió formando un círculo de abrazos a su alrededor.

—Mi amor —dijo Eduardo, tengo algo que contarte que tuve un sueño de lo más extraño…

—Ya me lo contarás —replicó Ana, besándolo con dulzura... ahora vamos a casa. Se tomaron todos juntos de las manos y caminaron hacía la luz que refulgía como un faro en una noche oscura...

Al fin se sentía completamente feliz con su familia y rumbo a su hogar.

—¡Tiene nueve años! ¡Usted puede salvarlo! —gritaba y lloraba el papá

—¡Doctor haga algo! —increpaba la mamá— ¡No puede morir, es solo un niño aún!

—¡Señora Carmen, hacemos todo lo que podemos. Es un milagro que haya llegado con vida. Su cerebro esta dañado y también su columna. Por favor esperen en la sala. Los equipos de emergencia se harán cargo.

—Rápido. Cargando desfibrilador tres, dos, uno, despejen... Inyección de epinefrina lista. Pierde presión, pierde presión. Rápido inyección salina...

Una bruma cubrió la conciencia del pequeño.

—Eso es todo —dijo el doctor Pérez, no podemos hacer nada más, ¿Hora de la muerte?

—3:00 PM —replicó la enfermera.

1 de Abril de 2019 a las 03:54 0 Reporte Insertar 0
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