HOTEL MISKATORU Seguir historia

dan-aragonz1552556782 Dan Aragonz

Un escritor es invitado a japón por una editorial para terminar su novela que ha llamado la atención. Sin embargo, se encontrara con que la cultura nipona difiere de la occidental y algunas diferencias son espeluznantes.


Horror Literatura de monstruos Sólo para mayores de 18.

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HOTEL MISKATORU





Tras terminar su paseo nocturno, por el centro de Tokio, Harry Mous regresó en taxi al hotel Miskatoru; era su última noche en Japón y tenía que finalizar el trabajo pendiente.

Cuando pasó por la recepción, el anciano de cabello blanco y rostro huesudo llamado Okawa, arrancaba con sus largos dedos los miembros de una pequeña ave que no dejaba de chillar sobre un plato de porcelana, y los engullía, sin asco, mientras el animal agonizaba.

De todas formas, a pesar de lo desagradable que lucía la cena del anciano, se acercó hasta el mesón y lo interrumpió. No le sorprendía la excéntrica manera como devoraba la carne. Era una costumbre milenaria engullir animales moribundos. Lo que a Harry Mous, se le hacía repugnante.

Sobre la cubierta de la recepción, Harry observó una larga pluma negra que estaba junto a las cosas de Okawa.

—Se ve apetitoso lo que come—le dijo, irónicamente, y cogió la pluma entre sus dedos —Perdón, pero llevo una alergia de varios días— y se llevó la mano a la nariz y estornudó.

Okawa, que lo miraba, fijamente, solo masticaba la jugosa carne sin decir una sola palabra.

—Nunca había visto esta clase de plumas —dijo Harry, y la observó minuciosamente—y eso que he visitado muchos lugares ¿De qué pájaro es?

—De un Yokai—dijo el anciano, mientras se lamía el aceite del animal que le caía entre los dedos.

— ¿Un Yokai? ¿Qué es eso?

El viejo dejó de lamer los diminutos huesos y le arrebató la pluma de un manotazo.

Apreciando el negro azabache de la pluma, Okawa dijo— Es un ser mitad hombre, mitad pájaro ¿Has oído hablar de ellos?

—La verdad es que no. Pero...

— Habitaron estás tierras, milenios antes que naciera lo que hoy conocemos como Japón—dijo Okawa—Antes de las primeras formas de escritura.

—Que interesante. Pero no tengo tiempo para escuchar acerca de la prehistoria del Japón. Tengo una larga noche por delante—dijo Harry, sin prestarle demasiada atención.

El anciano continuó despedazando al ave, que ya había dejado de respirar, y abrió un cajón bajo el mostrador y guardó la pluma del Yokai.

—Como me quedaré trabajando toda la noche ¿Sería tan amable de despertarme a las diez?—dijo Harry, y se dio vuelta a mirar a una chica y su perro que salían del ascensor.

Okawa, que había arrancado la última extremidad del ave movió la cabeza de arriba a abajo en respuesta, mientras masticaba la carne que se asomaba entre sus amarillos y descuidados dientes.

Harry se alejó por el pasillo central, asqueado. Algunas costumbres niponas le parecía que se pasaban de la raya. En menos de un minuto, abordó el ascensor y llegó hasta su habitación; sabía que no tenía muchas comodidades, pero por lo menos, no tenía que pagar nada; el sujeto que lo había contactado para hacer negocios, se encargaría de sus gastos.

Como cada noche, desde que se había hospedado, se sentó frente a la mesita que había acomodado en un rincón de la habitación y, mientras la música del bar vecino lo animaban un poco, buscó en sus bolsillos la llave para poder abrir la maleta donde guardaba su máquina de escribir; Por la mañana, la editorial que lo había invitado a pasar una semana en el hotel Miskatoru lo recibiría pasado el mediodía; habían leído varios capítulos de su novela de horror y el interés por publicarla había sido inmediato. Sin embargo, le sería imposible terminar esa noche; la llave, que siempre guardaba con sumo cuidado, se le había caído de regreso al hotel. Pero no estaba seguro de eso. Solo sabía que sería muy difícil encontrar a un cerrajero para abrir la maleta a esa hora.

Sintió ganas de fumar por los nervios e, irónicamente, recordó que también le sería un problema encontrar cigarrillos; necesitaba relajarse de otra forma.

Tomó el teléfono sobre la mesilla, junto a la cabecera de la cama, y marcó el número de la recepción; había visto que el recepcionista, a pesar que era extraño en apariencia, no era desagradable con los turistas, al contrario, era amable cuando se trataba de dar mantas y almohadas. Lo que era un punto a favor para aquel esperpento de hotel.

Poco después de colgar el teléfono, Okawa no demoró en aparecer en la habitación de Harry; Traía consigo lo que le había pedido; un periódico de cualquier fecha. Eso no importaba; lo que buscaba estaba al final, en los anuncios para adultos.

—Gracias—le dijo Harry, y aguantó reírse del aspecto poco agraciado que tenía el viejo, cuando le recibió el periódico.

— ¿Necesita algo más Señol?—dijo Okawa, con un español que se entendía.

—Ahora que lo mencionas, sí—y apuntó la maleta sobre la mesilla—Necesito abrir esa cosa, urgente. He perdido la llave.

—Por la mañana podría conseguil que...—Harry lo interrumpió.

—Si es para mañana, olvídalo. No te preocupes. Ya lo solucionaré de algún modo.

—También puede terminar su novela a mano, Sr Mous— dijo Okawa, interesado.

— ¿Cómo sabes que escribo una novela?

—Por su máquina de escribir—y apuntó la maleta.

— ¿Y cómo sabes que tengo una máquina de escribir ahí dentro? —dijo Harry, preocupado, y se rascó la barbilla—Nadie sabe eso.

—Voy a ver si encuentro alguna herramienta o algo para abrirla—le dijo Okawa.

—¡Espera un minuto!—dijo Harry, un tanto enfadado y cerró el diario tras no encontrar lo que buscaba— ¿Cómo sabes que llevo una maldita máquina de escribir ahí dentro?

—Una editorial de esta ciudad ha pagado su estadía ¿No? Porque ya la han pagado ¿Veldad?

Harry volvió a rascarse la barbilla; eso no lo sabía.

— Por supuesto, Okawa. Estoy a punto de terminar mi novela. Por eso necesito abrir la maleta. Si continuara mi trabajo a lápiz y papel, estaría atrapado aquí una eternidad ¿No lo crees?

—Eso sería un placer para el hotel, señol— y el hombre le sonrió—He leído muchas historias espeluznantes durante mi vida y créame, soy muy viejo. Pero no hay nada más aterrador que este mundo—dijo Okawa—Espero alcanzar a conocer su macabra historia antes de que me reemplacen.

Sin prestar atención a la reflexión del anciano, Harry hojeó, por última vez, las páginas del periódico.

— ¡Ah! Y una cosa más, Okawa— y se metió la mano al bolsillo y sacó un par de monedas— ¿Sabes dónde puedo encontrar una chica japonesa a estas horas? — y lanzó el periódico sobre la cama.

—No se meta en líos, Sr Mous. Japón es distinto de su cultura occidental—le dijo Okawa—Y tenga cuidado con quien se cruza por ahí— y arrugó su cara en rechazó a la propina que Harry le ofreció.

—Vamos Okawa—dijo Harry, y volvió a estornudar.

— Siga mi consejo. Suceden cosas extrañas en Japón que la cultura occidental no entiende. Buenas noches Sr Mous.

— Llámame Harry— dijo en tono amable, pero el viejo ya se había marchado por el pasillo.

Cerró la puerta de la habitación y el bullicio, que entraba por la ventana, llamó su atención. Las paredes de su cuarto parecían de papel. No sabía cómo la gente del bar, frente al hotel, podía hacer tanto ruido a esa hora. Pero en la semana que llevaba ahí ya se había acostumbrado.

Antes de cerrar la ventana, se asomó y supo porque estornudaba desde que había llegado; junto al marco habían tres plumas negras que estaban estancadas. No sabía si eran similares a la que tenía Okawa y por lo mismo no les dio importancia. Afuera, en la terraza del bar, la noche estaba animada y la música también; en cada una de las mesas, el ambiente parecía divertido, salvo en la de aquella mujer que, cada noche desde que se había asomado por primera vez, la veía sola sin que nadie se acercara a hablarle; tenía un aspecto que daba mucho miedo. Sobre todo su pálido rostro y su largo cabello negro.

La primera vez que la vio pensó que la mujer esperaba a alguien. Pero pasadas las horas, nadie se sentó con ella. Así todas las noches. Cada vez que Harry hacía una pausa para descansar sus dedos de la máquina de escribir, observaba que la chica se pasaba la noche sola.

Se olvidó de la música que entraba al cuarto y decidió encontrar la forma de abrir su maleta. Quitó los cerrojos que mantenían la ventana abierta. El ruido de fuera, no lo dejaría concentrarse. Antes que la ventana cayera, escuchó que una mujer que salía del bar, se reía como si se hubiera ganado la lotería. Y como no; llevaba un paquete de Malboro, que de seguro vendían dentro del bar.

Al ver esto, Harry sonrió. Pero recordó que no tenía mucho efectivo. De todas formas bajó del edificio, con lo puesto; unos Levis negros, una camiseta blanca y sandalias. Cuando pasó por la recepción, Okawa no estaba en su puesto; de seguro se encontraba en alguno de los pisos resolviendo algún tipo de percance nocturno; se notaba que era un buen sujeto.

En dos minutos cruzó la calle y entró al bar. La noche comenzaba a ponerse fría. Se notaba en los parabrisas de los coches estacionados y en quienes se levantaban de las mesas y se abrigaban para marcharse a casa.

Harry introdujo las únicas monedas que tenía en la máquina, pero no logró conseguir el tabaco; el paquete se atascó y aunque le dio unos fuertes golpes para que cayera, este no cedió. Un letrero sobre la barra, en varios idiomas, avisaba que había que consumir algo para poder permanecer dentro. Harry se puso nervioso; las monedas que mantenía en el bolsillo no le alcanzaban para nada. Cuando intentó, nuevamente, con un par de golpes, hacer funcionar la dispensadora. El camarero lo miró con cara de que no era bienvenido. Por lo que se alejó de la máquina, enfadado. Pensó en irse a dormir y llamar por la mañana, con la ayuda de Okawa, a un cerrajero. Pero la verdad es que no sabía cómo iba a presentarse en la editorial sin terminar su novela de horror.

Salió del bar y pasó junto a la mesa de la chica muda. Esta vez, ella hablaba con alguien; a su lado había algo cubierto con un manto negro que le hacía compañía. Harry, no podía ver más que la silueta de algo redondo como un huevo enorme, a pesar de la poca distancia. Era algo grande. Una enorme bola cubierta de harapos a quien no se le veía ni la cara, ni las manos. La mujer a su lado, murmuraba algo en un tono de lamento.

Harry se detuvo—¿Estás bien?— pensando en que, quien la acompañaba, podía tenerla bajo su voluntad.

La mujer, de ojos rasgados, no respondió. El sujeto del otro lado de la mesa, respiraba agitado; daba largas bocanadas de aire como si estuviera encerrado bajo los ropajes que llevaba encima.

— ¿Estás bien?—le dijo Harry, nuevamente, y vio como de la boca de la mujer, una pluma negra salió y voló por los aires.

El rostro de Harry se puso pálido. Sus manos temblaban y las piernas no le respondían.

—Tengo prisa. Buenas noches—dijo Harry, nervioso, y se dio la vuelta como pudo.

La cosa cubierta de harapos, gruñó y la mujer, en tono moribundo, murmuró —Yooooo.

Harry se volteó.

—Kaaaaai—y la chica comenzó ahogarse con las plumas que salían de su boca como si fuera una máquina de burbujas.

Harry asustado con la cara de desesperación de la mujer, sin saber cómo ayudarla, emuló el gesto de inclinar el cuerpo hacia adelante para despedirse. Estaba tan nervioso que no sabía cómo reaccionar, ni qué hacer en una situación así.

La cosa cubierta de ropajes aumentaba su tamaño en cada respiro y se inflaba como si fuera un enorme globo. Los harapos se rasgaban con la tensión. Lo que estuviera debajo comenzó a ponerse de pie y su tamaño se multiplicó por dos; un ojo rojo, del tamaño de una cabeza se asomó bajo los inmundos ropajes y observó a Harry.

— ¿Qué demonios es eso?—dijo sonriendo, nervioso. Pero no se quedó para averiguarlo.

Desapareció entre las mesas, tan rápido como pudo, y no se detuvo hasta que cruzó la calle y entró al hotel; Aquella desconocida y esa horrible cosa lo habían aterrado. Tanto que hasta las ganas de fumar se le habían quitado.

Mientras esperaba el ascensor, temblaba: temía que lo hubieran seguido; no seguir los consejos del anciano, Okawa, había sido un error. Un grave error. Pero la calma vino cuando las puertas del elevador se abrieron; era poco probable que lo siguieran; Okawa no dejaría entrar a cualquiera a su hotel.

Avanzó por el pasillo y se dio cuenta que estaba abierta la puerta de su habitación. Pero no recordaba haberla dejado así. A punto de cruzarla, cauteloso, el viento que entraba por los cristales rotos del pasillo y que le rozaba la espalda, la abrió aún más; Bajo el marco de la entrada se dio cuenta que su maleta no estaba sobre la mesilla.

Se arrimó al teléfono asustado y marcó a recepción tan rápido como pudo. Okawa no demoró en contestar.

— ¡Alguien se ha metido a mi cuarto!—dijo Harry, con el tono de un niño asustado—De seguro me han robado.

—No lo creo, señor Mous. He sido yo.

— ¿Qué me dices?

—Encontré sus llaves y fui a devolvérselas. Toqué, pero no salió—dijo Okawa—Luego entré y se las dejé junto a la máquina de escribir.

Harry volteó la vista y la maleta estaba abierta sobre la cama y las llaves donde Okawa le había dicho. Pensó en enfadarse, pero la verdad es que no estaba molesto. Todo lo contrario; podría avanzar en su trabajo y finalizar el material que llevaría a la editorial pasado el mediodía.

—Muchas gracias, Okawa—dijo en tono sumiso— y colgó la llamada.

Se acercó a la máquina de escribir y Okawa había tenido el detalle de dejar el papel listo para sentarse a trabajar. Pero para estar tranquilo, quería asegurarse de algo primero, antes de empezar a escribir el final de su novela.

Se asomó, con cuidado, por la ventana; la chica y la cosa repugnante podían continuar fuera. Deslizó la cortina sigiloso y cuando sus ojos tuvieron visibilidad, suficiente, sonrió; se habían marchado; estaba solo el camarero que montaba las sillas sobre las mesas de la terraza. No había nada de que preocuparse. De seguro vería a la mujer, al día siguiente, haciéndole lo mismo a otro idiota que cayera en su truco.

Dejó caer la ventana. Las plumas, que estaban estancadas en el marco, se volaron.

Estaba listo para terminar su trabajo pendiente, aunque no dormiría casi nada.

En el rincón de la habitación, se acomodó junto a la mesilla, y como un loco se puso a escribir; en cuatro horas terminó lo que le faltaba de la historia. Pero no estaba muy convencido con el resultado. Sin embargo, ya le daba igual. Solo quería entregar el manuscrito y largarse de Tokio; Japón le había resultado un país demasiado extraño.

Se dejó caer sobre la cama y fue casi instantáneo. A medio camino entre su cabeza y la almohada, cayó en trance. Sus párpados dejaron de moverse y se quedó dormido. Estaba tan cansado que, afuera, en la calle, el desgarrador grito de una mujer, no lo despertó. Tampoco la sirena de la ambulancia que se estacionó afuera del hotel, una hora después.

Apenas abrió los ojos, a eso de las once, se vistió y bajó hasta la recepción. El silencio en los pasillos del hotel era abrumador. Harry quería encontrar a Okawa para darle una propina decente, aunque este la volviera a rechazar; si no hubiese sido por su desinteresada ayuda, no habría podido terminar su trabajo. También quería preguntarle dónde había encontrado sus llaves.

Salió del ascensor y se percató que, en la recepción, alrededor del mesón, había un policía uniformado. Hablaba con la chica japonesa que, de seguro, reemplazaba al señor Okawa, y que lo más probable fuera su substituta cuando él se retirara del hotel como le había dicho. Harry no la quiso interrumpir con su pedido y regresó por el manuscrito de su novela; estaba a menos de una hora de firmar el acuerdo.

El elevador llegó y dejó que una chica y su perro pasaran delante. El animal comenzó a ladrar y ella lo miraba, a la cara, con asco. Apenas las puertas se abrieron, la chica y su mascota lo abandonaron con un gesto de repudio. Pero Harry no se dio cuenta.

Salió raudo del ascensor y entró a su habitación; estaba a cuarenta minutos de no llegar a tiempo a la reunión con la editorial.

Antes de coger el manuscrito que estaba sobre la cama, cogió el periódico. El mismo donde no había encontrado prostitutas. En la página, por donde lo cogió con las manos, aparecían fotografías de chicas japonesas desaparecidas cerca del hotel Miskatoru; lo extraño era que la noticia tenía cinco años de antigüedad.

Pensó en leerla completa, pero iba con retraso a la reunión.

Pasó al baño antes de marcharse, y mientras el agua que se había lanzado con ambas manos, le caía por la cara, en el espejo vio que sus ojos tenían unas pequeñas ramificaciones rojas, que supuso, serían por la falta de sueño.

Bajó al primer piso y vio que la policíacontinuaba en la recepción, pero no le dio importancia a la escena y cruzó el portal; se retrasaría aún más, si esperaba que la chica la consiguiera un taxi. En la calle detuvo al primero que apareció; Harry pensaba regresar en el mismo taxi al hotel y comprarse un boleto de vuelta a España lo antes posible.

A medida que avanzaba por las calles, las luces de los edificios lo cegaban un poco. Los ojos le ardían y los sentía calientes. Era un sin fin de brillantes luces de todos colores, que colgaban en todas las vitrinas, ventanas y azoteas, a pesar que era de día. Para descansar la vista, sacó las gafas de sol y fue cuando supo que iba acompañado; la chica de las plumas iba sentada a su lado. Pero no le salían plumas por la boca. Esta vez, era algo más horroroso; tenía cosido los labios y los párpados.

Harry cruzó la mirada con el conductor, para saber si alucinaba. Pero el taxista por el retrovisor, también se veía asustado; también podía ver a la pálida mujer murmurar y hacer sonar sus mandíbulas. Detuvo el taxi de golpe y no dijo una sola palabra. Además, no recibió las monedas que Harry le intentó dar.

— ¡Bajal rápido!

A Harry no se le ocurrió nada más que hacer un gesto de agradecimiento a medias, inclinando la cabeza hacia abajo.

— ¡Bajal rápido!—dijo el taxista, enfadado— Pájaro noctulno.

Entre los manotazos que le lanzó el conductor para que se largara, Harry abrió la puerta, inclinó la cabeza y se bajó; necesitaba encontrar lo antes posible a quienes publicarían su novela macabra, para firmar y largarse de allí; era la ciudad más extraña que había visitado en su vida.

Desorientado no quiso avanzar. El barrio no era como el centro de Tokio, más bien, parecía un barrio de mala muerte. Se notaba en los edificios que parecían estar en descomposición y en el olor a su alrededor. Buscó la numeración de los edificios, sin tener suerte.

Se puso en marcha y en el camino, por las ventanas en lo alto, algunos rostros se asomaron y luego se perdieron tras remover las persianas; sabía que lo observaban porque era un forastero. Lo que le hacía sentirse más desorientado.

A pesar que no veía a nadie por la acera para preguntar por la editorial, para su alivio dio con la numeración que buscaba.

Tocó la puerta metálica y oyó pasos que se acercaban. Quería terminar cuanto antes la reunión y largarse del hotel Miskatoru.

Cuando abrieron la puerta, se encontró con un galpón antiguo de largas vigas metálicas y un techo de gran altura. Estaba un poco arrepentido de haberse presentado sin mayor información sobre la editorial. Pero ya no podía hacer nada. Sin embargo, ahí estaba su sueño de poder publicar. Aunque a esa altura, no le importaba que su nombre reemplazara a otro en las estanterías de librerías.

En la pequeña oficina, donde el sujeto lo había dejado sentado frente a un viejo escritorio, apareció el editor interesado en su material; vestía de traje y llevaba gafas de leer, y de seguro en el maletín que cargaba, venía el contrato que lo unía a ellos.

Harry se anticipó y se levantó.

—Aquí tiene. Cuatrocientas páginas de horror — dijo Harry, poco convencido de sus palabras.

El editor se acomodó las gafas, se levantó de su silla y se alejó de Harry; casi se cae en su patente rechazo; Su rostro revelaba algo desagradable que lo incomodaba en la apariencia del escritor.

—Entiendo que se sienta decepcionado por la forma en que presento mi trabajo y en la pinta en que he venido, pero debe entenderme— dijo Harry, que comenzó a sudar

—Tuve unos proble...

—Sr Mous—dijo el hombre y se llevó la mano, ligeramente, a la boca.

— ¿Si?

— Sus ojos...

Harry se llevó la punta de los dedos a la cara y algunas lágrimas, que se deslizaban entre el sudor, estaban teñidas de sangre.

— ¡No se le acerquen!—dijo el editor, a quienes entraron a ver qué pasaba— ¡Está maldito! ¡Está maldito!

Harry no entendía nada. Se pasó la palma completa por los ojos y se manchó casi toda la mano. La sangre tenía pequeñas gotas negras que parecían teñirla.

Se levantó tan rápido por el susto que se cayó junto con su silla. Como pudo se puso de pie y salió corriendo por donde había entrado.

Mientras regresaba, por el mismo camino, tratando de avanzar, a la vez que se quitaba la sangre de los ojos, pudo ver que las siluetas que se asomaban y desaparecían en lo alto de los edificios, eran caras con los ojos y la boca cosidas.

Alucinado, con lo que le pasaba, se quitó la camiseta mientras trataba de avanzar en su ceguera y se limpió la vista con ella. A pesar de eso, logró ver entre la sangre que alguien se acercaba por su espalda.

Se giró, pero le fue imposible saber quién se estacionó a un metro de sus rodillas. Ya no lograba ver casi nada. Apoyó las manos sobre el coche y en su desesperación gritó:

— ¡Lléveme a un hospital, por favor! — aunque sabía que quizás, no le entenderían una sola palabra.

La puerta del coche se abrió y Harry escuchó pasos que se acercaban y que se detuvieron a su lado.

—Le dije que no se metiera en problemas Sr Mous.

— ¿Okawa?—dijo Harry, quien desesperado intentaba quitarse la sangre del rostro— Que bien que estás aquí—balbuceó, mientras trataba de respirar porque empezaba a ahogarse.

El anciano se acercó y Harry solo sintió su brazo rígido que lo guió hasta el coche; en el camino al hotel, el escritor perdió el conocimiento.

Se despertó tendido sobre una cama y lo sabía a pesar que estaba sumido en absoluta oscuridad. Pero no escuchaba máquinas de hospital, todo lo contrario, había un silencio incómodo que reconoció de inmediato; había regresado a la misma habitación del hotel Miskatoru. Trató de palparse, con ambas manos, las vendas que lo mantenían en oscuridad, pero no pudo. Sus brazos estaban dormidos. No los sentía. Estaba a punto de ponerse a llorar; la situación lo había sobrepasado, cuando escuchó un portazo.

— ¿Quién está ahí? —dijo Harry.

—Tengo malas noticias—dijo Okawa, que cogió una silla y se sentó junto a la cama.

—Quítame estás vendas, Okawa. Vamos, que no puedo ver nada y quiero que me desates.

—Antes que nada, necesito explicarle la situación en la que está, Sr Mous.

—Vamos quítenme estás malditas correas— y comenzó a tratar de moverse sobre la cama, sin resultado.

—Sr Mous—dijoOkawa, y un silencio profundo inundó la habitación—No tiene ninguna correa.

—Qué dices. Estás loco, anciano de mierda. ¡Suéltame ahora!

Okawa se acercó a la cama y con cuidado comenzó a quitarle el vendaje; el rostro de Harry fue de absoluto horror cuando vio lo que pasaba en el espejo, que Okawa le puso sobre su cuerpo. Los gritos ahogados de Harry Mous, se escucharon por los desolados pasillos del hotel; sus miembros habían sido amputados y continuaban sangrando.

—Noooo puede ser cierto—dijo Harry,

— Le dije que tuviera cuidado—dijo Okawa, que tenía la comisura de los labios llena de sangre.

—Estas loc....—alcanzó a pronunciar Harry, antes de empezar a atragantarse con las plumas que salían de su boca como una ráfaga de burbujas.

— Lo siento. Cruzó su camino con el de un Yokai, Sr Mous— dijo Okawa.

Harry comenzó a moverse, pero no consiguió hacer mucho. Las heridas eran horribles. Trató de controlarse. Pero escuchó un gruñido a su lado y volteó la vista como pudo; junto a la cama, apareció la horrible criatura que acompañaba a la mujer del bar; Okawa se había esfumado.

Era un engendro mitad pájaro, mitad humano. Tenía un enorme ojo del tamaño de una cabeza que le salía del pecho y que observaba a Harry Mous como si fuera un delicioso plato de comida. Abrió las alas y soltó un desagradable alarido que reventó los cristales de la habitación. Sus enormes y estruendosas alas sacudieron los muros del cuarto y perforaron el techo varios pisos hacia arriba, cuando se llevó entre sus garras a lo que quedaba de Harry.

A medida que el Yokai ascendía, cientos de rostros, adheridos a los podridos muros, de donde quisiera que se encontrara en ese momento, gritaban de dolor. Harry abrió los ojos con una fuerza descomunal cuando el Yokai abrió sus afiliadas garras y lo dejó libre; de su dolor crecieron dos enormes alas negras, de plumaje brillante, que surcaron la oscuridad en busca de alimento.

28 de Marzo de 2019 a las 10:45 2 Reporte Insertar 2
Fin

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Dan Navarrete Dan Navarrete
Me gustó bastante tu relato, gracias por compartirlo en la plataforma.
14 de Abril de 2019 a las 00:52

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